Especie de Interés-004
Puntuación: +3+x
Identificador: EdI-004 Población Estimada:
Nombre Científico: Homo postdescensus1 <200

Nivel de Amenaza: Verde


Respecto a los Individuos

  • Rango de Atura: 0,5-3,8 metros
  • Rango de Peso: 2-1022,2 kg
  • Exterior: Marrón oscuro, parecido a la arcilla, forma variable
  • Ciclo Circadiano: Principalmente nocturno
  • Esperanza de Vida: Inmortalidad biológica

Las instancias de EdI-004 son confundidas a menudo con Homo sapiens idaltu2 y Homo sapiens sapiens3. Pueden distinguirse por las siguientes características:

  • Las instancias de EdI-004 frecuentemente, aunque no siempre, exhiben fisiologías humanoides exageradas o malformadas.
  • La piel de EdI-004 tiene una consistencia similar a la arcilla.
  • EdI-004 carece de genitales y se reproduce asexualmente por fisión.
  • Todas las instancias de EdI-004 hablan con fluidez uno de los cuatro proto-lenguajes afroasiáticos.

Consideraciones Especiales de la Población

Se desplegará al Destacamento Móvil Épsilon-11 ("Aguja en un Pajar") en respuesta a los avistamientos de EdI-004, que serán capturadas y detenidas. En respuesta a posibles núcleos de población, el DM-ε11 puede solicitar ayuda adicional a los destacamentos dedicados a combatir agresores fuertemente atrincherados o a gran escala; sin embargo, se sospecha que EdI-004 representa una amenaza mínima para la Fundación.

Las instancias de EdI-004 deben ser transferidas al Panóptico de EGBAEQ-Sitio-98 para su contención. Las necesidades dietéticas éticamente apropiadas consisten en 23 kcal de tubérculos y 12 kcal de carne putrefacta por kilogramo semanal; esto puede reducirse si el Sitio-98 experimenta problemas presupuestarios.


Descripción

La Especie de Interés 004 son descendientes modificados genéticamente de…

Cuando los Nephilimit murieron, víctimas de su propia beligerancia, extractivismo y odios étnicos, sus hijos se dispersaron por su imperio muerto.

Los hijos de los Nephilimit no eran aptos para revivir el gobierno de sus amos, pues sólo un Nephil era apto para aprender el arte del Imperio… o tal era el razonamiento. Con el tiempo, las asfixiantes ciudades de los Nephilimit dieron paso a la vibrante depravación de Lamashtu el Escarlata, Inanna la Violeta y sus Reyes Ciempiés; con el tiempo, serían superados por los Hijos de la Carne y Pelo, los hijos de arcilla de los Nephilimit relegados a la curiosidad; y cuando el día devoró la noche y las bibliotecas Yeren ardieran, los hijos de arcilla sin nombre se contentaron aparentemente con seguir siendo unos don nadie nómadas.

Sin embargo, ninguno de los vivos está alejado de la naturaleza. A medida que la paz del dominio prevaleció, los antiguos esclavos de los Nephilimit aumentaron en número. Los vagabundos se convirtieron en grupos, en comunidades, en tribus, y la Arcilla ya no podía ignorar su lugar en el mundo. No se les había concedido ningún nombre, ningún destino que heredar más allá de una aparente eternidad de servidumbre punitiva… pero aun así, vivían. Eran plurales — imit — y ante ellos había un futuro que forjar como les pareciera.


El Protarca de los Imit, Adamah, era una criatura antigua y bestial, que en su día fue la curiosidad de una Corte Nocturna de poca importancia. Medía 33 codos de altura, y con el tiempo podría haber medido 33 codos más. Generaciones de yeren le habían instruido sin saberlo en las artes del Imperio, y cuando llegó la oportunidad de aplicar tales lecciones, Adamah estuvo más que feliz de complacerlos.

Antiguos esclavos del imperio, Adamah era a la vez familiar y bienvenido para los Imit. Adamah pedía, pero no exigía, una lealtad incuestionable. Adamah dividió la tierra en feudos imperiales e invitó a sus aliados a vivir pacíficamente en ellos. Adamah declaró que todo lo que estaba en su ámbito estaba bajo el yugo de Adamah, y se aseguró de que ningún yugo pesara más que el de sus vecinos.

Por decreto, sólo había uno por encima de Adamah, una fuerza incomprensiblemente vasta de nombre prohibido. Todos los demás — los pastores y agricultores, los guerreros que servían de dedos a Adamah, incluso el cortesano de ojos de cristal que interpretaba la luz divina — estaban por debajo de Adamah, y por igual. Declararse más cercano a Adamah que cualquier otro era una especie de traición, que debía ser castigada en consecuencia. Así fue, en los días iniciales del reinado de Adamah.

