por Agente Alan
No sientes el fuego, ni la brisa del viento nocturno.
Tu casa se derrumba poco a poco, adentro esperarías ver las figuras de tus padres ardiendo, pero solo te encuentras con la figura de una mujer, que a pesar del fuego infernal que la rodea, permanece intacta.
Varias partes de su cuerpo brillan de colores.
Verde su espalda, rojo su ojo, azul su frente, amarillo su dedo, morado su lengua, naranja su nuca.
Hay otros dos colores que no distingues, uno en su corazón y otro en su vientre.
Te mira fijamente.
Tu cuerpo es el de un niño de apenas nueve años.
Te hubiera gustado permanecer mirando a aquella mujer, pero inconscientemente volteas la cabeza hacia atrás.
En el gran bosque solo se distingue la figura de un hombre. Sabes quién es.
Quieres hacer algo, pero tu cuerpo no se mueve, a diferencia de la figura de aquel hombre, que se acerca más y más.
Su mirada te paraliza.
No hay ningún sonido.
Todo se vuelve estrecho.
Y Despiertas.
Edwin A. Marshall o señor Marshall, para sus empleados, despertaba de un sueño algo “agitado”.
Marshall estaba sentado en su sillón de terciopelo, al lado de su pierna había un bastón con una empuñadura de esfera dorada.
Llevaba un fino traje de color oscuro, a pesar de estar solo en su mansión, no desaprovechaba la oportunidad de vestirse con clase, en su mano izquierda portaba un anillo dorado con una gema verde decorado con pequeñas calaveras a su alrededor, también usaba un relicario antiguo colgando del cuello.
Marshall no solía pensar en muchas cosas al estar solo, ¿para qué? Ya le costaba mucho a su edad reflexionar en todo lo relacionado con sus negocios.
Desde que llegó a Inglaterra se la pasó haciendo tratos, buscando productos exóticos, siempre con la mirada fija en el valor de las reliquias más preciadas. Era como su pasatiempo. Aunque tampoco puedo negar que tuvo algo de ayuda en sus inicios, la familia Carter, quienes dieron los contactos y la familia Dark, los antiguos reyes del bajo mundo. Ambas familias pasaron de tutores a aliados para terminar en sirvientes.
Y claro, su mayor contribuidor, aquel que lo guió desde el inicio, aquel que le dio la vida eterna, aquel que le dio el poder que necesitaba. Marshall le dio un pequeño vistazo a su anillo, si se miraba con detenimiento la gema del anillo parecía tener una marca circular.
En este día en particular Marshall se sentía nostálgico, hace poco tuvo la visita de un espectral compañero, aunque no le gustara recordó el día en que lo conoció. También fue el día cuando se reencontró con ella.
Decidió levantarse de su asiento para dirigirse a uno de sus libreros finamente tallados, tomó su viejo diario, tan viejo que tenía mucho más de cien años.
Tan antiguo que aún tenia su nombre de nacimiento.
En la portada del diario decía:
Maximilian König.
“Memorias”
Se sumergió en aquellas memorias, como si intentara revivirlas en carne propia.
Año:1587
El sonido de las olas era lo único relativamente relajante en esta situación.
Ya que lo demás solo consiste en rezos diarios y el horrible ambiente de calor y humedad. Uno pensaría que por ser un viaje liderados por misioneros se tomarían la molestia de darnos alguna que otra comodidad, pero supongo que el dinero recaudado no va para esas cosas o que se yo.
A decir verdad ni siquiera sé si este viaje es legal, apuesto que me mandaron para ver si moría por alguna enfermedad en el nuevo mundo, después de todo mi mala fama entre los sacerdotes es tan profunda como las cicatrices en mi muñeca.
Parte de mi quiere pensar que esto es culpa de esa persona, el hombre que acusó de hereje a mi familia, el hombre que me perdonó la vida por ser un niño, el hombre que me abrazó y me prometió un hogar mientras mis padres se calcinaban hasta los huesos detrás mío.
Supongo que una razón más para odiarlo no estaría mal.
Me gustaría pensar algo más “alegre”, tal vez pensar en señorita Fliege me anime, no la conocía tanto, pero fue la única de esas brujas de vestido negro que no me regañaba por cada exhalación de aire.
"Recuerdo la sensación del metal frio del relicario atado a mi cuello esa noche, nunca me separaba de ese artilugio".
