Ese Purificado Polvo
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"Que admirable fábrica es la del hombre."

Ruiz se erguía, ungido en la púrpura. El foco caía sobre él, con el resto teatro sumido en la oscuridad. La locura de Hamlet había arramblado por completo con él, el profundo dolor cosido en el rostro, como si el diablo mismo llamase a su puerta. Ruiz se empapaba de mares de aquella demencia, y la audiencia lamía cuanta les llegaba.

"¡Qué noble su razón! ¡Qué infinitas sus facultades! ¡Qué expresivo y maravilloso en su forma y sus movimientos!"

Se acercó a su Guildenstern y su Rosencrantz, contemplando sus ojos y viendo sus almas reflejadas en aquellas pupilas grises, apáticas. Aquellos hombres no eran artistas. Aquellos hombres no merecían sus nombres.

"¡Qué semejante a un ángel en sus acciones! Y en su espíritu, ¡qué semejante a Dios!"

Ruiz extendió sus brazos y abrió sus ropas, con las luces estroboscópicas estallando por todo el escenario. Observó a su encandilada y apasionada audiencia, que le miraban, impresionados y con las bocas abiertas por su demostración. Les estaba entreteniendo. Él, Ruiz, era el todo para y por lo que vivían.

“¡Él es sin duda lo más hermoso de la tierra! ¡El más perfecto de todos los animales!”

Era todo lo que conocían. Vivía dentro de sus mentes en aquel instante. No le veían como era él en realidad, no, le veían como debería ser, como él quería que le vieran, como él quería ser y, de hecho, pensó, lo que era él en realidad. El cuerdo que finge su locura en un mundo de locos que fingen cordura. Aquí, mundo, tienes a Ruiz Duchamp, el Hamlet original.

"Pues, no obstante, ¿qué juzgáis que es en mi estimación ese purificado polvo?"

Las luces se apagaron, el foco descendió, y Ruiz era lo único que había en el Universo.

"A mi, a mi, a mi… ¿qué me queda de ese purificado polvo? No… no. El hombre no me deleita."

Ruiz dirigió la mirada hacia el vacío, y el vacío le devolvió la mirada con una apatía interminable.

"El hombre no me deleita. Ni menos la mujer. Bien que ya veo en vuestra sonrisa que aprobáis mi opinión."

Y la luz regresó, y Hamlet tuvo a su Rosencrantz y a su Guildenstern y la obra siguió y, como ya sabemos, todos vivieron felices para siempre.


“¿Señor Duchamp?”

“¿Mm? ¿Elqué?”

Ruiz se frotó los ojos para deshacerse del sueño hasta donde pudo. Había vuelto a quedarse dormido en mitad de la galería. A plena luz del día. Varias horas. De pie. Otra vez.

“¿Señor Ruiz Duchamp?”

“Sí, ese soy, yo mismo. Perdone, no se me dan bien las caras, ¿quién es usted?"

"El cartero. Le ha llegado un paquete. Va a hacerme falta una firmita."

"Vale, vale, vale…"

Adormecido, Ruiz garabateó una X sin entusiasmo en el registro que se le ofrecía.

"¿Se lo pasamos dentro, Señor Duchamp?"

"Sí, si no les es mucha molestia. Pero, uh, pongan cuidado de no entrar en la zona acordonada. Y de no tocar nada, es un poco peligrosa ahora mismo. Ya sabe, 'reformas', je."

"Sin problema, Míster Duchamp. Los chavales se la traen enseguida.”

“Venga.”

Ruiz miró la hora en el reloj digital de su muñeca derecha. Eran las 3:45, PM.

Ruiz miró la hora en el reloj analógico de su muñeca izquierda. Eran las 3:45, PM.

Ruiz miró al reloj de bolsillo del cuadro que tenía ante él. Se estaba fundiendo sobre una rama de árbol, y probablemente no le habían dado cuerda durante algún tiempo. Ruiz sabía que no podía fiarse de mediciones de obras temporales surrealistas, y le dedicó un mohín a la pieza. Pero, aún así, seguían siendo las 3:45, PM.

