Matryoshka: Epilogo

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Stillwell resistió el impulso de rascarse debajo del yeso en su brazo. El humo de cigarro nunca había sido algo que disfrutara, pero en la habitación cerrada, con el oficial que lo entrevistaba exhalándolo constantemente como un fuelle, era distractivo. Le recordaba demasiado a Spinella.

DIRECTOR WALTERS: ¿Puede confirmar el estado del Doctor Frank Spinella y el Agente Laszlo Juhasz?

AGENTE STILLWELL: El último contacto que tuve con ellos fue en el piso franco de la GRU-P. No puedo decirle dónde están ahora.

DIRECTOR WALTERS: ¿Eso fue después de que le entregara la investigación del Dr. Geissler al Dr. Spinella con instrucciones de dársela al KGB?

AGENTE STILLWELL: Correcto.

DIRECTOR WALTERS: ¿Se da cuenta de lo que está admitiendo? ¿Pasar información clasificada a un entidad con la que estamos en guerra?

AGENTE STILLWELL: No estamos en guerra con la KGB. Todo está en el reporte.

DIRECTOR WALTERS: Eso es sin mencionar su responsabilidad en la desaparición de dos miembros del personal.


La linterna del soldado brilló en la oscuridad del túnel. Se llevó un pañuelo a la cara. El hedor de la muerte reciente estaba presente junto al olor a humedad de la muerte antigua. Debe estar cerca. Por un momento, el terror de no poder cumplir con las órdenes del comisario disminuyó. El maletín, o al menos las pistas de dónde debería estar el maletín, estaban cerca. Pero el olor de la muerte lo estaba congelando. Algo en él hablaba de una decadencia más profunda. No era un extraño a la carnicería; el GRU-P ofrecía muchas oportunidades para conocerla. Pero aún así temblaba.

Se adentró más en la catacumba.

No pasó mucho tiempo antes de que la fuente se presentara. Su linterna se posó sobre un cuerpo, desparramado sobre el suelo. Un hombre con un abrigo arrugado, de mediana edad, si no se equivocó en su estimación. De aspecto bastante enfermizo. Había un cuchillo que sobresalía de su corazón. No había ningún maletín a la vista.

El soldado maldijo, sosteniendo el pañuelo más cerca de su cara mientras se arrodillaba para inspeccionar el cuerpo. Si el Mayor sobrevivía, probablemente los desollaría a todos si no se recuperaba el maletín. Rezó a un Dios en el que ya no creía que hubiera algo que le llevará a la investigación faltante.

Revisó los bolsillos del muerto. La billetera tenía una tarjeta de identificación polaca; falsa, pero muy costosa. Comprobó el nombre con los detalles en su memoria; el hombre que había sido detenido en el puesto de control. Este debe ser uno de los operativos de la Fundación. Algo sobre que continuar, de todos modos.

Al examinar más de cerca la tarjeta de identificación, una pequeña gota de lodo negro goteó sobre la fotografía del muerto. Su cara fue rápidamente devorada por el lodo al disolverse la tarjeta ante los ojos del soldado. Rápidamente, como si algo se quemara, la tiró a un lado.

Apunto su linterna al techo del túnel, justo encima de su cabeza. Estaba cubierta de un lodo oscuro y viscoso, que parecía brillar iridiscentemente mientras su luz viajaba a través de ella. En medio del techo cubierto de lodo, una cara sonriente y de ojos muertos le miraba, mientras delgados zarcillos negros empezaban a bajar desde arriba.

En unos momentos, gritos llenaron las catacumbas.


DIRECTOR WALTERS: Y en el asunto del Agente Patrick Coogan. Lo envió a una asignación subsecuente, de la cual aún no ha vuelto.

AGENTE STILLWELL: Correcto. Creo que estará ocupado por un rato

DIRECTOR WALTERS: Querrá decir fugarse con un objeto SCP. Uno humanoide hasta eso.

AGENT STILLWELL: ¿Fugarse? No, sólo es parte de la evacuación. El Agente Coogan está manteniendo el control sobre SCP-1041.


La sensación del aire frígido en su rostro la despertó de un sueño profundo y sin sueños. Estaba en los brazos de un hombre, siendo llevada como una niña. Su primer impulso fue sacudirse fuera de su alcance, pero cuando intentó moverse, sus músculos se resistieron, su cuerpo se atormentó con dolores y una profunda y paralizante fatiga mientras volvía a la conciencia. Apenas se movió en sus brazos.

—¿Dónde… dónde estoy? —Las palabras de SCP-1041 salieron débilmente, apenas audibles sobre el viento.

