El Pastor Perdido

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24 de Diciembre del 2011

5:14:06 PM

Daniel Horatio Aeslinger, Doctor en Psicología se paró de espaldas a la habitación, mirando hacia la ventana. Afuera todo estaba tranquilo y oscuro, en la mayoría oscuro. El único punto de luz en la habitación detrás de él sólo hacía que el mundo exterior pareciera más desolado.

En el escritorio, esparcido en lo que para cualquier persona promedio parecería un desastre total, pero en realidad era un método altamente sofisticado de organización que sólo él entendía, estaban once archivos de personal que no existían. Parecían bastante discretos, simples carpetas de manila con una letra clara en la lengüeta que denotaba su contenido. Once de ellos, y tuvo que trabajar en cada uno de ellos. Había estado en ello durante las últimas seis horas, leyendo, tomando notas, comparando esas notas con las de los expedientes, escritas por sus predecesores. Uno de ellos había pedido el perfil de once de los otros doce, y el duodécimo había ido a Bjornsen por alguna razón. Y ahora estaba cansado, le dolía la mano y tenía el cerebro quemado.

Mientras estaba allí, mirando la oscura calma, comenzaron a caer los primeros copos de nieve. Era lo único que podía ponerlo sentimental, la nieve. Le traían recuerdos de su infancia, de muñecos de nieve deformes y fortalezas hechas a lo largo de semanas.

Qué manera de pasar Nochebuena.

7:03:51 PM

Había notado un patrón en los archivos. Cada uno de los empleados retratados en estos documentos era una persona equilibrada, pero no tan equilibrada. Cada uno de ellos tenía algunas pequeñas peculiaridades, excepto el número 6, cuya peculiaridad parecía ser que no tenían peculiaridades. Cada una de las personas retratadas tenía un historial ejemplar dentro de La Fundación, habiendo llegado al poder simplemente haciendo su trabajo mejor y más eficientemente que sus colegas anteriores. No se lo creyó ni por un segundo. Todos los archivos que tenía ante él habían sido falsificados, pero él no podía pensar en una buena razón por la que estarían tan mal hechos.

Se recostó en la desgastada silla que había encontrado en la oficina. Su ocupante habitual estaba probablemente ocupado divirtiéndose en la fiesta anual de Navidad del Sitio. Cerrando los ojos intentó recorrer todos los escenarios posibles que lo dejarían aquí, en una oficina de repuesto en Nochebuena leyendo lo que equivalía a biografías ficticias de personas que oficialmente no existían. Y no deseaban existir.

Al final, la única razón que se le ocurrió fue que querían ver cuánto tiempo le tomaba resolver todo el asunto. ¿Pero por qué entonces darle a Bjornsen el último? ¿O tal vez era el caso de un peón al que se le recordaba su naturaleza? ¿Que alguien haga algo inútil sólo para recordarles que se le puede obligar a hacer cualquier cosa?, ¿incluso si no tiene sentido?

Nunca estaría en el Consejo O5, eso es seguro.

8:56:29 PM

Mientras las ventanas se llenaban de nieve, el único sonido en la oficina escasamente decorada era el ronquido desordenado de un hombre de mediana edad que babeaba sobre las carpetas bajo su mejilla barbuda.

9:33:11 PM

Daniel se despertó con un ronquido, causando que se disculpara profusamente con nadie en particular. Ahora era imposible devolver varios archivos a registros, pero pensó que no habían venido de allí en primer lugar. Cuando el mensajero llegara por la mañana, se lo explicaría. Dudaba de que al mensajero le importara. Encendiendo el ordenador que tenía delante, se preparó para redactar sus informes finales sobre esas doce personas responsables de la, que seguro, era la mayor conspiración en la historia de la humanidad. Mientras estaba encendiendo, el salió al pasillo.

Cuando empezó, el llevaba un termo de café con él. Café que sabía que sabía a café, en contraste con el jugo concentrado de axila de mono que aquí llamaban café. Pero ese termo había estado vacío durante las últimas tres horas, y su cuerpo exigía cafeína. Parado fuera de la pequeña habitación, miró hacia la izquierda y luego hacia la derecha, tratando de recordar cómo había entrado y si había visto o no una de las máquinas de café del Sitio. Penso que lo hizo, dos a la izquierda y una a la derecha desde donde estaba. Mientras la computadora detrás de él, alegremente, emitió un pitido a través de su despertar, Aeslinger cerró con llave la puerta de la oficina detrás de él y se fue en una búsqueda personal.

10:02:43 PM

De hecho, no habían sido dos hacia a la izquierda y uno hacia la derecha. Como la cantidad de izquierdas y derechas ahora había saltado a los dos dígitos, estaba bastante seguro de que estaba tan lejos de la oficina a la que tenía que regresar como de una taza de café decente.

10:48:13 PM

Ahora estaba completamente perdido y todavía sin su cafeína. No reconoció ninguna parte del edificio en el que estaba, y como sólo había recibido la tarjeta de acceso a la oficina en particular en la que había estado trabajando hasta hace poco más de una hora, no pudo mirar hacia afuera para buscar posibles puntos de referencia. Es decir, si pudiera verlos a través de la nieve de afuera. Encontró un pequeño banco de pie contra una pared blanquecina y se sentó con la cabeza recargada en sus manos. Tenía un buen rastreador GPS en el teléfono de la compañía, pero eso requería de que no lo abandonara junto a la computadora que encendió, lo cual, por supuesto, había hecho. Suspiró y contó las luces de emergencia encendidas en este pasillo. Llegaron a siete a su izquierda y diecinueve a su derecha. Diecinueve menos siete era doce. Qué coincidencia. Se inclinó demasiado hacia atrás y se golpeó la cabeza contra la pared. Murmurando, se sobo la parte de atrás de la cabeza.

No es para preocuparse, volvería a esa oficina. De algún modo.

11:54:26 PM

Daniel Horatio Aeslinger era ajeno a los casi mudos ruidos de risas y de música que se abrían paso a través de los kilómetros de pasillos que había. Una de sus pierna colgaba torpemente del banco sobre el que se tumbaba, y la otra estaba estirada sobre ella. Su chaqueta había sido doblada y colocada debajo de su cabeza, y sus manos estaban dobladas sobre su vientre. La subida y caída constante de su pecho dejó muy claro que, de hecho, no iba a volver a esa oficina hoy. Tal vez el día de Navidad, y con ayuda, pero por ahora se quedaría quieto. No importaba, el trabajo no debía estar listo hasta para el 27.

En la oficina, a varios metros a su derecha, una computadora esperó pacientemente a que un tal Daniel Horatio Aeslinger ingresara sus credenciales. No tenía nada mejor que hacer en la víspera de Navidad.

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