Llámame Bones, James Bones
Puntuación: +2+x

James atravesaba el panteón, sorteando las desiguales y para nada simétricas hileras de viejas lápidas desgastadas, mientras se preguntaba que querría Samedi está vez. O a quien. Una de las cualidades de que en lugar de mandarle un mensaje como una persona normal, decidiera usar el lazo que mantenía a James con "vida", para comunicarse es que solía tener una idea de su estado emocional y tampoco es que lo llamara para que hiciera muchas otras cosas. Iba a matar a alguien. A quien y por cuanto tiempo es algo que descubriría cuando lo encontrará.

Samedi podría estar en la cabaña que era su hogar, o en alguno de los mausoleos que solía limpiar. Aun careciendo de ojos que no le habrían sido de muy útiles debido a la pesada niebla que se asentaba sobre el panteón, podía distinguir la silueta de la cabaña en los lindes del cementerio. Luces apagadas. A los mausoleos entonces. Empezó a dirigirse hacía las hileras de montículos con formas de casas cuyas siluetas se recortaban en la niebla.

Samedi estaba en uno de los mausoleos más grandes, barriendo con una escoba desgastada un polvo que sólo él podía ver. Antes de que James diera a conocer su presencia guardó la escoba, apagó la luz del mausoleo, tomó su bombín y volteó hacia James.

—Ah, James un gusto verte. Ven demos un paseo, tengo muchas cosas que contarte —dijo el Barón Samedi, su sonrisa mezclándose con la sombra de sus huesos que apenas ocultaba su piel nacarina. Puso una mano sobre el abrigo que llevaba James. Lo usaba principalmente para cubrir sus huesos, pues no tenía ni carne ni musculo que pudiera sentir el frío, y comenzaron a caminar entre las lápidas y mausoleos.

—Imagino que recuerdas al buen mayor Huerta.

—Me has tenido las ultimas tres décadas tratando de cazarlo a él y a sus subordinados, difícil de olvidar.

—Correcto mi huesudo amigo, jeje, —la risa polvorienta de Samedi siempre enervaba a James.— Huerta ha pasado años tratando de destruirme, todo lo que he construido y a esta comunidad, todo en nombre de su "revolución" y casi lo logra.

—Podrías cortar el rollo y decirme que ha pasado con el amigo.

Samedi lo ignoro y continuó.— Dirigió a sus lacayos en nuestra contra. Perdimos a algunos de los nuestros, ellos igual, pero no los suficientes. He tenido que esconderme aquí, por años y…— Se le corto la voz tras haberla estado aumentando progresivamente. Respiro hondo y con una voz más calma continúo.— Pero el pasado es pasado, el Ministerio de Anomalías Cubano ha caído, Huerta ha huido, se ha ocultado y yo he reconstruido, hemos reconstruido. Y ahora las cartas…

— Querrás decir tus informantes.

— No dejas disfrutar de la vida a uno, todo es información seca contigo carajo. Pero sí, conseguí información sobre el paradero de Huerta. Está en Pequeña Habana.

—Sólo el Nexo más poblado del Caribe, dame un minuto y te lo traigo.

— Ja ja gracioso. Déjame terminar por una vez en tu no vida ¿si? Asistirá a una fiesta de Halloween de esas que suelen hacer por allá. Te conseguí una invitación, —James vio que Samedi le extendía una tarjeta anaranjada entre sus dedos larguiruchos, la tomó y la guardó en su abrigo sin echarle un segundo vistazo.

—¿Y es confiable la información? Digo, Huerta lleva escondiéndose desde la disolución del MAC, y esto es lo primero que hemos oído de él desde entonces. Se expone demasiado, algo que no ha hecho en años, ni siquiera con el ministerio en boga.

—Me lo contó un bokor al que entrené hace tiempo, fue contratado por el organizador para proveer, "entretenimiento y servicio", imagino que habrá un geis en ese contrato, sino probablemente habría actuado. Igualmente está seguro que es él, hay otros ex-operativos del MAC invitados, vendedores de MC&D, creo que incluso unos matones de la Insurgencia y los Quemalibros. Una oportunidad perfecta para recuperar viejas "amistades" y hacer nuevas, si es que existe la amistad entre esa gente.

—Bueno, voy lo mato y entonces, ¿gustas que te traiga algún recuerdo, una mano para hacerte compañía o lengua para lo que sea que hagas?

