El roedor hexápodo en la penumbra
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La primera galaxia

Batallas perdidas en el tiempo

Ahora se cuenta la historia de unos intrépidos roedores, habitantes de un planeta atacado tanto por sus hijos como por los mismos peligros de su galaxia. ¿Cómo han podido mantenerse existiendo por tanto tiempo y acaso podrán sobrevivir a la Gran Penumbra? Se desvelan las hojas de los recuerdos para conmemorar su existencia, conocer su pasado, presente y futuro.


hexapodo

Olas recién nacidas, borren las heridas; Sol gemelo, alumbra sus noches.


En las costas de un planeta lejano, perdido en una de las galaxias más antiguas del cosmos. Ahí se encontraba un pequeño roedor de color ocre, con seis extremidades para surcar grandes ríos y lagos, dotadas de garras retráctiles y membranas entre sus dedos; cuatro ojos para observar más allá del espectro visible dado por la luz del par de estrellas brillantes en su cielo, con dos colas retráctiles para balancearse en las pocas zonas con árboles y una poderosa mandíbula con diferentes tipos de dientes para cortar y masticar.

Una de esas peculiares ratas se había encaminado en un gran viaje en busca de un nuevo refugio y decidió adentrarse en la costa, pasando por una playa de arena azul, llena de cadáveres pertenecientes a los antiguos amos de esas tierras.

Hubo un tiempo donde este animal era estudiado por otra criatura de ese mismo mundo, una que había sido dotada con la capacidad de la inteligencia, erigiendo una larga historia llena de combates, artes y culturas. Progresaron a expensas de su ambiente y lograron mantener su estilo de vida egoísta durante varios milenios antes de su súbita caída.

El ser de dos colas justo estaba pasando por un lugar turístico, debido a un hermoso evento donde las olas del mar se alzaban en el aire, para luego formar esferas de agua levitantes. Esto se debía a varios animales microscópicos capaces de alterar la gravedad y levantar dichas esferas, con la finalidad de escapar de los depredadores y reproducirse. Poco le podía importar a nuestro viajero en busca de alimento, y los muertos eran incapaces de regocijarse ante tal vista.

¿Y por qué les importaba esa pequeña rata hexápoda? Se debía a su gran antigüedad como especie, sobreviviendo a los mayores cataclismos experimentados por el pequeño y viejo planeta rocoso. Su diseño había cambiado poco o nada en lo absoluto por millones de años, primero pensaron en su condición omnívora —demostrada ahora, cuando el ser comía los restos putrefactos en la costa— y su capacidad de almacenar reservas de comida dentro de su propio cuerpo; quizás era por su carácter extremófilo, permitiéndole vivir desde lugares desprovistos de calor, agua, luz o frío. Esas podrían ser explicaciones factibles si no fuera por el terrible pasado de ese mundo.

La superficie de ese lugar había sufrido una serie de ataques provenientes de su segunda estrella inestable. Cada cierto tiempo, una poderosa llamarada atentaba contra las formas de vida más complejas, reiniciando su evolución una y otra vez. Tenían registros de varios impactos de gigantescos asteroides e incluso cambios en los periodos volcánicos y de glaciación, capaces de convertir todo el lugar en una bola incandescente o un cementerio helado. Luego se encontraban eventos paranormales, que modificaron la historia del mundo incontables veces, poniendo una u otra especie en la cumbre del poder. Incluso los organismos más simples, pertenecientes al mismo periodo de dicho roedor, habían desaparecido de la faz de ese planeta.

Los últimos seres constructores de edificaciones y arquitectos del pensamiento, buscaron respuestas en todos lados: en su biología, en su espíritu y en su historia. Mientras otros menos ilustrados, consumían su carne durante sus fiestas o rituales, bajo la falsa premisa de conseguir su capacidad para sobrevivir el final de los tiempos. Ellos lograron lo que nada en la historia del planeta había podido: llevar a las pobres ratas al borde de la extinción.

O eso pensaron los cuerpos sin vida, habitantes de una gran ciudad cerca de la costa, donde la rata seguía en su recorrido, saltando entre los vehículos de guerra y los cráteres provocados por bombas.

¿Qué cruel evento era el responsable de tal destrucción y genocidio? Podría haber sido atribuido a una enésima catástrofe de su feroz sistema solar, pero esto fue incluso peor. Los hermanos al otro lado de la galaxia habían cometido un grave insulto contra la verdad y un castigo se expandió por el universo entero, cayendo una maldición jurada ante la vida. Los habitantes con pensamientos eran poderosos, no cabía duda de ello, demostraron una vigorosa defensa por siglos antes de caer ante los oscuros enemigos.

Uno de los últimos de su especie se encontraba en una gran fortificación, acompañado de un roedor de dos colas; primero le gritó de desesperación, culpándolo por su debilidad, luego le preguntó cómo una rata inmunda iba a sobrevivir el apocalipsis y hasta el final le rezó por salvación. Para su mala fortuna, el ser de seis patas no entendió ninguna de sus palabras y ambos perecieron ante la horda oscura.

Los restos de dicha horda se encontraban esparcidos por toda la ciudad, irónicamente, el animal de cuatro ojos podía beber sin problemas de ese líquido oscuro, sirviendo para hidratarse como si se tratará del agua más pura y cristalina.

Cuando todos los intentos de los habitantes inteligentes fallaron, mientras sus dos soles eran incapaces de iluminar la masacre orquestada por entes salvajes y millones de vidas eran arrebatadas, las plantas se marchitaban en suelos cada vez menos fértiles y el propio mundo perdía el calor de su núcleo. Un simple instinto despertó entre cada roedor ocre sobreviviente, con una fuerza más abrumadora que el último latido de una gigantesca estrella.

