Matryoshka: Parte Seis
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El auditorio quirúrgico del Sitio-7, a pesar de todos sus paneles de madera en las paredes y filas de butacas de teatro ya muy gastadas, podría haber sido cualquiera de las cientos de instalaciones médicas del mundo racional, pensó Geissler para sí mismo mientras soldaba el cableado. El único detalle discordante eran las rejas sobre las ventanas de la galería de observación.

Su hilo de pensamientos se rompió por el dolor punzante del soldador cuando se deslizó de nuevo, quemando su mano. Inhaló bruscamente, pero se contuvo antes de exclamar algo. El guardia con cara de rata parecía que podría disfrutar de tal arrebato, y de todos modos, no necesitaba ayuda para agilizar esta parte del trabajo. Esta parte del proyecto era para un sólo hombre. Agarró el soldador una vez más y se inclinó sobre el pesado manojo de cables y cableado que serpenteaban a través del conducto de metal. Tantos pequeños detalles, tantos circuitos que necesitaban ser configurados exactamente así. Incluso con uno fuera de lugar, este procedimiento podría volverse realmente muy impredecible.

Las puertas principales del auditorio se abrieron con un chirrido, dejando paso a tres militares de alto rango que habían venido para comprobar su progreso. Él no apartó la vista de lo que estaba haciendo. Sabía quiénes eran.

—Solo llevamos aquí dos horas. Pensé que estabas bromeando cuando dijiste esta noche.

—Trabaja rápido, ¿verdad? Creo que quiere ver los resultados tanto como nosotros.

Geissler reconoció la imperturbable voz de Chernikov entre los oficiales. No podía evitar sentir una punzada de enojo ante el hábito de Chernikov de hablar de él como si no estuviera en la habitación. Prácticamente había inventado está rama de la ciencia que estos matones estaban tan ansiosos por explotar. Apretó con más fuerza el soldador.

Una nueva voz habló. Un susurro ronco y jadeante. Una mujer, pensó. —El coronel ha reunido al Comité de Planificación del 19º Congreso en la ubicación acordada. Se reunirán en tres días. ¿Crees que estaremos listos para entonces?

Chernikov ahora se dirigió a él. —Dr. Geissler ¿Qué dice? ¿Cumpliremos con nuestro plazo para el proyecto que comentamos?

Geissler volteó, con el soldador en mano. Vio a Chernikov, flanqueado por un joven asistente y una mujer con uniforme de comisario. Era mucho más joven que la voz que había escuchado hacía unos momentos. El doctor vio que el aparato que estaba construyendo se reflejaba en sus lentes.

—Asumiendo que ya tenga al sujeto, habremos terminado esta misma tarde. Necesito esas jaulas. Y gente para ensamblarlas. A menos que quiera que vaya cojeando y las monte yo también.

Chernikov sonrió. Sacó una pequeña libreta, escribió una nota, la arrancó y se la entregó al joven que estaba a su lado. Con un saludo militar, el asistente corrió de regreso por la entrada, fuera del quirófano. —Las cosas que podemos lograr cuando trabajamos juntos. Comisaria Rosenstein, creo que estará satisfecha con nuestro trabajo esta noche.

El comandante Chernikov le dio una palmada en el hombro de la comisaria y se volvió para salir. La comisaria se quedó en su lugar, mirando a Geissler, con rostro impasible, con los ojos ocultos por el reflejo de metal y cables en sus grandes gafas de montura negra. El odio de Geissler parecía haber dejado la habitación con Chernikov, reemplazado por una profunda inquietud ante la mujer que tenía delante. De repente se sintió mareado, y extendió la mano para apoyarse contra el poste de metal vertical que servía como núcleo del aparato, luchando por mantener el equilibrio. El soldador cayó al suelo con un golpe seco.

La comisaria Rosenstein no reaccionó. Continuó mirándolo, silenciosamente. Geissler recuperó el equilibrio, mareado. Le devolvió la mirada. O pensó que lo hizo.

Con un giro rápido, la comisaria se dio la vuelta y empezó a salir. De repente, él recuperó el equilibrio. Mantuvo su mano en el poste, solo para estar seguro. La comisaria atravesó las puertas. Estas se cerraron tras ella.

Geissler miró a su celador con cara de rata. Sus ojos aún estaban fijos en la salida de la habitación, el miedo era claramente visible en sus simples facciones.

El doctor volvió a recoger su soldador, así como una manguera de metal suelta, conectándola a un puerto eléctrico cercano en el aparato. No había tiempo que perder.


SCP-1041 despertó sobresaltada; debió haberse quedado dormida en su silla. Levantó la cabeza de golpe del reposabrazos, sintiendo un fuerte dolor en la nuca y detrás de los ojos. Gruñó, con la visión aún borrosa por el despertar. Tragando, sintió un dolor en su garganta, como un dolor muscular. Se llevó la mano bajo la barbilla, masajeando suavemente la zona dolorida. La habitación estaba demasiado iluminada. Se frotó los ojos y se sentó derecha.

