SCP-6500 Fragmento 3
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La Muerte y los Autores

Sitio-87

Sloth's Pit, Wisconsin, Estados Unidos de América


—Odio las historias.

No era exactamente la verdad, pero sabía que pegaría más fuerte.

El hombre del podio palideció. Bien podría haberle dicho que odiaba a los griegos. Miró la diapositiva del título proyectada por encima y detrás de él, como para apoyarse; decía "Patafísica Apocalíptica Aplicada, o Contar Cuentos en el Fin de Todo". Asintió para sí mismo, aparentemente convencido, y afirmó:

—Nadie odia las historias.

Todo el auditorio se giró en sus asientos para ver el pequeño cuerpo de Delfina Ibáñez dominar el alto umbral de la puerta por pura fuerza de personalidad.

—Bien, —admitió ella—. Odio la ficción.

—Eso es… mejor. —A juzgar por su tono, la mejora era superficial—. Ahora, ¿quieres responder la pregunta?

Se paseó por el pasillo, saboreando el rechinar de sus botas de cuero y la flexión de su mono de rayón.

—Ya la he olvidado.

—Te pregunté cuál es tu historia favorita. Le iba a preguntar a alguien que no hubiese llegado tarde, pero tú hiciste una entrada tan dramática…

Se dejó caer en una silla junto a la única persona de la sala que reconoció. La Dra. Udo Okorie parecía estar moribundo; Ibáñez le ofreció una sonrisa comprensiva antes de responder.

—Llego tarde porque odio la ficción. Lo que significa que desprecio la patafísica. Lo que significa que deberías preguntarle a otra persona.

—¿Quieres llevar la batuta? Consigue tu propia presentación. —Se agarró al púlpito y se inclinó hacia delante; ella pudo oír el chirrido de sus zapatos deportivos en el escenario—. ¿Cuál es su historia favorita, Jefa Ibáñez?

Ella fingió que lo consideraba, solo por un momento, y luego respondió:

Elegidos para la gloria.


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—Odio la magia.

Ibáñez enarcó las cejas.

—¿Cómo es que odias la magia?

Okorie permaneció en su asiento mientras el auditorio se vaciaba a su alrededor. Sus ojos estaban hechizados.

—Aprenderías a odiar el aire, si de repente te encontraras en la luna.

—¿Qué le pasa a tu amiga?

Ibáñez miró al Adonis desaliñado en el pasillo.

—La culpa es de tu estúpido sermón.

—Tú eres la estúpida, —sonrió—. Mi conferencia fue genial.

—Soy una taumaturga, —dijo Okorie. Se quitó las gafas y se agarró el puente de la nariz—. De nacimiento.

—Yo soy noventa por ciento agua, —dijo Ibáñez—. Tú eres noventa por ciento aire caliente. Ella es noventa por ciento magia.

Okorie sonrió débilmente.

—No está lejos de la verdad. Desde que empezó el Impasse, me despierto todos los días sintiendo que acabo de dar una muestra de sangre.

—Podrías probar en el laboratorio de la Dra. Sinclair, —el hombre sugirió—. Nuestra maga. Allí podría tener algo para el bajo EVE.

Okorie asintió desganada. Ibáñez se encogió de hombros.

—Gracias, Dr. Lo que sea.

—Placeholder, —la corrigió—. Placeholder McDoctorate.

Ella volvió a arquear las cejas.1

—¿Quieres saber cómo sucedió?

—No. —Ibáñez estrechó los brazos de su amiga y la ayudó a levantarse.


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Okorie encontró un paquete de jeringas en el despacho de la ausente Dra. Sinclair, lo que alivió temporalmente su malestar. Ibáñez la dejó en el dormitorio para que se le pasara con una siesta; resultó más difícil deshacerse de Placeholder.

—¿Sabes lo raro que es que los O5 desclasifiquen dos propuestas de cero-cero-uno? —Le preguntó desde atrás de ella. Las piernas de él eran largas, pero ella caminaba como si tuviera un propósito—. Swann dice que una pandilla de escritores de terror en el espacio extradimensional interviene en nuestra vida cotidiana, y Pickman et al dicen que el concepto mismo de la narrativa es inteligente. No me habrían dejado dar una conferencia sobre eso y asustarlos a todos sin una razón.

—No dije que no hubiera una razón, —le replicó por encima del hombro—. Dije que la razón era estúpida.

—¡La realidad no es estúpida! —Se cruzó frente a ella y empezó a caminar hacia atrás por el pasillo sobre la punta de sus zapatos—. Nuestra existencia está definida por una red de sistemas anómalos. Vivimos en un ecosistema anómalo, Jefa Ibáñez. Algo está acabando con la diversidad genética, pero no está ocurriendo de manera uniforme en todo el mundo. A medida que una capa de rareza esotérica se contrae, las otras se expanden para llenar el vacío. —Sacó del bolsillo de su bata una extraña y aparatosa pieza de tecnología y la agitó frente a ella—. Esta cosa mide las fluctuaciones narrativas, y la aguja sigue moviéndose. Apenas queda un centímetro de magia en Sloth's Pit, pero el poder de la ficción sigue siendo fuerte.

Ella hizo una mueca.

—Esperan que sustituyamos las historias por magia de verdad.

—¡Las historias son magia de verdad! —Placeholder agitó los brazos en el aire, tirando la gorra de béisbol de un agente que pasaba por allí. Hizo una maniobra para disculparse y se puso al lado de Ibáñez.

Ella sacudió la cabeza.

—¡Bien! Da igual. —Habían llegado a los dormitorios donde ella se alojaba. Se apoyó en la puerta y sacó un llavero de su cinturón—. Las historias pueden ser mágicas, por lo que me concierne, porque mi trabajo es acabar con la magia. —Abrió la puerta—. Yo finalizo las historias, doctor.

Se deslizó dentro y le cerró la puerta en la cara.


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Ibáñez se despertó con el sonido de agua sobre madera. El agua se deslizaba por los bordes de su percepción, un líquido rítmico que repiqueteaba en un tono bajo y relajante. Fue consciente de la humedad que se arrastraba por la parte posterior de su ropa, y su primer pensamiento coherente fue: Yo nunca me he meado en la cama.

Su segundo pensamiento coherente fue: Nunca me he dormido sobre pasto, y eso fue suficiente para impulsarla a ponerse en pie.

El aire estaba helado, y podía ver su aliento en el breve instante antes de que se fundiera con la opresiva niebla que envolvía una ribera que se extendía hasta el infinito en ambas direcciones. El agua era más oscura que el espacio detrás de sus párpados y golpeaba contra los lados de un pequeño bote de madera que se mecía con una brisa que ella no podía sentir.

Había remos en los escálamos, y un pesado manto estaba arrojado con descuido sobre la popa. Una fedora deteriorada se encontraba precariamente apoyada en la parte superior…

… Y se movió para observar su presencia. El abrigo se agitó una vez, solo una vez, como una respiración reprimida.

—Hola, —dijo ella.

El sombrero se inclinó, ocultando lo que había debajo. Una de las mangas se levantó fuera del agua, goteando chorros negros, y apuntó débilmente hacia el río. Mantuvo esta postura durante un instante y luego volvió a caer sobre las tablas descoloridas.

—¿Por qué no?, —dijo ella. Este lugar era claramente un sueño.

Caminó, sintiendo el frío en las pantorrillas a través de sus botas de combate, y subió a la pequeña embarcación. El montón de tela pareció desinflarse, como si el logro de su objetivo hubiera agotado sus últimas fuerzas.

—Entonces voy a remar, —suspiró.


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El sombrero del barquero se balanceaba rítmicamente con el chapoteo de los remos mientras la veía empujarlos por el estuario. Después de una eternidad de chapoteos en aguas inmóviles, y de un progreso incierto a través de una nube opaca de color blanco, ella sintió…

… No sabía lo que sentía, pero estaba detrás de ella. El sombrero del barquero se deslizó hacia atrás, y ella sintió que le haría una nueva señal si pudiera. Miró por encima de su hombro y vio la ciudad…

… Ella estaba en la ciudad. El río, el bote y el barquero habían desaparecido. Los muros de piedra se alzaban a su alrededor y había sólidos adoquines bajo sus pies. La calle se elevaba por una empinada ladera, un antiguo y oscuro burgo que dominaba el horizonte.

No estaba seguro de que me escucharas.

Ibáñez contuvo una réplica; la voz era delgada, débil y lastimera. Comenzó a caminar, y su sombra se reflejó en la tenue luz. Una miríada de siluetas siguió el ritmo de sus pasos.