Muchos rezaron en su último momento, esto lo podía ver el animal nadando en zonas inundadas, donde se edificaron diversos templos a deidades veneradas por los masacrados. Lugares donde sacrificaban al por mayor una vasta cantidad de plantas, animales e incluso otros congéneres. Cuando pidieron ayuda a sus dioses, estos no respondieron debido a que se encontraban batallando por su propia existencia.

¿Pero realmente solo quienes están dotados de un conocimiento mayor tienen el derecho de poseer una deidad protectora? Aquellos que podían responder esa incógnita se encontraban en tumbas sin nombre, esparcidos por todas las calles, siendo devorados como carroña por los sobrevivientes menos inteligentes del lugar.

Solo un instinto les fue necesario a esos roedores para tener una oportunidad de batallar y salir triunfantes. Sin poder rezar, sin poder construir un templo para su protector, incapaces de erigir un imperio o incluso organizarse para defenderse a gran escala, ellos dieron su propio grito de batalla a la voluntad corrompida que atacaba su hogar. Esperaron hasta la caída de los habitantes egoístas para poder realizar su milagro, después de todo, ellos eran otro mal para el lugar, capaz de poner en riesgo el balance y los ciclos naturales en todos los ambientes.

Durante su imponente clamor, un quinto ojo surgió de sus espaldas, mirando hacia la bóveda celeste y emanando una incandescente aura roja, concentrándola en un solo punto fijo. Un pequeño portal se abrió, dejando pasar una esfera roja, después, todas las almas de estos animales dejaron sus cuerpos carnales y se conglomeraron para dar paso a la creación de un titánico roedor carmesí. De un momento a otro, los invasores intentaron acabar con la entidad recién creada, siendo repelidos por una ráfaga omnidireccional, dando comienzo así a la última batalla por ese mundo.

Justo ahí, se encontraba la respuesta a la capacidad de dichas ratas para sobrepasar los límites de la supervivencia. A pesar de no haber ni una sola alma para documentarlo, estaba ahí la razón de cómo la vida prosperó en un ambiente tan agresivo y cambiante, estaba presente la entidad encargada de darle soporte vital a ese planeta, viviendo de manera desapercibida en cuerpos mortales representados por los roedores hexápodos. Su voluntad era incomparable y su lucha cruenta, durando siglos en siquiera poder repeler los invasores fuera de su mundo.

La rata carmesí sentía la necesidad de seguir peleando por todo su sistema solar, hasta dejarlo libre de cualquier amenaza. Para llevar a cabo dicha hazaña, devoró la tercera estrella más pequeña del sistema triple y fulminó los mundos infestados por sus enemigos. Así estuvo durante años enteros defendiendo su propio hogar, hasta que de un instante a otro, el asedio se dio por terminado y con ello, la necesidad de su presencia en nuestra existencia. Descendió en la atmósfera de su planeta natal y se desmaterializó para devolverle la vida no solo a los roedores hexápodos, sino a un gran puñado más de especies.

La victoria no fue consagrada sin una serie de sacrificios, algunos de los planetas envueltos en llamas contenían otros tipos de vida; de haber encontrado una manera de salvarlos, la entidad lo hubiera hecho. Solo que esta vez, la amenaza era tan diferente y caótica, llevándose consigo millones de diseños forjados a través del tiempo en meros instantes. Tampoco había oportunidad para sanar las heridas de esas tierras, tanto sus vientos como sus suelos fueron consumidos por completo en el ardor de la lid. Con ello, esa galaxia perdió algunos de sus mundos más diversos y llenos de vida para siempre.

Ahora uno de los sobrevivientes seguía en busca de un hogar definitivo, pasaba por una instalación dedicada a un pequeño museo, se podían ver varias estatuas de soldado que ganaron guerras de conquistas, grandes obras de arte representando lo imponentes que se veían a sí mismos ante el universo; después de todo, eran los amos de un simple grano de arena perdido en la inmensidad del todo.

De esta forma, se declaró una vez más la paz en las destrozadas tierras en un viejo mundo. Los recuerdos de sus habitantes seguirán siendo recordados y visitados por los nuevos habitantes, hasta que el polvo y la erosión borren su legado. Las dos brillantes estrellas se mostraron de nuevo, dejando a la luz los resultados de la batalla, atestiguando el despertar de otra era donde aquellas ratas seguirían viviendo y cuidando su preciado hogar.

Así, el roedor logró llegar al edificio más alto de todos, escalando y saltando entre pisos, pasando por las crecientes flores y enredaderas entre los cuartos. Escalando cada vez más y más arriba, hasta llegar a la cima de la estructura, donde sus ojos podían ver el atardecer doble y la caída de la noche. Una vez la oscuridad tomó su puesto en el cielo, dejo ver el estado de un universo moribundo: donde se deberían mostrar la luz de millones de estrellas, solo había un sombrío firmamento.

En la frialdad de la existencia y la aparente inalcanzable oscuridad, entre los faros del cosmos, se encuentra el lugar donde las divinidades nacieron y la Gran Penumbra comenzó. Poniendo a prueba a sus habitantes, mientras unos sucumbieron ante la presión del cruel vacío y abandono, otros mantuvieron el pie de lucha, hasta el último suspiro de esperanza. Se abre paso el roedor hexápodo, ondeando su pelaje ante las olas del destino oscuro.


Algunos creen que solo hay un reflejo de la vida en este universo, siendo una verdad triste y dejándolos desamparados. Todos parecieran olvidar la existencia de los demás espejos de la realidad, capaces de anteponerse ante los deseos de la creación.


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