Delante de ella estaba sentado un hombre de mediana edad con uniforme militar, rubio y sonriente. Su sombrero estaba puesto ordenadamente sobre su abrigo doblado en una mesa junto a él; su cabello estaba ligeramente despeinado. Detrás de él había una mujer con un uniforme diferente. Pelo oscuro, gafas. Ella sostenía un portapapeles.

—Ah, ya despertó. Maravilloso. —Extendió una mano enguantada y tomó suavemente la de ella, mientras instintivamente se encogía ante la presencia de los desconocidos—. Shhh, shhh. Está bien, está bien, soy su amigo. Está bien, aunque es posible que no recuerde cómo llegó aquí. ¿Lo recuerda?

Pensó, buscando en sus recuerdos. El dolor de cabeza y las luces brillantes la estaban haciendo sentir desorientada. ¿Cómo había llegado hasta allí? ¿Qué era lo último que recordaba? ¿Una… celda de algún tipo? Posiblemente. ¿Cómo había llegado allí en primer lugar? Los detalles no estaban claros.

—Empecemos con su nombre ¿Recuerda su nombre? ¿Quién es?

Pensó. Pasó un instante. ¿Por qué esto no era obvio? Entonces algo surgió en su mente.

—Mi… mi nombre es Eileen Warner. Eileen Warner, de South Kensington.

El hombre frente a ella sonrió, asintiendo ante la respuesta. —Eileen Warner —repitió a la mujer a su lado. Esta levantó algunas páginas de su portapapeles, antes de escribir una serie de notas.

—Eileen Warner. Número setenta y tres en la secuencia. Como se esperaba. —La voz de la mujer era ronca. Fea, entrecortada y estridente.

El hombre se volvió hacia ella. —¿Hay algún detalle más que nos pueda dar? Nada demasiado personal, claro. ¿Ocupación, el nombre de sus padres? Entonces habremos terminado y podrá marcharse.

Su corazón continuó latiendo con fuerza, cada vez más rápido, a pesar del aparente final del interrogatorio. —¿Qué es esto? ¿Estoy bajo arresto? ¿Qué está pasando? —Estaba empezando a recordar. Había estado en una celda antes. Pero la gente era distinta. Y no habían sido militares.

—Solo unos pocos detalles más, sra. Warner. Y luego podremos explicarle.

Ella hizo una pausa. Resistirse no parecía prudente. —Yo… y-yo… soy gerente de banco… Mis… m-mis padres, mis padres eran Todd y Mary Trost, les juro que no he hecho nada, yo-

—Shhh, shhh. ¿Comisaria Rosenstein?

La mujer consultó su portapapeles una vez más. —Encaja.

—Fantástico. Puede retirarse, sra. Warner.

Por un momento, nadie se movió. Entonces el hombre se inclinó hacia delante y envolvió sus manos alrededor de su garganta.

Luchaba mientras la adrenalina recorría por todo su torrente sanguíneo, intentando golpearlo en la cara, pero él era demasiado fuerte. Él apretó justo en el lugar de su garganta que había estado dolorido, y ella se sintió mareada, debilitándose repentinamente. Su visión se oscureció mientras él la sujetaba por el cuello; ella le dio unas cuantas patadas más, sin fuerzas, desde su posición sentada, mientras sus extremidades se volvían pesadas. Unos segundos más, y perdió el conocimiento.


La oscuridad alrededor centellea, escenas de recuerdos y fantasía y las vidas de otras personas se desvanecen y reaparecen, se mezclan entre sí. Se desarrollan docenas de vidas, acontecimientos pasados ​​y futuros, escenas en las que cada punto de vista es suyo. Ella reconoce su propia cara en todas las demás. Sabe que está soñando, y se deja llevar por la corriente, como siempre.

Algo está sucediendo en cada escena mientras ella flota en la nada que corre entre todas las visiones dispares. Un hombre, sonriente y terrible, extiende las manos para estrangularla, una y otra vez, cada una de sus vidas convergiendo en el mismo lugar. Pero no es la muerte lo que busca. Cada vez, él no la termina. Su progreso a través de cada una de sus facetas es inexorable. ¿Qué hará él cuando llegue al final? ¿Va a empezar el ciclo otra vez, como ella? La idea es espantosa.

Ella acababa de regresar del mundo. Ekaterina debía de haber escapado. Gracias a Dios por eso. Pero yo sigo aquí, piensa. Algo debe estar mal. Está en manos de la GRU-P. Si sabían sobre su trabajo con Geissler, de cuánto había ayudado, entonces podrían estar buscándola. A ella, específicamente. Se le ocurre que tiene que huir.

