Matryoshka: Parte Ocho

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—Trata de mantener el paso anciano. Me gustaría estar tan lejos como sea posible del Sitio-7 cuando su parte del plan empiece.

Spinella jadeó mientras trotaba, barriendo el suelo delante de él con su linterna y tratando de evitar los pedazos de escombro y charcos que cubrían el pasaje. El húmedo y mohiento aire de las catacumbas olvidadas se sentía como fuego en su pecho. Agarró el asa del maletín fuertemente.

—Soy… más joven que tú… hijo de puta, —jadeó entre alientos. Recordaba las direcciones de Nechayeva una y otra vez en su cabeza. Eran unos setenta metros hasta que el pasaje se dividiera en tres, momento en el que los dos hombres debían tomar el túnel a la derecha. Habían sido unos ocho o nueve rodeos y vueltas hacia las profundidades de la oscuridad de los túneles. Las paredes del pasadizo estaban revestidas de toscos nichos, algunos vacíos, otros con sarcófagos de piedra, otros sólo un lugar de descanso para puñados de polvo y algunos huesos.

—¿Lo eres? No pareces tener ni un día más que setenta amigo mio.

El neurocirujano de la Fundación sonrió en la oscuridad. Continúa diciendo mierda, payaso.

La agente de la KGB estaba bien preparada. Tenía un conocimiento extenso de la infraestructura de Cracovia, especialmente de los túneles de acceso y de la ciudad vieja alrededor del Sitio-7. Casi como si toda la cadena de eventos hubiera sido diseñada para que terminaran aquí abajo. A Spinella le resultaba difícil imaginar que una red de catacumbas, tan grande como esta, estuviera escondida, a menos que fuera escondida intencionalmente para otros propósitos. Puede que ella haya engañado al todavía verde agente del taller de Lafourche, pero él la caló lo suficiente.

Los dos hombres llegaron a la intersección del túnel, tal como Nechayeva había indicado. Se detuvieron, ambos se tomaron un momento para recuperar el aliento. Spinella tomó el cigarrillo de detrás de su oreja y se lo metió en la boca.

Juhasz parecía perplejo—. Es increíble, tu dedicación a fumar.

Spinella miró a los tres túneles que había delante—. No puedo tomar todo el crédito. No puedo dejar de fumar las malditas cosas. No es como que importe ahora.

—Supongo que no.

Spinella metió la mano en su abrigo, antes de dudar—. Dime otra vez, ¿cómo es que esto tiene algún tipo de sentido? ¿Le entregamos este maletín a la KGB al final de este maldito laberinto, y por su palabra de scout, nos escoltarán fuera de aquí y compartirán la información con el mando?

—Todo eso de cortar cerebros, y tú no piensas, —dijo Juhasz—. ¿Qué importa lo que haya prometido? Era o aceptar la oferta de la mujer, o ser fusilado por las patrullas que nos buscaban allí arriba.

—Nada nos impide prenderle fuego a esta cosa antes de que nos disparen. No importa si son balas de la KGB o del ejército cuando nos encuentren.

—Crees que este mundo en el que estás, no es más que traiciones y puñaladas por la espalda. Pero las cosas no funcionan así. —Juhasz miró por encima de su hombro, cada vez más impaciente—. Las cosas tienen un orden. Motivos que hacen que ciertas personas sean predecibles y fiables a su manera.

—Deberías escucharte a ti mismo. —Spinella señaló a Juhasz con su cigarrillo para dar énfasis—. ¿Confías en esa perra de boca metálica?

Juhasz hizo una pausa—. No. No tengo ninguna razón para hacerlo. Pero en nuestra corta relación, nos ha dicho la verdad, y definitivamente tenemos un enemigo en común. Confío en sus motivos. Confío en su propio interés.

—¿Les interesa devolvernos la información que usamos como boleto de salida? Si yo fuera ellos, nos dispararía y me llevaría el maletín.

—Sólo tienen una parte de la imagen. Van a necesitar nuestra ayuda para ponerla toda junta. Y nosotros vamos a necesitar la suya. Spinella, la GRU-P se ha vuelto loca. Lo que hay en ese maletín será peor que unas míseras ojivas si le ponen las manos encima.

Spinella apuntó su linterna al maletín, ahora descansando a sus pies. La regresó hacia Juhasz, apuntándosela brevemente a los ojos mientras metía la mano en su abrigo—. Muy enrevesado. Muchas cosas que pueden salir mal. Pero suena como si lo tuvieras todo resuelto.

—Algunos de nosotros queremos vivir más allá del mes que viene, Spinella. No pasas mucho tiempo cuestionando al bote salvavidas cuando estás huyendo del barco que se hunde.

