Sonidos de Frecuencia
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Es curioso cómo alguien con una posición tan baja como la mía podía enterarse de prácticamente todo lo que sucedía en un Sitio de la Fundación. Las barreras de la celda que compartía con mis compañeros eran sumamente finas, y al otro lado había una sala de descanso. Quiera o no, uno oye cosas pequeñas de unos y de otros en las conversaciones que mantienen los empleados. "Ha habido una brecha de contención en Sitio-19", decían; "el OA-ES-79562 va a ser trasladado"; o "se van a hacer más pruebas con SCP-ES-092". En cierta manera, aquellas personas nos mantenían al día con todo lo que sucedía en las instalaciones.

Aunque no es que nos tratasen muy bien. Siendo lo que éramos, nadie nos respetaba demasiado, pero lo suyo era abuso. Nos sacaban de la celda en pleno horario de trabajo y nos llevaban al área de recreación para divertirse a nuestra costa. Nosotros les marcábamos un compás, y ellos bailaban, se reían, incluso se burlaban de nosotros. Y yo me indignaba. No era aquello por lo que estábamos allí.

El verdadero propósito de nuestra estancia en la Fundación (un tanto indeseada, en muchos casos) era interactuar con anomalías acústicas cuando se requiriese; cosa tan ambigua que podía significar un millón de cosas distintas según el momento y ampliaba enormemente la lista de SCP a los que podíamos ser potencialmente asignados.

Una labor interesante. A veces.

Durante nuestros años de servicio, hicimos toda clase de tareas, de las más absurdas a las más peligrosas. Entrábamos a la celda del OA-ES-189624 y armábamos jaleo durante horas, mientras unos científicos se afanaban en medir la temperatura de sus distintas secciones. La música que sonaba durante la contención inicial del LI-ES-7385 provenía de nosotros, así como esa que se emite en la cámara del OA-ES-523409 todos los viernes.

En un ejercicio de contención, un SCP mató a todos mis compañeros después del 3:05. Los especialistas confirmaron que la anomalía no nos había afectado al resto y sustituyeron a los caídos.

Esa noche no pude conciliar el sueño.

Era una vida dura, a veces cruel, a veces grata, a veces aburrida, siempre extraña, nunca en libertad. Un día te encomendaba una labor emocionante, al siguiente te hacía quedarte de pie durante horas paralizado por el terror. Siempre lanzándote los más cruentos altibajos.

Pero sobrevivíamos. Nos teníamos los unos a los otros, nos dábamos apoyo para continuar. Al final de cada jornada, en nuestro pabellón siempre había risas y bromas que endulzaban los días decentes y atenuaban los malos. Cuando había problemas, éramos el mejor consuelo que podíamos desear. Estábamos juntos en aquello: llegar al día siguiente no siempre estaba asegurado, y lo único que podíamos hacer era unirnos y tratar de continuar.

Las situaciones límite unen a las personas. Nosotros nos unimos primero como un equipo, luego como un círculo de amigos y, al final, casi como una familia. Estábamos solos, desamparados en un entorno variable y caótico: la única ayuda que podíamos encontrar en aquella Fundación que nos exigía nuestro trabajo y controlaba nuestras vidas era los demás miembros del equipo.

Era una situación extraña. Nos rodeaban docenas de profesionales, toda clase de instalaciones maravillosamente preparadas, algunas de las máquinas más sofisticadas creadas por la humanidad… pero estábamos apartados de todas esas cosas, como si nos separase un cristal. Pasábamos entre ellas diariamente, cuando nos conducían a nuestro siguiente destino, pero los mundos que habitábamos no eran el mismo. No podías acudir a los guardias para que te ayudasen en tu labor, esas máquinas no iban a aligerar tu carga. La primera lección que aprendimos a nuestra llegada (y lo hicimos rápido) fue que nuestra supervivencia y nuestro bienestar dependían completamente de nosotros.

Y seguimos esa rutina, día, tras día, tras día. Demostramos que no dábamos problemas, que podían pasarnos de una anomalía a otra sin deshacerse de nosotros. Aprendimos. Descubrimos cómo seguir órdenes de la manera adecuada, cómo sobrellevar el estrés y no dejar que nos afectase, cómo hacer las tareas más básicas con esa eficiencia poco menos que mecánica que estaban buscando. Evolucionamos, nos fortalecimos. Esa sensación subyacente de que no duraríamos demasiado, de que nuestras andanzas tendrían fin de una forma u otra… Se había ido.

Ahora teníamos esperanza. Nos atrevimos a pensar que podíamos lograr un futuro, que podíamos aspirar a algo mejor si aguantábamos lo suficiente. No dejaríamos de ser prisioneros, pero, ¿nos darían un mejor trato si adquiríamos una experiencia excepcional? Seguro que sí, ¿verdad? La Fundación no pondría en riesgo a unos encargados competentes. Solo teníamos que aguantar y…

Qué tontos fuimos.

La realidad nos golpeó en la cara con un mensaje a través de la pared.

Así fue como nos enteramos de nuestro destino antes de que nos lo comunicasen.

Era un nuevo experimento, decían. Los planes para nuestra unidad, como ya habían comentado en la secretaría, eran el contacto directo con SCP-ES-002.

Nuestros días habían terminado. Íbamos a morir.

Las siguientes horas fueron agónicas. Solo podíamos hablar y hablar mientras observábamos impotentes cómo nuestro tiempo se acababa lentamente. Cuando ya estábamos al borde de la histeria, llegaron los guardias.
No dijeron nada. Nos cogieron sin esfuerzo y nos condujeron por una serie de pasillos mientras les preguntábamos, les suplicábamos, les insultábamos; pero ellos parecían no oír. Y, con cada esquina que doblábamos, con cada baldosa que recorríamos, el espantoso sentimiento de pavor que nos abrumaba iba creciendo e hinchándose en nuestro pecho.

Oí lloros, y algunos de ellos eran los míos.

Todo pasó tan rápido como había empezado. Ahora estábamos ante unas puertas que anunciaban nuestra sentencia con grandes letras blancas: SCP-002.
En una cámara interior con la esclusa tras la que se encontraba el objeto, los guardias fueron relevados por varios hombres con trajes especiales. Yo estaba demasiado impactado para prestar atención. A decir verdad, no terminaba de creerme que fuese a morir en aquel momento. La vida a mi alrededor era irreal como una pesadilla.
Los hombres con trajes nos rodearon y nos hicieron avanzar hacia la esclusa en una columna. Yo iba a ser el primero. Era mi fin. Había oído hablar de los efectos que tenía 002. Respiré fuerte y, sin haber asimilado que iba a morir, pasé por la esclusa.

En menos del tiempo que dura un parpadeo, una vibración chocó contra mí y me atravesó, inundando cada parte de mí con un dolor desgarrador. Antes de que pudiese caer al suelo, la criatura volvió a abalanzarse sobre mí y se pegó a mi cuerpo, como un parásito listo para sorber la sangre de su víctima. Volvía a atravesarme con su sonido: todo vibraba, y el dolor era cada vez mayor…

Me estaba comiendo. A un ritmo voraz e inefablemente rápido, partía mi espectro sonoro en pedazos e integraba mis vibraciones dentro de sí mismo. Y antes de que me diese cuenta… Ya no quedaba nada de mí. Solo era él. Había consumido todo mi sonido.

A mi espalda, mis compañeros salían de la celda del iPod y se dirigían al mismo destino.

Hace tan solo un minuto, yo era la primera nota de la canción Still D.R.E, un sonido de 32 Hz de frecuencia.

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