—Me ofendes, no saber de las artes que práctico cuando eres principalmente una de mis mejores obras. Pero no. —Samedi se alejo un momento de James, deteniéndose junto un árbol y agachándose para recogerlo. Al regresar James notó que tenía un pájaro muerto en sus manos.

—No te equivoques James. Soy Poderoso. El Barón Samedi en persona —cerro las manos.— Y Huerta ni siquiera es la persona más poderosa que ha intentado destruirme. Pero él destruyo toda una red de influencias, contactos, construida a lo largo de los siglos, en un par de años. Tuve que esconderme en una cabaña en un panteón en medio de la nada. Durante 30 años asesinaste a más gente de la que puedo contar y apenas hiciste mella en sus operaciones. Es un hombre peligroso. —Samedi abrió las manos y de ellas salió el pájaro volando, vivo—. Huerta tiene que morir, definitivamente.

Jame asintió,— ¿Cómo llego hasta la Habana? ¿Y como te gustaría que manejara esto?

—Ve al puerto, busca a un pescador, Matteu, se llama. Es un hombre de nuestra comunidad y sabe como llegar. Ve a la dirección de la fiesta. Mata a Huerta, tu eres el experto, escoge tus métodos. —Y con una sonrisa agregó.— Y disfruta de la Habana, está es una época verdaderamente vibrante allá.

—Lo sé,— dijo James sonriéndose para si mismo, o lo haría si tuviera labios.


No tenía ningún sentido tratar de llegar en secreto a una isla llena de contrabandistas, todos conocían cada bahía, cala y ensenada de la isla, especialmente la poli. James le pidió al pescador que lo dejara en uno de los muelles del Barrio Residencial de la Pequeña Habana. Mientras desembarcaba y se despedía del pescador saco la Invitación anaranjada de su bolsillo:

Código de Vestimenta - Disfrazado

◯ ◯ ◯

Destilería Saneada de la

Revuelta de las Gaviotas

Las direcciones en esta ciudad raramente seguían una designación oficial, siendo principalmente un montón de referencias a lugares y zonas conocidas por los locales, lo que sólo hacía más difícil navegar por la ciudad, James comenzó a pensar.

Destilería, fuera del sector industrial eso sólo podía significar algo, un edificio de los Rum Runners, saneada querría decir que ya no estaba en uso por el sindicato criminal. Revuelta de las Gaviotas, una pequeña plaza donde al parecer anidaban todas las gaviotas de la isla, prácticamente el suelo estaba compuesto de excremento de gaviotas, para fortuna de las fabricas y desgracia de cualquiera que pasará por el lugar, en los bordes del Barrio Residencial y el Turístico. Quedaba relativamente retirado así que empezó a caminar y se adentro a la ciudad.

Los altos edificios residenciales habían sido decorados con telas largas, papeles picados, luces y lo que parecía ser agua que fluía hacía arriba en un par de edificios, todo de color naranja y negro, dando la impresión de estar caminando en la piel de un tigre, ilusión que se veía interrumpida por los sempiternos y siempre presentes tenderos llenos de ropa recién lavada, ondeando en el aire.

Mientras caminaba vio por lo que en otra persona sería el rabillo del ojo, un proyectil dirigiéndose hacía su cabeza, por puro instinto se lanzo hacía atrás bruscamente de un salto, pero al saltar su cuello se estrello contra un cable que colgaba peligrosamente cerca del suelo. Los huesos de su columna salieron volando y su cabeza cayó por el suelo.

Calmadamente, se dirigió hacia su cabeza en el suelo, la recogió y la sostuvo donde normalmente estaría, las vertebras regresaron volando hacia su lugar apropiado y volvió a colocarse su cabeza. Los otros transeúntes estaban divididos entre ver al esqueleto recuperar su cabeza y el otro espectáculo que tenían delante.

Muchos proyectiles como aquel que casi le daba a James volaban de un lado a otro de la calle, desde los edificios. Eran huevos y según el olor, a juzgar por la expresión del resto de espectadores, muchos de ellos podridos. James estaba presenciando una de las famosas guerras de huevos de la Pequeña Habana. Era tradición que los niños de cada uno de los edificios residenciales recolectaran huevos a lo largo de octubre para lanzárselos a los del edificio contrario.