El hombre que la llevaba respondió—. Señora, no tengo mucho tiempo para explicarle, pero usted está al cuidado de una organización de la que no tengo la libertad de hablar ahora mismo. Estamos en camino de salir de aquí.

Estaba confundida. ¿Quién era ella? Luchó por recordar. La voz del hombre era apresurada, pero amable—. No estaba seguro de que fuera a despertar. Gracias a Dios por eso.

SCP-1041 abrió los ojos un poco más. Estaba oscuro, las luces de las calles le nublaban la visión, el viento frío le traía lágrimas a los ojos—. ¿Adónde vamos?

—Tengo órdenes de llevarla a un lugar seguro, señora. Le explicaría más, pero realmente no sé mucho en este momento. Lo siento.

El hombre se detuvo en la intersección. Las calles estaban desiertas a esta hora de la noche. Parecía buscar algo.

—¿Cúal es su nombre?

Continuó buscando en la noche—. Coogan, señora

Ella pausó—. No se el mio, o se lo diría.

—Está bien. Stillwell me dice que probablemente eso cambie mañana

Desde la dirección a la cual Coogan estaba mirando, un auto negro llegó acelerando desde la calle. Levantaba la nieve con sus llantas, la parte trasera girando salvajemente mientras giraba la esquina, pero aún bajo el aparentemente experto control del conductor. El sonido del chillido de los frenos vino arrastrándose frente a ellos. Sin dudarlo, Coogan abrió la puerta de pasajeros trasera, colocó gentilmente a SCP-1041 en un asiento y se sentó en el otro. La puerta apenas se había cerrado cuando se lanzaron de nuevo en movimiento, atravesando las calles vacías del centro industrial de Cracovia.

Un hombre, no muy visible en la oscuridad, hablo con ellos desde el frente del asiento de pasajeros, sin molestarse en voltear

—Disculpe a mi hombre de aquí, señora. Maneja muy rápido. Pero claro, necesitamos ir muy rápido. —Su voz era cálida. Con un leve acento alemán según sus oídos

Coogan se quitó su abrigo y lo puso sobre SCP-1041—. Gracias señor. No estaba seguro de que saldríamos de esa.

—No hay problema. Nos preocupamos por nuestros hombres. Y nuestras mujeres. —El hombre en el asiento delantero bajo un poco la ventana mientras encendía un cigarrillo—. Espero que no le importe. Es importante recordar que aún no salimos. Aún tenemos que atravesar varios países antes de que salgamos de la Cortina de Hierro.

—¿Así que a donde voy señor?

El hombre en el asiento delantero exhaló, su humo tomado rápidamente por el flujo de aire nocturno—. Con suerte, a la casa de un amigo, —contestó O5-8.


DIRECTOR WALTERS: Pasó quince horas en custodia de la KGB ¿Qué información les reveló?

AGENT STILLWELL: Más allá de cordialidades y lo que ya sabían del Dr. Geissler, nada.

DIRECTOR WALTERS: ¿Así que no fue interrogado?

AGENT STILLWELL: No. me trataron bastante bien de hecho. Como prometieron.


El vagón de tren traqueteaba, el viento silbaba, la paja en el suelo y las desvencijadas láminas de madera del vagón de carga apenas protegían del frío. Stillwell había tenido reuniones en lugares extraños, pero esta era una de las oficinas más inusuales en las que había estado.

El hombre llamado Petrov sostuvo un trozo de gasa sobre la herida en la pierna de Nechayeva, mientras otro agente la vendaba. Le ofreció una petaca; ella se la negó con un gesto. Para Stillwell, con su larga barba blanca y su cabeza calva, Petrov parecía paternal mientras cuidaba a su agente herida. Estuvo tentado a pensar en Tolstoi, pero se detuvo al considerar que uno no envejece y llega a estar a cargo de una Dirección de la KGB al ser paternal.

Petrov tomó la petaca de su hombre y mojo la gasa con algo de sus contenidos claros—. Una vez más los planificadores se equivocaron. Nunca escuchan. Esta es una nueva era, les dije. Cosas en juego que antes no. Juegan al ajedrez en medio de una trifulca de prisión. Pero bueno.

—¿Alguna señal de sus contactos?, —dijo Stillwell.

Petrov negó con la cabeza—. Nadie presente en el punto de reunión. Nuestras fuentes no nos han alertado de nadie nuevo en custodia de la GRU-P. Es posible que hayan escapado a algún otro lado en la ciudad.

—No necesita suavizarlo. Todos sabíamos en lo que nos estábamos metiendo. —La mano buena de Stillwell se pegó a su estómago

—Mm. Nadie puede saberlo. Ayer yo no pensaba que estaría escoltando a un operativo de la Fundación. —Petrov apretó el vendaje alrededor de la herida de Nechayeva. Ella murmuró insultos en ruso—. Si es lo que estoy haciendo.

