Los Pirules
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—¿Nervioso Gonzalo? —dijo aquel hombre corpulento cuyos pasos hacían crujir las hojas secas.

—Ya he tenido que lidiar con civiles idiotas anteriormente —respondió a su compañero. Gonzalo era un hombre de mediana edad que caminaba en silencio, casi de manera instintiva. Echó un vistazo a su reloj de pulsera y vio que marcaba las 00:47 —. ¿Tenemos algún protocolo particular para estos casos, Ramírez?

—No, no, solo lo básico: amnésticos y borrar cualquier registro que hayan podido tomar.

Gonzalo asintió con la cabeza. Miró a su alrededor tratando de familiarizarse con el ambiente, había sido trasladado al lugar unas pocas horas antes y no quería hacer las cosas mal en su primera noche ahí. Caminaba un par de pasos por detrás de Ramírez, quién se movía entre las filas de tumbas con notable facilidad, podía notarse su experiencia andando por el lugar. Algunas lápidas tenían figuras de papel maché, y decoraciones propias de la época; Halloween y el día de Muertos estaban muy cerca. Los árboles del cementerio, en su mayoría pirules, se agitaban de un lado a otro, como un ser vivo con el deseo ansioso de levantarse y echar andar. Las tiras de papel higiénico se mecían dispares entre rama y rama. Gonzalo las miraba de reojo, sin entender cuál era la intención de los adolescentes al lanzar el papel sobre los árboles. El viento cargaba el susurro de cada pirul hasta los oídos de aquellos dos hombres, casi como un lamento persistente.

—¿Siempre es así? —preguntó Gonzalo sin dejar de observar las ramas que colgaban como cascada sin tocar las tumbas —. Me refiero a los adolescentes haciendo estupideces.

—No siempre, no falta que de repente algún muchacho venga aquí a querer grabar vídeos o a intentar robarse algo de las tumbas —hizo una pausa, lanzó un breve vistazo a su compañero y agregó —: Pero en estas fechas pasa más seguido, ya sabes cómo es.

—Me lo imagino.

—Pero fuera de eso, la verdad es bastante tranquilo.

Las ramas colgaban sobre ellos cada que pasaban por debajo de alguno de los pirules mientras que algunas tiras de papel se mecían a su al rededor, como largos tentáculos que intentaran apresarlos. El viento agitaba sus pequeñas hojas y hacía sonar sus ramos de frutos que ya se habían secado. A Gonzalo le causaba cierta incomodidad esos árboles; lo oscuro de sus copas, sus hojas zumbantes y sobre todo esas ramas delgadas que colgaban a su alrededor, como intentado ocultar algo debajo de ellos. Desde niño siempre tuvo la sensación de que, al voltear hacia uno de ellos, sin ningún aviso, podría ver una silueta al lado del tronco, expectante ante sus movimientos. Además de que sentía que su presencia se prestaba como escenario a muchas de las historias de experiencias "sobrenaturales" que le habían contado. Le parecía curioso que, tras varios años de experiencia en su trabajo, esta clase de cosas tan mundanas le causara cierta inquietud. Respiró profundo y logró mantener la mente despejada, debía permanecer tranquilo, eso siempre fue crucial para su labor.

—Y ¿cuál es el alcance de nuestras rondas? —Gonzalo desvió la mirada hacia las tumbas como si intentara leer los nombres en estas.

—Diría que no mucho, casi todo el trabajo se hace aquí arriba.

Gonzalo asintió y continuó caminando, por un momento le pareció escuchar que la tierra se movía, como si estuviera siendo cavada. Trató de centrar su atención en sus pies, notando lo suave que era el suelo debido las lluvias de esos días y algunas irregularidades en el terreno. Miró hacia la lejanía y se preparó para lanzar la pregunta obligatoria en estos casos.

—Y ¿has llegado a ver algo aquí?

Ramírez lanzó una pequeña carcajada.

—¿Qué? ¿No te basta con lo que has visto en tus asignaciones? —Siempre le había parecido curioso que los empleados de la Fundación, a pesar de trabajar con toda clase de anomalías, disfrutaran de una buena charla de fantasmas, especialmente cuando se trabaja en lugares como aquel en que se encontraban —. Pues mira, justamente hace unas horas…

El sonido del radio que llevaban cada uno en el cinto los interrumpió.