Te traigo esperanza, en la hora final.

—¿Quién eres? —Hizo una pausa—. Y no me vengas con esas tonterías de los sueños crípticos.

Nuestro tiempo casi se ha agotado.

… Ella estaba subiendo los amplios escalones de piedra de una iglesia, rodeada de figuras sombrías que se desvanecían una a una a su paso. Los escalones terminaban en una superficie de piedra lisa, donde una túnica blanca como la nieve ondeaba con otra brisa fantasma.

Ven a mí, y comienza.

La brisa se convirtió en un vendaval y ella cayó de rodillas. Mientras se tapaba los oídos con ambas manos y gritaba fuerte, la túnica se hizo a un lado para revelar…


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Sitio-87

Sloth's Pit, Wisconsin, Estados Unidos de América


—Fue una visión, —bostezó Okorie. Jugueteó con el sándwich de pollo frío que tenía en el plato.

—Fue la semilla de una historia, —alardeó Placeholder. Devoró la mitad de su propio sándwich de un solo bocado.

—Fue un sueño, —gruñó Ibáñez—. Un trozo de queso sin digerir.

—Un mito de Dickens. —Placeholder hizo un ademán de rechazo, arrojando un trozo de carne sobre la bota de un agente que pasaba por allí—. El queso no provoca pesadillas. Sin embargo, la proclividad protagónica es una forma segura de conseguir-

—Visiones, —completó Okorie. Su aspecto era solo ligeramente mejor que el de la noche anterior—. ¿Sabes qué otra cosa nunca falla a la hora de conceder visiones? SCP-5923.

Ibáñez parpadeó.

—¿Cuál es ese?

—Una ciudad abandonada en Turquía. Solía enviarle sueños a la gente, rogándoles que volvieran a "casa", hasta que empezamos a canalizar turistas allí en los años noventa. Desde entonces no se ha vuelto a saber de ello. —La maga apretó los dedos—. ¿Había un río? ¿Un bote? ¿Un barquero?

Ibáñez asintió.

—¿Niebla? ¿Una iglesia? ¿Una figura de blanco?

Ibáñez asintió a medias.

—Más o menos.

Okorie se reclinó en su asiento.

—5923. Quiere algo de ti.

—Probablemente se está muriendo, —dijo Placeholder—. Como todas las cosas anómalas. Tal vez piensa que puedes ayudarle.

—Quizá piensa que puede ayudarnos a nosotros, —reflexionó Ibáñez.

—¿Qué?, —preguntaron los otros dos al unísono.

—Me dijo que… —Hizo una mueca—. Me dijo que podía restablecer el equilibrio, y me mostró una espada. Me dijo que la espada era la clave. —Se sintió ridícula.

Los doctores compartieron una mirada significativa.

—De acuerdo, —dijo Placeholder—. Vamos a seguir las reglas; los O5 dicen que todo lo que hagamos para contrarrestar a 6500 tiene que tener elementos ritualistas, algo que refuerce el poder de lo anómalo. —Señaló a Ibáñez—. Di que no quieres ir a Turquía.

—Yo no quiero ir a Turquía. —Lo decía en serio.

—Bien. Has rechazado la llamada, así que podemos proceder. —Señaló a Okorie—. ¿Reglas de la búsqueda por visión?

Okorie se encogió de hombros.

—No es una búsqueda por visión cuando la visión llega primero. Es una búsqueda directa.


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Aldea de Kayaköy

República de Turquía


—Bueno, —comentó Ibáñez—. Esto es horrible.

Se encontraban en la fotografía de un pueblo bullicioso, calle tras calle de gente inmóvil con miradas vidriosas. Una leve brisa silbaba a través del sinuoso y ascendente paisaje del pueblo, y un hombre de mediana edad con una riñonera se tropezaba con un puesto de albaricoques. Su contenido rodó alegremente colina abajo.

—Siéntenlos, —dijo ella. Su Destacamento Móvil, compuesto por diez hombres, se desplegó para guiar suavemente a los sujetos que se mecían hacia el suelo. Okorie ya se estaba arrodillando; estaba tanteando el envoltorio de Sinclair, preparando su tercera inyección del día.

—¿Qué les pasó? —Placeholder estaba colocando al libertador accidental de fruta sobre su espalda.

—Es este lugar, —bostezó Okorie. Bostezaba cada dos frases—. Se nutre de la vitalidad de sus ciudadanos.

—Entonces, es una aldea de vampiros. —Ibáñez tocó la funda de su arma.

—No. —Okorie respiró profundamente—. No absorbe la vida como una sanguijuela, sino que… la refleja. Cuida de la gente que la visita. Si está subsistiendo de ellos ahora, tiene que haber una razón.

—Claro, —dijo Placeholder—. Se está muriendo de hambre, y son la única comida a su alcance.

—No estoy tan segu-, —dijo Okorie. Fue interrumpida prematuramente por un profundo estruendo que sacudió los adoquines con tanta fuerza que se salieron de sus soportes. Ibáñez apenas se mantuvo en pie, y Placeholder cayó en el carro de albaricoques mientras la calle se enroscaba sobre ellos como un maremoto. Se rompió con un estruendo de piedra y pasta pulverizada, todos los edificios se desprendieron, y se precipitaron a través de una expansión negra y escarpada…

El paisaje se reformó. Ahora estaban de pie, agachados y sentados en la cuenca de una fuente seca. La iglesia de los sueños de Ibáñez se alzaba frente a ellos. El DM había desaparecido.

Apresúrate. Cada palabra era una súplica urgente y sin aliento. Encuéntrame. Apresúrate.

—Me está hablando. —Ibáñez abandonó la fuente—. Me dice que encuentre la espada.

—Allí, —espetó Okorie, señalando un pórtico de piedra en la base de la escalera de la iglesia—. La biblioteca. No queda mucha magia aquí, pero puedo… —Sacudió la cabeza—. Está en la biblioteca.

—Apropiado. —Placeholder le ofreció su mano mientras Ibáñez se comunicaba con su escuadrón por radio.


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La biblioteca era modesta. Kayaköy era solo una aldea, y en realidad más bien una-

—Trampa para turistas, —dijo Ibáñez—. Quiero que se me reconozca por esa.

Solo había un visitante, desplomado en una mesa con la cara literalmente metida en un libro. La bibliotecaria detrás del mostrador miraba sin ver la pantalla de su ordenador. El tercer ocupante de la sala, por tanto, atrajo toda su atención.

Tómala, suplicó la figura encapuchada y vestida de blanco. Se encontraba en el centro del piso de mosaico desgastado, con las manos de alabastro levantando una espada sospechosamente brillante.

Ibáñez se desabrochó la funda de su arma.

—No intentes nada raro.

El fin de lo desconocido es el fin de todas las historias. La voz era un mero cosquilleo en su oído interno mientras se acercaba con cautela. El fin de todas las historias es el fin del cambio.

La túnica se desprendió bruscamente, revelando una estatua de mármol blanco brillante de… la misma figura con túnica. Ibáñez se esforzó por escuchar las últimas palabras:

El fin del cambio es el fin de todo.

Ibáñez cogió una silla de al lado del erudito dormido y la dejó caer cerca del pedestal de la estatua. Placeholder se arrodilló para recoger la túnica caída.

—Ten cuidado, —exclamó Okorie. Se apoyaba con fuerza en el mostrador.

Ibáñez se subió a la silla y deslizó los dedos entre la mano de la estatua y la guarda de la espada. El frío metal se levantó con facilidad, y ella rodeó con sus manos el cilindro de madera fría al que estaba unido. Contuvo la respiración…

… Y desenfundó el arma.

Soltó el aliento y examinó el objeto con más detenimiento. Era una espada corta, de menos de un metro de largo, con una guarda circular y una empuñadura de roble pulido. Había una inscripción en el borde de la guarda, pero no podía leerla. Las letras desconocidas le hacían doler los ojos.

—¿Ahora qué? —Se bajó, sintiéndose desequilibrada con la pesada arma en la mano—. ¿Le clavo esto a algo, o…?

Placeholder se quedó pensativo.

—Un dragón sería la opción obvia.

Okorie ladeó la cabeza

—¿Tú también oyes voces? —Le preguntó Ibáñez.

En respuesta, la taumaturga se desplomó en el suelo. Apoyó la espalda contra la madera, respirando con dificultad. Sus compañeros se apresuraron a acercarse, e Ibáñez apuntó con cuidado la espada detrás de ella mientras corría.

