Matryoshka: Parte Tres

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El repentino zumbido eléctrico de la apertura de la puerta de su celda asaltó las orejas del doctor mientras yacía en el catre de metal desnudo, apartándose instintivamente del ruido. Levantó un trozo de su abrigo para protegerse los ojos de la luz que inundó la celda. La sombra de una persona entró, su rostro oculto por las lámparas cegadoras que colgaban en el pasillo exterior. Retrocedió hasta una esquina, desesperado por evitar los golpes que sabía estaban a punto de reanudar. Temblaba mientras la puerta se cerró, restaurando la oscuridad. Pasaron varios segundos. No fue hasta que pasó un minuto entero sin violencia que no se atrevió a destapar sus ojos.

De pie, junto a él, había un elegante hombre rubio, con la gorra de su uniforme metida bajo el brazo, junto a un gran sobre de papel manila. La sonrisa del hombre era natural, y aún así, de alguna manera, no era adecuada para su duro rostro.

—Hola, Dr. Geissler. Mi nombre es el comandante Maxim Chernikov. Estoy aquí para sacarlo de estas instalaciones.

El doctor comenzó a sentarse. La sonrisa de Chernikov le molestó. Se encogió aún más en la esquina.

El mayor se rió—. Oh, no para sacarlo y que le disparen, por supuesto. No me enviarían a hacer una tarea tan mundana como esa. Soy un gran admirador de su trabajo, por cierto. Ofrecería estrechar su mano, pero, ya sabe. —Hizo un gesto hacia la mano derecha del doctor, vendada irregularmente. Le faltaban tres dedos.

Geissler acercó su brazo derecho a su cuerpo, arropando su mano arruinada—. No puedo darle lo que quiere, su voz temblaba mientras él temblaba. —Las porciones críticas-

—Están en el laboratorio, sí, estoy familiarizado. Así les ha informado repetidamente a mis hombres. Debe perdonarlos, son simples bestias de poca imaginación. Pero tienen sus usos. Por ejemplo, me han convencido de que usted está diciendo la verdad.

Chernikov arrojó la carpeta de manila sobre el catre. Geissler se sobresaltó y saltó de su asiento para alejarse del paquete. El mayor volvió a reír.

—Relájese, va a estar bien. Y eso es porque va a responder a un conjunto diferente de preguntas. Mis propias preguntas, doctor. No, no se preocupe, le prometo que sabrá las respuestas a estas, o las consecuencias serán muy rápidas y limpias.

Chernikov repentinamente sacó su arma, desenfundándola y esgrimiéndola en un movimiento fluido mientras apuntaba su pistola hacia la frente del Dr. Geissler.

—Dígame doctor, ¿quién estuvo de acuerdo con Sócrates en que el alma debe tener múltiples partes?

—¿Q…qué?

El ruso alzó el martillo de su pistola con la mano firme. Su sonrisa se había borrado.

El doctor se esforzó por encontrar aliento—. ¡G..G-Glaucón!

La pistola de Chernikov permaneció fija en su lugar; Geissler se imaginó que podía sentir el barril clavándose en su frente.

—¿Qué cultura nunca desarrolló el concepto de un alma humana?

El doctor estaba congelado de miedo—. L-l-la T-tribu Pirahã del Río Maici, por qué-

—¿Tres hun y cuántos po?

Geissler lo miró fijamente, sin comprender y aterrorizado.

—¿Cuántos po, basura nazi subhumana? —La voz de Chernikov se mantuvo firme.

—¡Siete! ¡Son siete! El doctor suplicó. Chernikov mantuvo la pistola apuntando a la cabeza de Geissler. Un segundo. Dos segundos. Bajó su arma. Su sonrisa volvió, la pistola volvió a su pistolera mientras el doctor lloraba en silencio, al parecer todavía capaz de sentirse aliviado de seguir con vida.

—Bien. Aún mantiene su ingenio. No hay signos de conmoción cerebral. Dejé instrucciones muy específicas en ese respecto. Vamos a necesitar que su mente esté intacta.