—Ramírez, la imagen térmica indica que el sujeto comenzó a moverse —dijo una voz femenina al otro lado —. Va en dirección norte. Por su trayectoria, es posible que se dirija al acceso 3.

—Copiado, nos daremos prisa.

Ambos comenzaron a trotar. Gonzalo pudo sentir el frío de la noche en la cara, mientras los músculos comenzaban a calentarse. Al correr, las voces que el viento parecía traer se distorsionaban, cual grito apagado. Los pirules se agitaban aún más, como si un alma agotada intentara salir de sus ramas caídas, o intentara librarse de los restos de papel que aún colgaban en sus copas. Tras algunas decenas de metros trotando, el radio volvió a sonar, en esta ocasión la voz tenía un tono tenso.

—Ramírez ¿encontraron al sujeto?

—Estamos a 45 metros del acceso 3, aún no lo hemos localizado.

—Tendrán que realizar una inspección visual —Se escuchó del otro lado de la línea algunas voces lejanas y un gesto de frustración —. El maldito monitor térmico comenzó a fallar y lo estamos reiniciando, hasta entonces tendrán que localizarlo por su cuenta, procedan con precaución.

—Entendido.

Gonzalo sintió una leve sensación de inquietud, la presencia de civiles en aquel panteón no era algo con lo que fuera necesario ser precavidos, pero que uno de los sistemas de vigilancia fallara en ese momento no podía ser una coincidencia.

—Mantenla en modo no letal —dijo éste antes de que Gonzalo pudiera decir lo que estaba pensando —, pero quita el seguro, si encuentras más de uno avísame por el canal 4.

Gonzalo acomodó el arma que llevaba al costado y quitó el seguro. Luego tomó el comunicador y lo colgó sobre su hombro derecho y activó el canal 4. Antes de poder preguntar Ramírez le dio más instrucciones.

—Sigue derecho y revisa la sección oriente, yo rodearé la sección poniente. Si encuentras más de uno solicita refuerzos.

Gonzalo asintió con la cabeza y siguió trotando sobre el sendero en el que estaban. Ramírez tomó el sendero de la izquierda y se perdió entre las tumbas que sobresalían de éste. Ahora que se había quedado solo en medio de las imponentes figuras de los árboles y con la creciente sospecha de que podría no estar tratando con un simple civil, los sentía como gigantes amenazadores. La luna de octubre se recortaba contra las nubes, lanzando una luz bastante clara sobre las lápidas que procuraba esquivar, había preferido no encender su linterna, de esa forma no llamaría la atención del intruso y evitaría encontrarse con algo mirándole desde la maraña de ramas que se cernía a su al rededor.

Había recorrido alrededor de 20 metros, cuando le pareció escuchar que de nuevo removían la tierra, como alguien escarbándola usando alguna rama. El viento seguía arrastrando las miles de voces que prevenía de cada árbol, pero ahora creía distinguir palabras, eran bastantes disonantes nada parecido a un canto o rezo, sino más bien, como el barullo de un mercado. Redujo el paso y trató de buscar el origen de esos sonidos, posiblemente el intruso estaba escarbando alguna tumba tratando de robarse algo de ella, tal como lo había dicho Ramírez minutos antes.

