El Club de Fans de Harold Maine
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Este es el segundo relato de una historia de muchas partes. Se recomienda que lea primero la entrada anterior, En la Biblioteca.

“¡Ey! Ey espera!”

Aidan Brown, mitad humano, mitad langosta, continuó caminando – o realizando cualquier torpe aproximación a un movimiento que le quedaba – y no se dio la vuelta.

“¡Espera!” La voz de una joven mujer, cansada, desgastada, en un tono urgente. Él continuó; nadie le hablaba o siquiera podía hablarle.

Pero entonces, con su ojo bueno, notó a la mujer a su lado, siguiéndolo a su velocidad fácilmente. Paró.

“Eras tú… la que gritaba antes,” balbuceó, con palabras que se resistían a abandonar la papilla que era su boca. “Afuera de la biblioteca. ¿Me viste? ¿Me puedes ver ahora mismo?

“Sí,” dijo ella. “¿Pero nadie más puede?

“Nadie más puede,” respondió. Su ojo bueno la observó brevemente. Era muy bonita. Alta, delgada, elegante. Y entonces bajó la mirada y vio la ruina de sus brazos. Esos feos muñones talidomidoides, las dos cosas que podrían ser dedos en las que terminaban. Ella vio que él miraba, y se sonrojó.

Estaba por preguntar por qué era que podía verlo, especialmente cuando nadie más podía, cuando una niña – su hija quizá – apareció de la nada y se aferró a la mujer.

“¿Qué hora es?” preguntó.

La mujer elevó y giró su brazo, bajando la mirada como para mirar un reloj, pero se detuvo a si misma. “A veces me olvido,” dijo disculpándose.

Aidan Brown respiró tres veces entre largos jadeos y se afirmó mejor en sus muletas. “¿Te olvidas de que nunca has tenido manos?” Su pulmón palpitaba en su carcasa parcialmente corrompida; los pelillos alrededor de sus fauces se movían y agitaban con cada dolorosa inhalada o exhalación de aire. “Lo siento,” dijo. “Eso fue grosero. Así que… desde cuando has tenido estas deformidades de nacimiento?”

La mujer consideró los riesgos de confiar en esta extraña y consumida criatura; se preguntó cuánto podría estar poniendo en peligro a su hija, y cuánto podía protegerla. Recordó las palabras en la biblioteca. La próxima vez, tendrás que caminar. Eso eran 15 kilómetros. No podía seguir así.

“Aquí no,” dijo. “¿Podemos ir a algún lugar, pedir algo para comer?”

Aidan la estudió por unos momentos y sacudió la cabeza. “No encajo en ningún lugar la verdad. La gente se tropieza con mi cola, arrastran sus sillas sobre mis patas… Hay un parque como a dos cuadras. Es tranquilo por lo general. Tu hija - ¿Hija? Puede jugar ahí mientras añoramos los viejos tiempos.”

“¿Los viejos tiempos?”

“Seh, cuando tú no tenías talidomida y yo no tenía – no era… esto.”

La mujer sonrió nerviosamente y volvió la mirada a la biblioteca a la distancia. Lo que sea que ese monstruo fuera, compartían una misma historia. “Okay,” dijo. “Vayamos.”

° ° °

“Me levanté así hace cinco semanas,” dijo la mujer. Estaba sentada en uno de los bancos del parque bajo la sombra ofrecida por un arce rojo, mirando a su hija jugar en los columpios. Aidan Brown se encontraba parado a su lado, chueco, incómodo en todos los sentidos, limpiándose la cara con un pañuelo. Desvió su peso a sus muletas y ahuyentó a su persistente club de moscas fanáticas.

“Tienes pruebas de que tenías manos antes?” Preguntó. “Perdón por la pregunta – es solo que - “

“En mi bolso. El bolsillo grande en la parte de adentro.”

Aidan Brown dudó un momento, y entonces tanteó con su mano buena dentro del bolso de la mujer. “No me lo arruines,” le avisó.

“Creo que la tengo,” dijo. Sacó una fotografía, muy gastada, probablemente de tanto observarla, de una diosa en un vestido de dama de honor color rosado pastel, sosteniendo a su hija mientras sonreía en sus brazos. Unos brazos tan lisos; unas manos tan elegantes, y unos alargados y finos dedos. Y un reloj que incluso hoy, ella había olvidado que ya no usaba. Aidan intentó encontrar algo que decir – alguna trivialidad, una consolación, un gesto solidario quizá, pero nada era adecuado - ¿y cómo podría serlo? Al final solo volvió a dejar la foto en el bolso. “Lo siento,” dijo.

“Fue él dijo la mujer. Y luego, en un tono más callado, como si no quisiera que ni su propia respiración la escuchara, “Harold Maine. Él hizo esto.” Ella cerró los ojos. Los sonidos de los niños jugando, las abejas o avispas o moscas zumbando perezosamente, automóviles en la calle. Y a su Nuevo Mejor Amigo Adrian Brown jadeando y aspirando sonoramente mientras se elevaba por encima de ella, descansando en sus muletas.