Okorie hacía una mueca mientras se agachaban junto a ella.

—Hay un Camino aquí.

—¿Un camino a dónde? —Placeholder hurgó en la mochila de Sinclair en busca de otra inyección de EVE, guardando la túnica en el proceso.

—Un Camino, —repitió Okorie—. Un portal. Puedo sentirlo. —Parpadeó rápidamente—. Pero cada Camino tiene un Llamado, y este no lo conozco. —Miró la espada—. ¿Algún otro mensaje del más allá?

Ibáñez negó con la cabeza.

—Creo que ahora estamos solos. —Le mostró la guarda a Okorie—. ¿Esto significa algo para ti?

La maga entornó los ojos y luego apartó la mirada bruscamente.

—No puedo leer eso. Pero sé quiénes podrían. —Golpeó la parte posterior de su cráneo contra el escritorio—. La Mano de la Serpiente.

Placeholder frunció el ceño mientras la ayudaba con la inyección.

—Bien, nuestros mejores amigos. Bien pensado.

—La Mano no quiere que la magia muera tanto como nosotros, —le recordó Okorie—. Las circunstancias han cambiado.

—¿Dónde está este Camino exactamente? —Intervino Ibáñez.

Okorie se volteó por encima del hombro y golpeó con los nudillos la madera.

—Bien-

Se oyó un claro click desde el interior del escritorio. Okorie se quedó boquiabierta.

—No me dijiste que los Llamados eran literales. —Ibáñez agarró la espada y se levantó.

—No lo son. —Okorie se retorció en el suelo; Placeholder metió su brazo bajo el de ella y la puso en pie. Esta vez, ella no lo dejó ir—. Debe ser un síntoma de la degradación general.

—O éste era tu papel en la historia, —sugirió el patafísico. Okorie volvió a hacer una mueca, pero no discutió sobre el tema.

Ibáñez rodeó el escritorio y apartó al bibliotecario comatoso para revelar…

—Hijo de puta.

En el escritorio había una puertecilla a la altura de sus rodillas. Estaba abierta. Cuando vio lo que había más allá, estuvo a punto de volver a soltar la espada.



Se arrastraron a través de la puerta del escritorio, cambiando la fría piedra de Kayaköy por un suave y cálido lecho de reluciente hierba azul. Había maderas debajo, no podridas, sino firmes y… ¿pulidas? Ibáñez no lo entendió del todo hasta que se levantó, momento en que no lo entendió en absoluto.

Se encontraba en un claro de matorrales que era al mismo tiempo un ateneo ornamentado. La biblioteca más grandiosa que jamás había visto, una línea de estantes atestados que se elevaba hasta un techo cubierto por nubes de tormenta. Una cálida brisa llevaba hasta ella el aroma de papeles antiguos y el sonido de combates lejanos mientras se giraba para mirar a sus camaradas.

Okorie seguía en la hierba. Levantó la vista apenada.

—No creo que…

Ibáñez le dio la espada a Placeholder, y se agachó para sujetar a su amiga.

—Espero que la mayor parte de tu peso fuese magia.

Se adentraron en el bosque de estanterías, paredes de literatura que se extendían en todas direcciones. Atravesaron una serie de arcos colosales, deteniéndose en cada cruce para fijarse en el tráfico sobrenatural. A lo largo de quince minutos se encontraron con: Un esqueleto animado que presionaba con sus dedos una masa amorfa de dos metros compuesta exclusivamente por ojos, gritando "¡PRAXIS!" una y otra vez; una criatura verde, achaparrada y de cuatro ojos, que aplastaba a un ejército de cucarachas de papel maché con un enorme tomo de cuero; algún tipo de criatura serpiente-dinosaurio inmensa, de la que huyeron demasiado rápido para ver lo que pretendía; y no menos de tres hombres diferentes con túnicas que forcejeaban entre brazos sin cuero que bajaban del techo para estrangularlos.

Okorie arrastraba sus brazos detrás de ella, acariciando ligeramente los lomos de todos los libros que tenía a su alcance. Respiraba profundamente, con los ojos llenos de lágrimas.

—¿Qué es eso? —Preguntó Placeholder, e Ibáñez cambió su postura para sostener a la maga con una sola mano. Llevó la otra mano a su cintura con facilidad, hubo una ráfaga de aire y un solo disparo resonó en el túnel de madera. La bala impactó en un grupo de nervios hinchados en pleno salto, y ambos se desintegraron en un espectacular reguero de sangre y metal.

—Sí, —dijo Ibáñez, bajando su arma reglamentaria—. ¿Qué era eso?

—¡¿Siquiera apuntaste?! —Placeholder se arrodilló para examinar los restos de la cosa-araña, dejando la espada en el suelo entre ambos—. Eres aterradora.

—Y ruidosa, —gimió Okorie—. Suéltame antes de que vuelvas a hacer eso.

Ibáñez la depositó suavemente en el suelo. La maga se estremeció.

—Me siento… No sé si es mejor, pero-

Ibáñez se dio la vuelta, encontró la empuñadura de la espada con la mano izquierda y la levantó con un movimiento fluido. Otra bola de carne caía desde el lejano techo, y ella la apartó de un bofetón con la parte plana de la hoja.

—¡Apártense!, —gritó, y lanzó un segundo disparo. Esta vez la criatura se estrelló contra una de las estanterías, dejando un rastro de sangre a lo largo de una colección de enciclopedias.

—Oh, —dijo Placeholder—. Mierda.

Estaba contemplando un ejército de arañas sanguinolentas que se unían al otro lado del pasillo para impedirles el paso. Sin embargo, antes de que Ibáñez pudiera volver a ponerse en pie, la cortina de carne se apartó violentamente y se esparció por las estanterías. Un enorme milpiés de lomo rojo, más grande que un convoy de autobuses de punta a punta, se incorporó y lanzó a los inquietos seres por los aires. Los succionó por una abertura que se extendía por el centro de su gigantesca cabeza redonda, y luego recogió a los rezagados del suelo con un chillido sobrenatural. Cuando el último bocado rojizo desapareció por su garganta, su vientre marrón ardió de color escarlata, y el sonido de carne hirviendo llenó el aire.

Expulsó un fino haz de llamas por encima de sus propios hombros redondeados, y luego volvió a caer para cernirse sobre los tres.

Ibáñez miró a Placeholder, que ahora estaba agazapado junto al cuerpo de Okorie.

—¿Te parece que esto cuente como un dragón?


—¡Carceleros!, —chilló el horror gargantuesco—. ¡En mi biblioteca! No deben-

Sus miembros larguiruchos se extendieron repentinamente y su tronco segmentado se estrelló contra las tablas del suelo.

—Oh, —resopló—. Molestarse.

Ibáñez se mantuvo pie, con la espada alzada entre los dos.

—No estoy aquí para encarcelar nada. —Conservó lo que le pareció un tono sorprendentemente uniforme para estarse dirigiendo a un detritívoro del tamaño de un tren—. Solo estoy aquí por un pedazo de información, y créeme, realmente quieres ayudarme a encontrarla.

—No soy un docente, tarada. —Se puso en pie(?) con dificultad , apoyándose en las estanterías para sostenerse—. Debería hacerte brizas por sugerirlo. —Hizo una pausa—. ¿Brizas? ¿O era trizas? En cualquier caso, no confío en los de tu clase. ¡No soporto a los ladrones y a los quema-libros!

—¿Preferirías soportar a las arañas? —Ibáñez le dio una patada a la monstruosidad más cercana; el milpiés la sacó del medio con el movimiento de una pata delantera con espinas—. ¿Eres un arañista?

La criatura se incorporó de nuevo, y por un instante Ibáñez pensó que estaba a punto de unirse a las arañas en su ardiente estómago. Entonces, un sorprendente y suave chirrido llenó el aire, y se dio cuenta febrilmente de que se estaba riendo.

—¡Arañista! No estás tan mal, —siseó—. Soy el Octavo Archivista. Mis amigos me llaman el Rounderpiés. —Sus párpados en forma de T se contrajeron—. Tú puedes llamarme el Octavo Archivista.

—Impresionante. —Ibáñez bajó la espada—. ¿Quieres decirme por qué la Biblioteca está en llamas, metafóricamente hablando?

