Hoy a la salida de la excursión, todos y cada uno de los veintialgo pasantes del Sitio-28 querían salir de joda. Factory, tiran algunos. Otros van tan frenéticos que dicen Club 22, que hoy hay electrónica. No porque extrañaran, porque la verdad entre un cartón mojado y un "profe" del 28, el más duro es el cartón. Pobres, para dar "clase" se saltan o almuerzo o merienda.
Paran en la terminal, y así como frenan las ruedas cada uno tira para la casa. Son las doce y algo y si apuran la ducha les quedan cuatro horas de joda. Mariano va para Factory, y Franco la verdad no tiene ganas de joda. Nah, tiene sueño, dice. Por suerte cuando empieza a ojear el taxi, va Lorenzo y le dice de ir al barcito Terraza. Queda en la loma del orto, pero no pasa nada, pagan miti miti el taxi de ida.
En el bar hay un grupito de cinco nomás, ningún conocido. Se ponen a hablar entre ellos. Mejor, la verdad, Lorenzo es buen tipo y nunca charlan. De fondo está la misma mierda, que si no es el Charro Chino es Yo Caníbal. ¡Musiquita de kiosco! Hace falta media Heineken cada uno para empezar a aflojar, y aflojan hasta ahí, hablando medio de nada por hora y algo. Que qué pelotuda es Mariela, o qué capo el Gabi. Franco va en modo avión, pero trata que no se le pase la hora.
"… Lo que tenés que entender es que, es que el IQ son como dos mesetas, ¿no?" Lorenzo va en medio de un divague larguísimo. Se le ocurrió una idea y se la va a hacer escuchar. "Por acá vas con cien de IQ, ¿no? Vas bajando un poquito, noventa y cinco, noventa y tres, y de repente, wuuuuuup, ochenta, pero de acá no bajás. Lo que te digo es que Mariela ya empieza acá, así que por poco que duerma, más boluda no se puede hacer."
Y Franco le echa una carcajada, un poco por cortesía y un poco porque la verdad sí le dio algo de risa. Pero tiene ganas de hablar de algo, de alguna cosa interesante. Va piloteando la conversación como puede, a ver dónde tiene una entrada para, no sé, hablarle de la nueva de el Conjuro. No encuentra ninguna. Capaz si estuvieran solos tiraría algún comentario de la visita a Contraconceptual del otro Viernes, pero por poca gente que haya sigue siendo un bar.
"Bueno, ya se me apagan las luces… Linda charla che, nos vemos."
Por adentro, Franco se dobla a la mitad. Se agarra un mechón del pelo de arriba del hombro, y le da vueltas. Lorenzo empieza el ademán de irse, echa una zancada larga afuera de la luz tibia del bar. Se le pasó la hora en un latido. Entró queriendo comerse el chocolate de a poquito y cuando se quiso dar cuenta se lo había tragado sin querer.
"Dale. Chau. Nos vemos otro día." Y así sin más se le va pasando el regusto y le queda nomás la sed. Bueh. Tan ansiado vas a estar. Ahora que el otro se va, se puede relajar un poco. El morocho de la otra mesa del todo tiene ojitos grandes. Capaz hoy tiene suerte. Franco nomás se lo empieza a plantear y agarrar coraje cuando Lorenzo se vuelve y le da un golpe en el brazo.
"Mañana. Venite a la convocatoria, boludo. Somos cinco nomás, no te bajes de vuelta." Lo mira con un reojo absolutamente violento. "Que ya sé cómo sos vos."
La acusación lo agarra en medio de desdoblarse y así sin querer le da rienda suelta a la boca. "Nah. Para qué voy, para aplaudirle a Gabi. A mí no me van a aceptar." Termina de hablar y alza los hombros como si fuera cosa de otro. Como si hablara en lugar de otro y se tuviera que disculpar por las boludeces de otro.
"Cagóoooonnnnn." Lorenzo le pellizca el mismo brazo y se lo zarandea. "Se nos acaba la pasantía en dos meses, qué, ¿tanto querés chupar amnésico? ¿Qué te pasa?"
"Soltame la chota, por Dios. Yo sé cómo me manejo." Tratando de ahogar la carcajada, le sube mucho el tono. "Bah. No sé. Capaz me da tiempo de probar otra cosa. ¿Vos decís que alcanzo?"