Sin embargo, a medida que el dominio de Adamah se ampliaba, el Imperio se aseguraba de que fueran cada vez menos capaces de reconocer a sus súbditos. De la jerarquía de dos niveles surgieron sutiles castas, en las que los más cercanos a Adamah eran considerados más favorablemente, y los más lejanos menos. A los débiles se les descuidaba, a los fuertes se les asignaba un poder indebido. A medida que estas sutilezas aumentaban, Adamah se volvía cada vez menos capaz de imponer la igualdad de su inferioridad.

Lillith, Arcipreste de esa luz incognoscible, contempló las enfermizas jerarquías del imperio de Adamah, y sintió que la repugnancia florecía en su corazón. Adamah, que estaba por encima de los Imit y de sus vecinos, tenía el deber de asegurarse de que ningún yugo pesara más que otro. Presa de una justa ira, Lillith peregrinó a la Montaña de la Noche — en cuya cima gobernaba Adamah — para exponer su queja.

Las palabras de Lillith a Adamah nunca se registraron; se sabe, sin embargo, que Adamah, ebrio de poder, hizo que Lillith fuera azotada y arrojada desde la Montaña de la Noche. Lillith rodó por sus acantilados durante tres noches, las rocas cortaron su carne y destrozaron su esqueleto, y cuando cayó en el pantano salino de abajo, su cuerpo estaba roto y mutilado hasta quedar irreconocible.

Adamah había estado por encima de Lillith… pero no estaba por encima de la fuerza desconocida a la que Lillith había servido.

Esa gran luz que todo lo abarca era servida por siete ángeles, gigantes de una época ya pasada. Nunca habían estado bajo el dominio de Adamah, y nunca lo estarían. Ninguno se inmutó cuando llegó el imperativo de castigar a Adamah.

Adamah, de nuevo, medía 33 codos, y protegía a todos y cada uno de ellos. Ninguno de los que estaban bajo su dominio era lo suficientemente grande como para amenazar con dividirlos… pero de nuevo, los grandiosos ángeles no estaban bajo el dominio de Adamah.


Los ángeles descendieron sobre Adamah; he aquí su linaje:

  • La mano derecha del Primer Abnegado se clavó en el pecho de Adamah, agarrando sus costillas y arrancando de ellas la Eva de 3 Codos. Sería una erudita de gran renombre, aprendiendo y extrapolando los secretos del cuerpo de los imitianos — aunque el orgullo de Adamah la vería forzar nuevas jerarquías biológicas, excomulgándola de la sociedad elegante.
  • La garganta y los pulmones de Adamah fueron cortados por el Segundo Envidioso, engendrando al Adán de 3 Codos. Los recuerdos de la vida de Adamah le impulsarán a emprender el Imperio; de él provienen Caín, Abel y Seth, guerreros-autarcas de Iudimit.
  • El Tercero Ingenioso sometió a Adamah a una multitud de terribles heridas, y de ellas sangró a Attar de 7 Codos, ese tirano sin forma. La flexibilidad de Attar lo haría sobrevivir a la destrucción de Yenimit; sólo los ejércitos de Rashidun tendrían la tenacidad de destruirlo de una vez por todas.
  • El Cuarto Tenaz cercenó los miembros de Adamah, que se fusionaron en el Simurgh de 4 Codos bajo alguna fuerza desconocida. Este viajaría al Este; junto con los habitantes del Este, Parsimit surgiría. Sería el primero en morir.
  • Los latigazos del Quinto Solitario cortaron de Adamah su corazón, su hígado, sus riñones y su páncreas, de los que se coaguló a Amón de 5 Codos. Amón desaparecería en el Oeste, para cuidar sus vastos paisajes.
  • Los hechizos del Sexto Brillante hicieron surgir a Apep de 6 Codos de los intestinos de Adamah. Sin embargo, en su hambre, Apep devoraría los llanos al sur de Jericó, llegando a ser tan grande como para caer en el Mar del Oeste. La carne y la arcilla se unirían para defenderse de él, y así surgió Magrimit.
  • El Séptimo debe haberle hecho algo a Adamah, ya que cuatro de sus codos no se pueden contabilizar. Las leyendas hablan de un gran lobo que huyó hacia el Norte tras el castigo de Adamah; ¿podrían haber sido esos últimos 4 codos?