James se quedo observando el muro de huevos, volando de un lado a otro, desde la lejana cima de los edificios a los aparadores a nivel de suelo, cuyo cristal estaba en este punto completamente cubierto de yemas de distintos, y francamente enfermizos colores. Al pasar de los minutos la cantidad de huevos volando disminuyo progresivamente hasta ser simplemente uno o dos huevos volando por los aires. James decidió empezar a atravesar, esquivando el huevo ocasional.

Casi cuando logró salir de la zona de fuego uno de los huevos cayo a sus pies, probablemente lo lanzaron con poca fuerza. Pero de entre el cascarón salió un polluelo recién nacido. Un polluelo azul. Esto a veces pasaba, al ser una comunidad abiertamente anómala el uso de la magia y paratecnología eran comunes, lo que causaba una cantidad importante de magia remanente en el ambiente, lo que a su vez causaba ocurrencias como estas.

A veces, la gente, animales u objetos aprendían idiomas de la nada e instantáneamente, crecían camarones empanizados en los árboles frutales, los animales adquirían colores extraños y vibrantes y salían polluelos de huevos podridos. Esto se consideraba una señal de buena suerte para el niño al que estaba dirigido el huevo.

James se agacho y con tanta delicadeza como pudo, agarró al polluelo y se dirigió al edifico del otro lado de la calle, donde había un niño riéndose mientras se ocultaba detrás de una puerta. Le toco el hombro y dejo el polluelo azul en sus manos, el niño no sabía si debía estar más impresionado por el animalito o el esqueleto frente a el, en lugar de quitarse el sombrero se quito la cabeza por despedida y continuo con su camino, de regreso a la selva de concreto naranja y negra.

Siguió caminando por un rato hasta que el panorama cambiaba las rayas negras y naranjas por un unas blancas y verdes. James había entrado al enclave de los sidhe, miembros del pueblo hermoso que tras la destrucción de Hy-Brasil y el éxodo del pueblo féerico, un pequeño contingente, difícilmente más de diez familias se estableció en la pequeña Habana, atraídos por su belleza tropical, o eso esperaban.

Al llegar se encontraron, con sí, un hermoso paraíso tropical, pero este se encontraba cerrados a ellos excepto por un pequeño montón de concreto, a sus ojos, gris. Sin embargo, muchas otras opciones no les quedaban, Hy-Brasil, su hogar, fue destruido por una bestia y cualquier otro lugar les ofrecería la misma bienvenida. Así que se tragaron la mala jugada del destino y se asentaron.

Hicieron lo que pudieron con sus nuevos hogares, extendieron sus balcones, consiguieron tierra, plantaron semillas, regaron sus plantas, incluso las encantaron, y así con el tiempo crearon los famosos jardines sidhe de la Pequeña Habana. Si no les permitían tener su paraíso ellos lo crearían.

Aunque el gobierno les logro asignar viviendas sin mucha dificultad, muchos habaneros eran recelosos de los extranjeros, durante los días de la mafia un extraño podía ser un agente de la UdII encubierto, y más recientemente un infiltrado del Ministerio o la GRU-P, no era un clima conducente a la confianza y tolerancia.

Si por un lado tenías un pueblo temeroso y paranoico de los extranjeros y por el otro un pueblo cuyo único interés era mantenerse alejado del resto, los conflictos serían inevitables reflexionaba James, sólo se requiere de una chispa. Y nadie sabe si esa chispa fue un accidente o intencional, muchos se inclinan por la segunda, el principal sospechoso era bastante abierto con su desden a los sidhe pero jamás hubo una investigación oficial, pero lo que si sabe es que hubo un incendio y los Jardines no sobrevivieron. Aunque, nunca hubo violencia abiertamente por supuesto hubo conflictos.

No era extraño que cuando uno se acercaba demasiado a uno de los nuevos jardines se llevará una dentallada de las nuevas plantas carnívoras, hasta se cree que las aves y mascotas se extinguieron en dos cuadras a la redonda cuando introdujeron las plantas. Esto sólo volvió los jardines un mayor punto de contención. Era raro el día en que no hubiera una pelea en los jardines, hasta el punto en que la policía tuvo que establecer una subestación nueva en la zona para lidiar con los conflictos. Fue en esta atmósfera que una buena noche de Halloween, un día que los sidhe celebraban como el festival de la cosecha, comiendo y reuniéndose en familia, nació la tradición de empapelar con papel higiénico.

