Peligro Cognitivo
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Entre las hileras de servidores, cubierta de polvo, había una trampilla.

A la luz de la potente linterna halógena, sobre la trampilla se leían cuatro palabras:

CENTRO DE ESTUDIO ESOTÉRICO

El Área-08 tenía un presupuesto inmenso para todo lo que fuera equipo, personal o instalaciones, y aquella trampilla habría estado muy fuera de lugar; pero no toda la Fundación era como el Área-08.

Reach avanzó por la sala de servidores hacia la trampilla, poniendo buen cuidado de no arrancar ningún cable de los ordenadores; eran una selva que se derramaba a ambos lados, una selva que hubiera crecido sin control, sólo preocupándose de sus propias necesidades. Casi podía oír a los del servicio técnico si se le ocurriese tirar de alguno. Casi podía oír las brechas de contención si lo hacía.

Sonrió de forma inocente; todos los servidores estaban conectados a los ordenadores de media docena de sitios, todos los sitios estaban conectados entre sí, y todas las conexiones requerían una red que permitiese el acceso a miles de informes que cambiaban continuamente. Historias, misterios plagados de detalles y amenazas y oportunidades.

Tirar de un cable borraría o destruiría cientos de secretos. La Fundación los perdería para siempre. El poder al que tenía acceso la Fundación le resultaba embriagador.

Y algún inútil había pensado que instalar la sala de servidores en la vieja instalación de Palmeras-10 había sido una idea excelente. Un ahorro de dinero y material, de tiempo, de esfuerzo. Un ahorro que valía puestos en el escalafón de Logística y Construcción; un ahorro que podía costarles todo.

Se agachó sobre la trampilla, resoplando por el esfuerzo de moverse en el traje de protección biológica. Apartó tanto polvo como pudo, y se percató de que, cuando se comparaba la plancha de la trampilla con la del suelo de la sala, faltaba bastante polvo.

- Otero, ¿me oye? Esto es una trampa de las malas.

- ¿Por qué?

- Quieren que bajemos.

- ¿Enviamos a un D?

- No, sólo nos haría perder el tiempo. No era más que una advertencia.

- ¿Cadáveres?

- Uno en el vestíbulo. Suicidio. Dos en la escalera, creo que intentaban defenderse el uno del otro.

Reach observó el sensor de muñeca conectado a la nariz electrónica; salvo por el residuo casi universal de polvo que impregnaba el ambiente (¿Cómo puede funcionar toda esta parafernalia?), no había apenas ninguna traza de las sustancias peligrosas que aquel cacharro podía detectar… o, al menos, así se lo habían vendido siempre. El peso de la caja metálica ya era motivo suficiente para echarse atrás; Reach negó en silencio para sí dentro del casco oscuro de su traje de protección.

- O nos han vuelto a dar equipo defectuoso o aquí no hay más toxicidad que la que puedan aportar los ácaros.

- Oído -la voz de Otero era firme, rasposa. Una pared que hablaba-. Retírate, Reach.

- Nah -respondió el investigador, que se descargó de la pesada nariz y estudió con más calma las dimensiones de su traje y de la trampilla-. Si no es tóxico o infeccioso, y parece que no lo es, nos quedan los cognitopeligros.

- También nos queda la posibilidad de que la nariz no esté funcionando, o que no lo detecte con facilidad. Tienes las muestras del mostrador y los pasillos y no hay brechas de contención, sal ahora mismo.

- Queda un sitio por mirar.

Hubo un momento de silencio; Otero revisando los planos, sin duda. Reach estudió la trampilla; un CeDEI era una pequeña vergüenza de la Fundación que había construido aquella instalación, una Fundación vieja, una Fundación desesperada. Ya no hacían las cosas así. Al principio, porque ya no querían saber nada de cómo usar las anomalías; más adelante, porque habían dejado de un lado la hipocresía.

Pero…

- Según los planos de la instalación -ah, pensó Reach-, ya lo hemos mirado todo.

