El Séptimo y Primero
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La noche recién se había asentado. Hace tan sólo minutos, el sol brillaba anaranjado en el horizonte, teñido del usual tono de invierno.

Jonathan miraba la pantalla blanca de la computadora, embobado.
Quizá su falta de energía y capacidad de atención era culpa de las largas horas que había pasado cada día durante meses, leyendo uno tras otro los párrafos que se sucedían en la pantalla. O quizá era la reacción natural de terminar un largo trabajo.
Pero en lugar de sentirse satisfecho, esos meses de lectura lo habían dejado con un vacío emocional profundo.

Y ahora se encontraba rodeándolo, evitando el momento en el cual debiera saltar y hundirse en la nada…
Por supuesto, era una metáfora exagerada y emocional. Sin embargo, tanto tiempo de lectura y falta de estímulo real lo había dejado ridículamente sensible a las emociones de ese tipo, al punto de creer que estaba realmente al borde del abismo.

The Scolipendra Wiki era una ficción extensísima, una vez terminabas de leer los trabajos iniciales. Pero, desde luego, era una maravilla narrativa que nunca te saciaba… Sobre todo porque aún no contaba con un final.
El grupo desconocido de autores que había producido los primeros seis capítulos se había desvanecido sin presentar una conclusión a su historia. Y mientras, su comunidad aún esperaba, con sus escritores y lectores absorbidos en una masa insípida, deshecha, casi desesperados por imitar la auténtica obra maestra que eran aquellos seis capítulos. Todos estos, claros síntomas de un imperio que colapsa sobre sí mismo.

Cada uno de ellos había sido absorbido por el agujero negro que era la narrativa de Scolipendra, sus personajes e historias confusos, que a pesar de ser incomprensibles y a veces ilógicos, lograban aunque sea hacerte sentir que entendías, pese a no acercarte nunca a un significado real.

Jonathan había dedicado su vida a esa trama, ese hilo tenue que lo tiraba de la frente, pegándolo a la pantalla. El tiempo y la vida se sucedían tras cada línea, desperdiciados gracias a la obsesión.
Pues para él no existía razón para descansar. La salud era poco más que un concepto secundario, un mínimo requerimiento para continuar leyendo. Cada segundo que posponía su comida, la necesidad de asearse, e incluso la interacción social, se hundía cada vez más en esa obsesión, único propósito que podía sentir.
Ya no era el señor inmaculado que solía ser. Era poco más que una figura, un fantasma consumido.

Pero debía continuar leyendo.

Cuando por fin terminó la última página, casi como si se tratase del último grano de arena en una playa, se sentía vacío. Él, junto a cientos más que habían dedicado su vida a aquél abismo.
Pues la obra no tenía fin. Se detenía, como el pulso de un corazón, en el sexto capítulo.
Y al final, eran una horda de fantasmas vacíos, atrapados en un laberinto para el cual no existía salida. En un sentimiento no muy lejano a la insanía, se habían congregado para intentar dibujar una puerta para salir, un final. E igual que una puerta dibujada, sus imitaciones no funcionaban,

Él había también intentado buscar satisfacción en un fandom que, esperaba, pudiera darle un buen final a su viaje. Sin embargo, seis meses de agobio, leyendo línea tras línea de imitaciones intentando llegar a la sombra de la Scolipendra original lo habían dejado agotado. Pero no había descanso posible - necesitaba ese final. Esa séptima y última pieza al rompecabezas que no lograba conseguir.

Pero Jonathan no podía hacer más que mirar la pantalla, embobado.

O quizás…

Quizás él podría ser el artífice de la séptima joya. Quizá él pudiera tocar siquiera alguna semblanza de descanso, tras tanto agobio y decepción.

Sí, eso haría. Era hora de escribir.

Con rápidos movimientos de mano, abrió un block de notas en la computadora, siguiendo su proceso básico de escritura. Como él ya tenía sus propias obras, se hacía una idea de cómo empezar.

Primero. ¿Cómo sería el tema?
El sexto capítulo había terminado con Anylle a punto de obtener el emblema negro de manos de la Sombra, apodo con el que se conocía a aquel misterioso antagonista, pero al final cayéndose en un foso sin estar más cerca que cuando había empezado.

Otros fans decían que cada entrega podía describirse con un color. El primer capítulo era blanco, por su pureza, el segundo rojo, por el tema de venganza, el tercero anaranjado por transición de furia a sensacionalismo, el cuarto amarillo dramático, el quinto verde por el rol de la naturaleza, y el sexto azul, por la sensación de libertad y algo de tristeza.

Si se había empezado por pureza y alegría blanca, el único final que merecía era negro, teñido de muerte y olvido.

Casi como una epifanía, Jonathan se dio cuenta que para que ese mundo descansara, debía matarlo. Debía coronarlo de negro, para poder darle un final. Una corona de espinas… Que la gente pudiera observar pero no tocar.

Pero no quería matarlo. Quería un final feliz…
¿Pero sería ese un final digno para la Scolipendra?
Seguramente no.

Y entonces, como una muerte a regañadientes, comenzó a escribir, a cortar la pantalla con letras negras cuales cicatrices, narrando sentimientos pasados. De a momentos, sus dedos parecían moverse con propia volición, reaccionando casi como si estuvieran siguiendo un dictado.

El escrito narraba el final de cada uno de los protagonistas, y cómo cada uno vivía sus últimos momentos enredado en una maraña de espinas negras, desangrándose sentados al fin, cual trono de sufrimiento. La barrera entre las palabras y la vida se hacía borrosa de a momentos, mientras Jonathan escribía horrorizado, pero incapaz de detenerse. Escribía segando las vidas de sus personajes como una Muerte silenciosa pero apenas visible.