Aunque los tiempos cambiaban, ahora las plantas carnívoras en los jardines eran muy reducidas, e incluso ellos mismos las señalizaban para que la gente las evitara. Ya no eran comunes las peleas en los Jardines. Y comparadas con las multitudes que se reunían en su día, los grupos de personas empapelando está noche eran poca cosa.

James aparto de su camino, firmemente pero sin violencia, a uno de los que estaban lanzando papeles y se alejo caminando entre los cuadritos de papel higiénico que descendían lentamente a su alrededor.

Finalmente, James llego a la plaza de Revuelta de la Gaviota, y daba gracias a todos los cielos de que carecía de nariz; para variar la mierda de gaviota cubría toda la plaza, encargados municipales solían limpiarla durante el día, pero como Halloween era considerado día de asueto, esos encargados estaban en casa celebrando, y las gaviotas andaban aquí, cagando. James siguió a los pocos transeúntes que había en la calle, estos tapándose la nariz, y se dirigió hacía las callejuelas laterales en busca de la destilería.


Logró encontrar el lugar tras seguir a lo que parecía ser un hombre disfrazado de magnate, o eso esperaba, nadie podía vestir tan estereotípicamente de forma natural. Un sombrero de copa, un frac y un monóculo. También le acompañaba un hombre disfrazado de lo que parecía ser un gangster, camisa de tirantes, unos tatuajes que no sabía si eran parte del disfraz o no e incluso una bandana alrededor de la cabeza.

James los siguió a través de las calles estrechas hasta un edificio de 5 pisos donde se dirigieron a una puerta. Un hombre bien vestido les abrió la puerta, y tras recoger y observar detenidamente lo que parecían ser sus invitaciones los invito a entrar y cerro la puerta tras ellos.

Antes de seguir su ejemplo James decidió dar una vuelta alrededor del edificio, reconocer el terreno de operaciones. El edificio tenía una estructura rectangular y cinco pisos, lo cual considerando que en esta zona los edificios nunca llegaron a la prodigiosa altura de los demás edificios en el Barrio residencial, era ligeramente más grande que el resto. Sólo había dos posibles accesos, la puerta delantera por donde tal peculiar y estereotipada pareja había entrado y una puerta trasera que parecía estar cerrada.

También podría intentar trepar por las ventanas, aunque no tendría mucho agarre a partir del tercer piso y caerse desde esa altura no era lo que consideraba divertido.

Mientras seguía con este tren de pensamiento, la puerta trasera se abrió y salió un hombre pálido y delgado con el traje de un mesero cargando una bolsa de basura. James lo observo más de cerca y se dio cuenta de que no era un hombre. Era un esqueleto. Parece ser que el bokor, el reanimador, del que hablo Samedi fue contratado para literalmente sacar de la tumba al servicio de la fiesta. James se puso a pensar por un segundo

Rápidamente se coloco detrás del otro esqueleto reanimado, lo dio un abrazo por detrás y lo inmovilizo, este ni se inmuto. Con su mano libre rápidamente le desabrocho la camisa y empezó a rebuscar en su cavidad torácica. A lo largo de los años Samedi le había enseñado un poco sobre como funcionaba su nigromancia y citándolo "Los bokor de menor nivel al mío suelen tener que recurrir a, como lo pongo, métodos más simples y primitivos para mantener el cuerpo atado a su voluntad, una efigie en el interior del cuerpo por ejemplo". James encontró una efigie de membrillo y se la sacó, el esqueleto se desarmo el instante que sacó la efigie.

Terminó de desvestirle e intercambio su ropa con la suya, recogió los huesos, ahora inanimados y los junto con la basura que la pila de huesos iba tirar originalmente, los levanto colocó en el contenedor de basura cercano. Entonces entró por la puerta trasera aún abierta del edificio.

Entró a un pasillo largo iluminado únicamente por la luz que se filtraba desde un par de habitaciones. Una parecía ser la cocina, donde podía observar a distintas calaveras cocinando lo que parecían ser varios platillos en base a la calabaza, festivo y apropiado pensó para si mismo. Del otro lado de la habitación se encontraba lo que parecía ser una cava de vinos, en esta habitación había un sólo esqueleto que inspeccionaba una botella de vino. Antes de que James pudiera seguir con su camino, este esqueleto se dirigió hacía él y le dio la botella.

