El repentino zumbido eléctrico de la apertura de la puerta de su celda asaltó las orejas del doctor mientras yacía en el catre de metal desnudo, retrocediendo instintivamente ante el ruido. Levantó un trozo de su abrigo para protegerse los ojos de la luz que inundó la celda. La sombra de una persona entró, con el rostro oculto por las cegadoras lámparas que colgaban en el pasillo exterior. Retrocedió hasta una esquina, desesperado por evitar los golpes que sabía estaban a punto de reanudarse. Temblaba mientras la puerta se cerraba, restaurando la oscuridad. Pasaron varios segundos. No fue hasta que pasó un minuto entero sin violencia que no se atrevió a destaparse los ojos.
De pie, frente a él, había un elegante hombre delgado y rubio, con la gorra de su uniforme metida bajo el brazo, junto a un gran sobre de papel manila. La sonrisa del hombre era natural, y aún así, de alguna manera, no era adecuada para su duro rostro.
—Hola, Dr. Geissler. Mi nombre es el comandante Maxim Chernikov. Estoy aquí para sacarlo de estas instalaciones.
El doctor comenzó a incorporarse. La sonrisa de Chernikov le perturbaba. Se encogió aún más, refugiándose en la esquina.
El mayor se rió. —Oh, no para sacarlo y que le disparen, por supuesto. No me enviarían a hacer una tarea tan mundana como esa. Soy un gran admirador de su trabajo, por cierto. Me ofrecería a estrecharle la mano, pero, ya sabe. —Hizo un gesto hacia la mano derecha del doctor, vendada irregularmente. Le faltaban tres dedos.
Geissler acercó su brazo derecho a su cuerpo, arropando su destrozada mano. —No puedo darle lo que quiere —su voz temblaba mientras se estremecía—. Las partes cruciales-
—Están en el laboratorio, sí, estoy familiarizado. Así le ha informado repetidamente a mis hombres. Debe perdonarlos, son simples bestias de poca imaginación. Pero tienen su utilidad. Por ejemplo, me han convencido de que usted está diciendo la verdad.
Chernikov arrojó la carpeta de manila sobre el catre. Geissler se sobresaltó y saltó de su asiento para alejarse del paquete. El mayor volvió a reír.
—Relájese, todo va a salir bien. Y eso es porque va a responder a un conjunto diferente de preguntas. Mis propias preguntas, doctor. No, no se preocupe, le prometo que sabrá las respuestas a estas, o las consecuencias serán muy rápidas y limpias.
Chernikov sacó repentinamente su arma de mano, desenfundándola y esgrimiéndola en un solo movimiento fluido, apuntando con ella directamente a la frente del Dr. Geissler.
—Dígame doctor, ¿quién estuvo de acuerdo con Sócrates en que el alma debe tener múltiples partes?
—¿Q… qué?
El ruso amartilló su pistola con mano firme. La sonrisa había desaparecido.
El doctor se esforzó por encontrar su voz. —¡G… G-Glaucón!
La pistola de Chernikov permaneció inmovil; Geissler se imaginó que podía sentir el cañón clavándose en su frente.
—¿Qué cultura nunca desarrolló el concepto de alma humana?
El doctor estaba paralizado por el miedo. —L-l-la T-tribu Pirahã del Río Maici, ¿por qué-
—¿Tres cien y cuántas perso?
Geissler lo miró fijamente, sin comprender y aterrorizado.
—¿Cuántas perso, basura nazi subhumana? —la voz de Chernikov se mantuvo firme.
—¡Siete! ¡Son siete! —suplicó el doctor. Chernikov mantuvo la pistola apuntando a la cabeza de Geissler. Un segundo. Dos segundos. Bajó el arma. Su sonrisa volvió, la pistola volvió a su pistolera mientras el doctor lloraba en silencio, al parecer todavía capaz de sentirse aliviado de seguir con vida.
—Bien. Sigue en plenas facultades mentales. No hay signos de conmoción cerebral. Dejé instrucciones muy específicas en ese respecto. Vamos a necesitar que su mente esté intacta.