Pero no importa cuanto intente concentrarme, el simple hecho de estar en esta prisión de madera flotante junto a treinta y tantos ancianos me hace querer tirarme por la proa y que alguna bestia marina me devore.
La tierra se acercaba, la podía ver como un gran manchón a la lejanía.
El sol tapaba mi visión entre fuerte rayos de luz y gotas de sudor, las cuales no dolían tanto como los golpes a la nuca que el capitán Schmidt me proporcionaba al no realizar mis tareas.
—Se suponía que aquí yo sería aprendiz de clérigos - le dije.
—Y yo sería jefe de flota, ahora sube el alimento, animal.
Dijo el capitán acompañado de unas cordiales patadas a las costillas.
El muy cortés hombre fue elegido a dedo por el consejo de la iglesia para guiarnos en nuestra noble e ilegal expedición. Grato me sería describirles a este rey de los siete mares, pero mis pensamientos fueron rápidamente interrumpidos por la sacudida frenética del barco.
Todo el navío empezó a temblar de un lado para el otro. Mientras los monjes temían por sus vidas y los hombres de Schmidt se preparaban para el conflicto, lo único que escuche fue ese inconfundible grito de muerte.
—¡Españoles! ¡Españoles a la vista!
—Maldición.
"Llegue a exclamar, antes que mi cabeza contra la madera fuera a parar."
"En el abrazo de la inconsciencia algunas cosas podía recordar".
"Los lujos de mi niñez, mis padres, la paz que tanto anhelo recuperar y que aquel hombre me arrebató".
"Pero todo terminó cuando sentí la arena en mi boca y el frío del agua en mis botas."
"El peón había llegado".
Desperté solo, desorientado y con temor, era de noche y ni rastro del barco en el que navegaba, mucho menos de los hombres que me acompañaban. A mi frente estaba una jungla que parecía infinita, posiblemente llena de bestias las cuales me devoraran antes de darme cuenta.
"Las opciones eran pocas y el latir fuerte de mi corazón no ayudaba a buscar otra solución. En la absoluta soledad, sólo maldiciones me quedaban por lanzar, ya que al final del día todo lo me que pasaba en vida era decidido por alguien más. Mi cuerpo me pedía descanso, no sabía si habría sobrevivido por suerte o algo más, pero morir acá no sería la opción que tomaría."
Tres noches y cuatro días en los que apenas dormía, corriendo de cualquier amenaza, mi cordura se desvanecía pero no moriría en esa isla, la mejor esperanza que tenía era encontrar algún campamento o pueblo español y fingir ser un náufrago de sus tierras.
Pero hasta el más sordo de los conquistadores se daría cuenta que de mi acento y mi mala pronunciación.
Me sobresalte al escuchar pequeños ruidos cerca de mí, mire en todas direcciones hasta que me percate de una persona sentada en uno de los troncos, devolviéndome la mirada.
El capitán Schmidt.
—Por la santa María, mira a quien me encontré —dijo con ese tono de voz tan desagradable y altanero.
—Escuche historias de ratas que saben nadar, pero no me lo esperaba de ti - le dije.
—Yo que tu cuido la boca infante, no queremos que sucedan accidentes, ¿verdad Hilde?
Hilde, el mastodonte sin sesos que con suerte sabía manejar un cañón de mano se hallaba detrás mío con justamente ese tipo de armas apuntando. Aunque lo que me sorprendió es ver la figura rechoncha del clérigo Wilhelm junto a él.
—Gracias a Dios que estás bien - dijo el clérigo mientras se acercaba a mi. —Pensábamos que te habías ahogado con los demás, la señorita Fliege jamás me perdonaría si su alumno favorito saliera herido o…
Schmidt calló las quejas del hombre con un solo chasquido.
—Ya ya, lloriqueos para otro día - dijo el capitán mientras se levantaba. —Escúchame niño bonito, hay dos opciones o te mueres aquí o nos ayudas a buscarlo.
—¿Buscar que?
—¿No lo sabes? —dijo mirándome a los ojos—. ¿No lo sabe? —dijo mirando a Wilhelm.
—No creímos que él fuera a participar en esa parte del plan - dijo Wilhelm.
Antes de responder con confusión Schmidt exclamó.
—Pensaba que esa bruja lo tenía todo planeado, pero como sea, el verdadero motivo de esta expedición es buscar cierto lugarcito que le interesa a tu jefa.
¿Habla de Fliege? pensé.
