Übermensch
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Era una noche oscura como pocas, una noche sin luna y sin estrellas, pues estas permanecían ocultas tras un cielo encapotado de nubes. La playa estaba envuelta en sombras, solo distinguiéndose la fosforescencia de la espuma cuando las olas reventaban contra sus negras arenas y contra las rocas. La playa en si era una estrecha franja en forma de semiluna, apenas gris en la oscuridad reinante. Hacia el oeste el horizonte se fundía con el cielo nocturno, hacia el este el terreno se elevaba y terminaba en lo que de día eran cerros empinados, áridos y rocosos, pero que ahora eran grandes masas sombrías que también se fundían con la noche.

Pero había otro punto de luz: una ventana. Una cabaña en la playa, de muros blancos, con un pequeño y descuidado jardín e ideal para vacaciones familiares. Toda ella estaba a oscuras y en la sombra, a excepción de un rectángulo de luz amarilla como un faro en medio de la noche.

―Estoy lista… cariño.

Asenath se encontraba junto a la ventana, no era posible saber si miraba hacia el exterior o a su propio reflejo en el vidrio. La habitación donde se hallaba era bastante anodina, una cama de dos plazas, un armario, una mesita de noche, etc., nada que llamara la atención, excepto ella, y con justa razón.

Asenath se hallaba en ropa interior y, aun de espaldas, podíamos notar su cuerpo firme y torneado, delgado y hermoso, dando una fuerte sensación de agilidad a pesar de estar inmóvil. Si uno subía la mirada por la suave pendiente de su espalda llegaba a una corta melena negra, lisa y con reflejos azulinos de tan oscura, y de ahí a su rostro, marcadamente semita: ojos grandes y tristes, nariz grande, ligeramente curva, la piel oscura. Más atractiva que hermosa, su mirada parecía indiferente a su situación y a lo que iba a suceder.

―Yo también estoy listo, cariño… muy, muy listo…

Ella se volteó para ver al doctor Bitran, quien venia saliendo del baño, y sus ojos se abrieron desmesuradamente por la sorpresa. No por el hecho de verlo desnudo (su cuerpo era tal como se lo había imaginado, laxo, flácido, como el de todo cincuentón descuidado) sino el que Bitran, con una sonrisa maliciosa, sostuviera en una de sus manos un par de esposas –forradas en felpa rosada- y en la otra… no estaba segura de cual era su nombre, pero sin duda alguna usaba pilas, y ahora estaba encendido, vibrando y emitiendo un suave zumbido, ¿de verdad habían mujeres a las que les gustaba introducirse…?

Ella soltó una carcajada, no era una risa nerviosa, sino que puro regocijo, una risa tan fresca como una piña. Esta vez fue el doctor Bitran quien se sorprendió, porque le pareció notar detrás de tan súbita alegría una leve nota de crueldad.

―¿Crees en verdad que voy a permitir que uses Eso en mi?

Bitran volvió a sonreír.

―Siempre dicen lo mismo: “No, no usare una de esas cosas, es obsceno. No, no me pondré ese disfraz, no, aleja ese frasco con mermelada de mi… No, ¡por ahí no!”, sin embargo al final siempre aceptan… soy muy persuasivo.

―¿En serio? Pues trata de convencerlo a el ―y Asenath señaló algo que estaba a las espadas de Bitran.

El se volteó y se descubrió que había alguien más en la habitación. Este era un tipo negro, alto, de mandíbula firme y con la cabeza completamente afeitada. Parecía bastante fornido, sus ojos estaban ocultos por unos innecesarios lentes oscuros que convertían su rostro en una mascara inexpresiva, aunque claramente lo estaba mirando a el. El desconocido le echó una larga mirada de los pies a la cabeza sin que se le moviera un solo músculo de la cara, como si no estuviera muy impresionado por lo que veia o.

Entonces Bitran reaccionó: le lanzó las esposas a la cabeza, algo que el intruso esquivó fácilmente con un leve movimiento, y luego pretendió golpearlo con la herramienta ―¿Se le podía llamar así?― a pilas que tenia en la otra mano. Eso sorprendió al extraño, incluso hizo que vacilara un momento, pero de inmediato, con un veloz movimiento, lo tumbó de un solo puñetazo.

Luego le dio una breve paliza, tan carente de pasión como de enojo, solo con el fin de mostrarle que no estaba jugando.

Después entraron dos hombres mas, jóvenes, de rostros inexpresivos, los cuales sin palabra alguna obligaron al doctor a vestirse, le cubrieron la boca con cinta adhesiva, le amarraron las manos con más cinta y finalmente le cubrieron la cabeza con una capucha.

―¿Algo mas, Martillo?

―No, llévenlo al auto, y después tu, Víctor, regresa porque vamos a voltear esta cabaña por entero, quizás encontremos algo interesante.