Spinella se rió, acercándose a Juhasz—. El mes que viene. Qué idea.

—Tenemos que irnos ahora.

—El mes que viene es imposible. Todo lo que importa es el momento. Como dijiste, es un barco que se hunde, ¿verdad?

Spinella apuntó la luz de la linterna directamente en los ojos de Juhasz.

—Y ahora mismo, no le voy a entregar investigación de la Fundación a los malditos rusos, maldito traidor.

Mientras Juhasz retrocedía ante el repentino resplandor, Spinella se lanzó hacia delante y hundió el cuchillo que tenía en la mano en su hombro izquierdo. Juhasz gruñó ante el repentino dolor, golpeando instintivamente la cara de Spinella. Spinella levantó un brazo, y en vez de eso el puño de Juhasz golpeó su mano, enviando la linterna a las tumbas.

La habitación quedó totalmente a oscuras. Solo había sonidos; dos hombres gritando con rabia mortal, sus pies arrastrándose por la tierra y el polvo, golpes cayendo, sangre salpicando. La linterna parpadeó brevemente, ahora olvidada mientras rodaba bajo la tapa de un sarcófago perdido, antes de apagarse.


SCP-1041 luchó contra el férreo agarre de los guardias que la hacían marchar por el pasillo principal. Sus manos habían sido atadas detrás de ella. Llenó el pasillo con promesas de una muerte lenta y atroz para todos los presentes. Nadie respondió mientras se dirigían inexorablemente a las grandes puertas dobles que había delante. En su presente encarnación, SCP-1041 estaba demasiado enfrascada en su furia asesina como para darse cuenta del grupo de varios técnicos de laboratorio que la seguían y tampoco consideró las implicaciones del quirófano que estaba justo delante. Si hubiera estado menos consumida por los pensamientos de matar al hijo de puta que la había golpeado, podría haber sido consciente de la débil y apenas perceptible sensación de pánico creciente alrededor de los bordes de su conciencia. El comienzo de una realización, atascada, sin poder progresar en conocimiento. Sólo necesitaba girar la cabeza para ver la sombra de la muerte, pero SCP-1041 tenía otras cosas en mente.

Los dos guardias de adelante abrieron las puertas dobles. La escena frente a ellos le pareció ridícula, incluso a través del odio de su furibunda disposición. Había soldados uniformados corriendo por ahí, tratando de evitar pisar los cables que cubrían el suelo. Un científico desaliñado haciendo ajustes de última hora a una caja de circuitos montada apresuradamente. Alguien estaba montando una cámara de cine y luces. Detrás de todo esto, una colección de asientos rodeando el área de operación principal, todos vacíos. Si sólo mirase al fondo, parecería como si nadie estuviera ahí para presenciar todo el bullicio.

Los guardias que estaban delante se hicieron a un lado y se reveló el evento principal.

—Por fin. La estrella del show. Dr. Geissler, comencemos.

Chernikov estaba solo, en el centro del quirófano, frente a un alto conducto de metal, que sobresalía de un montón de cables y alambres. Todo el equipo eléctrico traído a la sala parecía estar conectado a este aparato. Saliendo de un lado era lo que claramente se suponía que era un arnés para sujetar algo. Svetlana Savchuk no sabía nada de estas cosas, pero desde algún lugar más allá de su conciencia inmediata, se le ocurrió repentinamente que esto le recordaba a una estaca, sujeta entre leña, lista para convertirse en una pira en cualquier momento.

Los guardias la llevaron a la estaca tecnológica. Ella se defendió con renovado vigor, el instinto informándole que no quería estar en este lugar. Otro guardia se unió al grupo, agarrándole las piernas mientras la levantaban y la llevaban. Una vez en su destino, sus brazos fueron sujetados a la estaca, fuertemente detrás de ella, mientras sus pies se anidaban entre la masa de cables y alambres que había debajo.

Chernikov llamó al desaliñado científico que había visto antes—. Camarada, por favor, vaya y compruebe el trabajo de los hombres. Esta no es su especialidad, después de todo. —Ella detestaba su tono arrogante y despreocupado. Le clavaría un cuchillo en el ojo a la primera oportunidad que tuviera.

El científico se le acercó, en sus manos un extraño cuenco de metal de algún tipo, con cables que salían. Ella notó que mientras la miraba, tenía lágrimas en los ojos. Ella le frunció el ceño.

—Puta gallina. Haz lo que vayas a hacer y ve a llorar a otra parte. Perro inútil.