Lorenzo entrecierra los ojos para no revoleárselos. "No, flaco, no alcanzás. Y no es ese el problema, es que vivís echándote para atrás. La otra vuelta nos invitaron a ayudar con una interrogación y no fuiste tampoco. ¿No te gusta esto?"
"No, no, obvio que sí. Vivo para laburar de este lado del mundo. Capaz Contraconceptual no, pero sí." Franco cruza los brazos. Acá afuera hace frío.
"¿Y por qué nunca te animás?" Le hace el gesto italiano y agita la mano. ¿Cómo era que se llamaba? El coso ese. El montoncito. El mano a borsa. Raro lo difícil que es nombrarlo, con lo mucho que se usa. ¿Le costará tanto a los italianos también?
"Y, no sé. No sé. Me aburre." Alza los hombros de vuelta. Lorenzo lo mira incrédulo. A Franco se le van los ojos a la vereda de en frente. Uy, sí, no sabés lo interesantes que son los faroles de por allá, no se te vaya a caer la mentira.
Franco no aguanta ni dos segundos. Le responde de vuelta. "Siento que no me da el cuero. No sé. Si abro la boca, me mando una cagada."
Lorenzo baja la cabeza, y le habla como dos octavos más bajo. "Hermano, no se te puede pasar esta chance así. Probá algo. Es como con una pileta, no te podés quedar ahí parado teniéndole miedo al frío, alguna vez tenés que saltar. ¿Qué, en la facultad hacías lo mismo?" Ahora que Franco se quiere matar, el tiempo va a paso caracol. Mirá qué lindo.
"Ya te digo, si abro la boca, me mando una cagada." Niega con la cabeza.
"Pero probá una vez te digo. Fijate. Alguna cagada hay que mandarse en la vida."
"Pero es que acá no puedo. Es que, imaginate, mañana el reclutador de Contraconceptual empieza a preguntar algo de verdad jodido, algo tipo, tenés un agente infeccioso hablado, lunación en doce segundos, al paciente se le derriten los ojos y vomita plomo, pero no sabés si es transmisión sonora, o bucal, o visual, o linguística, ¿cómo hacés para deducir el vector índice sin exponerte ni vos ni un sujeto de prueba? De los veinte que somos, todos pero todos tienen un porte que da miedo, son todos soldaditos. Si me alzo yo, confiado como decís, y digo algo como…" Hace el mejor tartamudeo agudo que puede. "Pe-ero, pero, profe, ¿y si pr-pro- probamos, medirle la fiebre?" Levanta los brazos de exasperación. Se da cuenta que le tiemblan. "¡Chau! ¡Morí ahí! ¡No me rescato nunca más!"
Los próximos segundos se quedan pegados al reloj. Se da cuenta que gritó un poco y ve para los lados, a ver si alguien lo mira raro. Ya fue. Ahora enseguida se despide y vuelve para casa.
"Bueno, tampoco así, tanto. Es… es de a poco, no tanto de una. Si tenés tanto miedo, capaz… No sé, andá a pasitos." Lorenzo se echa medio para atrás. Obviamente, Franco tiene razón, pero todavía no se la quiere dar. Respira aire sobrio, profundo, y deja un momento que le circule. "La verdad no creo que la Fundación nos devuelva a la universidad si no nos ficha nadie, no es que les sobre gente, pero… Me preocupa en lo personal, ¿sabés?"
Pausa. Freeze frame. Se le hace de piedra el corazón. ¿Dijo "lo personal"? Dijo "lo personal". No le da tiempo a responder. Sigue hablando.
"Tipo… Capaz te da miedo algo, y esta es una profesión jodida, necesitás poder soltarte. Vos te guardás todo y se nota. Por mí es lo mismo, pero vos laburás un año así y te morís de un derrame, es mucho estrés."
Ah. Dios. No te pongas en pedo nunca más.
"Claro. Sí, tenés razón. Gracias por la preocupación." Franco pone una sonrisita a medias y asiente. "Algo voy a probar."
"Vení mañana. No te bajés de vuelta." Va y le da la mano, y a guardar, a guardar, cada cosa a su lugar. A Franco se le derrapan los próximos dos minutos y cuando se quiere dar cuenta, están encarando cada uno para su casa. La madrugada lo encuentra de buzo holgado y manga corta, y le da un abrazo de tres grados y medio.