- Hay aquí una preciosa trampilla de suelo. Tiene un candado bastante sólido.

- ¿Qué? Qué trampilla, ¿de mantenimiento?

- Sí, mantenimiento, claro, eso es -respondió Reach, que buscaba por toda la sala con su linterna. Unas tenazas enormes para metales descansaban sobre uno de los servidores más alejados. Parecían lo bastante gruesas e imponentes como para que…

- Reach, ¿qué estás haciendo?

- Tomar muestras -sopesó la herramienta. La herramienta era un arma si se empuñaba con firmeza; y, sin lugar a dudas, suficiente para abrirse camino por un candaducho de poca monta.

- Reach, retírate ahora mismo.

El investigador colocó diestramente los picos de las tenazas a ambos lados del candado.

- ¿Reach?

- Salgo enseguida, pesada -dijo, y se aseguró de apagar su comunicador antes de cerrar con fuerza las tenazas.


El CeDEI estaba casi tan polvoriento como la sala de servidores. Reach sabía que no debería haber tanto polvo en una sala de servidores, y aún así la nariz no había detectado nada. En todo caso, si lo pensaba con calma, lo del polvo no era normal; ¿podría haber taponado la entrada de la nariz química? ¿Podría estar siendo un idiota sin sentido común, lanzándose de nuevo al peligro?

Preguntas que, en todo caso, no se le habrían pasado por la cabeza. Al tocar suelo con su bota, Reach empuñó de nuevo la linterna y estudió la sala.

No era demasiado impresionante. Sí, era un laboratorio esotérico; un par de estanterías vacías donde se habrían acumulado reactivos, cinco o seis armarios archiveros de metal, vitrinas oxidadas que, con una mano de pintura, no habrían desentonado en un hospital…

El laboratorio parecía completamente normal. Exceptuando los tres juegos de círculos y flechas que se extendían por su suelo. Reach se agachó para observarlos.

Podría haberse pecatado de que uno de los complejos símbolos estaba lleno de palabras en árabe clásico, que cantaba alabanzas a djinni olvidados en las esquinas del mundo. Podría haberse percatado de que los sigilos de otro eran palacianos, una reliquia que habría estudiado con avidez. Podría haber estudiado con delicadeza exquisita los patrones del último, que no habría reconocido jamás, pues los habían diseñado seres tan antiguos como la misma humanidad; paradójicamente, eran estos últimos los más recientes.

También los más macabros y descriptivos.

Pero no. Se percató primero de que sobre ellos no había ni una mota de polvo. En parte, eso le salvó la vida.

Reach se levantó lentamente, apagó la linterna y tentó a su alrededor hasta que hayó el camino de vuelta a la escalerilla. Miró hacia arriba; no se fijó en que el polvo parecía estar dibujando círculos por sí mismo en el visor de su casco, ni en que los círculos buscaban los bordes del casco, ni en que los círculos querían dibujar un rostro.

Fue consciente de ello como quien mira a un cuadro y no es consciente de las miles de pinceladas que lo componen; fue consciente de ello como quien mira a un cuadro y ve a un rostro deforme y congelado en un grito mudo.

O como quien ve una película y no puede ver tomas bruscamente cortadas, oír la mala música que sin embargo sigue la acción o el doblaje de un actor mal pagado.

O como quien desayuna y no saborea reacciones químicas.

Fue consciente de la imagen en su conjunto.

Para alguien entrenado en los sutiles detalles del ritualismo y las alteraciones de la realidad, no era nada fácil evitar percatarse del detalle: el polvo estaba vivo.

Es más, el polvo eran personas.

Cuando pasó por la trampilla, tuvo buen cuidado de no rasgarse el traje.


Bajo ninguna circunstancia se deberá permitir el acceso al nivel inferior del Sitio-10-P-32. El piso -2 quedará sellado tan pronto como se construya una instalación alternativa que supla sus funciones.