Nada de metáforas. —El archivista se apartó a un lado para revelar el mayor recinto interior que Okorie había visto nunca: Filas y filas de escritorios, estanterías, mesas y sillas, chaises longue, sofás, linternas, braseros, revisteros y podios. Se expandía y se contraía como un ser vivo que respiraba, y al pasar entre las estanterías vio de repente por qué.

Las secciones más altas estaban repletas de una interminable red de carnosas arañas rojas, que entrelazaban sus vibrantes apéndices nerviosos para formar una red de vísceras y cartílagos.

—El Gran Salón, —exhaló Okorie.

Saltaban chispas de araña en araña, poniendo a Ibáñez en un estado de…

Joder.

—Lo replantearé. ¿Quieres decirme por qué hay un… aracnocerebro, formándose en tu vestíbulo?

El Rounderpiés resopló, expandiéndose y contrayéndose como un resorte.

—La magia antigua está muriendo. Los Caminos están abiertos y no podemos cerrarlos. Están llegando cosas; cosas que no queremos aquí. Cosas que han estado esperando.

—¿Qué tipo de cosas? —Placeholder se había unido a Ibáñez en el vestíbulo.

—Antiguos usuarios expulsados por robo, destrucción de propiedad de la Biblioteca, consumo de propiedad de la Biblioteca, consumo de otros usuarios. —La gigantesca cabeza globular se alzó mientras un nuevo grupo de arañas estallaba sangrientamente en lo alto—. Y monstruosidades éldricas, por supuesto. Cosas que solo existen para pasar de fuera a dentro. Esta es una de ellas. —Sus brillantes orbes verdes se estrecharon—. El Gran Salón se expande para adaptarse a su contenido. Eso es normalmente muy conveniente. No tanto, ahora mismo.

Okorie se levantó temblorosa.

—¿Chicos, ya se están hablando de tú a tú?

—Es el Cerebro Torcido de Ueberroth, —escupió el Rounderpiés. El escupitajo era una masa de negro retorcido; chisporroteaba en las tablas verdes junto a ellos con un olor a metal oxidado—. Anatema del conocimiento. Ueberroth el Vacío, Ueberroth la Red Sin Sentido, Ueberroth las Fauces de las Noches Sin Rastro.

—Es el nombre de un señor, —dijo Ibáñez.

El archivista cerró su horripilante cremallera de dientes.

—¿Qué?

—Ueberroth. —Ibáñez se quedó mirando, embelesada, las neuronas cárnicas que se multiplicaban—. Era un deportista de los ochentas. Mi papá solía estar al tanto del béisbol.

La cúspide de la sala estaba ahora oculta por un falso techo de un rojo ondulante, lívido de una alegría ciega e irracional.

—Peter Ueberroth, —dijo. Las arañas se estaban proliferando en las estanterías; una cuadrilla de docentes las estaba apartando con escobas—. Estoy segura en un noventa por ciento.

—Sí, —dijo Placeholder—. No creo que este sea él.

Ibáñez se puso en cuclillas y se ajustó las botas.

—¿Eres un escalador, amigo?

Las patas del Rounderpiés se tensaron.

—Siempre hacia arriba.

Ella se puso en una posición que indicaba que estaba preparada.

—¿Y cómo de dura es la quitina de tu exoesqueleto?

El archivero se estremecía de emoción.

—Lo suficientemente fuerte para lo que estás considerando.

—¿Qué estás cons-? —dijo Okorie, en el momento en que Ibáñez se lanzó desde el suelo a la espalda del enorme milpiés. Éste se lanzó sobre la columna de apoyo más cercana, y salieron disparados hacia el espacio cavernoso que había bajo el cerebro aglomerado.

Ibáñez se agarró a una espina arqueada con una mano y con la otra hizo oscilar su espada. Emitió un brillo blanco y apagado.

—Yo en su lugar me escondería, —llamó a sus compañeros mientras el Rounderpiés se dirigía en espiral hacia la acogedora pared de filigranas orgánicas.


Ibáñez ascendió por el inmenso torso del artrópodo, saltando de sección a sección mientras éste se arrastraba por entrepisos dorados y balanceándose de columna a columna al trepar por interminables montantes de mármol. Del cielo llovían arañas y libros; el Rounderpiés atrapaba a las primeras con sus dientes, haciéndolas pedazos o engulléndolas, y recogía a los segundos del aire con su lengua serpentina, estrechándolos contra su vientre con una ternura asombrosa. Una vez atrapó un grimorio en caída libre y se lo tragó entero.

—¿Comiendo propiedad de la biblioteca? —Gritó Ibáñez, mientras intentaba oír a través de la sangre que se acumulaba en sus oídos.

—Tengo un tracto diferente diferente para los… tratados, —resopló el Rounderpiés—. Algunos de mis fluidos son excelentes para sus conservación.

Su réplica fue interrumpida por un súbito tirón de pelo; se quitó una araña que se retorcía y la aplastó contra el costado del archivero.

—Vale, —vociferó—. La Operación Que Se Jodan Las Arañas es un GRAN movimiento. —Atravesaron un balcón con balaustrada y otra cosa maliciosa e irracional se lanzó hacia ella. Ella blandió la espada con fuerza, y la araña se estrelló con la parte plana de la hoja. Se abrieron dos hendiduras en su pecho putrefacto y voló con fuerza contra un pilar de oro ornamentado. La araña explotó.

El colosal rostro del Rounderpiés se volteó para mirarla fijamente.

—¡Las espadas no son bates!

—Tengo el béisbol en el cerebro. —Ajustó su agarre mientras se movían entre las estanterías retorcidas.

—Ni siquiera sé qué es eso.

Partió limpiamente por la mitad a los tres siguientes horrores que saltaron, y el chorro escarlata se desvaneció en la coraza de del archivista. Luego se colocó encima de su cabeza mientras se precipitaban entre los estantes. Se arrodilló entre los brillantes ojos cristalinos para mantener el equilibrio, sostuvo la espada detrás de ella y comenzó a tararear mientras las formas retorcidas saltaban hacia ella desde todos lados.

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Los siguientes minutos fueron un borrón rojo mientras Ibáñez cortaba, acuchillaba y destripaba a sus atacantes. Volvieron a entrar en el Gran Salón envueltos en una neblina de vísceras gelatinosas y ella bailó sobre la espalda del archivista como un Errol Flynn borracho. Empaló a un desafortunado trozo de carne con la punta de su espada; éste trató de trepar por la hoja, y ella le arrancó las ocho patas antes de apartarlo de un manotazo. Golpeó las baldosas junto a los doctores en el suelo como un trozo de hamburguesa mojada. Ibáñez blandió la espada y atrapó a cinco de las criaturas a la vez, llevándolas al hocico del Rounderpiés y soltando una carcajada maníaca.

Una docena de pisos más arriba, el espacio donde había estado el techo estaba finalmente al alcance. El archivista saltó desde la pared y cruzó la bóveda abierta como una viga arquitectónica, de cabeza; Ibáñez trepó a su vientre y sostuvo la espada en alto, rasgando el cielo arácnido y bañándose en un torrente de carmesí brillante. Se reía con tanta fuerza que casi perdió el equilibrio; un curioso gorjeo ctónico que podría haber sido el Rounderpiés riendo con ella resonó a través de la espeluznante grieta.

Un trozo de piedra que caía atravesó el tejido orgánico y golpeó la espalda del archivista. Con un poderoso CARRASPEO liberó un eructo de llamas a escasos centímetros de donde se encontraba Ibáñez. Ella se echó hacia atrás y balanceó la espada, un gesto de instinto puramente fútil…

… y una ráfaga de fuerza se expandió desde el Filo de la Vanguardia, atrapando el fuego e incorporándolo al mismo. La espada brillaba ahora con una luz blanca y cegadora, e Ibáñez la hizo girar en un amplio círculo. Una tormenta de fuego recorrió la sala, y el follaje de arácnidos venosos estalló en llamas como una entidad moribunda y deforme.

El Rounderpiés terminó de trasladarse a la pared opuesta y lanzó sus partes delanteras al vacío, moviéndose de un lado a otro para atrapar las hileras de arañas que caían quemándose. Ibáñez volvió a subir a su cabeza para despedazar a los horrores restantes mientras caían, riendo y rugiendo y posando en contrapposto.

Placeholder y Okorie se refugiaron en las estanterías mientras una catarata de materia gris cocida y vino hirviendo salpicaba el suelo. El Rounderpiés bajó a toda velocidad desde el último piso hasta la carnicería del suelo, e Ibáñez bajó por una de sus patas como un mono en una liana. Aterrizó de lleno en una última araña superviviente, agazapada con aparente terror sobre el escritorio principal. Explotó como una dona de gelatina roja.

