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“¿D-6106?”

Ella parpadeó. De repente, D-6106 recordó donde estaba, y lo que estaba haciendo.

“¿D-6106? ¿Hola? Te congelaste por un segundo. ¿Qué esta pasando?”

La voz provenía de una caja en la pared. La joven sabía que pertenecía a un hombre en una bata de laboratorio, de varias habitaciones de distancia, mirándola en un video de circuito cerrado. Ella estaba sola en la habitación; en un cubo de hormigón débilmente iluminado en las profundidades de dios sabe donde.

Se estaba acercando al pequeño cofre de marfil. Había una mancha debajo de sus dedos. ¿Lo había tocado? No recordaba haberlo tocado…

“Si- eh, disculpe” dijo ella, bajando su mano, mirando alrededor hasta encontrar la cámara. “Yo solo… estaba como-”

“¿Una sensación de pavor?” respondió la voz. “¿Como si la última cosa en el mundo que tuvieras hacer es abrir esa caja? Te dijimos que eso podría suceder. Solo ignóralo.”

D-6106 volteó y miró el cofre. ¿Pavor? Oh sí, ella sintió eso; a escalofrío, su estomago se revolvía del pavor. pero bajo la sensación de miedo parecía haber una verdad real y tangible… no podía precisarlo. Como saber que estaba olvidando algo importante; como dejar en casa la estufa encendida, o olvidar la fecha limite para un proyecto escolar.

Muy en el fondo, D-6106 sabía que ese sentimiento tenía una fuente. Una razón. Como despertar de un sueño, la forma se desvanecía rápidamente, dejándola sola con los ecos de adrenalina y miedo. ¿Qué era? ¿Qué había visto? ¿Qué pudo-

“Reanude la prueba.” dijo la voz, de forma tranquila, como si otra persona hablara. Luego, volvió a ganar volumen nuevamente. “D-6106, abre a SCP-5055.”

Dejó todos sus pensamientos a un lado, sabiendo muy bien lo que sucedería si no cumplía. Soló había una cosa por hacer.


Ella abrió la caja, y adentro había…


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“Huh.” dijo ella, tomando un pedazo de papel y leyéndolo. “Bien por mi, ¿supongo?”




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SCP-5055.


Procedimientos Especiales de Contención: SCP-5055 se encuentra actualmente en la bóveda de adquisiciones del Sitio-19. SCP-5055 será reubicado en una cámara de contención apropiada una vez completada las pruebas.

Descripción: SCP-5055 es un cofre pequeño compuesto de marfil, bronce y madera teñida. Este cofre fue recuperado de un sitio arqueológico bajo las ruinas de la Antigua Constantinopla, sellado en un cubo de 6m2 se cemento solido, o concreto romano. Cuando se toca, SCP-5055 infunde una intensa sensación de terror.

El 1 de Enero de 2020, D-6106 fue instruida para abrir SCP-5055, y determinar su contenido. El único objeto presente dentro de SCP-5055 era una nota escrita a mano que decía “Tu Ganas.”

No se ha detectado actividad anómala después del evento. Cerrar y abrir SCP-5055 no ha producido nueva información, o la repetición de los efectos previamente observados. De acuerdo con los protocolos de contención, SCP-5055 será desclasificado el 17 de Octubre de 2021.


La regresaron a su celda. Seis meses después, después de sobrevivir a encuentros más aterradores, D-6106 fue amnesteciada, y liberada bajo el nombre de Mona Willis.

Mona trabajó como recepcionista durante varios meses antes de regresar de nuevo a la escuela. Después de eso, se convirtió en una contadora certificada, y sus compañeros de trabajo rápidamente se dieron cuenta de que, por alguna razón, Mona sabia como manejar el estrés como si fuese un soldado bien entrenado. En menos de diez años, ella dirigiría la empresa.

Mientras trabajaba, Mona conoció a un hombre maravilloso. Era tranquilo, amable, no violento; todo lo opuesto a su difunto y olvidado exmarido. Juntos tuvieron dos hijos felices y sanos, y a su vez tuvieron sus propios hijos. En un abrir y cerrar de ojos, Mona se había convertido en una anciana; una abuela contenta y atendida en sus años dorados.

Aunque algunas noches, tenía pesadillas terribles.


Se encontraba encima de un océano negro y turbulento, flotando sobre la Tierra misma en miniatura. La pequeña bola azul-verdosa era apenas más grande que su propio cuerpo, y estaba en pánico constante, tratando desesperadamente de mantener a ambos a flote.

En la distancia, agujas de marfil salpicaban el horizonte, como los dientes de aguja de un gran horror sin nombre. Parecían extenderse más allá de la atmosfera, los picos dentados e irregulares sostenían una única luna enorme de color rojo-sangre.

Eso dominaba el mundo por encima de ella, extendiéndose hasta los bordes más extremos del cielo nocturno. Su superficie era un cielo carmesí, hirviendo y agrietándose, segundo por segundo creando nuevos continentes para ser cortados en flores fundidas.

Un cataclismo sin fin.

Por mucho que lo intentaba, no podía cerrar los ojos. Estaba obligada a observarlo todo: la luna arriba, las torres del más allá, y el océano lleno de nuevos horrores cada noche.

Algunas veces veía los rostros de sus seres queridos, sus caras delgadas y aullantes, acercándose desde las profundidades. Algunas veces veía grandes bestias; como leviatanes de otro mundo atrapados en un conflicto eterno, derramando sangre sucia y repugnante en las aguas que la rodeaban. A veces el mar estaba rodeado por sanguijuelas y extrañas criaturas, nadando rápidamente y arrastrándola poco a poco.

Algunas veces no había nada. No había olas, no había luz, no había sonido; solo agua negra e interminable. De algún modo, esas noches eran las peores de todas.

No importa cuanto luchara o remara, el océano siempre se la tragaba. La Tierra que abrazaba se deslizaba de sus manos y caía a la oscuridad. Luego, estaría ingrávida, sin aliente, y tranquila. Por un momento, se sentía que estaba al borde de algo terrible y honesto.

Pero luego estaría en una habitación, solida y seca. Una habitación de hormigón, conteniendo un cofre pequeño ornamentado.

Ella abrió la caja, y adentro había…


Luego, se despertaba.

Después de unos minutos de estabilizar los latidos de su corazón y recuperar el aliento, Mona cojeó hasta el baño para echarse agua fría en la cara. Como los sueños, esto era su rutina, y honestamente ya no le preocupaba mucho.

Por más terroríficos que pudieran ser, Mona interpretó que los sueños probablemente eran simplemente simbólicos; el miedo subconsciente de una verdad obvia que se avecinaba. A pesar de eso, ahora tenía más de 80 años, y los doctores le daba un medicamento nuevo con cada chequeo. Ya no le importaba lo que hubiera dentro de la caja. Muy pronto se enfrentaría a un misterio mucho mayor; quizás el más grande de todos ellos.

Entonces ¿por qué preocuparse? Había vivido una buena y larga vida. Mona no prestaba atención a los sueños cuando estaba despierta, y pasó sus últimos días tranquila y cómoda, rodeada de su familia y amigos.

Después de todo, nada era más importante.

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