—Lo que nosotros buscamos es El Dorado.
Marshall hizo una pausa en el diario y se puso a recordar.
"La primera vez que la conocí fue en la biblioteca de la iglesia, durante 1584".
"Me obligaban a organizar todos y cada uno de los textos sagrados, muchos estaban en idiomas que aún no entendía, muchas veces me confundía de estantería y tocaba regla".
"Un día una señora del convento que venía seguido a nuestra iglesia se dio cuenta de mis errores y me explicaba el significado de un par de palabras, al principio hablábamos poco, pero ella siempre se tomaba un momento en sus visitas para ver como estaba".
"Con el tiempo aprendí que ella, la señorita Gudrun Fliege, tenía un alto puesto dentro del convento, casi al nivel de aquel hombre".
"Fue después del primer año que empezó a darme clases, ya que los otros profesores que tuve por parte de la iglesia terminaban tarde o temprano hartándose de mi, siento que la única razón por la que no me expulsaron fue porque fui uno de los niños rescatados por el Obispo".
Marshall también recordó por un momento a aquel hombre, aún sentía algo de odio en su corazón por él.
"En todo caso lo que ella me enseñaba variaba mucho de lo que aprendía en clases, claro los versículos bíblicos seguían de por medio, pero ella me enseñaba a observar más allá de mis ojos".
"Ella logro escuchar mi voz".
"Me enseñó de lo paranormal, lo que se oculta en las sombras, casi podría decirse que era una bruja en cubierto, pero no me importaba sentía que era la única en la que podía confiar en esos días".
"Me prometió un cuerpo, una salida".
"Además, nunca fui ignorante de estos temas. Desde que perdí a mis padres siento que puedo ver y escuchar cosas que los otros niños ni siquiera notaban".
"Tu eras la herramienta justa y necesaria".
"Ahora que lo pienso, durante las clases que me daba esas sensaciones iban en aumento".
"El día que tuve que zarpar ella me dio un relicario de plata en forma de círculo, tenía algunas palabras que entendía vagamente, ella me dijo que…"
"Que siguieras tu voluntad y la avaricia no te consumirá".
Año:1589
Dos largos años habían pasado desde que fui esclavizado por aquellos marineros. Habíamos avanzado tanto que ya no sabría decir dónde está la orilla del mar. Mi cuerpo se encontraba desgastado, lleno de rasguños y heridas apenas curadas mi ropa era puros harapos y unos círculos negros hundían mis ojos en mi cara.
He sido espectador de magníficas obras de la naturaleza, así como de horrores vivientes que me cuestiono si algún zoólogo podría clasificar en sus libros. Los encuentros con nativos y no nativos fueron casi igualmente desastrosos como constancia de ese hecho, nos queda la pérdida de la mano derecha de Hilde, quien intentó parar una de las tantas flechas que nos lanzaban en nuestra valerosa huida.
En cuanto al resto de mis acompañantes, estaban completos, a diferencia de sus andrajosas y destrozadas ropas. Schmidt parecía extrañamente bien a pesar de las canas y la grasa acumuladas en su cabellera es como si hubiera nacido para este momento. Por otro lado, el clérigo Wilhelm estaba destrozado física y mentalmente había bajado varios kilos y se aferraba demencialmente a su Biblia, la cual leía sin falta cada noche. Pero ¿Qué se podía esperar de un hombre que nació para ser un adulador?
El Dorado, tenemos que encontrarlo, los oía balbucear cada noche. Casi podía sentir la saliva de excitación que brotaba de la lengua de los tres al mencionar la palabra.
¿Cuánto tiempo faltaría? No para encontrar El Dorado, sino para que algo o alguien terminara con nuestro sufrimiento. Casi parece que mi castigo divino fue sobrevivir a ese ataque, pero bueno, "Dios obra de formas misteriosas", solía decirme Fliege.
Una de mis tareas era la pesca. En la fría noche, con ambos pies sumergidos en un lago, tenía que buscar nuestro alimento. Como siempre, Hilde me vigilaba atentamente, arma en mano. Como el buen perro que era para ellos, tenía que custodiarme. Intenté escapar algunas veces, pero nunca pude llegar lejos. El riesgo de recibir un balazo en medio de la nada y morir desangrado era algo que quería evitar.
¿Para qué? Si no es una bala, será una flecha. ¿Qué importa? Igualmente moriré.