Cuando los Ángeles se retiraron de la Tierra, no quedó más que un solo codo de Adamah, irreconocible como el tirano fracasado que había sido antes. Aunque el desdichado que había sido Adamah comprendió la razón de su castigo, se enfureció. Su odio quemaba las arenas hasta convertirlas en cristal, y cuando las fuertes lluvias destrozaban el suelo bajo él, el desdichado cayó en una cueva de hierro, para no ser visto en mil años.

Pero mil años no habían sido nada para el antiguo Rey de los Imit, y cuando aquel Toro Temible de Amoloch emergiera de debajo de la tierra, sólo le seguirían la violencia y el dolor.


"Los Cuatro", Iudimit, Yenimit, Parsimit y Magrimit, no se ajustan del todo a las nociones modernas de "reino", "imperio" y "nación". Sería más exacto llamarlos poblaciones imitianas de lengua común, donde la lengua de uno seguía las reglas de otro. Algunas tribus, reinos y pueblos podrían haber cruzado las líneas, y los imitianos podrían haber gobernado junto a los humanos, los jinni, los shedim o los deva. Sin embargo, era en los Cuatro donde los imit prosperaban, los Cuatro donde su destino estaba tan íntimamente ligado.

Los Cuatro no estuvieron marcados por una desarmonía ancestral, ni por un vínculo trascendente. Hubo guerras, civiles, inter "nacionales", territoriales, totales, treguas y rendiciones y armisticios. También hubo ayudas, artes, regalos de excedentes a los necesitados. Una ciudad-estado iudimita podía aliarse con un pueblo parsimita para conquistar una tierra iudimita; doscientos años más tarde, ese reino parsimita, aliado con su antiguo enemigo, podía negociar la paz entre ambos.

Sólo había una constante en la existencia de los Cuatro: las amenazas de Apep y Amoloch. Apep nadaba por el océano y el mar, amenazando las costas y luchando contra el clero; Amoloch, por su parte, golpeaba los flancos desprotegidos donde residían los enfermos y desvalidos, llevándolos a su estómago fundido para quemarlos. Sin importar los conflictos políticos y personales, los Cuatro estaban unidos contra su terrible ira.

Durante once milenios, los Cuatro crecieron, se redujeron, evolucionaron y se desplazaron. Las lenguas se separaron gradualmente y surgieron nuevas lenguas comunes para reemplazarlas. Reinos, imperios, tribus, confederaciones y nómadas fueron y vinieron, y parecía que, finalmente, los Cuatro podrían convertirse en los Ocho, los Dos, los Dieciséis, el Uno, tan antiguos como para ser irreconciliables, incluso como amplias familias lingüísticas.

Estaban tan cerca.


Parsimit era, en líneas generales, el más cercano de los Cuatro al Reino Ortothiano. Sus diversas poblaciones se habían mezclado desde que el Reino era lo suficientemente grande como para ser reconocido como tal; se dice que, con el tiempo, las lenguas parsimitianas más orientales eran parcialmente inteligibles con la lengua ortothiana.

Fue, pues, el primero en notar los estandartes cuatricolores de Daevon marchando hacia el Reino.

La caída del Reino Ortothiano fue una terrible advertencia para los Parsimit orientales; "pero", pensaron los Tres y Medio, "¿por qué debemos preocuparnos?". El Reino de Daevon estaba tan lejos; para los Tres y Medio, los Parsimit orientales no debían preocuparse. Tal vez podrían enviar tropas para defender a los ortothianos restantes, pero los Cuatro tenían dos cosas mejores de las que preocuparse que un belicista lejano.

Unos miles años después, el Imperio Daevita volvería a marchar hacia el Sur.


Este fue el destino de los Imit:

Aquella cosa abominable que una vez había robado los nombres de "Inanna", "Huandou" y "Unseelie" había sido destrozada por los yeren al final de la Era Olvidada, y sus restos enterrados en el oeste. Cuando, una vez más, el Imperio se enfrentó a una crisis de recursos, la Emperatriz Blavena II utilizó su entierro como pretexto para expandirse.

Que las tierras estuvieran ya ocupadas no era meramente incidental: era favorable. El tiempo era el máximo enemigo de los daeva, esos desgraciados que se creían mejores que sus congéneres. Sólo a través de continuos sacrificios de sangre podían los daeva evitar el envejecimiento; la conquista de tierras habitadas proporcionaba no sólo más sacrificios, sino poblaciones que podrían compensarlos.