Ruiz recorrió la recepción y salió por la puerta a la calle, tres portales más abajo, entró a su cafetería favorita y pidió un espresso doble, que empleó para bajar su ración diaria de cafeína en pastillas, complejos vitamínicos y antidepresivos.

Y, por fin, Ruiz se despertó.

"¡Mierda! Carol, ¿a qué día estamos?”

La sorprendida barista miró al artista loco ante ella.

"Uh… ¿miércoles?"

"Vale, bien, no pasa nada entonces. Me preocupaba que pudiera ser jueves y eso.”

"¿Estás bien, Ruiz?"

“Sí, es sólo que todo está… patas arriba, ¿sabes? Mucho que hacer.”

“Pobrecillo. Siéntate y cuéntame.”

Ruiz tomó posesión de un taburete al lado de la barra. Carol alisó su delantal antes de sentarse enfrente de él.

"Decidí declararle la guerra a una manada de artistas rabiosos que no hacen más que regurgitar basura insulsa y francamente monótona a base de entregas de correo abrasivas y ciertamente desagradables que envié directamente a sus hogares, tras lo cual uno de sus integrantes decidió, metafóricamente, pero ya fuera de la metáfora, desertar al otro bando sin darse cuenta de que el hecho de que no desertase era parte del ‘GRAN PLAN’ que ya tenía montado para todos ellos, por lo que su deserción más o menos reventó la hoja de ruta que tenía en mente aunque, tras haberme pegado despierto todo el día de ayer, toda esta noche pasada y una porción considerable del día de hoy, he conseguido reescribir el guión y con algo de suerte seré capaz de hacer que bailen a mi son antes de la ‘GRAN EXPOSICIÓN’ que es el viernes, y para entonces ya debería haber remontado el tiempo perdido para presentar mi trabajo definitivo al crítico definitivo, o quizá debería llamarle El Crítico, ambas palabras en mayúscula, si hubiese una forma sencilla de expresar algo así en verbo hablado, trabajo del que estará tan profundamente impresionado que renunciará para siempre y volverá a ser un don Nadie, con esa última palabra también en mayúscula en una graciosa y sutil bromita a la que pienso adscribirme hasta el final.”

“¿… el qué?”

“Y adiós al acto primero, por lo menos. Llegados a este punto, reconozco que me lo voy inventando sobre la marcha.”

“Sabes, cada vez que entras aquí y te tomas las pastillas, me preguntó qué coño llevan."

“Sueños y arte, Carol. Sueños y arte. Digamos que… otros tres espressos para llevar."

Carol se hizo cargo de las máquinas y, tras un breve intervalo, le entregó a Ruiz otras tres tazas de su segundo bebedizo favorito. Dejó el local y ya había terminado los tres para cuando llegó a la galería. Saludó a los recepcionistas mientras les dejaba atrás y traspasó la zona acordonada hasta entrar en una sala escasamente iluminada. Los hombres de entregas habían dejado la enorme caja marrón justo en medio de su taller, lo que la había puesto en la trayectoria de una proverbial señal celestial en forma de haz luminoso que lo marcaba como el presente divino que era. Ruiz se hizo con su hoja de sierra circular amarilla y apartó a cortes todo el embalaje, volteando la caja y dejando que cayese al suelo. Y allí, pensó Ruiz, estaba la pieza central que había estado buscando.

Era la silla eléctrica.

No era una silla eléctrica cualquiera, sino LA silla eléctrica, Old Sparky,1 usada por primera vez en el Correccional de Sing Sing en 1891 para ejecutar a cuatro prisioneros, la silla se alzaba en una sala construida específicamente para ella conocida sólo con el nombre de CASA DE LA MUERTE, una auténtica prisión dentro de una prisión. Si iba a emplear una silla eléctrica, así le partiera un rayo que iba a emplear esta. Ruiz frotó la mano contra la estructura de madera, la rondó y se sentó en el asiento en el que tantos habían sucumbido al frío abrazo de la parca.