El zumbido de los árboles se le antojaba más intenso, se agolpaba en sus oídos y parecían recorrer hacia su mandíbula. Las voces iban en aumento, creía escuchar palabras completas, nombres, algún quejido. Los pirules se conectaban sutilmente con su malestar e inquietud, atacando su mente de manera insidiosa debido a su vasto número, y tratando de una u otra manera de presentar a la imaginación un enorme poder; un poder que era, más bien, no del todo amigable hacia él. Por un momento sintió la necesidad de llamar a Ramírez para romper ese velo que se había creado a su al rededor y que así su mente dejara de buscarle formas a aquellos sonidos. Se llevó la mano al radio, pero se detuvo al ver una silueta pálida y delgada moverse entre la oscuridad de las ramas, aquello tenía un rostro con dos agujeros negros en lugar de ojos, no podía distinguir algún otro rasgo facial. La repentina aparición de la extraña figura le hizo detenerse, intentó enfocar la mirada para distinguir de qué se trataba. Unos pasos se escucharon detrás suyo, acompañados de un sonido parecido a una bolsa llena de objetos. Gonzalo se dio media vuelta de inmediato, pero no pudo ver a nadie a su al rededor, los sonidos se habían callado. De nuevo volvió la vista hacia la silueta, pero en el lugar solo se agitaban algunas tiras de papel higiénico. Se sintió estúpido al darse cuenta de ello y encendió la linterna para ver si podía distinguir algún cráneo de papel maché, sin embargo, su mirada se desvió rápidamente hacia un agujero que estaba donde debía haber una lápida.

Se acercó con paso cauteloso y centró su mente en tratar de reconocer lo que había en ese lugar, las voces que había creído reconocer ya no poblaban su mente. Cuando estuvo a menos de 2 metros del árbol se dio cuenta de que la tierra había colapsado dentro de un pequeño socavón. Se detuvo frente a ella contemplado el agujero, estimó unos 2 metros de profundidad, podía ver que daba hacia un túnel de donde salía una luz artificial amarillenta, dentro la voz de una persona joven resonaba con un eco sonoro.

—Ramírez, ven a la sección poniente —dijo a través del radio —, encontré una tumba abierta; creo que alguien entró por aquí.

—Entendido, voy para allá.

Gonzalo estuvo a punto de agacharse para examinar el agujero, pero prefirió no hacerlo debido a la sombría figura del árbol y sus ramas que colgaban hasta casi acariciar su rostro, que tenía justo al lado. Dio un par de pasos rodeando el agujero en el suelo intentado ver más a detalle el interior de éste, además de la luz y la voz del joven, que se alejaba poco a poco, no podía distinguir nada.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó la voz de Ramírez, provocándole un pequeño sobresalto.

—Hay un espacio iluminado allá abajo —respondió Gonzalo levantando la mirada —. ¿Esta es alguna de las entradas a la zona de contención?

Ramírez frunció el entrecejo, se acercó hacia el socavón y se agachó para poder ver más de cerca. Gonzalo podía notar como su compañero se ponía tenso, se movía lento, como si temiera cometer algún error. El silencio de Ramírez se extendió por varios segundos más, cuando se levantó, la mirada en su rostro era de verdadera preocupación.

—Esta no es la entrada —dijo con un hilo de voz.

Gonzalo tuvo una enorme sensación de vacío, como si al dar el siguiente paso fuera incapaz de encontrar apoyo. Ramírez tomó su comunicador y comenzó a hablar con voz agitada.

—Base, tenemos una brecha en la contención, el perpetrador ingresó a la zona de contención.

—¡Imposible! — respondió la voz de mujer —. La única forma de acceder a la zona es a través de las entradas que resguardamos…

—Pues tengo un socavón de alrededor de un metro cincuenta, a unos diez metros de la entrada norte, que da directamente al interior de la anomalía. Llamen al director y notifiquen la brecha. Nosotros esperaremos al Destacamento…

—Negativo, inicien el procedimiento de recuperación, el Destacamento Móvil los alcanzará en 15 minutos —la voz lanzó un resoplido.

—Base, podríamos estar tratando con algún sujeto hostil —dijo Gonzalo con tono vacilante.

—O podría ser un adolescente buscando subscriptores, así que dejen de quejarse y averigüen quién entró ahí, porque el director no estará muy feliz si dejan escapar al sujeto solo por esperar al destacamento.

—Entendido, iniciaremos el ingreso —dijo Ramírez.

Ramírez comenzó a correr hacia el sur, Gonzalo lo siguió en silencio, se sentía ligeramente aturdido, tener una brecha apenas unas horas de su traslado no era agradable. Se detuvieron ante un mausoleo, no tenía ninguna característica que lo hiciera distinto de los otros que había en el lugar, la placa indicaba que pertenecía a Susana Castillo Pérez. Ramírez colocó la mano sobre el vidrio de la entrada y este emitió un pequeño sonido, indicando que la verificación biométrica había sido exitosa. Ingresó al pequeño lugar, dentro Ramírez ya había abierto una compuerta que daba a una escalera de caracol metálica que se dirigía hacia abajo.