No, yo no quiero morir. No quiero ser el sirviente de ellos, ni del obispo, ni de nadie. Tengo que salir de aquí, tengo que correr… pero el miedo y la duda siempre paralizaban mis piernas.
Pensamientos varios rondaban mi cabeza. Estaba a punto de atravesar un pez con una estaca que tenía a mano, pero el animal salió nadando antes de que pudiera atraparlo. Mi respiración se aceleró, los anhelos en mi corazón me pesaban, haciendo arder mi pecho. Cuando recupere mi libertad, se la arrebataré a ellos: al capitán, al monje, a todos… pero en especial a él.
—Binsfeld —logré susurrar en voz baja.
A pesar de mi ira, pude percatarme de algo. Desde la profundidad del lago oscuro, alcancé a ver el brillo de pequeñas piedras. Mientras me adentraba más y más, hasta tener los pies completamente sumergidos en el agua fría, podía ver cómo deslumbraban con un fuerte color dorado.
Al levantar la vista, se revelaron ante mí, las piedras brillantes parecían formar un camino.
—¡Niño, que haces! - grito Hilde desde la orilla.
—No grites idiota ¿quieres que nos maten? - le respondí.
—Tengo hambre ¿y la comida?
—Q-que, a quien le importa eso, mira.
La oscuridad no me dejaba ver su cara, pero en mi corazón sentía como estaba haciendo una cara digna de un burro de circo tratando de ver la obvia luz en la oscuridad.
—No veo nada.
—¿Cómo no ves? son como quince malditas luces.
—Sigue intentando hacerme enojar enano para que te rompa la nariz y trae nuestra comida rápido.
Mientras su silueta volvía a la oscuridad de la noche me puse a reflexionar, aquel bruto era tonto más no ciego.
¿Qué significaba esto?
¿Qué debería hacer?
Una cosa era clara, tarde o temprano mi vida finaliza en este lugar y la vida de mis “compañeros” no era de mis prioridades. Así que opté por seguir el camino de pequeñas luces doradas hacia la profundidad de aquella infinita oscuridad.
“No lo pensé mucho en esos instantes de lucidez, pero Hilde no noto mi ausencia, fue como si la oscuridad misma me hubiera cubierto permitiendo seguir el camino.”
Mientras movía mis pies en el río y seguía el camino de luces brillantes mi mente estaba en blanco, no sentía la necesidad de mirar hacia la oscuridad en caso de algún depredador, simplemente seguía el camino tocando de vez en cuando el relicario que tenía atado al cuello. Desde que llegue a este lugar nunca me había separado de aquel preciado objeto.
El camino terminó ya que junto a la salida del sol se mostraba ante mí una gloriosa cascada que brillaba con la misma intensidad de aquellas piedras. Me decidí a salir del agua y echar un vistazo detrás de la misma, en donde encontré una abertura rocosa bastante pequeña por la que creería que podría pasar. Intenté acercarme pero me vi sorprendido por un hombre anciano que fumaba plácidamente cerca del final de la cascada.
—¿Quién eres? - dije por reflejo, el hombre parecía nativo de la zona, así que dudaba que supiera mi idioma.
— Quien soy no importa en tu camino, más en el mío he decidido hacer un desvío.
—¿M-me entiendes?
—La pregunta es ¿si tú entiendes lo que va a pasar aquí?
El hombre tiró lo que sea que estaba fumando y se puso de pie, medía más que yo y llevaba ropas que he visto de los pueblos cercanos.
—Tengo un vago presentimiento de que va a pasar, los animales, los espíritus, las bestias fuera de lo normal lo saben, me gustaría evitarlo, pero terminaría arrastrándome al abismo también.— El hombre se dio la vuelta dándome la espalda—. Hace mucho algo fue encerrado bajo la cascada, fue hace tanto que el tiempo borró el nombre de aquel ser hace mucho. Por favor mantén la mente centrada cuando le hables.
—No entiendo ¿Quién eres?
El hombre se disponía a marcharse hasta que volvió a hablar.
—Un espectador, a veces un defensor, el mundo es un lugar muy extenso niño, mucha gente, muchos dioses, muchas posibilidades y el destino tomará varias de esas posibilidades.
Ante mis ojos el cuerpo del hombre se empezaba a hacer traslúcido hasta por fin desaparecer en la nada.
No entendía lo que pasó, pero no podía parar ahora, poco a poco me fui acercando a la abertura hasta que entre en ella por completo.