“Seh,” dijo él finalmente. “Supuse eso, el muy hijo de puta. Lo supe tan pronto como me gritaste. Nadie más puede verme, darse cuenta de que estoy. Es como si no existiese. Así que /tú// gritas y yo me pregunto como es que… me alegra que me hayas esperado a la salida,”

“No iba a hacerlo,” dijo la mujer. “Estaba esperando a…” apartó la mirada y observó a su hija. “¡Angela! ¡Sal de ahí! Quédate con los demás niños pequeños.” Y de vuelta al asunto central: “No soy una mujer valiente,” continuó. “No soy inventiva, o rápida, o inteligente. Vivo – vivía – de mi buena apariencia. Siento miedo por mí y por mi hija. No podía encontrar ninguna manera de escapar de esto.”

“¿Así que al final no estabas esperándome?”

“No,” confesó. “Estaba esperando un camión. Un gran, gran camión. Iba a tirarme a mí y a Angela bajo él.”

“Jesús. ¿En serio? Lo siento tanto… ¿Qué hizo que cambiaras de opinión?”

La mujer sacudió su cabeza y rio suavemente. “Angela. No podía levantarla.” Levantó sus brazos rechonchos y los dos dedos deformes en cada muñón. “No cambié de opinión. Solo no podía hacerlo físicamente.”

Hubo un silencio entre ellos por unos segundos, llenado por los gritos de los niños en los columpios y las moscas zumbando alrededor de la cabeza de Aidan Brown. “Y entonces me viste,” dijo él, “y pensaste aleluya carajo, las cosas no son tan malas al final.”

“Vi un monstruo inocente,” dijo la mujer. “Algo que no podía existir. Horrible, pesadillezco, agonizante.”

“Suenas como mi ex-esposa.”

“Reconocí el trabajo de Harold Maine. Sabía que él te había hecho esto – sea lo que sea.”

“Él era un jugador usual en unas partidas caseras que yo organizaba,” dijo Adrian. “Poker. Siempre sospeché que ocultaba algo. Hace tres semanas lo veo preparar la baraja. Lo confronto. Se va. Me llama al rato, dice que me va a hacer arrepentirme de haberse metido con él alguna vez. Me dice que nunca nadie volverá a escucharme.” Aidan le dio un trago a una botella de agua y se secó el ceño. Las mandíbulas y pelillos alrededor de su boca . O lo que sea que fueran – chasquearon y quebraron momentáneamente.

“Al día siguiente, nadie más podía verme o escucharme. Colegas, vecinos, personas en el bus. Soy totalmente invisible para ellos. Como un fantasma. El día siguiente a ese, me levanto así. Mitad langosta, o lo que putas sea esto. Me llama, dice que le dé dinero y hará que las cosas mejoras, y que si no, hará que todo sea mucho, mucho peor. No lo dudé. Le he estado pagando lo que puedo desde entonces.”

“Debe ser complicado siendo invisible.”

“Seh,” confirmó. “No puedo retirar dinero. No puedo ir a un prestamista. Así que estoy atascado con objetos de valor – pequeñas joyas, algún dinero que me llegue a las manos – a la mano. Soy un hombre honesto. Supongo que podría robar bastante fácil…”

“¿Pero?”

“Pero no soy ese tipo de persona. Soy honesto. Nunca he robado. Ahora tendré que hacerlo.” Miró a la hija de la mujer jugando en los columpios. “Una increíble capacidad de repunte-ción, si es que eso es una palabra,” dijo. “Los niños pasan por cualquier tipo de mierda, pero son como la espuma con memoria. Contrario a nosotros.

“Sí,” dijo la mujer. “Contrarios a nosotros.”

“Entonces…”

“Entonces…”

Angela vino corriendo. “Huele a pescado aquí,” se quejó. Aidan Brown viró su ojo bueno; la mujer rio. La niña volvió a salir corriendo.

“¿Así que, que hacemos con esto?” Preguntó la mujer. “Tú sabes que nunca nos liberará. Sabes que puede jodernos la vida de formas que no podemos ni imaginar. No puedo seguir así.”

Aidan Brown asintió. “¿De cuántos piensas que se está aprovechando? ¿Cuántos otros hay ahí afuera levantándose mal todos los días? ¿Cómo lo hace?”

“No lo sé,” admitió la mujer. “Averigüémoslo.” Se levantó de repente y llamó a su hija.

“¿A dónde vas?”

Miró a Aidan Brown y se encogió de hombros. “A la biblioteca. Donde sea que Maine esté, ahí es donde encontraremos a los otros ‘pobres desgraciados’ como nosotros.”

“Jesús,” jadeó Aidan. “Acabamos de salir de ahí,” se quejó. “Me tomó una puta media hora llegar aquí, ¿y ahora tenemos que volver?”

“No tienes que venir.”

“Bueno perdóname pero…” Ahuyentó a las moscas y se quedó dudando de forma incómoda. Elevó su pinza de langosta, y tocó la extremidad deforme de la mujer, suavemente y sin malicia, y ella se sorprendió a sí misma al no retroceder.

“…Pensé que te gustaría que alguien sostuviese tu mano,” jadeó. Las diferentes plaquillas de su boca se movieron rápidamente, abriéndose y floreciendo hacia afuera en lo que podría haber sido una especie de risa.

“Hijo de puta,” dijo la mujer. “Eres un absoluto hijo de puta.”

“Ya lo sabes,” dijo Aidan. “Vamos; ahora hemos fundado el Club de Fans de Harold Maine, es hora de agrandar nuestros números.“

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