—Creo que tenemos problemas más grandes que apuntarnos los unos a los otros.

Nechayeva se preparó para plantar sus pies en el suelo. Gruñó mientras luchaba por ponerse de pie sobre su pierna vendada, mordiéndose el labio con sus dientes de acero. Stillwell extendió su mano buena. Ella se agarró a su muñeca, levantándose.

—Ahí está, como nueva, —dijo Petrov riendo

—Diciembre es un problema para todos nosotros, —dijo Nechayeva, recuperando su aliento—. No hicimos gran cosa con la investigación que Geissler compartió con nosotros. Principalmente era para poder sabotear el proyecto de la GRU-P.

Nechayeva le asintió al dueño de la petaca. Este buscó un poco en su bolsillo, sacando un pequeño contenedor. Se lo ofreció a Stillwell. El agente de la Fundación aceptó.

—Ese microfilme tiene todo lo que sabemos, —dijo Nechayeva—. Aunque parece que ambos tenemos una idea de que está pasando.

—¿Qué hay del resto de nuestros sitios? —contestó Stillwell—. Nos estamos retirando de la Unión Soviética ¿Nos detendrán?

Petrov frunció el ceño—. Esto es cosa fea. Ninguno de nosotros puede lidiar con los agujeros en la realidad por nuestra cuenta. Creo que incluso en tiempos distintos entendíamos eso.

El viejo pidió otra vez la petaca. Tomó un trago—. Nuestra primera preocupación es Zherdev. Después podemos regresar a dispararnos entre nosotros. No recibirán ninguna interferencia por parte de la KGB.

—¿Y mis hombres?

—Salvoconducto como a ti mismo. Necesitamos a cada hombre para esta pelea.

Stillwell asintió. Racionalmente, le habrían disparado desde hace mucho si hubiera un problema. Pero realmente nunca pensó en eso. Sin embargo, el pensamiento de armas se lo recordó. Metió la mano en su abrigo y sacó la pistola de Nechayeva. Se la ofreció.

—Pensé que deberías tenerla de vuelta, —dijo.

Ella tomó la petaca de Petrov. Y negó con la cabeza

—No es necesario. No tiene balas. —Nechayeva sonrió, brevemente, con un brillo de luz de luna reflejada. Tomó un trago de la petaca. Se la ofreció a Stillwell. Él la agarró.

—Por los nuevos amigos —dijo Stillwell mientras levantaba la petaca—. Que vivamos lo suficiente para volver a ser enemigos.


DIRECTOR WALTERS: ¿Cómo llamaría a una misión en la que cuatro hombres y un objeto SCP provisional son enviados y sólo el líder de la misión vuelve?

AGENT STILLWELL: ¿Dada esta misión? La llamaría un éxito.

DIRECTOR WALTERS: Si estos fueran tiempos normales, te colgariamos hasta que te pudras, Stillwell. Esto fue un maldito desastre ¿Qué tienes que decir en tu defensa?

AGENT STILLWELL: Estos no son tiempos normales, señor.


Lafourche se rió escandalosamente, señalando su dedo gordo hacia la transcripción en su mano—. Dios santo, ¿realmente le dijiste eso?

Stillwell sonrió—. Así es, en efecto señor.

El Subdirector continuó riéndose mientras reía, pausando ocasionalmente para escupir un chorro de jugo de tabaco en una taza desechable de papel en su otra mano. Cuando terminó aventó el documento a un bote de basura en la esquina de su oficina. Se recostó en su silla para recuperarse de sus burlas.

—Incluso todavía te convertirás en un Agente, hijo. Demonios. —Lafourche escupió de nuevo—. Sabes Dean, voy a ser honesto contigo. No esperaba verte de vuelta. Digo, me alegra. Pero esa misión era un puto suicidio. Se lo dije a la cadena de mando.

Stillwell asintió—. Bueno. Imagino que eso hizo fácil el soportar el fusilamiento en la oficina de Walter.

Lafourche escupió despectivamente—. Ahhh, Walters es un cretino, pero no es idiota. No se desharán de ti, incluso si no estuviéramos escondiendonos en una oficina rentada en la Ciudad de México. Estuviste bien ahí afuera. No lo olvidaré, y tampoco el viejo tata Walter.