Salí de esa abertura decidido, sostenía mi relicario en la mano cerrada con fuerza, me preguntaba si esto fue planeado por ella o solo me dio la respuesta esperando un resultado como el que se dio.
Pero lo descubriría después, en mi camino en busca de los elementos que necesitaba me volví a encontrar con aquel hombre, ya tenía una mejor idea de quien era así que no perdí mucho el tiempo con él.
—Elegiste tu destino.
No le respondí y seguí caminando.
—¿Estás feliz por no poder elegir?
Me detuve y le devolví la mirada.
—El cómo llegaste, lo que vas a hacer, lo que puedes ver, ¿En serio alguna de esas cosas fueron porque las elegiste tu? o solo eres arcilla en las manos del destino.
— Yo elegí esto, yo seguí el camino, yo negocie con aquel ser, y yo seré quien tomé las decisiones de mi vida.
"Me fui sin mirar atrás, creo que aquel misterioso ser quiso decirme algo más, pero no me importaba, jamás lo volví a ver. Hoy en día con más conciencia de lo que pasaba me pregunto cuál hubiera sido su papel si me eliminaba en ese momento".
"Incluso los espíritus tienen miedo".
"Tal vez a él le tocaría ser la arcilla del destino y estar en mi lugar, pero a quién le importa lo que pudo ser, lo que importa es lo que pasó. Ya que lo primero que les dije a mis acompañantes náufragos fue"
—Encontré El Dorado.
Guíe a esos tres a la cascada, su actitud oscilaba entre la emoción y la desconfianza, excepto por la del Wilhelm cuya sonrisa parecía grotesca en su vieja y dañada cara.
Con algo de suerte y abriendo un poco más la abertura pudimos llegar a las catacumbas que había visitado con anterioridad, todo estaba tal y como lo había dejado, una gran y extensa cueva la cual terminaba en el extremo contrario al de la abertura, con una especie de puerta de piedra tallada a mano en roca, los símbolos eran rústicos y no los reconocía, tampoco a las figuras talladas en las mismas.
Lo que sí reconocía era la voz que empezaba a susurrar en mi oído.
—Detrás de esa puerta está - dije yo.
Con una rapidez algo desesperada los tres hombres se aproximaron a la puerta, con mucho esfuerzo lograron abrirla dejando paso a las pilas de oro que se adornaban la sala.
Collares, gemas, todo lo que la codicia de un hombre podría soñar en un solo lugar, ellos parecían fascinados, como bebés que nunca habían visto algo brillante en sus vidas.
Hilde y Wilhelm estaban a punto de abalanzarse hacia aquel tesoro, pero Schmidt detuvo el avance de Hilde sosteniéndolo firmemente del hombro. Wilhelm no se detuvo y corrió hasta llegar a las pilas de oro jugando con ellas mientras no se daba cuenta que su piel empezaba a cambiar de color hasta reflejar el brillo del oro en si mismo, termino desplomado mientras su cuerpo se resquebrajaba y se unía al gran tesoro.
— Que mierda significa esto - dijo Schmidt.
La voz en mi cabeza me seguía diciendo cosas, que hacer, cómo hacerlo.
—Si hubiera sido tan fácil como cruzar una puerta tu no nos habrías traído aquí.
Hilde quito la cara de mono sorprendido y rápidamente desenfundo el cañón de mano, ellos habían concordado en dejar una última bala en caso de emergencia extrema o solo para amenazarme en caso de que me quiera pasar de listo, por Dios, quién diría que su razonamiento sería correcto.
Ninguno de los dos se movió, sabía que uno lo hacía por miedo, pero sospechaba que el capitán estaba analizando la situación. Por dos años estos dos cerdos me habían usado como nada más que una mula de carga. Me negaba a morir cuando estaba tan cerca de mi libertad, la voz me alentaba, me daba fuerzas.
Hilde parecía pálido, aunque sus ojos y su mira estaban sobre mi, su mente no dejaba de pensar si lo que vio era real, aprovechando ese momento de incertidumbre corrí rápidamente hacia la primera de las trampas del templo. Yo también tenía una ventaja a mi favor, ese demonio me había guiado hasta los restos de varias personas que intentaron saquear su tumba. Sus cuerpos tal vez ya se habían deshecho, pero sus armas seguían intactas. Tomé uno de los instrumentos de cacería de aquellos hombres, el cual se asemejaba mucho a una lanza, y la arrojé con toda mi fuerza contra ellos.
