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El calor era agobiante; un problema con la ventilación, decían los presentes, que se sentaban. El ambiente era distendido, casi festivo; en las paredes colgaban cuadros y fotografías enormes de paisajes relajantes. Los colores de la sala eran cálidos y agradables a la vista.

Y en la tarima bajo la pantalla, Richard Barnard dejó de abrazar a Étaca Calibax, quien se recompuso lo mejor que pudo.

- Tranquila, Étaca. Ve a los asientos, en serio.

Ella bajó la mirada y dejó a Richard solo en el estrado. Él la había invitado. Llevaba lágrimas en los ojos, pero ya no quedaba tiempo… casi todos los asientos estaban ocupados ya.

El propio Richard tuvo que parar por un momento al darse cuenta de que tenía algo en la comisura del ojo. Del ojo izquierdo. No era una pestaña, era una lágrima. ¿Emoción, viejo? ¿Hoy? ¿Por qué, por la chica? No es por los demás, eso seguro. Ni que fuese la primera vez que…

Richard suspiró, de espaldas a su audiencia, mientras fingía que limpiaba las gafas con el vuelo de su bata gris de memeticista. Al ponérselas se aseguró de que el índice no dejaba rastro de la gota traidora, y tomó aliento.

- Muy bien, al tajo.

Se dio la vuelta y contempló el auditorio.

Seguía sorprendiéndole que hubieran tantas salas multiusos como aquella en el Área-08. Era un misterio menor de la Fundación, aunque no un misterio que le quitase el sueño, el contar con aulas preparadas para cientos o miles de personas. Era como si la Fundación se hubiera preparado para alojar a multitudes en aquel edificio, para entrenarles en… algo.

Pero entretanto, se podía emplear aquellas salas modulares, con paredes desmontables y herméticas, con sus propios sistemas independientes, con grandes pantallas de cine y altavoces de alta definición, para hacer cosas interesantes.

O cosas increíbles.

O cosas necesarias.

Encendió su micrófono.

- Bienvenidos y bienvenidas al Seminario Anual de Ética General del Área-08. Creo que la mayoría ya me conocéis; soy Richard Barnard, del Sector de Archivo. Es increíble que me hayan escogido por séptimo año consecutivo para esto, pero qué le vamos a hacer, no es que tenga mucho más que hacer ni nada. Para algo cobro el sueldazo que me dan.

La audiencia se rió, cómoda ante el sarcasmo. Conocían a Barnard, claro que sí. Siempre se encargaba de aquello, estaban acostumbrados.

- Este año quiero hablaros de un tema que nos toca a casi todo el mundo a lo largo de nuestras vidas: los hijos. Traer a una vida nueva al mundo es difícil hasta para gente que no tiene que lidiar con fantasmas, hadas o alienígenas; imaginaos lo que es para quienes estáis aquí.

La audiencia se rió de nuevo, esta vez con un poco de moderación. Mucha gente guardaba silencio, como entristecida. Richard metió las manos en los bolsillos de la bata y empezó a pasear.

- Muchos hemos perdido familiares, y a veces a esos mismos niños. Nuestro trabajo es demasiado importante, nos decimos a nosotros mismos. Nuestras parejas nos abandonan, pensando que no nos importan. Nuestros descendientes crecen con nuevos padres, con nuevas madres. Nos olvidan.

La audiencia ya no se reía. Prestaban atención. Las luces empezaron a perder potencia y en la pantalla de cine se proyectaron vídeos de niños jugando.

- Creemos que es lo mejor, que es lo que necesitan. Porque podría ser peor. Porque podrían enfrentarse a nuestro trabajo por accidente, porque podrían conocer a un monstruo de verdad en el pasillo oscuro y estrecho que les lleva hasta el dormitorio en el que dormimos cuando tienen miedo.

La audiencia prestaba toda su atención. Algunos lloraban, suavemente, con el gesto arrasado por la rabia. Algunos sabían de primera mano de qué hablaba Richard.

- Nos decimos que esta vida no es para ellos, y que la vida de madres, de padres, no es para nosotros. Que tendremos que conformarnos con dejarles crecer en la distancia y contemplarles desde aquí. Que es mejor que no sepan. Que es mejor que no entiendan. Que es mejor que no entren en la sombra.

Muchos lloraban. Muchos más asentían, los ojos clavados en la figura a contraluz de Richard, que ahora les miraba, sin ser conscientes de los vídeos. No del todo.