—¿Cómo es ahí abajo? —preguntó Gonzalo mientras se encaminaba hacia el interior —. ¿Qué tengo qué saber estando allá?

Ramírez continuó avanzando, las luces se encendían de manera automática a medida que ambos descendían.

—Leíste los papeles antes de aceptar el traslado ¿no? —preguntó Ramírez de manera tranquila.

—Sí, decía que es una anomalía espacial, perteneciente a un grupo de construcciones similares repartidas por el mundo y al parecer forman una topología única; entiendo que están conectadas todas ellas.

—Pues eso mismo —respondió su compañero, parecía esforzarse por mantener la calma.

—¿Hay algo que habite ahí dentro y de lo que debamos cuidarnos?

—Eso tendrías que preguntárselo a los de investigación.


Llegaron al fondo de las escaleras y se encontraron con una pequeña habitación con varios casilleros. Ramírez abrió dos de ellos y sacó un par de mochilas gruesas y pesadas. Le entregó una a Gonzalo y comenzó desabrochar algunos de los seguros inferiores de la suya.

—Tenemos ochocientos metros de túnel que podemos recorrer de manera segura, más allá de eso es probable que termines en Europa. Remueve el compartimento de abajo, son alimentos para 5 días, no vamos a explorar, solo a recuperar. Además, así iremos más rápido.

Gonzalo comenzó a desmontar la sección inferior de su mochila mientras que Ramírez estaba intentando comunicarse con la base informando su ingreso, sin embargo, no había respuesta.

—Supongo que están ocupados notificando la brecha a las demás instalaciones y revisando el monitoreo. Hay que darnos prisa.

Ingresó un código alfanumérico en el panel de la puerta, la salida daba a un túnel en penumbra. Las luces dispuestas en las columnas más cercanas se encendieron en cuanto estuvieron fuera, había repartidas más de ellas permitiendo ver el interior del túnel. Gonzalo pudo darse cuenta de que los muros y el techo estaban cubiertos por cientos de cráneos y huesos de distintos tamaños, todos parecían ser restos humanos, algunos sobresalían más que los otros, formando pequeñas ornamentas en las paredes, del techo sobresalían cientos de raíces que descendían desde la superficie, como pequeños dedos que se retorcían en distintas direcciones, incluso bajo tierra, esa inquietud que causaban los pirules seguía estando presente, aunque esta vez no estaba del todo claro si era por los árboles o por los cráneos de mirada vacía. El suelo era ligeramente liso y el túnel tenía una curva sutil hacia la derecha, claramente no era una estructura natural. El silencio volvió a acentuar el sonido de los vasos sanguíneos en las orejas de Gonzalo, nuevamente tenía la sensación de estar escuchando miles de voces susurrándole, por un momento, sentía que provenían de los restos humanos que había en todo el sitio.

—No debe haber avanzado mucho, las luces se apagan a los 10 minutos de inactividad y aún están encendidas —dijo Ramírez señalando hacia el túnel. Se volvió hacia Gonzalo y le indicó una estructura empotrada a la misma pared que donde estaba la puerta que acababan de tomar —. Toma la guía que tienes en la derecha de tu mochila e inserta el conector en la entrada que está ahí.

Ambos aseguraron sus guías a la pared y comenzaron a trotar en el túnel, de sus mochilas salía el ruido del cable desenrollándose. Habían avanzado cerca de 30 metros cuando Ramírez le indicó que se detuviera. Miró hacia el techo y pudo ver el socavón que Gonzalo había encontrado unos minutos atrás. No se alcanzaba a distinguir el exterior, parecía que el agujero tenía más de 5 veces la profundidad que Gonzalo había estimado estando al otro lado.

—No debería ser posible cavar hasta el túnel —la voz de Ramírez sonaba cada vez más alterada —, según tengo entendido, la única conexión de estos túneles con el exterior es a través de las entradas que cuidamos, nada entra ni sale por los costados.