Este investigador solicita la inmediata clausura del Sitio-10-P-32 y sugiere su desmantelamiento o elevación a estatus SCP.

Asimismo, la instalación debería quedar custodiada en todo momento para evitar intrusiones por parte de cualquier grupo de interés y/o persona civil no relacionada.

Atentamente,
Doctor Reach (Personal DD-C-ES-3341-08, misión especial).


La ducha no bastaría, y lo sabía.

Otero seguía gritándole desde fuera de la ducha. La ignoró.

Había aceptado aquel trabajo como flotante en el Área-08 porque sabía que le permitirían hacer lo que quisiera de vez en cuando. Los Clase-D no escaseaban, ni lo hacían los amnésticos, ni el presupuesto, ni las historias. Siempre le permitían hacer lo que consideraba oportuno, a cambio de que se mantuviera al alcance de sus superiores permanentemente para este tipo de operaciones.

Otero seguía gritándole desde fuera de la ducha. La ignoró.

Por supuesto, siempre tenía que mantenerse cerca de alguien como Otero, una profesional consumada y leal más allá de toda duda. La ascenderían pronto, estaba seguro. Ya era sargento, y el oficial Remington, un viejo cascarrabias con una úlcera de estómago más honda que el infierno, ya se había ganado la jubilación.

Otero seguía gritándole desde fuera de la ducha. La ignoró.

El problema de aquel acuerdo, claro estaba, no era la preocupación de Otero, o la franca ignorancia de sus superiores, que se negaban a aceptar el auténtico problema. El problema era que, por mucho que lo enviasen a salvar el día, ellos mismos tenían el mecanismo necesario para inducir sus propiedades anómalas… o, como tenía que llamarlas en público, sus "cualidades".

Otero había decidido salir de un portazo de la habitación, lo que permitió que el investigador cortase por fin el incesante caer del agua y se secase.

Podían duplicar sus capacidades, estaba seguro. Lo habían hecho antes, una y otra vez, desde el fiasco de ES-053. Lo harían de nuevo. La cuestión estaba en por qué, por qué enviar a alguien como él, alguien que siempre hacía lo que le venía en gana con las anomalías a las que le enviaban; sí, era por el bien de todos los implicados, y siempre se las apañaba para salir vivo y tener éxito. Pero aquella manía de enviar a alguien como él a instalaciones en las que se hacían o se habían hecho experimentos con anomalías le resultaba…

¿Inquietante? ¿Desagradable? No, no era aquello. Sólo podía sentir curiosid-Ah, aquello era.

Curioso.

Sabían algo que no le contaban, eso era evidente. Lo que no le gustaba era que le ocultaban algo acerca de sí mismo.

Otero entró en la habitación de hotel, llevando un par de cervezas. Cerró los ojos, resignada.

- ¿Por qué nunca te pones ropa después de ducharte, Reach?

El investigador comprobó que, en efecto, tampoco se había puesto ropa en aquella ocasión.

- Ah. Perdona. Mmm. He tirado mi ropa a incinerar…

- Los de Logística te han dado una bolsa con ropa.

- Sí. Ah.

- Jod-mira, en pocas palabras -dijo, dándose la vuelta-. No has hecho un buen trabajo, los de arriba están contentos, pero la has cagado de mala manera. Vamos a tener que quemar el jodido sitio y ni siquiera hemos encontrado los cadáveres.

- Creo que es para bien -respondió el investigador, que se estaba poniendo sus nuevos pantalones deportivos-… ¿esto es de mi talla?

- No, no es para bien, Reach. Esos agentes tenían familias. Se merecen algo más que una esquela y un sobre con tres meses de sueldo.

- En eso no te llevo la contraria.

- ¡Pues haber dicho a los de arriba que…!

- El polvo estaba vivo, Sonia.

La mujer se giró. Reach ya estaba casi vestido; una holgada camisa a rayas, que todavía no había cerrado, y un chaleco azul deslustrado, completaban la imagen de un hombre sin sentido alguno del ridículo.