- Porque queremos protegerles, les apartamos. Porque queremos que sean felices, nos encerramos. Y probablemente sea lo mejor, estimados colegas. Probablemente sea lo mejor. Muchos de nosotros no podemos tener hijos; algunos de nosotros los tendremos por accidente, o puede incluso que de forma anómala y accidental.

Había un sonido casi imperceptible en la sala. Richard sabía que era un armonio binaural parecido al partirse del hielo de un glaciar combinado con el aliento humano, pero para la gente de la sala no se distinguía del silencio.

- Y yo os digo, ¿por qué tener hijos?

Las rejillas del sistema de ventilación modular de la sala se abrieron de nuevo. Una mezcla de diferentes gases amnésticos, sedantes y mnésticos, casi incolora pero cuyos colores teñían el haz de luz del proyector de cine como una aurora imposible, cayó sobre la multitud.

- ¿Por qué arriesgarse? ¿Para qué? ¿Queremos agradar a nuestros padres? ¿Por qué tener padres? Hablamos de ese tema el año pasado. ¿Es porque queremos agradar a la sociedad? ¿Necesita la sociedad que cuidemos de nuestros herederos genéticos, o hay gente mejor para eso? ¿Por qué pensar en sus cumpleaños, en sus manitas rellenas, en sus sonrisas inocentes, en sus ojos puros? ¿Por qué pensar en ello, si sabemos qué les pasará al final?

Como en un trance, Richard Barnard se acercó al borde del estrado y apoyó la mano en la barrera transparente que había caído sigilosamente entre la tarima y los asientos. Nada de gas pasaba por ella. No veía los cognito-peligros ni los agentes meméticos a su espalda. Apenas oía nada porque sus oídos estaban cerrados con auriculares.

Cualesquiera de los presentes podría haberse percatado de aquellos detalles en condiciones normales. Pero hoy no. Ni hoy, ni ningún otro día a partir de hoy.

- Tener hijos, estimados colegas, queridos amigos y amigas, es algo que quizá pueda permitirse el personal de los Sitios continentales. El Sitio-19. El Sitio-17. El Sitio-34. Quizá, quizá puedan tener familias y pensar en ellas… pero nosotros no podemos permitírnoslo.

El llanto era abierto e irrepresible, y casi nadie intentaba parar. Richard no podía oírle, pero podía verles; Richard quería dejar de hablar, pero no podía callar.

- Tener hijos es un deseo que queréis satisfacer, pero sabéis que os matará. Causará distracciones. Habrá quienes intenten aprovecharse de ellos para manipularos. Para hundiros. Pero no puede ser política de empresa el no tener descendientes, así que he aquí un compromiso.

Richard vio por un segundo el rostro empapado en lágrimas de Étaca Calibax. Nunca tendría hijos biológicos, no sin un útero, pero querría haber podido adoptar. Ella lo entendía. Ella sabía que no debería tenerlos, ni quererlos. No aquí. No trabajando aquí.

- No queráis hijos aquí. No tengáis hijos aquí. El amor no está prohibido, el cariño no está prohibido, el sexo no está prohibido, soñar no está prohibido. Pero tener hijos trabajando sobre el Pozo…

La pantalla quedó a oscuras. El sonido se apagó. Los gases iridiscentes desaparecieron. El llanto quedó ahogado de repente.

- Todos sabemos por qué no debemos hacerlo.

Richard inspiró y sacó el mando con el que había estado controlando los sistemas inteligentes de la sala del bolsillo. Necesitaba ver los botones retroiluminados para esta parte; nunca encontraba el control de las luces y no quería tener que repetir esto porque hubiera colado el meme equivocado por accidente a estas alturas.

Las luces empezaron a encenderse despacio, como un amanecer. Como un despertar.

- Cuando cuente tres, despertaremos. Cuando cuente dos, no querréis tener hijos. Cuando cuente uno, recordaréis que el seminario de este año ha sido un montón de bromas hilarantes y reiréis, disfrutando de lo lindo -Richard Barnard, el titiritero de corazones, sentía que el alma se le partía diciendo esto. Quería llorar, pero no podía. Quería gritar, decir que aquello estaba mal, que era cruel, que era injusto. Pero era necesario-. Uno. Dos. Tres.

La sala se llenó de una estruendosa carcajada. Investigadoras, guardias, agentes, especialistas… todos lloraban de la risa y se apoyaban los unos en los otros.

Étaca sonreía, algo confusa, pero sonreía.

Detrás de Richard Barnard, en la pantalla, sólo había la foto de un patito de goma en una bañera con salpicaduras de jabón y agua por todas partes.


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