Pero luego de cercenar la vida de la pareja de Anylle, sentía que no podía seguir.
No podía continuar asesinando aquellas diminutas consciencias literarias, marionetas ignorantes del hilo del destino que tejía un camino para ellas. Se rehusó a escribir. No podía.
Sus manos temblorosas desconectaron el cable que alimentaba la computadora, casi como apagar una aspiradora antes de que devorase un pequeño amuleto.

Y apartó la vista del monitor, cubriéndose las manos; Culpable.
Culpable de asesinato. Todas las vidas valían lo mismo, sin importar su tamaño… No podía matar para encontrar un final.
Aunque quizás… Quizás estaba siendo dramático, simplemente.
Sí, seguramente.

Intentó reírse mientras reconectaba la computadora. Asegurarse de que todo estaba bien.
Tan sólo deseaba que no se hubiera perdido todo el trabajo, que ya rondaba unos cuantos miles de palabras.

Expectante, observaba la pantalla cambiar con sus clicks, examinándola, buscando siete palabras al borde izquierdo…

"Copia de Seguridad: Scolipendra Cap 7.txt"

Alivio.

Sus dedos volvieron a teclear, retomando el final igual como lo había dejado, tranquilo.
Pero detrás de su tranquilidad, un sentimiento de miedo rondaba su cuerpo, manifestándose en forma de incomodidad constante, con su forma de sentarse, con sus anteojos apoyados sobre su nariz, con su forma de escribir.

Pero debía seguir escribiendo.

Y al final, Anylle, habiendo perdido la razón, lanzaba estocadas de lanza contra la Sombra, en una irreal creencia que el codiciado emblema de siete lados, esculpido en negra obsidiana, podría devolver a la vida a sus compañeros.

Cuando por fin parecía que Anylle atravesaba a la Sombra, destruyendo para siempre aquél silencioso mal, la figura se quitó su velo oscuro. Tras su capa negra revelaba el aspecto de una deidad malvada, erguida por encima de Anylle, cuyo cuerpo se veía empequeñecido.

Era una sombra detrás de la sombra. Un oscuridad más oscura que el abismo más profundo. Una presencia tal que la luz misma rehusaba iluminarla.

Se sumió en desesperación, extendiendo su mano hacia el emblema, que veía colgado en el cuello de la Sombra revelada. Y cuando estaba a casi punto de tocarlo, las espinas comenzaron a crecer y el trono se formaba y eran ya siete los muertos en tronos de espina para siempre olvidados-


Jonathan miraba la pantalla blanca de la computadora, embobado.

Había una sensación extraña persistiendo en su mente, tan en blanco como la pantalla que observaban sus ojos fijamente.

Era un bloc de notas vacío, detrás de una página en 404 en Internet. Un sentimiento de miedo lo eludía, incapaz de comprender qué estaba haciendo. Seguro era el cansancio, era imposible permanecer al cien por cien de tu capacidad luego de meses de… De…

Incluso sus recuerdos le fallaban. Definitivamente había algo mal.

Recordaba apenas aspectos pequeños. Fragmentos, como si se tratara de un sueño imposible de recordar.

Espinas… Espinas…

Siete espinas… ¿Y qué más?

Su visión se volvió borrosa, pagando el precio de horas de leer una pantalla sin mirar fuera.

Debía descansar.

Se levantó de la silla, con su espalda y detrás doliendo después de tanto tiempo. Su cabeza daba vueltas ante el cambio repentino, y Jonathan casi caía de mareo.

Ya le había ocurrido antes, cuando se levantaba para comer de la computadora, y sabía muy bien qué hacer, aunque esta vez le costó más.

Miró por la ventana al cielo oscuro. No había casi luces fuera, salvo las de la calle.

Sintiéndose aún mareado, buscó fijar su visión en una estrella al azar, para así anclar su orientación.

Las diez estrellas, siempre fijas en el firmamento, le devolvieron la mirada. Una presencia familiar en días de discordia. Hace mucho no recurría a ellas, absorto como estaba…

Ya estaba bien. No pasaba nada. Jonathan se sentó de nuevo en la silla, observando fijamente la pantalla. El mensaje de 404 seguía fijo en la pantalla, casi como una advertencia…
Hizo clic en la barra de búsqueda, disponiéndose a buscar música para relajarse. Sin embargo, cuando su mano derecha descendía, buscando encontrarse con las teclas, se detuvo en seco.
En confusión, su mirada buscó debajo, viendo poco más que la madera usual del escritorio.

Un segundo pensamiento lo confundió aún más. ¿Qué estaba buscando?
Levantó de nuevo la mirada, donde de frente lo observaba silenciosa la pared. Estaba sentado mirando la nada.

Pero aquello no podía ser menos que normal, pues era incapaz de distinguir qué podría haber estado haciendo.
Era desde luego una noche extraña. Quizá un poco de aire libre le haría mejor.
Al levantarse por segunda vez de su silla, su mirada se fijó en el horizonte ininterrumpido, oscuro en la noche. A su alrededor, no había más que firmamento y familiar tierra.

Su mirada se enfocó en el cielo. Las nueve estrellas, siempre fijas en la cúpula celeste, le devolvieron la mirada.

Las ocho estrellas, siempre fijas en la cúpula celeste, le devolvieron la mirada.

Las siete estrellas le devolvieron la mirada.

El vacío negro le devolvió la mirada.

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