—¿Qué tan grave crees que sea? —preguntó Gonzalo, dirigiendo su mirada del techo a los muros y luego al suelo. Había algunas astillas de hueso esparcidas, algunos cráneos y fémures de los muros en esa sección se veían desacomodados y parecía que otros habían sido removidos de su lugar.

—Prefiero no especular. Encontremos al tipo y salgamos de aquí.

Gonzalo siguió trotando, a pesar de estar bajo tierra aún sentía el mismo frío que en la superficie. En sus oídos aún estaban aquellas voces que creía escuchar, por un momento pudo oír que la tierra se removía de nuevo. Sabía que era su mente buscando formas en medio de todo ese silencio, su entrenamiento ante cognito-peligrosos y agentes mémeticos le había dejado la mala costumbre de tratar de identificar patrones. De reojo pudo ver que su compañero parecía estar en la misma situación, miraba en varias direcciones y su rostro se crispaba levemente, como tratando de mantener la concentración.

—Gonzalo —dijo su compañero mientras se sujetaba la sien, por un momento sintió como si hubiera gritado —, tú también lo oyes ¿verdad?

Gonzalo disminuyó un poco el paso y le lanzó una mirada confusa.

—Creí que estaba imaginando cosas por culpa del entrenamiento

—No, no creo que sea eso —replicó Ramírez, cortante —. H-hay… hay algo aquí, no sé qué es pero…

Ambos disminuyeron el paso hasta que se detuvieron, casi sin darse cuenta. Los sonidos comenzaron a tomar forma, algo rascaba la tierra, se escuchaba como se arrastraba entre ella, había unas voces, era el mismo barullo de unos minutos atrás. Las voces parecían venir de todas direcciones, pero a la vez no era capaz de distinguir el origen de éstas, como si vinieran de una cuarta dimensión que ellos eran incapaces de comprender. Sentía que su mente comenzaba a hundirse en ese mar que provenía de la nada, que se desbordaría y acabaría consumiéndolo, sintió los músculos tensos, era como estar ante la presencia de un ser ominoso, las raíces de los pirules parecían agitarse como lo hacía sus ramas, a causa de un viento que provenía de las profundidades de la tierra.

—Deberíamos volver —dijo Ramírez, Gonzalo pudo notar que estaba pasando por la misma inquietud de él —. Esto no estaba documentado, debe hacerse cargo un equipo espe…

Sus palabras fueron interrumpidas por un grito que desgarró el velo que los había comenzado a cubrir. Era un sonido real, algo a lo que podían aferrarse. Sin embargo, quedaron paralizados, sus piernas no respondían, casi podían sentir el horror de aquella voz como una niebla espesa en sus oídos.

Entre la oscuridad se escucharon varios pasos, como un pequeño grupo de personas caminando de manera errática, cada pisada producía un sonido parecido al de una bolsa cargada con pequeñas ramas de madera. La curva del túnel impedía ver directamente lo que se acercaba hacia ellos. Los segundos se hicieron más lentos. Pudo escuchar la voz temblorosa de su compañero a punto de romperse, solicitaba refuerzos por el comunicador de manera urgente, pero el radio permanecía en silencio. Intentó en vano sujetar su arma, los dedos no tenía fuerza para sujetarla y apenas podía coordinar movimiento alguno. Se sintió estúpido al permitir que sus años de experiencia y entrenamiento se esfumaran en cuestión de minutos.

Era un esqueleto lo que venía avanzando a paso lento, su cabeza se encontraba a unos 2 metros de altura, pero su columna se curvaba hacia arriba, tocando el techo del túnel. Tenía más de seis brazos, cada par saliendo de distintas cajas toráxicas, podían contarse al menos 5 columnas vertebrales, desde aquel ángulo no se podían ver las caderas, pero era claro que tenía varias. Movía cada una de sus piernas como lo haría un arácnido, cada paso hacía crujir los huesos que se amontonaban en ese amasijo de restos. Mientras avanzaba, pisaban el lodo que se formaba por la orina y la sangre que escurría el cadáver que sostenía con 3 brazos. El cuerpo era el de un chico de alrededor de 20 años, traía colgando una cámara de vídeo sujeta en su muñeca derecha y todo el rostro había sido arrancado de su cráneo. Una sonrisa desencajada podía verse en la cara de aquel joven. El cráneo de aquella figura arácnida tenía las mandíbulas cubiertas de sangre. Miró fijamente a Ramírez y Gonzalo, casi con curiosidad. Pareció mover el cráneo, como si buscara percibir el aroma del ambiente. Bajó el cadáver del chico hasta tocar el suelo y ambos supieron que se preparaba para abalanzarse sobre ellos.