La mirada perdida, buscando las palabras en una pared del pladur más insípido imaginable; la respiración pausada; los movimientos vagos, el gesto ausente.

El Síndrome Ajeno. Reach era vagamente consciente de los síntomas. Se le pasarían. A él siempre se le pasaba todo.

- El polvo estaba vivo. El polvo estaba vivo como vivos están los mares y los bosques y cada ecosistema que te puedas imaginar, Sonia. El polvo tenía partículas de conciencia, y cada una de esas partículas era una historia, y cada historia se conectaba a las demás como quien conecta los eslabones de una cadena. Eran las historias de personas. Mejor que no les encontremos, ¿eh?

- Eh, Reach…

- No te preocupes, no hay forma de explicarlo con palabras -le interrumpió, dándose cuenta del tono asustado en su voz; ella también tenía buenos índices de resistencia, por algo le habían asignado un trabajo como escoltarle-, no hay forma de expresarlo, así que no te lo voy a pegar. Quizá si supiera componer y dibujar podría empezar a acercarme… ¿quizá se parezca un poco a lo que sería una duna en una tormenta de arena que arranca cada grano sólo para que vuelva a la misma duna, una y otra vez?

Reach se aferró ambos lados de la cabeza.

- Es convectivo. Convectivo convincente conviviente concentrado cóncavo contrito. Contrito.

Intentó ciclar cada átomo de dolor fuera de su mente, cada partícula de inconsciencia partida. Era el proceso habitual. A través del proceso habitual y todas sus pequeñas asperezas le llegó el tacto de una mano sobre su hombro y la voz de su escolta.

- ¿Cómo funciona, eso del ajeno?

Reach cerró los ojos.

- Nadie está muy seguro. Pero si tuviera que definirlo como paciente… Es como filtrar lo que uno sabe por varios tamices de alambre de espino, sabiendo a la perfección y antes que nada que uno es lo que uno sabe. Cuando olvido, no olvido; desgarro lo que he aprendido y luego lo rehago.

Reach se agarró las rodillas, con la espalda rígida y erguida sobre la cama de matrimonio en la que sabía que dormiría solo, con el rostro ya deshecho de Sonia Otero desvaneciéndose de su memoria reciente, de su presente, y sólo brevemente consciente de que la crisis se aceleraba.

- Nadie esta muy seguro, pero alguien lo sabe, Sonia. Alguien sabe cómo funciona. Alguien me sigue diciendo que vaya ahí fuera, que siga recogiendo su basura. Alguien me sigue diciendo que aprenda y olvide y luego recoja los restos y quiera volver a ponerlos juntos, porque nadie más sobreviviría siendo un triturador de recuerdos, y porque porque porque…

Intentó pensar.

Creía que lo tenía. Por un momento, un breve momento, sus sinapsis hicieron contactos insensatos, empujadas por la adrenalina y la desesperación, y evitando en el proceso un ataque epiléptico.

- Yo…

Pasado el momento, aquel breve momento, en el que podría haber recordado la verdad, Reach cayó inconsciente.


- Buenos días, Otero.

- Reach. ¿Qué tal la noche?

- Bastante bien. ¿La batería de preguntas de costumbre?

- Si te parece. ¿Qué es el Síndrome Ajeno?

- No lo sabré hasta que me pase.

- ¿Qué hicimos ayer?

- Había… ¿cables? Y polvo, un montón de polvo.

- ¿Cuál es tu nombre de pila?

- Reach.

- ¿Tu apellido?

- Reach.

- ¿Sabes que me acabas de dar la misma respuesta dos veces?

- Joder, otra vez… de verdad que siempre me sobresalta eso.

- No hay mucho que hacer al respecto, Reach. Venga, los del Área quieren que informe directamente al Director.

- ¡Ah! ¿Estarán preocupados por algo de lo que hicimos ayer?

- De hecho, no. No lo creo.

- Bueno… no murió nadie, ¿verdad?

- No, tranquilo. No murió nadie.

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