Los doctores la miraron fijamente. Estaba cubierta, empapada, envuelta de pies a cabeza en sangre. Su rostro bermellón se transformó en una deslumbrante sonrisa blanca y gritó:

—¡AMO LAS HISTORIAS! —Antes de retorcerse con una carcajada tan feroz y sonora que evidentemente dolía.

Había chispas que danzaban y se desvanecían en la resbaladiza quitina del Rounderpiés, y éste atrapaba algunas más del aire humeante con su negra y sinuosa lengua. Silbaba suavemente y en voz baja, y seguía acunando docenas de manuscritos y monografías de valor incalculable con la ternura de un padre cariñoso.


El archivista se apartó de la espada.

—No hablaría esa lengua si pudiera, aunque no puedo, —gruñó—. Nadie aquí puede ayudarte; debes ir a la fuente.

Ibáñez asintió.

—Seguir huellas. ¿Cuál es la fuente?

Se lo dijo.

—Oh, —dijo Placeholder—. No hay que ir ahí.

—Tenemos que hacerlo. —Okorie rebuscaba en la estantería más cercana, sacando visiblemente fuerzas de su contenido—. Es donde termina esta historia. —Ella notó que la miraba fijamente y se sonrojó—. Búsqueda, historia, es lo mismo.

Ibáñez apretó los dientes.

—Si conseguimos traducir esto y lo único que dice es "Paz en la Tierra", voy a romper algo. Tal vez todo.

—Quizás eso es lo que hace la espada, —reflexionó Placeholder—. Hace que te enfades tanto que te conviertes en el guerrero definitivo.

Ella o ignoró, dirigiéndose en cambio al archivista.

—¿Supongo que hay un Camino que podemos usar?

—No es un Camino. Es una herida, señaló—. Una cicatriz infectada, el único recuerdo de una alianza imprudente rota hace tiempo. Se encuentra más allá del Portal de los Siete, que se cerrará detrás de ti cuando entres. La Biblioteca está conectada a todos los lugares del conocimiento, pero… —Vaciló—. Esta conexión no se hizo por voluntad propia, y la cortaríamos si pudiéramos.

—He querido preguntar sobre eso, —dijo Placeholder—. La Biblioteca está conectada a todas las realidades posibles, ¿no es así? Es una constante multiversal. ¿Cómo es que se desmorona sólo porque la magia de nuestra realidad está muriendo?

La imponente cabeza se inclinó hacia un lado, como si estuviera reflexionando.

—La causa también debe ser una constante multiversal, o casi. Personalmente los culpo a ustedes.

Placeholder hizo una mueca.

—Así que supongo que darnos una ayuda considerable está descartado.

—Sí. —El milpiés arañó las tablas del suelo—. Pronto este puede ser el último vestigio de la magia en toda la creación. No voy a arriesgarlo por sus tonterías.

Ibáñez frunció el ceño.

—Estamos tratando de salvar el mundo. Puedes darnos una oportunidad.

—Les he dado más de lo que les hubiera dado cualquier otro día. —El archivista levantó su cuerpo hacia el techo, como si quisiera hacerles ver su relativo poder de negociación.

Ibáñez dejó caer la túnica de Kayaköy, ahora manchada de bermellón, y examinó su reflejo en la brillante hoja.

—Muy bien, —dijo—. Muéstranos dónde está el portal.

El Rounderpiés sacudió la cabeza, desprendiendo unas cuantas gotas escarlatas desperdigadas.

—Solo tengo que maldecirles para que lo encuentren ustedes mismos. —Respiró profundamente, y se quedaron mirando el brillo ámbar en el corazón de su garganta acanalada mientras entonaba:

En los salones hostiles terminarán
Ahí, donde para su dolor hallarán
En grimorios negros los abismos
Dentro de vosotros mismos

—Lo siento, —añadió tras una breve pausa.

Okorie y Placeholder se alejaron inmediatamente. Ibáñez se esforzó contra la repentina fuerza que la impulsaba a seguirlos, tirando de ella como un nadador contra la marea. Preguntó:

—¿Y si esto es todo lo que queda?

Los párpados del archivista se contrajeron casi imperceptiblemente.

—Aunque tengas razón, si no triunfamos no quedará ni un centímetro de nada anómalo fuera de este lugar. —Ibáñez señaló con gran esfuerzo el Gran Salón, en plena expansión desbocada mientras los Errantes supervivientes se congregaban en el lugar del baño de sangre—. ¿Y si todo muere menos la Biblioteca?

—Entonces la Biblioteca será suficiente, —afirmó rotundamente el Rounderpiés. Se giró para unirse a la multitud mientras Ibáñez finalmente sucumbía al impulso de marcharse.


Atravesaron pasillos bien transitados, jardines bien cuidados y cómodas salas comunes en un lúcido trance, con grupos de usuarios irrumpiendo a su alrededor como olas en la orilla. Se adentraron cada vez más en el corazón de la Biblioteca, con la mente en blanco, pasando con seguridad y precisión y de forma totalmente inconsciente por galerías desgastadas, archivos decrépitos y estudios en desuso. Cuando por fin llegaron a la puerta negra de la bóveda, estaban solos. Okorie apretó una mano contra el hierro, y el contorno de una mano más grande se desplegó en el brocado dorado.

La puerta se abrió. El aire cambió. La puerta se abrió. Sus corazones se aceleraron. La puerta se abrió. La puerta se abrió. Todos los momentos del tiempo se convirtieron en uno. La puerta se abrió. El tiempo se detuvo.

La puerta se abrió y ellos entraron. Casi como una consecuencia, la puerta se abrió para admitirlos.

—Odio la magia, —dijo Ibáñez. Okorie le dio una palmadita en el hombro.

La sala que había más allá era un reflejo disminuido del Gran Salón, ennegrecido y agujereado por la edad, el fuego y la podredumbre. Un rayo de pura luz oscura brillaba desde una abertura en el techo sobre el suelo de baldosas destrozado. Un fluido negro y viscoso corría en chorros estrechos desde las estanterías vacías, fluyendo hacia el vacío central; parecía tinta. Llovían hojas de papel desde arriba, que desaparecían en el pozo aparentemente sin fondo.

—Lo que pasa con los pozos sin fondo, —dijo Placeholder—, es que no lo son. Nunca.

Ibáñez se acercó con cautela al borde.

—Esto es una metáfora, ¿no? ¿El descenso a la locura?

Sus compañeros se unieron a ella.

—Es una metáfora de la progresión, —dijo Placeholder—. De la transición. Para la adquisición de conocimientos más profundos.

—Es un agujero, —dijo Okorie. Se puso delante de ellos, sonrió alegremente y luego desapareció en la nada.

La vieron caer, luego unieron sus manos y entraron tras ella.

La puerta se cerró.


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Ibáñez cayó en la oscuridad por segunda vez ese día.

No cerró los ojos conscientemente mientras se alejaba de la luz, pero sí tuvo que abrirlos conscientemente cuando sus pies volvieron a tocar tierra firme. Seguía sin poder ver, y cuando abrió la boca para comentarlo se dio cuenta de que llevaba una máscara. Pasó los dedos por debajo del borde y se la quitó como si fuera una fuerte quemadura de sol; era una tira sólida de porcelana blanca sin rasgos, como una barra de jabón gastada.

Sus compañeros estaban a su lado, sosteniendo sus propias máscaras y entrecerrando los ojos en la repentina iluminación…

Dejó caer la máscara y sostuvo en alto la reluciente espada. Okorie se acercó para examinarla, acariciando la guarda cruzada con anhelo.

—Esta cosa es simplemente magia hemorrágica, —susurró, asombrada—. ¡No debería volverse más poderosa! Ya nada se vuelve más poderoso. La mitad de los artefactos de nuestro inventario han fallado directamente. 2264 no se abre. 005 y 963 están completamente muertos. ¿Pero esta cosa no?

—Quizá por eso la ciudad mágica quería que la tuviéramos, —sugirió Placeholder—. Quizá sea realmente parte de la solución.

—Poner el genio en genius loci, —Okorie estuvo de acuerdo—. Eso espero.

—Bueno, —dijo Ibáñez—. Es una mierda de espada, salvo la parte del whoosh. —Sopló para enfatizar, y luego sostuvo la cosa frente a ella para iluminar su entorno.

