SCP-ES-106
Puntuación: +8+x

Ítem #: SCP-ES-106

Clasificación de Objeto: Euclid

Procedimientos Especiales de Seguridad: Fabricantes, artesanos y población civil serán sometidos a las medidas de ingeniería legal y social necesarias para evitar que todos aquellos objetos susceptibles de producir SCP-ES-106 sean procesados como residuos potencialmente contaminantes, evitando su incineración. Se reforzarán las regulaciones medioambientales a tal efecto, alentando a todas las partes implicadas a reciclar o reutilizar dichos objetos.

Todo testigo de SCP-ES-106 será interrogado, amnestizado y supervisado durante al menos tres meses. Se recomienda el uso de amnésticos de Clase E.

Descripción: SCP-ES-106 es un ritual esotérico de bajo nivel que consiste en la destrucción mediante incineración controlada de simulacros humanoides. Ídolos, efigies y todo tipo de representación tridimensional de la figura humana pueden utilizarse con este fin.

SCP-ES-106 sólo requiere una efigie como las mencionadas más arriba y un círculo de material combustible en torno a la misma. Tamaño, regularidad y forma precisas del círculo son irrelevantes.

Un 95,8% de todas las efigies sometidas a SCP-ES-106 generarán efectos cognitopeligrosos leves que se manifiestan como alucinaciones auditivas (vocalizaciones humanas) en los sujetos humanos que observen directamente el evento. El contenido de la mayoría de las vocalizaciones es irrelevante.

El 4,2% restante generan efectos cognitopeligrosos graves y de contenidos dirigidos a los sujetos que observan el evento. Es habitual que se produzcan secuelas psicológicas o psiquiátricas, tratables mediante los amnésticos adecuados. Nota de Archivo: Véase Apéndice incluido más abajo.

SCP-ES-106 se utiliza frecuentemente en múltiples tradiciones esotéricas, en particular la Madrugada y otros grupos con acceso limitado a recursos anómalos extensos. Se supone que esta tendencia se debe a la supuesta capacidad de estos sujetos a entrar en "comunión" esotérica con las efigies incineradas, lo que convierte a SCP-ES-106 en un interrogatorio dirigido. Esto proporciona a los usuarios de SCP-ES-106 información útil, siempre y cuando eviten los efectos cognitopeligrosos propios del evento. Hay múltiples testimonios no confirmados de este uso de SCP-ES-106 en civiles, aunque se carece de referencias concretas.

A fecha de escribir estas líneas, se considera a SCP-ES-106 demasiado peligroso y poco práctico para su uso por parte de la Fundación.

Apéndice SCP-ES-106: Extracto del diario del Investigador Romero Torres.

Contexto: SCP-ES-106 ya era conocido antes de su contención por múltiples grupos anómalos. Se sabe de referencias a este ritual en varios Tomos Palacianos, referencias históricas, testimonios de civiles y documentación de la Comisaría Especial de Seguridad. Tras recibir informes que indicaban anomalías compatibles con el ritual y sus supuestas cualidades en torno a la destrucción de objetos previamente almacenados en las Sedes de la Comisaría por varios ex-agentes licenciados, se diseñaron una serie de experimentos en torno a éste para su validación como objeto SCP.

Se recogió una muestra aleatoria de ochocientas treinta y cuatro efigies que se impregnaron de un combustible líquido y se incineraron en la Sala Segura 18 del Área-08-B de Contención Biológica, un espacio de dimensiones suficientes y equipado con materiales ignífugos y extractores de humos. El personal presente fue sometido a un seguimiento estrecho. Sigue un fragmento del diario psiquiátrico del Inv. Raúl Romero Torres (2C), testigo del evento.

Casi todas las muñecas arden como una pila de leños de madera y papel de periódico. Apestan a plástico, claro, pero arden muy bien. La cuestión es que hay algo extraño en cómo arden. Emiten más calor y producen más ruidos de los que nos esperábamos. Ruidos extraños, más que el calcinarse del metal y la tierra, más que la sublimación de sus piezas y la deformación de las que sobreviven. Ruidos imposibles.

Nos encargaron un experimento. Recogimos cientos de muñecas, todas ellas destinadas al vertedero o al reciclaje. Casi todas estaban dañadas. Usadas. Las pusimos en una sala segura de la cubierta de pruebas, les rociamos queroseno, encendimos la hoguera y nos pusimos a mirar.

Éramos siete. Yo y Murillo con las cámaras, Barnard supervisando desde su laboratorio, Turk… ya no me acuerdo de cuál, hay como trece de esos cabrones… Niambe, Zola y Petro. Ah, Petro era el clase D que encendió el fuego. No me acuerdo de su número.

Entonces, mientras ardían, oímos cosas.

Lloros, sobre todo. Como una docena de criaturas llorando, pero al ritmo del fuego, supongo. Eran llantos fríos, mecánicos, pero llantos al fin y al cabo. Era llanto de pérdida, de dolor y de miedo. No sabría decir la edad concreta, pero eran sin duda críos.

También oímos voces. Ayudadnos, decían. Lo sentimos, decían. Qué hemos hecho mal, decían. Mamá, quiero a mi mamá, por favor, sácame de mi caja y vuelve a jugar conmigo. Sácame, acuérdate de mi, no me dejes con la basura. No soy basura. Te prometo que seré mejor. Aprenderé a ser mejor. Aprenderé a ser de verdad.

