Matryoshka: Parte Cinco
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Nechayeva emergió de un panel de mantenimiento en un callejón congelado después de una caminata de treinta minutos a través de corredores de mantenimiento subterráneos. Reconoció sus alrededores como los de una subestación eléctrica cercana. Fue recibida por el sonido de sirenas en la distancia. Mantuvo la pistola en su mano, tan baja y discretamente como le fue posible, mientras se dirigía al borde de una cerca cercana, con cuidado de pisar los parches de tierra desnuda entre los pequeños montones de nieve. Se asomó desde la esquina, buscando el tercer poste de mantenimiento en el lado izquierdo de la calle. Buscaba la marca de tiza blanca.

No estaba allí.

Su insulto dejó sus labios como un delgado rastro de vapor blanco en el frío aire invernal. La entrega estaba comprometida. Alguien en el mando había tomado la decisión de abandonar la otra parte de la operación para asegurar el piso franco de la GRU-P. ¿Eran las sirenas el resultado del fracaso de la operación? En cualquier caso, no habría ningún equipo de extracción. Ningún lugar en donde dejar los documentos. No había nadie esperando para llevarse a SCP-1041 y los frutos de tres años de investigación fuera de las manos de Zherdev.

Un camión pasó a toda velocidad junto a ella, levantando una estela de lodo sucio mientras diez agentes de seguridad, con rifles en ristre, iban camino hacia lo que fuera que hubiera causado la conmoción. Una conmoción que, a juzgar por las sirenas, se produjo en las inmediaciones del punto de entrega. Recordó la reunión informativa en Novosibirsk. Este sector de Cracovia era un área restringida, bajo la jurisdicción del Ejército Rojo. Los protocolos de seguridad indicaban que al menos otros tres camiones estarían en camino a una alarma como esa. Los planes B y C parecían arruinados igualmente.

Retomando sus pasos, Nechayeva regresó al corredor de mantenimiento. Las posibilidades y variantes de la probable situación se agolpaban en su mente. Los planificadores en la base habían tejido, a partir de las diversas fuentes de inteligencia, un tapiz de escenarios divergentes, todas con el potencial de ocurrir durante la misión. Chernikov y su delegación de la GRU-P sin duda estarían llegando en persona al Sitio-7, pero probablemente no hasta que su operación hubiera sido completada. La probabilidad de un encuentro directo entre ella y cualquier hostil se estimaba en un 15%. La misión se habría cancelado si hubiera sido del 20 %.

Se creía que la Fundación estaba demasiado ocupada “limpiando” en América como para montar cualquier tipo de acción ofensiva en Europa del Este. La probabilidad de alguna intervención por su parte estaba proyectada en un 25%, más alta de la que los planificadores ordinariamente la pondrían por el tono desesperado del telegrama interceptado de sus activos en Varsovia. Los rumores, sin embargo, persistían de que la GRU-P había tenido un desertor el mes pasado. Una rápida consulta con las oficinas de campo en Washington, Londres, Beijing y Ciudad del Cabo no arrojó resultado. El desertor de Zherdev probablemente era imaginario. O estaba muerto. Pero si no fuese ninguna de esas dos cosas, sólo habría otro lugar en el que podía estar. Los planificadores, con gran irritación, se negaban a descartar una misión de la Fundación en Cracovia en la misma ventana temporal que su operación.

Por mucho que Petrov tratara de erradicar esa costumbre del personal de planificación, estas suposiciones estaban basadas en historias de misiones anteriores, inteligencia confirmada, modernos modelos estadísticos y teoría de juegos. Racionalidad. Nechayeva y el resto de operativos de la KGB que lidiaban con este tipo de asuntos estaban demasiado familiarizados con la fragilidad de lo que estas suposiciones podrían ser.

Nechayeva se quedó quieta y escuchó el tono de las sirenas en la distancia, permitiendo que los ecos de los camiones y bocinas inundaran sus sentidos. El aire frío, fresco pero no cortante, acariciaba su cara. Inhaló profundamente, distinguiendo un leve olor a escape de camión a través de la empalagosa capa metálica de ozono que emanaba de las bobinas de acero compactas de la central eléctrica cercana. ¿Cobre?

No tenía sentido regresar al Sitio sin un plan de escape. A estas alturas, incluso un mal plan tendría que bastar. Pero necesitaba saber más. Sólo la GRU-P o Fundación podrían estar causando cualquier tipo de conmoción ahora mismo. Pero cuál sería; ¿negociaciones o balas? Ninguna otra respuesta podría llegar antes que esta.

Aún así tendría que ir al punto de entrega.

