El Quinto y Último
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Asaltado por una pesadilla, me desperté. Estaba dormido con la cabeza apoyada sobre la mesa del living de mi casa. Mi cara estaba cubierta de sangre de ayer y saliva de recién. Una mezcla macabra, pero que gracias a Dios no podía ver. La sangre era de mi vecino Andrés, que ayer había forzado la puerta de mi casa. Tuve que matarlo. Juro que no pude hacer nada más.

Miré a mi alrededor. Mis compañeros estaban también en mi pequeño living-cocina, bajo un silencio mortal. En días más alegres, el bullicio de la amistad hubiera llenado la casa, pero ese tiempo había pasado. Temo que para nunca volver.
Ni siquiera el más mínimo indicio de conversación podía oírse. El terror a la vuelta de la esquina de hablar y escuchar la boca de uno balbucear sin sentido era demasiado para todos. O, peor aún, atraer la mirada de otro ser vacante, consumido por el apocalipsis quintista.

Éramos siete. Siete ex-doctores de la Fundación. Los últimos siete de un grupo que solía ser de treinta. Marvin, Joaquín, Alejandro, Santiago, Valentino… Y nunca me aprendí los nombres del resto. Demasiado correr, demasiado pánico, demasiado suplicio y humo nublándome la mente como para preguntar algo tan simple. Y ahora era tarde para preguntar.

Varados en medio de Puerto Madryn, en el medio de la puta nada, imposiblemente lejos de la Instalación-57, y de la seguridad. Se sentía como vivir en una balsa con las olas alejándote cada vez más de casa.

Y el agua eran los quintistas.

Los quintistas nos habían ganado de mano. Se llegó a saber que alguien importante de Google se volvió quintista por alguna razón, y de a poco el resto de la empresa siguió. Primero en pequeños memes, luego en grandes manifestos y colecciones, el virus quintista se fue expandiendo por el Internet, demasiado rápido para que la Fundación lo detuviera. En cuestión de días el Internet estaba repleto de sus escritos y fotos infectados y nadie logró hacer nada. El Consejo O5 dudó a la hora de tomar la última decisión de desenchufarlo, optando por tácticas menos contundentes. Y como resultado, habíamos fallado. No logramos impedir que se rompiera el dique.

Podías sentir cómo ocurría, cómo nuestro mundo, hecho de cartón, se deshacía ante el maremoto que era la influencia del Quinto.
Solíamos ser un grupo alegre. Estábamos de operaciones en Neuquén, y recibimos un mensaje de advertencia de la Fundación, y aunque quisimos volver a la Instalación, había un abismo insondable entre nosotros y los Andes. Tuvimos que huir a Chubut, donde la Unidad 37 había establecido un último bastión en la Patagonia. Ni siquiera eso soportó, y las hordas quintistas lograron tumbar el edificio donde residíamos, del cual apenas escapamos.

Ocurría algo extraño. Los quintistas no tenían armas, ni eran particularmente violentos. Ya no eran fanáticos desquiciados, estaban silenciosos y sonreían. Corrían hacía ti e intentaban tocarte, asirte… Y todo lo que tocaban dejaba de ser. Se disolvía. Dejaba de tener sentido, como la tinta corrida se deja de leer.

Pero no quería pensar en eso. Me levanté de mi silla y tomé la botella de agua de la heladera, intentando concentrarme en el placer de llenar la boca seca de agua pura.
Apoyé la botella en mis labios y la incliné, esperando recibir la mínima gratificación del agua fresca… Y nunca llegó. El miserable líquido había sido afectado, y no obedecía a la gravedad.
En un ataque de frustración, tomé un cuchillo de la cocina y lo clavé en el fondo de la botella, sin saber qué esperar.
Ahora sí caía agua. Y cayó bastante hasta que me sacié.
Hice un movimiento rápido, ofreciéndole a Marvin, quien estaba a mi lado. Se negó, y pasó el mensaje a los demás, tocándoles para llamarles la atención.

Entonces, la radio empezó a crepitar.
… ¿La radio? ¿Teníamos una radio?
No importaba. Ya no importaba de dónde viniera para mí una esperanza, con tal que viniera. Ni me cuestioné de dónde salió la radio. Estaba en la mesa y nuestra TV había dejado de funcionar, así que me abalancé sobre ella, y la encendí. Por alguna razón, no hubo necesidad de sintonizarla, y a Dios gracias, era un mensaje de la Fundación.