—Supongo que hoy nos toca recorrer la biblioteca, —murmuró. Un pasillo de estrechas estanterías negras se extendía hasta casi el infinito; casi podía sentir la curvatura de la Tierra en su inmensidad. Estanterías negras muy estrechas. Muy, muy…

Todos se sacudieron al unísono. Ibáñez tuvo una sensación palpable de que los libros están mal. Las estanterías están mal. Se cortó con la aguda y repentina imagen de las estanterías de carbón abriéndose con su pesada carga, estallando en una lluvia de-

—Tenemos que movernos, —dijo. Sacudió la cabeza, con fuerza—. Tenemos que movernos antes de empezar a…

¿ESCUCHAR VOCES?

Inmediatamente se adelantó.

—Vamos. —No miró para ver si la seguían.

¿HAN VENIDO A ROBAR NUESTROS SECRETOS? La voz no era débil, como lo había sido la de Kayaköy. Esta voz era fuerte, segura, con el sonido de campanas rotas dentro de pozos vacíos. COMO RATAS HACIA EL VENENO.

Caminó más rápido. Las estanterías se alargaban hacia el cielo como uñas muertas. Los libros la observaban. No la consentían.

¿BUSCAS CONOCERNOS? ¿BUSCAS CONOCERTE A TI MISMA? ¿O BUSCAS OBSENIDADES TODAVÍA MÁS SUCIAS? La voz era una burla, una mofa; también era un chorro de risa estridente, sonoro y desgarrador. Ella estaba desnuda en la oscuridad.

—¿Delfina? —Okorie, desde muy atrás—. Delfina, ¿estás bien?

HAS VENIDO A NUESTRA MORADA. Las estanterías se estaban cerrando. No había estanterías. HAS LLEGADO AL TÉRMINO DE TODO LO QUE ES BELLO Y EN RUINAS. Sus pisadas no hacían ruido. HAS VENIDO A LA ALAGADDA OSCURA, Y ERES BIENVENIDA AQUÍ.

Dejó de caminar. Cerró los ojos.

VEN A MÍ, la voz cantó. VEN A MÍ, Y TERMINA.

—Esto no se termina. —Su propia voz la despertó de golpe y abrió los ojos.


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Ella estaba de pie - los cuatro estaban de pie - en UN CHARCO DE LÁGRIMAS CALIGINOSAS. Había libros en el agua, REVELACIONES CATASTRÓFICAS AHOGADAS, con las palabras desprendiéndose de las páginas empapadas para sumergirse bajo la tensión de la superficie. Ibáñez se arrodilló en la oscuridad y pasó los dedos por UNA MEMBRANA ENTRE EL VENENO Y EL-

—¡SUFICIENTE! —Sus compañeros retrocedieron cuando el grito de Ibáñez resonó en el vasto lago subterráneo. Los tres la miraron con reproche.

AQUÍ ESTÁ TU CONOCIMIENTO, uno le reprendió. AHÓGATE EN ÉL..

Parpadeó.

—Conocimiento. —Miró al estanque, luego metió la mano y cogió uno de los libros. Su interior carcomido se deslizó sobre su ropa cuando cerró la tapa. No podía leer las palabras, pero la letra era LO QUE QUEDA CUANDO LOS NOMBRES MUEREN. Entrecerró los ojos. La letra era ** UNA IMPRESIÓN DE LA LOCURA QUE HABITA EN TODOS NOSOTROS.** Respiró profundamente, apretó los ojos y lo intentó por última vez.

El título era sencillo: Expoliación. Lo dejó caer, y las aguas tranquilas se lo tragaron sin siquiera una gota de protesta. Recogió otro. Grietas y rosas. Otro. Los auspicios del libertinaje. Las palabras en inglés surgieron a través de la silenciosa lengua de Alagadda como una ballena que salta en el océano.

—Por supuesto, —dijo Okorie, arrodillándose para mirar por encima del hombro de Ibáñez—. La escritura de Alagadda se traduce por sí misma dentro de la ciudad.

Se situaron juntos y los cuatro formaron un círculo en el centro de la piscina.

—A esto se refería el archivista, —dijo Ibáñez. Levantó la espada y la hizo girar lentamente—. Teníamos que llegar a la fuente.

La hoja era un haz de luz blanca y pura, por lo que pudieron leer la inscripción con perfecta claridad. Ibáñez la pronunció en voz alta:

—No voy a desaparecer.

YA LO VEREMOS, su tercer compañero le espetó, y en el instante antes de que ella se diera cuenta de que no tenía un tercer compañero, cayó sobre ella.


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EL EMBAJADOR DE ALAGADDA le clavó sus afiladas uñas en la carne de la mano derecha, y ella cayó de espaldas en el estanque negro. A través de la oscuridad que se arremolinaba, vio la ausencia de un rostro, con envolturas destrozadas que se desprendían como una piel pelada.

TE CONOZCO, cacareó. NO ERES NINGUNA HEROÍNA.

Su espalda rompió la superficie - aunque todavía podía ver las caras desesperadas de Okorie y Placeholder mirándola - y se desplomó sobre el suelo de baldosas pulidas del pasillo de acceso al ascensor principal del Sitio-43. Un centenar de espectros vendados se dirigían hacia ella, y descubrió que la espada que tenía en la mano era ahora un elegante y brillante rifle de alta tecnología.

ASESINA, el más cercano le espetó, y ella le respondió con fuego. En el momento del impacto se transformó en una mujer aterrorizada con un uniforme de seguridad; se alejó girando, con ambos brazos cortados por los hombros, y la sangre salpicando las limpias paredes blancas.

COBARDE, gritó el siguiente, echando las manos hacia atrás en señal de desafío; la mujer en la que se convirtió desapareció en una niebla roja cuando Ibáñez apretó el gatillo.

CARCELERA fue la última palabra de la muchedumbre que se aproximaba, mientras Ibáñez retrocedía contra la pared y los rociaba a todos con fuego sostenido. Cayeron sobre ella, despedazados, empapando de sangre las baldosas, hasta que una mano con garras presionó su cabeza hacia el líquido que se expandía. NO ERES NIINGUNA SALVADORA.

Salió de un charco de agua de pantano como una criatura que tosía y sollozaba. El cielo estaba en llamas y los aviones rugían en lo alto, lanzando artillería pesada a una aldea junto a la laguna, mientras hombres y mujeres vestidos con trajes de DM se esforzaban por montar un cañón antiaéreo.

La antorcha que llevaba en la mano se había partido por la mitad, pero la incandescencia de arriba iluminaba escabrosamente la nube roja que se expandía en el agua ante ella. Una niña pequeña yacía boca abajo en el fango, con un único orificio de salida en la parte posterior del cráneo. Ibáñez se agachó - luchando contra el impulso casi irresistible de dejar caer la linterna - y dio la vuelta al frío cadáver de su hermana.

—Esto no ES REAL. Su voz desapareció en el ronquido gutural de la bestia vendada sin rostro, que se acercó y cerró sus garras alrededor de su garganta. NO ERES NADA.

Esta vez se defendió, golpeando al embajador con la antorcha rota. Parecía más alto, más delgado, más seguro de sí mismo con cada golpe.

—¡Esto no es real! —Gritó—. ¡Esto es un sueño!

HOY EN DÍA LOS SUEÑOS SON MÁS REALESS QUE TODA LA MAGIA DE ALAGADDA. Las vendas se desprendieron y una forma elástica de noche pura la envolvió. Sintió que sus dedos se aflojaban al sostener LA ANTORCHA LA PISTOLA la espada, y cuando el Embajador la empujó al agua una vez más, comprendió lo que estaba sucediendo.

Respiró profundamente mientras la aprisionaba bajo la tibia superficie, despejó su mente y se concentró en lo único que le importaba por encima de todo: Su fracaso en la fuente, donde yacían muertos diez hombres y mujeres buenos.

NO ERES NINGUNA LÍDER. Unos dedos afilados se clavaron en su cuero cabelludo y sus ojos se llenaron de sangre cuando salió al paisaje de Kayaköy, iluminado por la luna y bañado por la lluvia. Chapoteó en la cuenca de la fuente, tosiendo agua de lluvia y con arcadas de aire hirviendo. La bestia se encontraba en los escalones de la iglesia, mirándola con un aire de malicia casual e impersonal. PODRÍA DESPEDAZARTE CON UN SUSURRO, gritó. PERO ES MUCHO MÁS ENTRETENIDO DEJAR QUE LO HAGAS TÚ MISM-

—Fuego, —balbuceó, y sintió una ráfaga de satisfacción cuando el Embajador se quedó paralizado, confundido, justo antes de que diez rifles con munición de punta hueca lo hicieran pedazos. Sus agentes vaciaron sus cargadores; el monstruo perforado dio un paso adelante y luego se precipitó de bruces por las escaleras. Tuvo la breve visión de una túnica blanca que soplaba enloquecida con el fuerte vendaval que había detrás, antes de que toda la escena desapareciera abruptamente en la inexistencia.