Chernikov golpeó con elegancia la puerta de la celda tres veces. Se abrió rápidamente. Un ayudante uniformado le entregó una unidad de radio.

—Oh, venga ahora, doctor. Estamos al borde de un gran descubrimiento. Si tiene suerte, podríamos incluso permitir que su nombre permanezca en los libros de historia. Abra ese sobre, ahora.

El doctor trató de recuperar cierta compostura. Se acercó al sobre. Chernikov comenzó a hablar ruso en la radio.

Lo abrió, agitándolo para sacar su contenido. Salieron fotos de Liesel y los niños. Sus ojos se ensancharon.

Chernikov no le prestó atención al doctor mientras continuaba su conversación. Una voz áspera y monótona habló largamente desde el auricular, deteniéndose ocasionalmente para permitir que Chernikov hablará brevemente. Geissler estudió la fotografía; el letrero de la calle fuera de la casa era claramente visible. Ashbury Lane. Habían sido descubiertos.

El comandante golpeó tres veces más en la puerta, su conversación había terminado. El ayudante reapareció, esta vez con dos guardias adicionales. El doctor no había visto a estos previamente.

—Hay un artículo más en ese sobre, doctor. Querrá ver ese, será reconfortante para usted.

El doctor finalmente miró a Chernikov a los ojos. El ruso parecía confiado, despreocupado. Miró dentro del sobre, viendo algo escondido en el fondo. Lo sacó con su mano buena.

—Lo recolecte yo mismo, como un favor. Pensé que le podría gustar un recordatorio. A muchos hombres en mi batallón les gustaba cargarlos.

El doctor Geissler sostuvo un mechón de pelo negro azabache, atado con un trozo de encaje blanco que reconoció al instante como el vestido de novia de Liesel.

—Ella no lo echará de menos, por supuesto. Me dicen que estaba durmiendo profundamente. Mis hombres entraron y salieron antes de que alguien se despertara, parece. Son muy buenos en eso.

El doctor entendió el significado completo de las palabras de Chernikov. Había imaginado que perdería la vida en cuanto llegó a este lugar; sólo era cuestión de tiempo, pensó. Por lo que Liesel sabía, había muerto desde 1945; Una condición necesaria de su acuerdo con la Fundación. La muerte parecía una formalidad, una liquidación de cuentas desde hacía mucho tiempo pendientes. Pero nunca había imaginado que la Fundación estaría comprometida hasta el punto de exponer a su familia. El alcance total del daño se estaba volviendo más claro. Sus pensamientos se ramificaron de nuevo en más allá de su propia muerte inminente.

—¿Confío en que ahora contamos con su plena y ferviente cooperación, doctor?

Geissler apoyó los pies en el suelo y, lentamente, agonizantemente, se puso de pie sobre sus piernas magulladas y sangrantes. Cerró tres muñones y un dedo anular intacto alrededor del mechón del cabello de su esposa, apretándolo en su puño, con sangre fresca filtrándose por las heridas en su mano que empezaba a gotear.

—Sí. Mayor.

Chernikov llamó a los guardias a la celda—. Limpienlo, denle algo de ropa. Y alimentenlo mientras lo hacen.

Los dos guardias se dirigieron al doctor, comenzando a sacarlo de la celda, de una manera extrañamente amable. Chernikov se puso su gorra y comenzó a caminar por el pasillo enfrente del grupo.

—Nos dirigimos de nuevo al Sitio-7, doctor. Hay mucho que hacer.

El oficial de la GRU-P desapareció a la vuelta de la esquina. Los guardias acomodaron al doctor en una silla de ruedas, esperando fuera de su celda. El doctor hizo una nota mental para agradecerle adecuadamente al mayor Chernikov cuando tuviese la oportunidad. Había pensado que antes de esta visita deseaba la muerte. Pero ahora sabía que estaba equivocado. Había algo por lo que vivir después de todo.

Los hinchados ojos negros del doctor Geissler y las abrasiones de la córnea hicieron que su expresión fuera ilegible para cualquiera de los guardias y médicos. Su odio recién encendido pasó inadvertido.

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