Sólo quedaban tres o cuatro muñecas destrozadas, pero reconocibles, cuando aquello paró casi por completo. Fue entonces cuando les oímos maldecir.

Las tres que quedaban eran una muñeca con armazón de metal, rarísima, a la venta en un anticuario, un títere con traje de negocios y un monóculo y un maniquí de esos con vagina que alguien empleó como juguete sexual. Los tres llevaban ardiendo al fondo de la montaña de muñecas como diez minutos, pero las cenizas caían a su alrededor, como arena; como si un viento o una lluvia invisibles arrastrasen las dunas para dejar al descubierto los huesos de eras pasadas en el desierto de nuestra vergüenza. Aguantaron mucho más que el resto.

Todos oímos cosas distintas… menos Barnard, claro. Cabrón. Él tan tranquilo en su sótano escuchando por si nos poseía algo, nosotros mirando el fuego.

Murillo y Zola oyeron al maniquí. Nunca entraron en detalles, pero oyeron básicamente que a todo cerdo le llega su San Martín. Me encontré a Zola ahorcado en su baño dos semanas más tarde, y ya sabemos cómo acabó Murillo.1

De Turk sólo sé que oyó hablar al títere. Nunca me dijo qué, exactamente. Acabó bebiéndose su minibar y, cuando se le terminó eso, se bebió un litro y medio de lejía.

Petro, Niambe y yo oímos a la muñeca.

Niambe me pidió que no se lo dijera a nadie, pero le dijo cosas horribles. Cosas de sus dos hijas, que perdió en una epidemia antes de trabajar para la Fundación. Eran cosas que sólo podrían haber oído sus hijas. Decía que no deberíamos haberlas quemado. Que podrían haber sido mejores, que podrían haberse convertido en sus hijas, o haberlas resucitado, qué sé yo. A medias riendo y a medias gruñendo, le había terminado diciendo que ya era tarde; que ya no le serviría de nada. Que ya había ardido. He oído que ahora colecciona muñecas.

Petro me dijo que su madre siempre había querido una hija. Que se acordaba de que el único momento de felicidad que tuvo en su infancia fue un día en que su madre le había puesto un vestido. Su padre les pegó tal paliza a los dos que le encerraron y él terminó huérfano. La verdad, si alguien salió desequilibrado de la hoguera, fue él. Decía que entendía a la muñeca. Que nunca pidieron ser muñecas, pero que las hicimos y alguien jugó con ellas, con lo que algo humano se encendió en ellas, como velas imaginarias con llamas de verdad. ¿Escoge arder una llama? ¿Escoge cuánta cera le queda a su vela?

Petro ardió en la cama de su celda dos noches después. La investigación oficial descubrió colillas y los restos de una caja de cigarrillos, aunque nadie ha sabido cómo o quién se los pasó de contrabando. Las alarmas antiincendios no sonaron.

Y luego estoy yo.

Mi mejor amiga se llamaba Herminia. Era una buena persona. Bailaba conmigo cantando, se reía siempre que encontraba ocasión y una vez me besó en los labios. Aún me acuerdo de cómo sonreía. Éramos críos, siete u ocho años.

No teníamos ni nueve cuando un hombre le asestó dos puñaladas y la dejó morir en una cuneta. Ni nueve años. Yo estaba en el río, esperándola con sus primos, mientras se desangraba sola en manos de un monstruo.

Siempre pensé que había sido un monstruo. La policía dijo que no, que había sido el delincuente al que encerraron después, pero la muñeca sabía lo que sé yo; no sé si juega conmigo, pero le creo. Fue un monstruo.

Y aún así, la muñeca me ha hecho creer que fue culpa mía. La enterraron y no hice nada. La mataron y no hice nada. Salió de casa sola y no hice nada. ¿Cómo va a ser culpa mía? Era un crío. Éramos críos. Me lo repito, me lo repito y lloro, pero la verdad es que ya no puedo verlo de otra forma. Algo ha cambiado y no puedo ni mirarme al espejo. ¿Qué derecho tengo a vivir la vida o a disfrutar de mi trabajo, cuando maté mejor amiga y yo sigo vivo?

Partes de mi sienten con más dolor y más pena lo que es mi pasado. Anoche murió mi padre, pero sólo puedo pensar en Herminia desangrándose sola en aquella cuneta. Sólo quiero que me dejen dormir y me despierten para mi próxima misión. Quiero dormir y olvidar. Quiero que todo haya pasado.

Pero ese es el problema, que ya ha pasado, y soy esclavo del tiempo que me hizo como soy. Soy tan víctima del todo que me ha moldeado como esas muñecas lo son de nosotros.

Por favor. Ya basta. No quiero ser la muñeca con la que juega Dios. Ojalá hubiera sido yo el que ardió en la hoguera.

Conclusión: A raíz de lo ocurrido y para evitar más bajas, se declara SCP-ES-106 y se amnestiza a los supervivientes. Por orden de los Dres. Farcaster y Barnard, todo nuevo experimento relacionado con SCP-ES-106 será desempeñado por sujetos de Clase-D y en condiciones de laboratorio con seguimiento a través de confinamiento en instalaciones de tipo Caja Negra.

Salvo un miedo irracional a las muñecas, no hay secuelas en los dos supervivientes.

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