Chernikov golpeó con elegancia la puerta de la celda tres veces. Se abrió de inmediato. Un ayudante uniformado le entregó una unidad de radio.
—Oh, venga ahora, doctor. Estamos al borde de un gran descubrimiento. Si tiene suerte, podríamos incluso permitir que su nombre quede registrado en los libros de historia. Abra ese sobre, ahora.
El doctor trató de recuperar cierta compostura. Se acercó al sobre. Chernikov comenzó a hablar ruso por la radio.
Lo abrió, agitándolo para sacar su contenido. De él cayeron fotografías de Liesel y los niños. Sus ojos se abrieron de par en par.
Chernikov no le prestó atención al doctor mientras continuaba su conversación. Una voz áspera y monótona habló largo rato por el auricular, deteniéndose ocasionalmente para permitir que Chernikov hablará brevemente. Geissler estudió la fotografía; el letrero de la calle frente a la casa era claramente visible. Ashbury Lane. Los habían descubierto.
El comandante golpeó tres veces más en la puerta, su conversación había terminado. El ayudante reapareció, esta vez con dos guardias adicionales. El doctor no había visto a estos antes.
—Hay un objeto más en ese sobre, doctor. Querrá verlo, será reconfortante para usted.
El doctor finalmente miró a Chernikov a los ojos. El ruso parecía confiado, despreocupado. Miró dentro del sobre y vio algo escondido en el fondo. Lo sacó con su mano sana.
—Lo recogí yo mismo, como un favor. Pensé que le podría gustar tenerlo como un recordatorio. A muchos hombres de mi batallón les gustaba llevarlos consigo.
El doctor Geissler sostuvo un mechón de pelo negro azabache, atado con un trozo de encaje blanco que reconoció al instante como el vestido de novia de Liesel.
—Por supuesto ella no lo echará de menos. Me dicen que estaba durmiendo profundamente. Mis hombres entraron y salieron antes de que nadie se despertara, al parecer. Son muy buenos en eso.
El doctor asimiló por completo el significado de las palabras de Chernikov. Había imaginado que perdería la vida en cuanto llegara a este lugar; sólo era cuestión de tiempo, había pensado. Por lo que Liesel sabía, llevaba muerto desde 1945; una condición necesaria de su acuerdo con la Fundación. La muerte parecía una formalidad, un ajuste de cuentas pendiente desde hacía mucho tiempo. Pero nunca había imaginado que la Fundación estaría comprometida hasta el punto de exponer a su familia. La magnitud total del daño se estaba volviendo cada vez más evidente. Sus pensamientos se ramificaron de nuevo más allá de su propia muerte inminente.
—¿Confío en que ahora contamos con su plena y ferviente cooperación, doctor?
Geissler apoyó los pies en el suelo y, lentamente, con gran esfuerzo, se puso de pie sobre sus piernas magulladas y sangrantes. Cerró tres muñones y un dedo anular intacto alrededor del mechón del cabello de su esposa, apretándole con fuerza en su puño. La sangre fresca brotaba de las heridas de su mano y ya comenzaba a gotear.
—Sí. Comandante.
Chernikov llamó a los guardias a la celda. —Limpienlo y denle algo de ropa. De paso, denle de comer.
Los dos guardias se acercaron al doctor y comenzaron a sacarlo de la celda, de una manera extrañamente amable. Chernikov se puso su gorra y se adelantó al grupo, caminando por el pasillo.
—Nos dirigimos de nuevo al Sitio-7, doctor. Hay mucho que hacer.
El oficial de la GRU-P desapareció a la vuelta de la esquina. Los guardias acomodaron al doctor en una silla de ruedas, esperando fuera de su celda. El doctor se propuso dar las gracias debidamente al comandante Chernikov cuando tuviera ocasión. Había pensado que antes de esta visita deseaba la muerte. Pero ahora sabía que estaba equivocado. Había algo por lo que vivir después de todo.
Los hinchados y amoratados ojos del doctor Geissler, junto con las abrasiones en la córnea, hicieron que su expresión fuera indescifrable para cualquiera de los guardias y médicos presentes. Su odio recién despertado pasó desapercibido.
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