Estaba a gatas en el interminable estanque del conocimiento. Su enemigo estaba boca abajo en el agua, entero pero inmóvil. Aflojó el agarre de su espada y la sostuvo detrás de ella; no vio cuál de sus amigos la tomó, concentrada en el acto salvajemente satisfactorio de extender la mano y romper el cuello de la odiosa criatura. Un sonido como el de un eslabón de una cadena que se rompe resonó en la caverna, y ella se arrastró fuera del lodazal.

Okorie le devolvió la espada sin mediar palabra. Brillaba como un faro en la oscuridad.


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—¡¿Qué mierda era esa cosa?! —Placeholder vociferaba mientras caminaban por el corredor de piedra.

—El Embajador de Alagadda. —Okorie estaba tranquila—. Uno de los hechiceros más poderosos que jamás haya pisado la Tierra.

—¿Está muerto?

—Para empezar, ya estaba muerto. —La maga puso cara de disgusto—. En circunstancias normales, podría habernos desintegrado a nivel atómico sin pestañear.

—Sí, —asintió Ibáñez. Su voz era sombría, pero de alguna manera más fuerte—. Lo dijo. Por eso perdió. —Levantó la mano para limpiar la sangre que sentía correr por su cara; su mano resultó limpia—. Los villanos nunca saben qué pasa a su alrededor.

—¿Ese era el villano? —Placeholder la interrumpió—. Okorie, lo llamaste embajador. ¿Sirve al Rey Ahorcado?

—No digas ese nombre en voz alta. —Okorie hizo una mueca—. La respuesta es "sí" y "no". Es complicado.

Placeholder metió la mano en el bolsillo de su bata de laboratorio.

—¿Alguna de ustedes sabe algo sobre arquetipos de personajes?

Ambos se encogieron de hombros mientras él sacaba su detector de fluctuaciones narrativas.

—Específicamente, ¿saben cómo llaman al segundo al mando del gran villano?

Volvieron a encogerse de hombros mientras él ajustaba los diales del aparato.

—Lo llaman Dragón.

Ibáñez dejó de caminar.

—¿Estás diciendo…?

—Estoy diciendo que sacaste una espada de una estatua, salvaste un estado soberano, luchaste y quizás incluso mataste a un dragón, y… —Miró fijamente el detector—. … Sí. Estamos en la cima de la escala, aquí.

Ibáñez cambió su postura con impaciencia.

—¿Y eso qué significa? ¿Hablando en términos prácticos?

—Significa que tenemos que empezar a moderar este asunto, o vamos a arrastrar a los autores a nuestro nivel y quedaremos atrapados en una narrativa eternamente ascendente. Por muy divertido que sea verte alcanzar la apoteosis heroica, aún queda ese pequeño asunto de que hay que salvar un mundo.

Los ojos de Okorie brillaban con la luz de la espada.

—En realidad, sobre ese tema… —Extendió la mano para tocar la espada y luego la retiró para chuparse el dedo—. Ups. Ejem. —Ordenó sus pensamientos—. ¿Tenemos claro por qué este trozo de metal muerto se ha ido acercando gradualmente a la carga crítica?

—Está hermanando su potencial de protagonismo, —dijo Placeholder.

Ibáñez le miró fijamente.

—¿Qué?

—Está sacando fuerzas de tu heroísmo, —explicó Okorie—. No, tacha eso. Está igualando la fuerza de tu heroísmo, de la misma manera que Kayaköy refleja la satisfacción de los turistas. La ciudad pidió un héroe, y tú respondiste. Por quién eres. —Apretó los hombros de Ibáñez—. Hemos venido a Alagadda desde Turquía, Delfina, a través de la maldita Biblioteca de los Errantes. ¡No lo hicimos para leer una inscripción que no nos decía nada útil! Lo hicimos para hacerlo.

—La espada despertó la búsqueda, y la búsqueda despertó la espada, —convino Placeholder—. A través de tu absurda secuencia de hazañas.

—¿Sabes cuánto tiempo hace que alguien cambió el equilibrio de poder en Alagadda? —Preguntó Okorie—. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que los Carceleros se paseaban libremente por los pasillos de la Mano? ¿Cuántas décadas hace que Kayaköy no hablaba? —Se rio—. ¿O cuánto hace que mis venas no se sentían llenas de fuego? —Estaba sonriendo tanto como para avergonzar a la espada—. Eso es lo que hace esta cosa. Refleja lo que hay dentro de ti, agitando las historias, dando vida a lugares muertos y moribundos. ¡Por lo que sabemos, hay suficiente cambio en bruto acumulado en esa hoja como para revertir el Impasse por completo!-

Ibáñez lo consideró mientras llegaban al final del pasillo, un grueso pasaje de piedra que conducía a una amplia oscuridad.

—Bueno, —dijo ella—. ¿Santa mierda?


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Un temor vacío se apoderó de ellos al cruzar el umbral. Se encontraban en el borde de una gigantesca habitación circular, un arrecife de pilares retorcidos, estandartes rotos y columnatas abismales. Pasajes como el que acababan de abandonar se ramificaban en todas las direcciones, leyendas en siniestros símbolos tallados sobre dinteles de ébano. El corazón de la sala del Rey Ahorcado era una escalera circular que conducía a un estrado elevado, dominado por un trono crepuscular esculpido con escenas y figuras que se arrastraban bajo sus ojos como el recuerdo de gusanos en una tumba. Estaba plagado de pinchos de aspecto desagradable, eslabones rotos de metal negro y tramos deshilachados de cuerda negra. Una sola cadena colgaba del techo invisible, balanceándose con una bocanada de aire que no perturbaba el polvo que cubría cada superficie expuesta.

El trono estaba vacío.

Okorie los llevó de vuelta al pasillo, con sus facciones oscuras y funestamente pálidas.

—Tenemos un problema. —Casi se atragantó con las palabras—. La única manera de salir de Alagadda es por una puerta. Una puerta de verdad. —Señaló con un pulgar por encima de su hombro—. Puede que haya una allí, pero definitivamente hay puertas en la ciudad.

—Entonces, ¿vamos y salimos? —Ibáñez sintió que se le subía el pulso.

Okorie negó con la cabeza.

—El Rey es libre. Creo que tú… Creo que nosotros lo liberamos.

Ibáñez levantó la espada entre ellos, y Okorie sacudió la cabeza con más fuerza.

—Ya viste lo que le hizo al Embajador. Si el Rey Ahorcado pone sus manos en eso, sin nada que lo retenga, no tendremos que molestarnos en salvar el mundo. Ya estará condenado.

Placeholder estaba hiperventilando.

—Entonces, buscamos en los pasajes, y esperamos encontrar una puerta.

—¿Y si no la encontramos? —Ibáñez observó con atención el rostro de su amiga.

Okorie se apartó de ella.

—Elige un pasillo, cualquier pasillo, y corre.


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La luz del salón era curiosa. Podían leer las inscripciones de cada pasillo, pero el espacio al otro lado del estrado, donde se encontraban las escaleras de caracol que conducían a Alagadda, era una oscuridad absoluta. A medida que se desplazaban de puerta en puerta, contemplando los interminables túneles de roca sin luz, se dieron cuenta de que las sombras no se alargaban ni se acortaban con el movimiento de su improvisada antorcha.

Encontraron un total de una puerta, una cosa de madera de color negro azabache con un patrón de cerraduras en forma de estallido. La leyenda del panel decía "ADYTUM", y Okorie se negó a intentar abrirla. Con los dientes apretados y los rostros entumecidos, rodearon la plataforma del trono y se dirigieron a la penumbra inmóvil donde-

La penumbra se movió.

—Oh, —dijo Okorie. Metió la mano en su mochila, sacó una bolsa de cuero y vertió su contenido en su mano izquierda. Juntó ambas manos y una nube de cinabrio se expandió a su alrededor—. Adiós.

—¿Qué? —Ibáñez agarró el hombro de la maga; los músculos de Okorie estaban tensos, y plantó sus pies firmemente en la suciedad.