¿Y eso? ¿Y eso justo al final qué? A Lorenzo no le cayó la ficha todavía. Gracias a Dios. Pero él no sabe qué le pasó. Bueno, sí sabe qué le pasó, pero todavía no lo entendió. Habló con otro tipo como ser humano y le empezaron a revolotear maripositas. Sos una parodia.
Nomás empieza a degustar el dolor de garganta cuando para un taxi, se sube, y lo manda para 20 de Septiembre 27. El taxista, un barbudo ronco con un centenio de tabaco en la garganta, le quiere charlar de algo. Sí, sí, ah, mirá vos que interesante, uh, tremendo. Lo que le pasó recién es el alcohol, eso es obvio. Lorenzo no es su tipo. No se imagina charlando con él de cine. Lo que pasó es que le ofrecieron un pan, reflexiona: cuando hay hambre no hay pan duro, y él se acaba de dar cuenta que tiene hambre. Pero más que eso, es porque Lorenzo no sabe cuánta razón tiene.
Se tiene que soltar por algún lado. Agarrar confianza. Y no sabe por dónde. De a poquito, obvio, ¿pero de dónde saca el "poquito"? Si encara a hablar con confianza de mentira, se le va a notar el miedo. Si encara lo académico sin saber de qué habla, se le hunde la carrera. Pero tiene que hacer algo para ir mañana con más fé. Por qué no lo encaré a él. Porque en el mejor de los casos terminaba comiendo una piña, claro, pero Dios, ahora nada le saca las ganas.
¿Cuánto es? Tres mil cuatrocientos. Acá hay cuatro mil. ¿Tenés cien? No, disculpá. Bueno, acá tenés el vuelto. Franco abre la puerta del taxi, abre el portón de afuera, y emprende la marcha lúgubre al ataúd de la migraña. Todavía le queda Heineken en el bocho y no tomó un mililitro de agua. La puta que lo parió.
Abre la puerta del edificio, abre la puerta del ascensor, abre la puerta de la casa, abre la puerta del baño, abre la canilla y se lava la cara. No se quiere dormir todavía. Por algún lado se tiene que soltar.
Abre los ojos y se mira. Pelo abajo de los hombros y buzo holgado con capucha.
"Hermano, soy una parodia", dice, todo lastimero.
Se le nota tanto la entonación de puto que tiene que no le queda otra que cagarse de risa a las dos y cuarto de la mañana.
Más que clóset vos tenés una cajita de cartón en el medio de la plaza. Los del Sitio-28 no son tarados, ya te tienen fichado hace rato. ¿De qué te preocupás?
Soltá por ahí.
Va correteando hasta el placard y busca en un cajón, abajo de doce remeras y escondido de nadie más que él mismo, hay un frasquito negro que dice Studio 9. El contenido también es negro. Se lo birló a la mamá hace diez meses. En serio que sos una parodia. Le desenrosca la tapa y vuelve frente al espejo, abajo de la luz blanquecina miserable. Extiende las manos, primero de un costado, después del otro, o derecho, o capaz con los dedos recogidos.
La verdad nunca miró mucho cómo hacía mamá, pero da igual. Se ubica como puede y se empieza a pintar la uña índice. Las manos le tiemblan y le queda hecho una miseria. Bueh. La puta madre. ¿Cómo se sacaba esto? Se fija en la cajonera abajo de la canilla y encuentra agua oxigenada nomás, prueba de echársela pero el esmalte no se sale, pero cuando se enjuaga queda una estela negra, así que se seca, se echa más agua oxigenada, mira por ahí, y agarra el cepillo de dientes, y le frota a la uña a lo pelotudo hasta que le duele el brazo y nomás se sacó como cuatro quintos del esmalte, pero la verdad con eso le alcanza. Se seca de vuelta, y se pinta de vuelta. Así se le pasa otra hora.
Tocan las cuatro, y por fin se mira los dedos, y capaz porque está adormilado dice ahora sí. Cierra todo, apaga la luz, se saca la ropa con las puntas de los dedos por las dudas, no vaya a ser que se le raspe el esmalte, y se tira a la cama a dormir la hora y media que le queda. Se podría haber pintado mañana. Bah, hoy en hora y media. Da igual. Saca los brazos de abajo de las sábanas y los extiende para afuera del colchón. Sino capaz se despinta dormido. La verdad está acostumbrado a dormir con una mano abajo de la cabeza.