Y se puso a soltar chilliditos de colegiala.


La Directora estaba ocupada. No era particularmente raro. En un momento dado estaba organizando la producción de al menos tres obras, una película o dos y un número incontable de proyectos paralelos, de los que algunos quizá verían la luz del día. Ella misma había sido, en su juventud, una actriz, antes de que un esguince de tobillo le hubiera arrebatado los escenarios. En su lugar, se había puesto a Dirigir, desde donde todavía podía actuar con desdén hacia quienes le rodeaban, y en lugar de recibir riñas por ello sólo hacía lo que se esperaba de ella. Discutía en aquellos momentos con su protagonista, Gonzalo, Rey de Trínculo, sobre su nada razonable pánico escénico.

“Mira, Tim, es noche de estreno. Lo has practicado mil veces, te sabes todas tus líneas y, a decir verdad, si hubiera sabido que ibas a bloquearte de esta forma no te habría dado este papel. Y ahora, vas a beberte esta botella de agua, darte unas cuantas bofetadas bien dadas, agarrarte de los cordones de las botas y subirte a mi jodido escenario en diez minutos. ¿Entendido?”

“Entendido, jefa. Sí señora. Wuuu. Vale. Muy bien.”

Si la Directora sabía de algo era cómo controlar a sus intérpretes. Un asistente acudió a su vera.

"Señora, no quiero alarmarle, pero… el público ha llegado. El teatro está lleno. Tenemos que salir pronto."

"Vale, vale. Asegúrate de que Mary se las ha apañado con el maquillaje, ¡vamos a contrarreloj, gente!"

"Comprendido, señora."

La Directora batió palmas, recorriendo vigorosamente entre los decorados, que eran de una escandalosa brillantez. Dobló una esquina y se halló cara a cara con Ruiz Duchamp.

"Hola, Directora. He venido a ver tu gran noche.”

La Directora no perdió el tiempo con una réplica, sacando un filo de su bolsillo y embistiendo con ella hacia Ruiz en un instante. Él agarró el cuchillo y lo retorció hasta que lo arrancó de su mano, con lo que dejó un limpio corte que le recorría los dedos. Se apartó de un salto y aplicó presión con la otra mano.

"Eso ha sido muy, pero que muy maleducado. Sólo he venido a saludar."

"Largo de aquí, Duchamp. Es mi espectáculo."

"¿Tu espectáculo? Para mí que no lo escribiste tú."

"Fuera de aquí, Duchamp."

"Ese clásico perdido y redescubierto. ‘La Tragedia del Rey Colgado’.”

"FUERA DE AQUÍ, DUCHAMP.”

"Sabes lo que hace, ¿no?"

La Directora titubeó.

"¿Qué?”

"Eres… eres consciente de lo que hace esto, ¿no?"

"¿De lo que hace el qué?"

"¡La obra, la obra! ¿Es que no lo ves?"

"Estás soltando tonterías. Largo de aquí."

"Sandra, por favor, escúchame. La obra no es lo que piensas, va a —"

"¡QUE TE LARGUES!"

Ruiz se detuvo y estudió a su antigua compañera de clase. Su rostro estaba cubierto del más pálido maquillaje, con sombra de ojos violeta a juego con su lápiz de labios violeta. Llevaba el maquillaje como una vieja, llevaba la ropa de una vieja, se tambaleaba como una vieja y tenía una tozudez a juego. Tal brillantez, tal chispa, trágicamente desperdiciadas tras una vida entera siguiendo la dirección de otros. Podía ver en sus ojos que nada de lo que pudiese decir cambiaría su opinión.

"Bueno, ya no puedes decir que no te lo advertí. Que me largue, pues me largo."

Le mandó el cuchillo ensangrentado de una patada, que lo deslizó hacia ella.