—Centro de mesa. —Dijo el esqueleto con una voz rasposa y lejana, alargando las vocales. Una voz de ultratumba reflexiono James.

Él sólo asintió, pues temía echar a perder su tapadera. El hecho de que el servicio estuviese compuesto de esqueletos y aquel hubiera salido cuando lo hizo le había hecho la vida mucho más fácil. Esto le permitía mezclarse entre las multitudes del servicio y podría moverse por el lugar sin levantar sospecha, como estos esqueletos tampoco eran muy listos que digamos, podía quedarse analizando el lugar con toda calma y nadie sospecharía y si la cosa se torcía, era difícil distinguir entre una calavera y otra, incluso para el que era una, y todas vestían igual. Era imposible que lo detectaran, encontrar una aguja en un pajar sólo que la aguja tenía el mismo color y largo que una espiga de paja.

Al llegar al salón principal James fue recibido por el sonido de una banda de jazz que para variar eran esqueletos también. El salón era una habitación circular, de cuyas paredes colgaban unas cortinas largas que cubrían el ladrillo del muro, así como también habían una serie de puertas que a juzgar por los otros meseros saliendo y entrando con bandejas de comida y bebida, daban hacia una serie de habitaciones más pequeñas. En el centro del salón se encontraba una fuente de alimentos repleta de las cosas más faustosas que había visto en su vida y no vida, aquí era donde debía dejar la botella.

Y los invitados mismos eran otro espectáculo, la pareja que lo había guiado hasta este lugar estaba del otro lado de la fuente platicando con un hombre cuya mitad superior era un cerdo, un cerdo con monóculo claramente. Y ese era sólo una de las vistas destacadas del lugar, había un buen número de gente con máscaras de carnaval, pero cada máscara era única a su modo, cambiando de forma y color, algunas constantemente. Gente que para completar su disfraz de demonio se había pegado unas alas reales. Había un par de hombres con réplicas muy convincentes de armaduras y armas paranormales, algunas de ellas estaba seguro que no eran replicas. Incluso había un hombre parecido a Castro, prácticamente idéntico.

Pero a pesar de toda la diversidad no estaba el único disfraz que le interesaba, no estaba el Mayor Huerta. Antes de considerar esto un fracaso absoluto debía revisar aquellas habitaciones privadas. Salió un momento de vuelta a la cava, esquivo al esqueleto que la custodiaba y con botella de vino en mano se puso buscar a Huerta.

Estuvo a punto de salirse de una de las pequeñas salas privadas en la que sólo había un hombre gordo hasta que se fijo en su cara. Esos rasgos le resultaban familiares… si hace años que no lo veía… pero… —Oh dios, —dijo James al no poder contenerse ante la sorpresa.

Ya había visto a Huerta antes, principalmente a través de la mira de un francotirador, y poco después cuando le capturaron por un tiempo. El Mayor Huerta era un hombre saludable, debería tener unos 40 años a lo mucho cuando lo vio hace 10 años, esbelto, con cabello y bigote cobrizo. Un hombre con un porte imponente. El hombre que actualmente estaba frente a él era todo menos eso. Había subido por lo menos unos 100 kilos, perdido gran parte del pelo e incluso algunos dientes, y su estado de embriaguez total era deplorable, lo único que quedaba era ese bigote, antes impoluto, ahora lleno de migajas y alcohol.

Pero era Huerta, de eso estaba seguro, sacó la pistola silenciada que siempre guardaba consigo y la coloco contra su sien. Puso el dedo en el gatillo. ¿Pero estaba a punto de eliminar a un poderoso enemigo o de sacar de su miseria a un hombre venido a menos? No importaba, y aunque el mismo James se rehusara a jalar el gatillo la voluntad y control que Samedi ejercía sobre el lo obligaría hacerlo. Jalo el gatillo.


James volvió a vestir al esqueleto que dejo en la basura y le regreso su efigie, este se levanto al instante y regreso a la fiesta como su nada. James volvió ponerse su ropa y se dirigió una vez más a la calles.

Si no se indica lo contrario, el contenido de esta página se ofrece bajo Creative Commons Attribution-ShareAlike 3.0 License