Placeholder escudriñó los túneles frenéticamente mientras Ibáñez intentaba obligar a su amiga a mirarla. Okorie se frotó las manos hasta que ambas tuvieron el color del óxido antiguo, y luego comenzó a trazar líneas en el polvo remanente.

—¡Udo! —Ibáñez se movió para ponerse delante de Okorie, pero la mujer se dio la vuelta y la empujó bruscamente hacia atrás. Su cara estaba llena de lágrimas—. Tienen que irse. —Se arrodilló para dibujar líneas en el suelo con los dedos, esculpiendo un intrincado diseño a su alrededor mientras la bruma negra se extendía tras ella. Una madeja de antimateria, un tapiz desenredado de la nada absoluta, una multitud de tentáculos tenebrosos retorciéndose hacia ellos…

Ibáñez levantó la espada, y Okorie le obsequió una sonrisa angustiosa antes de encender un fuego entre el pulgar y el índice, presionándolo contra las figuras del suelo.

Un muro de llamas estalló bajo sus pies, dividiendo en dos la sala del trono, separando a Ibáñez y a Placeholder de la creciente maraña eclíptica que era la sombra del Rey Ahorcado. Ibáñez apretó las manos contra el fuego; estaba frío al tacto, pero firme como una piedra sólida.

Okorie imitó el gesto de su amiga, luego frunció los labios y la empujó. Ibáñez salió despedida hacia atrás, deslizándose por las sucias losas. Placeholder la levantó mientras gritaba:

—¡UDO!

El espacio tras el muro de fuego era ahora una noche sin estrellas ni luna. Okorie levantó ambas manos por encima de la cabeza, con el pelo alborotado, los músculos tensos y la columna vertebral recta. El cuerpo vacío del Rey la obligó a retroceder, poco a poco, acercándose a una puerta marcada con el simple signo de tres medias lunas.

Seguía siendo una imagen de perfecta determinación cuando Ibáñez la perdió de vista, arrastrada a través de un pasillo sin luz marcado como NEVERMEANT por el angustiado pero insistente patafísico.


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No habían recorrido quince pies antes de que Ibáñez sintiera un violento impulso de volver corriendo a la sala del trono, más fuerte que la maldición del archivista en la Biblioteca, más fuerte que la atracción de una polilla hacia una flama centelleante.

—Tenemos que volver.

Placeholder no hizo ningún movimiento para retenerla; obviamente conocía su propia fuerza.

—No podemos. Esta es la única manera de avanzar. —Se pasó ambas manos por su pelo oscuro y rizado—. Tenemos que sacarte de aquí. Tenemos que sacar la espada de aquí. Tú eres la protagonista. Okorie y yo…

—No, —replicó Ibáñez.

—Okorie y yo solo somos personajes secundarios. —Levantó las manos a la defensiva—. ¡Es cierto!

Ibáñez resistió a duras penas el impulso de abofetearle. Señaló hacia el pasillo.

—¡No me hables de patafísica ahora mismo! Mi amiga, mi amiga, va a morir ahí detrás si no la ayudo.

Sacudió la cabeza con tristeza.

—No. Ella va a morir tanto si la ayudas como si no. La pregunta es, ¿lo harán todos los demás?

Ibáñez cerró los puños.

—No sabes a dónde va este camino. Por lo que sabemos, nos podrías estar llevando a un callejón sin salida mientras Udo es… —Parpadeó para contener las lágrimas de furia—. Y todo para nada.

Placeholder frunció el ceño mientras golpeaba el detector narrativo con un dedo.

—Yo a dónde vamos. Alagadda está en las proximidades del Nevermeant, un vacío interdimensional. Un espacio-entre-espacios. Con el colapso de la magia, si mis teorías son correctas, es un reino de pura patafísica. El dominio de los autores.

Ibáñez parpadeó.

—Si tus teorías son correctas.

Asintió con la cabeza.

—Hablé con Okorie sobre esto antes de salir de Sloth's Pit. Siempre existió la posibilidad de que quedáramos atrapados en un bucle por aquí, con nuestro mundo tan impregnado de poder narrativo. —Suspiró—. Si eso ocurría, acordamos llevar las cosas al límite.

Sintió que se le tensaba la mandíbula.

—Llevar las cosas al límite.

Parecía consternado.

—Marca otra casilla narrativa. Involucrar a los autores. Tocar una última nota en la escala de clichés. —Su mirada fulminante le retó a decirlo, así que tragó con fuerza y accedió—: Un gran gesto. Un sacrificio.

Por un momento ella pensó clavarle la radiante espada en el corazón. Por un momento, pensó que podría abatirlo contra la reluciente mampostería negra. Por un momento pensó que podría perder la cabeza, y entonces su corazón saltó a su garganta y una luz cegadora brotó del filo de la espada.

—No es un puto sacrificio. —Le puso la punta de la hoja justo debajo de la nariz—. Es un cliffhanger.


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Al principio, parecía haber una luz al final del túnel. Luego se hizo evidente que se trataba de una ausencia de luz y de oscuridad, de un gris que se arrastraba y que barría toda claridad y color. Corrieron a través de la niebla que se oscurecía, Ibáñez echando breves miradas detrás de ellos; durante unos preciosos instantes aún quedaba el vacío, el silencioso monumento al incierto destino de Udo Okorie, pero pronto no quedó ni siquiera la ausencia de la nada-

Sus pies pisaban una alfombra de felpa gruesa, arrojando nubes de polvo a través de una galería iluminada por las estrellas y revestida de arce vibrante.

—Esto no es real, —dijo Placeholder, con la mirada fija en el frente. Había fuego ardiendo más allá de las ventanas emplomadas, y un repentino lamento partió la noche con la fuerza suficiente para-

Corrían a través de un laberinto de ortigas, mirando a un cielo hueco. Una soga colgaba del cielo, una figura amorfa se retorcía en el extremo de la cuerda.

—Estamos atravesando las capas, —soltó el patafísico—. Sigue moviéndote-

Bajaban a toda velocidad por una calle nebulosa y bordeada de vallas, con filas de cadáveres con ojos muertos que se movían para verlos pasar. Las trompetas tronaban en lo alto; algo enorme se movía en la niebla.

—Ya casi, —jadeó Placeholder, claramente sin aliento-

Estaban cayendo a través de un vacío, de nuevo, y de repente ella supo que estaba siendo observada desde detrás del velo.

—Nunca te he dicho cómo recibí mi nombre, —comentó Placeholder. Sus ojos estaban abiertos y desorbitados mientras señalaba el vacío que había delante—. Llamé la atención de algo, y me MALDIJO.

Estaban clavados contra una cortina de terciopelo negro como mariposas en un tablero de muestras, con una masa metafísica cerniéndose sobre ellos, tratando de agarrar-

—Nosotros mismos hemos aprendido un par de cosas sobre maldiciones, en el entretanto.

Un aullido de estática, un septenario de cadenas, un rictus inhumano surgiendo detrás de ellos y un grito desde más allá de la cuarta pared, y-


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Aldea de Kayaköy

República de Turquía


Estaban sentados uno al lado del otro en un incómodo banco de madera, mirando a una figura de túnica blanca que flotaba sobre el púlpito. Sus ropas ondeaban con una brisa invisible.

El final del final está cerca.

—¿Qué era esa cosa? —Su propia voz sonaba plana, vacía, ajena a ella—. ¿Lo de cuando el autor vino por nosotros?

—Era una precaución, —murmuró Placeholder, mirando fijamente la aguja inmóvil de su detector de fluctuaciones narrativas—. Un último recurso contra los escritores, en caso de que se produjera una situación de emergencia. Un plan de contingencia que nunca pensamos que tendríamos que utilizar. —Exhaló una bocanada de aire—. Lo desplegué en la noósfera antes de salir del 87.

Ibáñez le miró, casi demasiado agotada para preguntar:

—¿Por qué no se lo dijiste a nadie?

Respondió tímidamente, reconociendo el fuego en sus ojos.

—Porque entonces no nos habría encontrado, porque no habría sido un deus ex machina. Tenemos que seguir las reglas, ya sabes.

Miró la espada, - no voy a desaparecer - que brillaba como bronce pulido, y sacudió la cabeza.

—A la mierda con ese ruido. —Se levantó y se dirigió a las puertas abiertas, ignorando deliberadamente el persistente genius loci—. Las reglas me siguen a mí, empezando ahora mismo.



<FIN DEL REGISTRO>
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