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La televisión estaba emitiendo sexo y violencia a todo volumen, pero ella sólo podía pensar en su maldito brazo burbujeante. Se lo tocó distraídamente, maldiciéndose una vez más por haberse olvidado la crema solar el fin de semana. Habría sido una buena oportunidad para ella de atraer la atención de Adam, pero había acabado quemada y humillada. Le habían ofrecido un poco de protector solar, pero Tammy estuvo allí, haciendo algún comentario que incluía el término “Gasparín el fantasma virgen”, así que ella lo había rechazado, diciendo que quería trabajar en su bronceado. Ahora, si estuviera más roja, la confundirían con un rábano. Se rascó las escamas de piel de cebolla de los brazos, tratando de ignorar la extraña textura de la piel burbujeante.
Siguió cambiando de canal, tratando de ignorar el escozor ardiente que sentía en los brazos, la cara y el cuerpo, todo lo cual servía para mantener nítido el recuerdo de su humillación. Se hurgó el brazo distraídamente, tratando de encontrar una repetición de algo que no hubiera visto, mientras se sacudía el líquido y la carne desprendida de los brazos…
espera…¿líquido?
Se miró los brazos y sintió que se le paralizaba la garganta en torno a un grito. Estaba bañada en sangre. La sangre brotaba de grandes grietas en su piel, la carne se desprendía en finas tiras y parches poco profundos. Cuando intentó retroceder, vio un destello de hueso. Patinó y se cayó del sofá; el empujón hizo que las heridas se estiraran aún más. Extrañamente entumecidas, las grietas seguían supurando sangre mientras se ponía en pie, empezando a hiperventilar. Intentó volver a apretar la carne pelada y enrojecida contra las heridas, pero éstas se soltaron con una nueva salpicadura de sangre.
Caminó con cautela, tratando de abrirse paso por el suelo, pero cada movimiento parecía hacer que su carne se pelara aún más. Se rozó el brazo, tratando de ver más claramente los zurcos sangrantes, y ahogó un grito cuando un trozo de carne del tamaño de la palma de la mano se desprendió y se soltó, con la sangre brillando en el músculo recién liberado. Gimió y se llevó las manos a la cara…sólo para sentir que se le movía como una máscara barata y mal ajustada, y que el dolor ardiente y punzante aumentaba cada vez más a medida que empezaba a pelarse…
Horas después, se metió un dedo bajo el párpado, con un dolor enloquecedor que la obligaba a deshacerse del último trozo de piel traicionero.