En su sangriento chovinismo, los daevitas no consideraron las generaciones de intercomunicación entre los Cuatro mientras sus fuerzas invadían desde el Mar Caspio, ni las implicaciones de desplegar su Leviatán Escarlata.

Los ejércitos parsimitianos recibieron a los daevitas con una tormenta de bronce; el reino iudimitiano de Edén no se quedó atrás, empujando la ofensiva daevita desde el oeste. La ofensiva del Mar Caspio vaciló, las pérdidas daevitas aumentaron, e incluso su Leviatán Escarlata fue incapacitado, castrado por Abel de Edén. Por un tiempo, parecía que los daevitas podrían ser expulsados.

No había una sola razón por la que la defensiva flaqueara. Se podía apuntar a las extrañas ofensivas de Caín de Edén; a las inexplicables plagas agrícolas; a esos terribles monstruos que llevaban la piel de los camaradas Imit; a los pactos de defensa con obligaciones nunca cumplidas. El resultado final fue el mismo: los Parsimit perdieron sus dominios del Norte.

A pesar de su victoria, los daevitas estaban furiosos. Los Imit eran seres deformes y feos, sin ambición alguna, que ni siquiera sangraban; que hubieran perseverado tanto tiempo contra los Daeva, incluso castrando al dios que encarnaba su jerarquía, era un insulto del más grave calibre. Su rabia era tal que ni siquiera tenían en cuenta a la mayoría no imitiana que había compuesto el ejército parsimita, pues para ellos eran peones de los degenerados de barro que habían mutilado a su dios.

Desde su recién establecida provincia, los Daeva lanzaron una brutal campaña de genocidio contra los Imit. Los parsimitas del norte fueron aniquilados casi inmediatamente; con el tiempo, los del sur les seguirían.

/Ahora eran Tres, pero seguían siendo demasiados para los Daeva.//

Cuando Amoloch se topó con la recién establecida ciudad de Kazenrud, ¿esperaba encontrar una malevolencia a su altura? ¿Había previsto su captura a manos del Leviatán Escarlata? ¿Era la subsunción por parte de ese pálido mago de Raasepula lo que siempre había pretendido?

Cuando el Verde Amoloch llegue a Iudimit, habrá poco que salvar.

Sin Parsimit ni Iudimit, la lucha contra Apep se volvió más importante para los no-Imit que la protección de los que quedaban. Cuando los Daeva ofrecieron una solución permanente a los primeros, el cadáver descornado de Amoloch como prueba de sus capacidades, todo lo que pidieron a cambio fue una transferencia de población.

Al final, la sobreextensión, la deificación del Pálido Apep y la hostilidad de sus vecinos fracturarían el Imperio Daeva en la Tetrarquía. Para entonces, quedaban menos de 40 Imit.


Los Daeva caerían, víctimas de su propia beligerancia, extractivismo y odios étnicos, a manos de la revuelta de los esclavos de Ion unos seis mil años después; la memoria colectiva de los Imit estuvo a punto de morir con ellos.

Entre las peores ironías de la campaña de genocidio de los daevitas contra los Imit fue que, en los milenios siguientes, ellos serían la única civilización que los recordaría. Los Imit fueron inmortalizados como los monstruos que habían emasculado al Rey Escarlata y avergonzado a los Daeva, y con el tiempo, se les culparía de cualquier número de problemas de los Daeva. Los miembros de la realeza que se opusieron a los esfuerzos de reunificación de Armilus I le acusaron de retozar con amantes imitianas; cuando el II Imperio estalló en una guerra civil, se culpó a los agitadores imitianos ocultos; un gran número de gobernantes impopulares fueron acusados de "cripto-imitianismo" durante el breve periodo de liberalización bajo la I Triarquía; cuando Kazenrud entró en guerra contra Canaán, la maquinaria propagandística daevita incluyó a los Imit en su narrativa, acusando a los cananeos de ser "mestizos" entre humanos e imitadores; y finalmente, cuando el Kalmaktama asaltó Daevon, se dice que la Última Matriarca habló a gritos de complots y subversiones imitianas.

Es evidente que la civilización imitia ya no podía volver. Cuando los daevitas destruyeron su civilización, habían asegurado, sin saberlo, el dominio de la humanidad. Cualquier intento de reconstrucción a la vista de los humanos era tratado como una amenaza a ese dominio.

Así que los Imit se retiraron a los rincones oscuros de la Tierra, para esperar la llegada de un mesías que, tal vez, pudiera ofrecerles una segunda oportunidad.


Recomendaciones

Observar y contener. Con la excepción de ciertas anomalías, las instancias de EdI-004 son en gran parte pasivas.

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