El joven agente se sentó. Un gran sentimiento de desolación se apoderó de él gracias a las alabanzas de Lafourche. Un vacío que se acumulaba en su pecho, haciéndole sentir más ligero, insustancial. El sonido distante del metal retorcido y las voces farfullantes sonaban en sus oídos. Por un instante, cerró los ojos. Una sola luz en la oscuridad se apagó. Alejó la sensación, respirando profundamente. Después de tres respiraciones, se fue. Estaba mejorando en esto.

Lafourche tuvo la cortesía profesional de no darse cuenta—. Así que chico, me ha llega'o un pajarito de los jefes . ¿Qué tienes preparado para Coogan y ese escape que está cuidando?"

Stillwell, tranquilo y firme—. Tengo algunas ideas sobre ello.


El Coronel Ruslan Zherdev, Héroe de la Unión Soviética y comandante de la Comisión de Ocurrencias Anormales del Cuarto Departamento, también conocido como GRU-P, tomó su asiento en el balcón del Auditorio del Pueblo, tal como su organización lo había dispuesto, y miró hacia el escenario y a todos los demás funcionarios que asistían a esta comisión de planificación esta noche. Se rumoreaba (rumores que él mismo había empezado) que Stalin mismo iba a felicitar al comité por los exitosos preparativos del 19º Congreso. En realidad, él sabía que esos rumores eran correctos. Había organizado la presencia de Stalin aquí personalmente.

El Secretario General subió al escenario, entre estruendosos aplausos, exactamente como él lo había previsto. Mientras Stalin hablaba, era difícil escuchar sus palabras desde tan alto como estaba el Coronel Zherdev, pero no importaba. Había leído una copia del discurso hace semanas, cuando su ayudante lo estaba redactando. Se lo había aprendido de memoria.

El coronel miró su reloj. Dos minutos del discurso de Stalin. Habría dado la señal a sus hombres ahora mismo.

Zherdev vio pasar el segundero de su reloj de oro Blancpain. Veinticinco segundos después de su señal, todo el personal esencial habría salido del edificio. Diez segundos después, las puertas de todos los asientos de los balcones se habrían cerrado con llave y se habrían colocado guardias armados. Todavía tenía al personal en el lugar para hacer eso. Qué desperdicio.

El discurso de Stalin estaba lleno de retórica partidista y de felicitaciones vacías hacia hombres y mujeres que habían vivido en terror mortal de él hace tan sólo unos años antes. Zherdev tenía algunas reservas sobre su plan, inicialmente. Le tomó varias horas, de hecho, para convencerse a sí mismo de seguir adelante con él. No se arrepintió de nada desde entonces. A la primera mención del nuevo plan quinquenal, la primera parte de la audiencia se habría puesto de pie, simultáneamente.

A los cinco minutos del discurso del camarada Stalin, habría sido demasiado tarde para echarse atrás. Las primeras cinco filas de los asistentes al partido habrían estado en el escenario. A Zherdev le había gustado la idea de ver la mirada en la cara de Stalin, al acercarse la marea. En el siguiente minuto, posiblemente minuto y medio, la multitud de abajo, poseída por un odio asesino al rojo vivo que no era de su propia cosecha, habría desgarrado a Stalin miembro por miembro mientras las estrellas en ascenso del Partido Comunista lo miraban. Zherdev les había especificado a sus científicos que a los que no fueran cómplices del acto se les debía hacer sentir que lo aprobaban. Habían estado cerca.

El coronel Zherdev observó todo el discurso, superponiendo lo que podría haber sido a los banales e improductivos acontecimientos de abajo. Cuando el camarada Stalin terminó, la multitud se puso en pie, una lujuriosa ovación para su triunfante líder, todos los miembros del Partido mostrando el debido entusiasmo por el Secretario General.

Zherdev también se puso de pie y aplaudió los minutos de alabanza esperados que se le debían a Stalin. Miró hacia abajo a la escena que tenía delante. Cualquiera que mirara hacia arriba habría visto un reflejo de la escena que Zherdev había intentado y no había logrado orquestar, frustrado por lo que sus hombres le dijeron que era una operación combinada de la Fundación-KGB. Cualquiera que mirara hacia arriba habría visto a Zherdev en un raro momento de dejar caer su impasible máscara, su verdadero rostro irradiando el odio y la furia que había tratado de trasplantar a sus supuestos cómplices a través de medios de ultramundanos.

Zherdev esperaba proclamar una tragedia nacional esta noche, junto con un mensaje a la nación para encontrar el valor de forjar un nuevo rumbo ante la provocación estadounidense. En lugar de ello, fue uno de los mil perros falderos obedientes, aplaudiendo, brincando por el favor de Koba.

El Coronel continuó aplaudiendo mientras Stalin se deleitaba con la adulación de la audiencia. Alguien iba a pagar muy caro por esto.

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