Sus palabras lo atravesaron, sin reacción. Como si las esperara. Miró a la parte de atrás de la estaca, mirando las ataduras alrededor de sus muñecas. Se inclinó cerca de su oreja, detrás de la estaca, fuera de la vista de la delegación de la GRU-P. Chernikov había ordenado que la cámara empezará a rodar y había empezado a hablarle directamente, diciendo algo sobre el próximo avance de la gran máquina científica soviética.

—No sabes quién soy, pero yo sé quién eres, —dijo, sin susurrar, pero lo suficientemente callado como para no ser escuchado, sus palabras se recortaron, moviendo los labios lo menos posible—. Dentro, debajo de todas las otras capas.

—Vete a la mierda, pequeño siervo ruso.

Chernikov continuó su introducción, informando a su audiencia que por primera vez, el alma humana había sido localizada, a través de la ciencia.

—He conocido la parte real de ti, la que está dentro de todas las demás. Sé que me escuchas en algún lugar ahí dentro. Sólo nos hemos conocido por un total de seis días, pero tu contribución al proyecto ha sido invaluable en ese tiempo. Geissler inspeccionó el cableado de la base de la estaca. Puso la estructura metálica del tazón en la parte superior de su cabeza.

Chernikov habló de la habilidad de manipular la identidad, de tomar la esencia de lo que hace a un humano y hacer con ella lo que se requiriera. Con esta señal verbal, otro grupo de guardias llevó una jaula al quirófano, conteniendo a un hombre delgado y doblado de treinta años, hambriento, con apariencia de cincuenta, con el pelo caído en mechones. El hombre llamó la atención del SCP-1041 cuando lo trajeron en silla de ruedas. Ella se burló. Débil prisionero político. De los que duraban dos días en Vladimirsky.

—A esa pequeña parte de ti que se encuentra en el centro, tengo que decirte. Este es el procedimiento de extracción del que habíamos hablado antes. El que acabábamos de terminar de diseñar la última vez. Se enteraron de ello, y eso es lo que creen que están haciendo. Pero no se les puede dejar.

SCP-1041 escupió al suelo—. ¿Vas a tomar algo mientras estoy atada? Adelante, te arrancaré la mano.

Geissler comenzó a conectar los extremos de los cables a un puerto en la parte superior de la estaca. Mantuvo los ojos en su trabajo mientras hablaba. Chernikov se jactó ante la cámara de aprovechar el elemento más fundamental del universo.

—Nuestras vidas terminaron una vez que la GRU-P tomó el Sitio-7. Sé que debe asustarte oír eso. Desearía que no fuera verdad. Pero podemos asegurarnos de que nuestro trabajo no se use para dañar a nadie más.

Un guardia enchufó un cable grueso en la jaula que había sido llevada al teatro. Chernikov estaba terminando sus comentarios. No quedaba mucho tiempo.

Geissler conectó el último cable—. Lo que ves aquí no es el procedimiento de extracción. Es algo más que he diseñado. Te va a matar y si lo he hecho bien, a todos los demás en esta habitación. Lo que va a pasar es monstruoso. Pedir disculpas por este tipo de traición es obsceno, pero lo haré de todos modos.

El doctor hizo algunos ajustes a un panel en el lado de la estaca. SCP-1041 sintió que la estaca se estremecía ligeramente cuando se accionaba una palanca. Escuchó un débil zumbido que parecía venir de todo su alrededor. Geissler se giró para alejarse.

—Lo siento. Te mereces algo mucho mejor que esto. Esto es todo lo que tengo para ofrecer. Esto es lo mejor que pude hacer. Por favor, perdóname.

El doctor se alejó. SCP-1041 intentó gritar maldiciones tras el pequeño y débil colaborador. Algo detuvo sus palabras en su garganta. Su odio estaba disminuyendo y fluyendo de alguna manera; por primera vez desde que era una niña pequeña, sintió el miedo arrastrarse alrededor de su ira consumidora, sólo para ser reemplazado con una ola de odio hirviente, más fuerte por haber sido rechazado. Gruñó, con el deseo de herir a todos los que la rodeaban poseyéndola, pulsando dentro de ella, el salvajismo animal recorriendo su mente antes de agotarse de nuevo. En estos breves momentos de ausencia de odio, vio que la cámara estaba ahora apuntada directamente sobre ella, los técnicos que la rodeaban, Chernikov y la perra de las gafas a su lado, observando, él con una sonrisa autocomplaciente, ella sin expresión alguna. Se le ocurrió, aparentemente de la nada, que así deben sentirse los lobos cuando se sientan en la trampa, esperando el último disparo del cazador.

Mientras el renovado odio fluía de nuevo hacia ella, el doble de fuerte que antes, las últimas palabras que Svetlana escuchó y entendió fueron las de Chernikov.

—Dr. Geissler, por favor, comience el procedimiento.

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