Los dos chicos se despidieron con una leve inclinación de cabeza y se retiraron con su prisionero, dejando solos a Marius Kachingwe, “Martillo” de la Sociedad Antares, y a Asenath, a quien por cierto respetuosamente no miraron una sola vez.

Mientras ella se vestía a toda velocidad, Marius registraba la habitación, empezando por el armario, arrojando fuera la ropa y palpando la pared del fondo, pensando, con cierta lógica, que un edificio tan apartado le serviría al doctor Bitran para ocultar sus secretos, estuvieran o relacionados con la Fundación.

―¿Qué le harán? ―preguntó Asenath mientras terminaba de vestirse.

―¿Te preocupas por el? No deberías molestarte… de todos modos, si te tranquiliza, tenemos medios para averiguar lo que el sabe sin dañarlo físicamente.

―¿Y su guardaespaldas? ―Asenath lo recordaba, un tipo enorme de cara agria, que la observaba fijamente y con desconfianza, como si pudiera taladrar en sus pensamientos― Se quedo en el auto esperándonos…

―Neutralizado, y en verdad fue muy fácil: lo encontramos durmiendo, al parecer ya era rutina que acompaña a Bitran en sus escapadas con chicas. No se cuanto le pagaría la Fundación, sin duda demasiado… o muy poco.

―Era un irresponsable.

―Se confió, simplemente… ¿Recuerdas cuando el te ofreció aquel vaso con bebida? Era para tomar tus huellas digitales… No te preocupes ―agregó Marius al ver la expresión alarmada de ella― Claramente no encontró nada sospechoso en ti o no hubieras llegado tan lejos, además estamos seguros de que la Fundación no sabe nada, Bitran prefería mantener sus escapadas en secreto.

Ella no quedo demasiado tranquila en verdad, pero decidió confiar en su palabra. Por otro lado, casi sentía pena por ese pervertido del doctor, había oído rumores sobre espías de la Fundación que tras ser capturados fueron liberados en tan mal estado que tuvieron que ser internados en hospitales siquiátricos, aunque otra versión de la historia decía que no habían sido internados allí por estar locos sino por fracasar en su misión, eso cuando no eran usados como carne de laboratorio en sus experimentos con las cosas horribles que ellos guardaban.

Terminó de vestirse y por ultimo se colocó alrededor del cuello un pequeño colgante, una Maguén David plateada, y al voltearse observó que Marius la miraba fijamente, tan carente de expresión como antes con sus ojos ocultos tras las gafas, y Asenath se sintió incomoda.

―No deberías cargar con esto ―le dijo, y alargando su mano cogió la estrella de David que ella llevaba.

―¿Por qué?

―Por lo que significa.

―No entiendo, es un regalo de mi madre, un recuerdo familiar.

―Aun así no deberías llevarlo.

―¿Cuál es el punto? ¿Acaso debo ocultar lo que soy?

―No se trata de ocultar quien eres… se trata simplemente de que estamos por encima de cosas tales como tener una religión.

―Tu aun eres solo una aprendiz, querida Asenath ― continuó Marius― pero hay algo que ya debes tener muy en claro: Somos una humanidad superior, y no lo somos a causa de una supuesta genética superior, como pensarían los degenerados neonazis o los ilusos practicantes de la eugenesia. Somos superiores porque hemos dejado atrás las viejas creencias, mitos y prejuicios que desde el origen del hombre solo han servido para atar y entorpecer la razón. Estamos por encima de las viejas supersticiones mundanas que solo han servido como riendas para mantener en línea recta al pueblo, nuestro pensamiento y nuestras acciones no se rigen por la moral de las grandes masas.

Asenath vaciló, quería decir algo pero no encontraba las palabras adecuadas.

―Si, se lo que estas pensando, que depositamos nuestra fe en los Superiores Desconocidos, pero esa es una interpretación errónea. En primer lugar no creemos en los Grandes maestros: sabemos que existen, su existencia es perfectamente racional.

―En segundo lugar no creemos en las soluciones mágicas que prometen habitualmente las religiones. Nosotros ante los problemas no rezamos y esperamos soluciones milagrosas, nosotros les hacemos frente con nuestra voluntad de hierro y un raciocinio libre de ataduras… por eso resultan tan patéticos casos como las profecías del 2012, quienes no temían al fin del mundo esperaban en cambio el inicio de una nueva era dorada, un “despertar espiritual” de la humanidad donde se solucionaran mágicamente todos los problemas… una actitud que, además de ingenua, en increíblemente perezosa.

―Nosotros forjamos nuestro futuro.

Miró la estrella de David que aun tenia en la mano, y suavemente la depositó sobre el pecho de Asenath.

―Puedes conservarlo si es un recuerdo familiar… ―golpeó con sus dedo índice la frente de ella y sonrió, por primera vez― Dejare que reflexiones sobre esto, ahora, ayúdame.

Queda mucho por registrar en esta cabaña.

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