Intenta ir en la otra dirección, en contra de la lenta corriente que la lleva de regreso a su cuerpo, la forma física que comparte a su vez con todas las otras versiones de sí misma, luchando contra sus propios sueños. Pasa una escena. Geissler ha organizado una red de sensores eléctricos alrededor de su cabeza, mientras ella explica sus últimos pensamientos sobre cómo las regiones del cerebro podrían relacionarse con cada personalidad específica. Se desvanece, perdida en la corriente, y se dirige al hombre sonriente con las manos en su garganta. Otra ahora, sus recuerdos del trabajo fluyen libremente, rompiendo las barreras en su mente mientras lucha por contener la inundación. Geissler se esfuerza por explicar en sus notas la co-ubicación física de lo que todavía no quiere llamar alma. Su frustración (y la de ella) se desvanece, reemplazada cada vez más rápidamente por escenas fugaces. Ella le cuenta por qué no puede caminar cada 213 días. Él le cuenta cómo la Fundación informó falsamente a su familia de su supuesta muerte en un campo de prisioneros de los Aliados. Ella traza más líneas en un diagrama en la pared con docenas de sus propios nombres. Él le pregunta si puede confiar en la información proporcionada por Ekaterina (pueden). Ella le dice que lo que él está proponiendo no es una cura. Él grita triunfalmente al ver la lectura que esperaba ver en el monitor de ondas cerebrales. Los fragmentos se suceden. La Fundación no puede verse comprometida. Todo habrá sido en vano.

Ella lucha contra la corriente, pero el río simplemente fluye sorteando cualquier resistencia. su caudal se acelera al ver al hombre sonriente. No le queda más remedio que esperar su turno, y esperar que sea otra ella la que despierte y vea su rostro.

Un olor penetrante, de repente. Ella siente que sus ojos se abren, el flujo se interrumpe, ¿es su turno de…?


SCP-1041 despertó sobresaltada. Tosió mientras un vapor irritante y punzante salía de su nariz y de sus senos paranasales. Su garganta estaba en llamas. Vio a un hombre delante de ella, que colocaba un tapón en un pequeño frasco y se lo guardaba en el bolsillo. Sus mejillas estaban ligeramente rojas.

—¿Dónde estoy? ¿Quién demonios eres? —gruñó, el entorno desconocido puso sus reflejos inmediatamente en alerta—. Será mejor que comiences a hablar. Ahora.

El hombre, un soldado según podía distinguir por su uniforme, se recostó en su silla, con los ojos muy abiertos mientras se reía entre dientes, aparentemente divertido con ella. Ella instintivamente se llevó la mano a un lado; no había nada allí. Estaba vestida con una especie de uniforme de prisión. Diferente al que ella llevaba en Vladimirsky. Los recuerdos avivaron aún más su creciente ira. Miró a la mujer que estaba de pie detrás del hombre que tenía delante. Sostenía un portapapeles. Estaba impasible, sin expresión.

—Perra. Tú. Dime qué está pasando.

Chernikov le dedicó una sonrisa radiante; parecía aliviado. —Encantadora. Déjame adivinar, ¿Svetlana Savchuk?

Se inclinó hacia delante, acercándose a él. —Así es. Todos sabéis quién soy.

Él miró a la comisaria Rosenstein; ella le regreso la mirada con un breve asentimiento. Él volvió a mirarla. —¿Y qué es lo último que recuerdas haber hecho antes de despertarte aquí, Svetlana?

En un instante, se levantó, arrebatando la silla plegable sobre la que estaba. La plegó, la tomó con ambas manos y la blandió tan fuerte como pudo hacia la cabeza de Chernikov.

Chernikov se agachó ligeramente, la silla rozó algunos mechones de pelo sueltos que sobresalían sobre su cabeza. Sin ningún esfuerzo aparente, dio un solo paso hacia adelante, su cuerpo se movió como un bailarín, y hundió su puño en el estómago. La silla cayó estrepitosamente contra el piso de cemento mientras ella se desplomaba. Todo el intercambio duró dos segundos.

El sonido de sus botas resonó en las paredes reforzadas. Él se paró sobre ella, pisándole la mano extendida con la fuerza justa para inmovilizarla, causándole dolor. Ella lo miró. En sus ojos, él no vio rastro de salvajismo, ni rastro de furia. No había expresión externa de dolor, a pesar de estar doblada en el suelo. Hervía de rabia sin ira, con una mirada que prometía enmendar la ofensa momentánea que le habían infligido. Una mirada por la que Chernikov había desarrollado un gusto a lo largo de los años.

Él se puso su gorra. —Así es, tal como está escrito en el informe, Svetlana. Excepto que, a diferencia del guardia del Bloque 4, yo estoy vivo. Comisaria Rosenstein, tenemos a nuestra mujer.

Se agachó y quedó cara a cara con SCP-1041, anfitriona temporal de Svetlana Savchuk, conocida soldado de la Familia Marchenko y asesina convicta en tres ocasiones. —Ve a buscar a Geissler. Dile que ya tenemos a nuestro sujeto. Estamos listos para comenzar.

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