Escuchó de nuevo los sonidos de las cuadras de la ciudad que le rodeaban, ahora vacías excepto por los soldados. La mayor parte de la actividad se alejaba de ella, pero a través del lejano alboroto, un sonido parecía acercarse; un agudo zumbido y un rugido de motor. Una moto. Por el sonido, parecía ser una sola, probablemente buscando civiles rezagados. Era hora de actuar.

Nechayeva corrió hacia la puerta de acceso de la subestación cercana. La cerca rodeando la subestación era suficientemente sólida, pero la puerta estaba asegurada por una sola cerradura de seguridad. La cerradura parecía resistente, probablemente demasiado para las ganzúas que llevaba consigo. Así que contó 10 desde la puerta y luego dio un paso a lado. Dejó el maletín con cuidado, sacó su pistola, apuntando al candado. Con pulso firme, exhaló y apretó el gatillo.

Un estruendo seco, seguido casi inmediatamente por un golpe sordo, cuando la bala rebotó y se incrustó en la pared a unos tres metros de distancia. A la altura de la cabeza. Volviendo a recoger el maletín, Nechayeva inspeccionó la cerradura. Suficientemente rota. Le dió una fuerte patada a la puerta, abriéndola de golpe. La motocicleta se había detenido en la distancia al oír el disparo de su pistola, y ahora el zumbido del motor se dirigía directamente a su posición. A cuatro cuadras, calculó Nechayeva. Rápidamente buscó el panel de control principal. El conjunto más prominente de cajas y luces estaba al lado de una gran bobina metálica vertical. El calor de la bobina había derretido un círculo en la nieve, dejando un prominente espacio en forma de anillo a su alrededor, Nechayeva se detuvo. Después se arrancó un pedazo de tela de su abrigo de civil, enredándola alrededor de su mano derecha, apretando fuertemente su pistola. La motocicleta estaba casi allí. Se movió rápidamente.


El soldado apagó el motor de la moto. Apenas podía escuchar las amortiguadas y silenciadas voces de su radio. El comandante del distrito se enfurecería cuando se diera cuenta que la perimetral había pasado por alto está subestación ¿Tal vez no había sido nada? Se le encogió el corazón al ver el candado roto y las huellas. Había sido algo. Mejor resolverlo rápidamente.

Había un rastro de huellas en la nieve que conducía al interior de la subestación. Definitivamente había sido un disparo ¿pero sólo una persona? Podría haber sido uno de los hombres del pelotón, divirtiéndose después de un trago de más. En ese caso, sería cualquiera a quien entregara, el que sufriría la ira del Comisario, y no él por no ver a un civil en el perímetro de seguridad. Tal vez esto no fuera tan malo después de todo.

Siguió cautelosamente las huellas hasta la subestación. Le parecían pequeñas. Mucho mejor; lo último que quería era tener que luchar contra un borracho gigante y llevarlo de vuelta a la base. Su radio, silenciada por el abrigo que cubría el altavoz, exigía algo enojada. Le pareció oír la palabra "perímetro" en algún lugar de su diatriba. Mierda. Se apresuró, siguiendo las huellas.

El soldado sintió un calor radiante en su rostro mientras avanzaba, pequeñas punzadas de metal crujían y gemían en medio de la maraña de cables y alambres, los diminutos pelos de su cuello se erizaban como si la corriente de la subestación se estuviera filtrando en el aire alrededor de él. Llegó a un círculo derretido en la nieve, donde el suelo desnudo enmarcaba una consola de control. Las huellas terminaron.

—¡Maldita sea! ¡Deja de perder el tiempo! ¡Tenemos que volver! —gritó sin dirigirse a nadie en concreto. Cada minuto que pasara fuera buscando, el Comisario se enojaría más y más. Ambos acabarían despellejados si se quedaba allí todo el día buscando. Buscó en sus alrededores con una desesperación en aumento. Su mirada se detuvo.

Un maletín. Recostado contra el borde del círculo de nieve, apoyado contra un montón de nieve, a unos cinco metros de distancia. Era la única pista de un misterio que necesitaba resolver antes de que la radio le quemara un agujero en la cintura con su furia. Se acercó con cautela, cada paso era medido y cuidadoso mientras se agachaba, los viejos hábitos aprendidos en Mamayev Kurgan se estaban ahora activando mientras se movía tan rápido como podía, sin perturbar a un solo guijarro o terrón de tierra. Mantuvo unos pocos pasos de distancia mientras desenvainaba suavemente y en silencio su cuchillo de combate, escudriñando el suelo frente a él en busca de indicios de cables o sospechosos trozos de tierra fresca.