Pero no tuvo tiempo de hacerlo, el cadáver del chico comenzó a agitarse, su rostro se llenó de llamas al igual que el lodo que se había formado con su sangre. La criatura soltó el cuerpo y lo dejó caer, al tiempo que miraba con sorpresa como las zonas donde se había salpicado al comer se estaban incendiando. El cuerpo del chico se levantó y se mantuvo de pie, la carne se incendiaba desde dentro, el musculo carbonizado empezó a caerse poco a poco mientras la criatura esquelética retrocedía unos pasos. El cráneo del chico fue lo primero en quedar al descubierto, tenía un tono oscuro, tiznado por la carne quemada sobre el hueso. El cráneo se agitó de un lado a otro y lanzó un grito estridente.

—¡¡¡MALDICIÓN!!! YA ERA HORA.

El olor a carne quemada les provocó náuseas y logró sacar del trance a Ramírez y Gonzalo, sintieron como si la sangre hubiera regresado a todo su cuerpo y echaron a correr de vuelta a la entrada del túnel. El ser con forma de arácnido se quedó detrás del esqueleto ennegrecido que luchaba por quitarse los restos de carne quemada de encima.

Corrieron lo más rápido que podían, ni siquiera quisieron mirar atrás. Pero a medida que avanzaban se dieron cuenta de que los muros del túnel se movían, las raíces se agitaban mientras algunas osamentas trataban de desprenderse del muro, otras habían empezado a escarbar hacia la superficie. La tierra caía a su alrededor y cientos de huesos volaban de un lado a otro. Era difícil ver entre tanto movimiento, tuvieron que empujar a muchos de los esqueletos que comenzaron a llenar el lugar, la guía de sus mochilas se comenzaba a atorar entre tantos huesos y los hacía ir más lento. Gonzalo se quitó la suya y trató de cerrar los ojos para evitar que el polvo entrara en ellos. Escuchaban aquellos gritos, las risas y las quejas con un enorme temor; la catacumba completa se agitaba violentamente a cada paso que daban.

Gonzalo pudo ver a Ramírez tecleando el código y entrar por la puerta a toda velocidad, se apresuró a llegar a la cámara y entró lo más rápido que pudo, la puerta se selló automáticamente detrás de él. Escuchó los pasos de Ramírez subiendo las escaleras, Gonzalo trató de derribar los casilleros de las mochilas para cubrir la puerta, al otro lado las paredes y la tierra se derrumbaban cubriendo todo con una espesa capa de polvo. Cuando alzó la vista pudo ver a la criatura arácnida de antes corriendo a unos 30 metros de ahí, moviendo todas sus extremidades para correr a toda velocidad hacia ellos. Subió de dos en dos los escalones, tratando de no tropezar. Cuando llegó arriba vio a través de las ventanas cientos de esqueletos saliendo de las tumbas que se abrían desde abajo. Gonzalo contempló el escenario que estaba ocurriendo y se llevó la mano al comunicador; al otro lado se oían gritos de auxilio y de desesperación. Un golpe sordo se escuchó en la cámara inferior, seguido de un montón de arañazos y gritos inhumanos, pudo escuchar la voz de Ramírez pidiendo que lo dejara entrar. Fue entonces cuando se dio cuenta de que Ramírez no había subido las escaleras, tenía enfrente suyo un esqueleto que portaba un uniforme de la Fundación, éste lo miraba con sorpresa. Gonzalo trató de gritar, pero el aire se atoró en su garganta sin poder emitir sonido alguno, su reloj de pulsera lanzó dos pitidos: era la 1 am.

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