"Pero quédate esto por lo menos. Te va a hacer falta más adelante."

Ruiz se volvió y caminó por la puerta de atrás, con la señal verde de SALIDA brillando y zumbando sobre su cabeza conforme las luces se volvían mortecinas. La Directora se giró, apartando toda duda de su mente. Tenía un espectáculo pendiente.

"¡Todos a punto! ¡Cinco minutos más, arriba todo el mundo!"


La Directora estaba cansada. Recuperó lentamente la consciencia en su celda. Le habían atado los brazos y las piernas y le habían apoyado contra un muro de piedra. No tenía la más mínima idea de lo que ocurría.

"Despabila, cielo. Arriba, arriba."

Una voz cascada le graznaba a través una puerta de madera. Hubo el breve de las llaves entrechocando entre sí y se abrió la puerta, revelando al Agente Green, quien llevaba un taburete de madera. Se puso frente a ella, apoyó el taburete y tomó asiento mientras lo hacía entrechocar con el suelo.

"¿Ya ha vuelto con nosotros, señorita Paulson?”

La Directora permaneció en silencio.

"Lo siento, creo que no hemos empezado bien. Aunque, reconozcámoslo, la última vez que nos vimos intentaba meterme un palo por el ojo, conque vamos, creo que ya no hay forma de empezar bien."

La Directora permaneció en silencio.

“Sandra Paulson, ¿fue o no la organizadora y productora de la obra de esta pasada noche, ‘La Tragedia del Rey Colgado’?”

La Directora se encogió. Ruiz le había dicho la verdad.

"Quiero a mi abogado."

"Oh, sí, sin problema. Aquí tiene un teléfono, y aquí algún botón, y da un saltito y ya se nos ha escabullido en un santiamén. Pues no, Señorita Paulson, aquí no le toca un abogado. Sabe exactamente con quién estoy, sabe exactamente cuál es su situación, y lo único que quiero de usted, Señorita Paulson, es que se pudra en esta celda lo que le queda de vida natural.”

La Directora permaneció en silencio.

"Bien. Y ahora, Señorita Paulson, voy a preguntarle alg-"

"No lo sabía."

"¿Qué ha dicho, Señorita Paulson?"

"¡QUE NO LO SABÍA, JODER! ¡Ese jodido manuscrito, no sé quién coño me lo mandó, no lo comprobé, sólo pensé, mierda, esto parece bastante bueno! ¡Algo debidamente clásico aquí mismo, y acabo de leerme Titus Andronicus, así que pensé que a la mierda con todo! ¡Lo busco en Google y si parece blanco, leche y en botella! ¡NO LO SABÍA, LA OSTIA!”

El agente Green permaneció en silencio.

“Ese bastardo de Ruiz, debe haber sido él, ¡él y su sonrisita asquerosa, me lo manda y luego viene y me lo pasa por la puta cara! ¡Ese puto montón de puta mierda reseca, joder! ¡JODER!"

El agente Green permaneció en silencio.

“Joder… joder. Todas esas personas. Tim tenía pánico escénico y yo acosándole, yo… yo…"

Las lágrimas de Sandra arrastraron manchas negras de máscara por su cara. El agente Green sacó un cigarrillo, lo encendió e inhaló profundamente.

“Señorita Paulson, incluso aunque fuese a creerme ese arranque (y, a decir verdad, no me lo creo) no me ha dado nada en lo que basarme. Pero, sin embargo, me ha dado un nombre que ya he visto antes. Señorita Paulson, voy a hacerle esta pregunta una vez, y me va a contestar con cada detalle irrelevante, cada pequeño retazo de información que tenga, y entonces se los pasaré a mis asociados."

Green exhaló el contenido gris de sus pulmones directamente sobre el rostro lloroso de La Directora.

"Señorita Paulson, cuénteme lo que sepa de Ruiz Duchamp.”

Pues, no obstante, ¿qué juzgáis que es en mi estimación ese purificado polvo? El hombre no me deleita.
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