Cuando estuvo satisfecho de que el suelo alrededor del maletín estaba despejado, puso su rifle con suavidad en la tierra a su lado y se echó sobre su vientre. Se arrastró el último metro hasta el maletín, con cuidado y delicadeza. Inclinó la cabeza, examinando el pequeño resquicio de luz que se filtraba entre el fondo del maletín y el montón de nieve. Nada. Casi despejado.

Respiró varias veces profundamente para calmar sus nervios. Quejumbrosamente, llevó el cuchillo hacia adelante con su mano izquierda; no era lo ideal, pero era lo que mejor se adaptaba a la postura en la que se encontraba. Suavemente, muy gentilmente, comenzó a meter la punta de la cuchilla entre el maletín y el montón de nieve, escuchando en busca del menor ruido de resortes, cojinetes o dios sabe que rodando dentro del maletín. Torció su muñeca ligeramente y comenzó a usar el cuchillo como palanca, moviendo el maletín ligeramente.

Algo a su lado salió del montón de nieve, levantando montones de nubes de aguanieve gris por los aires. Por un momento pensó que estaba muerto, pero el maletín aún estaba intacto. Entonces sintió que un peso se estrellaba en el centro de su espalda, lo que causó que soltara el agarre de su cuchillo. Giró el cuello para encontrar a una mujer, cubierta de nieve, con sus manos envueltas en trapos, apuntándole con una pistola en la cara mientras le clavaba la rodilla en la espalda.

—¿Có… có… cómo… —tartamudeó, aún no muy convencido de que no hubiera sido víctima de una explosión.

—Las llave. De tu moto.

Asintió en dirección a la entrada. —En el contacto, ahí las dejé. ¿Qué es esto?

La mujer se puso de pie y pateó el rifle del soldado, con el arma aún apuntándole entre los ojos de este. Nechayeva no respondió. Recogió el maletín una vez más; tenía sus manos heladas, pero no lo suficientemente entumecidas como para no mantener el dedo en el gatillo. Comenzó a retroceder, saliendo de la subestación. Los ojos del soldado todavía estaban muy abiertos por el shock de la emboscada. Se sobresaltó al oír la nueva ráfaga de insultos que salía a todo volumen de la radio a su lado.

—¿Qué les dijiste?

Negó con la cabeza. —Nada, sólo que estaba investigando un disparo, estableciendo el perímetro.

—¿Qué ha provocado el confinamiento?

—Nadie lo sabe, no nos dicen una mierda. ¿Y quién demonios eres tú, por cierto? ¿Qué haces aquí?

Con la pistola le hizo una seña al soldado para que se pusiera de pie. Con vacilación, cansado, sabiendo lo que se avecinaba, él obedeció. Lentamente, se llevó las manos a la nuca.

—Estamos del mismo lado, camarada —dijo Nechayeva.

Bajó la pistola y disparó dos veces, una en cada una de las rodillas del soldado. Él gritó y se dejó caer al suelo, retorciéndose de dolor, la sangre se filtraba entre sus dedos mientras se aferraba a sus heridas.

—Ahora nadie podrá decirte que no cumpliste con tu deber —dijo ella mientras enfundaba su pistola—. Dile a tu oficial al mando la verdad. Al final lo aclararán todo. Mis disculpas.

Se dio la vuelta y salió de la subestación, mientras los insultos del soldado la seguían. Vio su moto en la entrada. Guardó el maletín en una de las alforjas, montó en la moto y, con una patada, puso en marcha el pequeño motor. Enseguida, se alejaba a toda velocidad de la escena.

Se abrió paso por varias calles secundarias y callejones, buscando un punto de acceso a una zanja de drenaje de concreto que pasaba por detrás del punto de encuentro. Después de unas cuantas cuadras, siguiendo una tubería de desagüe ondulante que salía de una fábrica cercana, la encontró. Girando el acelerador a fondo, se metió en la vía de servicio, agachando la cabeza para esquivar la rama de un árbol que crecía alrededor de la puerta en desuso. Inmediatamente, se dirigió a toda velocidad hacia el norte por la zanja de concreto, girando para evitar los montones de lodo o escombros que la salpicaban. Alertar a las autoridades locales era menos que ideal, pero si la KGB tenía una ventaja sobre la GRU-P, en cualquier caso, era la de tratar abiertamente con el resto del ejército. Con suerte, todo esto resultaría más perjudicial para Zherdev que para la propia KGB.

Ese era un problema para más tarde. Por ahora, ella se dirigía al punto de entrega.

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