Schmidt logró echarse al suelo rápidamente, pero Hilde recibió una estaca directo en el brazo que lo hizo soltar el cañón de mano. Aprovechando la oportunidad embestí contra Hilde logrando que cayera al suelo, adolorido por la herida junto al cansancio de todos estos años fue fácil de noquear, y que yo pudiera tomar el cañón de mano.
Y, por fin, el destino estaba en mis manos. Lástima que solo tenía una bala, pero eso se resolvió rápidamente al ver cómo el gran capitán trataba de levantarse. Sin perder tiempo, me abalancé sobre él poniendo mis manos en su garganta.
—Maldito —logré escuchar brotar de su boca.
La libertad es mía, la libertad es mía y solo mía, pensé repetidamente. Mientras el demonio se deleitaba, la euforia despertó en mí una fuerza que no conocía. Schmidt estaba muerto, su rostro, de un color antinatural, me devolvió la mirada con esos ojos vacíos.
Ahora tocaba cumplir la otra parte del trato.
Con el cañón de mano arrebaté la vida de Hilde para evitar interrupciones. Arrojé con mucha dificultad su gran cuerpo sobre la pila de oro, viendo cómo no era afectado por la maldición, manteniéndose intacto. La clave estaba en las intenciones.
—Muy bien Fliege confío en ti.
Tomé el relicario, recite las palabras, no porque las entendiera sino porque la voz me ayudaba a pronunciarlas correctamente. El relicario se abrió y de el pude sacar un minúsculo frasco con un líquido extraño dentro, una nota de apenas un par de palabras estaba pegada en el frente de la botellita.
—Solo sigue tu voluntad.
La maldición solo me afectara si deseo algo dentro de esa habitación, por lo que debo confiar en mi instinto. La voz por fin se calló, si el intervenía no funcionaria, bebí de la botella y todo mi mundo se volvió blanco. No sabia quien era, no sabia que hacia, no sabía qué era lo que me rodeaba.
Solo tenía un sentimiento arraigado en mi cabeza avanzar. tenía que avanzar, no le preste atención al oro, no sabia porque, pero sentía que solo tenía que caminar que sabría cuándo detenerme. Cuando mis pies estuvieron tapados completamente por el amarillo metal lo vi, el anillo.
Un anillo dorado con una gema verde, decorado con pequeñas calaveras a su alrededor, la cárcel original. Me lo coloque, permitiendo así que el demonio entrara en mi cuerpo.
El devolvió mis recuerdos, el recupero su poder, el oro empezó a gritar, las almas atrapadas por siglos, sus seguidores, los codiciosos, Wilhelm, todos ellos dejaron el limbo al cual pertenecían para unirse de forma dolorosa y grotesca a una entidad esquelética dorada y adornado con ropajes de un pueblo hace milenios muerto.
Este ser y yo nos hicimos uno, y no solo nosotros, al mismo tiempo, otros cosechaban las almas de millones de personas más.
Y por un segundo, por una fracción de segundo, el nació, el me marco, grabando nuestro nuevo nombre en el anillo, “Mammon”.
Fin.
"Después de todo eso pasaron muchas cosas más, salir del continente, encontrarse con los otros pecados y terminar en Inglaterra. Cambiando mi nombre, cambiando varios aspectos de quien era. El anillo me dio muchas cosas, poder, vida eterna, pero aún así me sigo preguntado si al final el demonio cumplió su promesa."
"Si yo lo liberaba él me liberaba."
"También me dio más que eso, me devolvió una fortuna aún mayor que la de mis padres, con mover una mano tengo a un ejército listo para eliminar a cualquier competencia, él me deja saber dónde está aquel hombre en todo momento."
"Pero al final del día no soy Mammon."
"No dejo de ser una marioneta de carne para él. Mammon lo sabe, escucha lo que pienso, pero también sabe que debe darme estos monólogos para no volverme loco."
El sonido del teléfono me distrajo un momento de mis pensamientos.
—Señor Marshall, la señorita Fliege ya llegó — respondió mi secretaria desde el aparato.
Se podría decir que peco de avaricia al amasar tanto poder y riqueza.
Pero ¿en serio era lo que realmente quería?
Vengarme de quienes me quitaron la libertad solo hizo que terminara bajo el control de alguien más.
La voluntad que nos liberó murió hace mucho.
De mi orgullo murió mí avaricia.
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