Un hombre tosió. "A todo el personal de la Fundación, estamos intentando comunicarnos con ustedes. Soy el Doctor Torres, estacionado en la Instalación-57. Aún resistimos, aunque probablemente debamos huir a Santiago, debido al abismo que está formándose debajo de los Andes. El Director es un cascarrabias. No escuchéis al quinto."

Joaquín y los otros dos me miraron inquisitivamente. Se estarían preguntando si el mensaje era auténtico.
Sonreí, reconociendo la palabra en clave que repetía el anunciador. Significaba que el Director aún no había muerto y estaba tomando el mando de la situación. La otra clave representaba un misterio para mí.

Luego de una pausa, el Dr. Torres continuó hablando. "Debido a la situación, consideramos nuestra responsabilidad repartir paquetes de apoyo a los supervivientes." Una sonrisa asaltó las caras de todos, con un brillo de esperanza en sus ojos "Asumimos que las Unidades subsidiarias 76, 43, y 37 siguen en pie, por lo tanto, sabiendo que el enemigo no cuenta con armas de largo alcance, soltaremos dichos paquetes en su ubicación mediante helicópteros. Estos contendrán comida, y un Ancla de Realidad Scranton portable, junto a unas instrucciones para su uso correcto. Esta debería presentar protección temporal suficiente. No escuchéis al quinto."

La sonrisa se desvaneció de mi rostro mientras continuaba hablando el Dr. Torres. La Unidad 37 había caído, y se trataba del único paquete que estaba remotamente cerca. Era imposible alcanzarlo.

- "Además, contamos con que ustedes no escuchen fthgl ngg quinto hkglr humo está casi completo transición transición transición transición dejad a los mundos morir en cinc-"

Un rápido movimiento de mano de Alejandro apagó la radio, que pasaba a derretirse frente a nosotros.

Me dejé caer en la silla, sintiéndome perdido. La ventana en frente de mis ojos revelaba el horrible estado del mundo de afuera.

El cielo brillaba rosado, con motas cambiantes de verde sin color tomando el lugar de las familiares nubes. Un árbol es lo único que se interpone entre la ventana y el cielo. Bueno, quizá hubiera sido alguna vez un árbol. Parecía estar tejido con raíces de humo, y su figura era irreconocible. A pesar de ello, podía verse que había cinco troncos, cada uno de ellos con cinco ramas, cinco ramas más pequeñas, adornadas con cinco hojas, y terminando en cinco cinco cinco cinco cinco mil quinientas flores flores flores flores flores-

Aparté la vista un momento, agarrando la mesa como si fuera un ancla. Como si tuviera algún poder para mantenerme en esta realidad.
Volví a mirar al cielo, evitando fijar la vista en el árbol. Una mariposa negra de humo volaba por ahí. Sus alas se alimentaban de las flores flores del árbol, mientras el cuerpo anda por allí y las patas se arrastran por las ramas. Son cinco alas comiendo cinco flores. Me parece muy quintobonito.

Pero no. Tenía que fijarme en otra cosa. Miré el cemento debajo del árbol, que aún estaba fijo. Notar la realidad y asirme a ella era deprimente. Sentí la desesperación consumirme por dentro, como un benevolente humo nublando mi cerebro y transformándolo en un hermoso-

No. Basta. Basta.

Alcancé mi bolsillo y tomé lo último que me quedaba.
Una foto de mi familia. Mi hija y mi esposa. Ana y Laura. Aún arrugada y desteñida, era hermosa. ¡Hermosa! ¡La última realidad que quedaba para mí! Sabía que ellas estaban seguras en la 57, y la sola esperanza de volverlas a ver me llenaba de felicidad.

De felicidad auténtica. Una felicidad que limpiaba el humo de mi cabeza.

Leí de nuevo el escrito detrás, garabateado en la letra de mi hija con una lapicera negra. Era ya ilegible, pero las palabras estaban tan arraigadas en mi mente que no importaba.

"¡hla papi! ¿como stas? te mandamos un saludo cn mama. mama dice que stes bien y q te cuides"

Ése era mi desafío contra el Quinto Mundo. Mi propia Ancla de Realidad. Sobreviviría.

Pero entonces escuché un grito.

Mirando detrás, mis amigos están muriendo.

Habían entrado. No los pude escuchar. No los pude salvar.

Una mujer ahorcaba a mis amigos con su brazo derecho, y con los otros cuatro me apuntaba.

Se acercaban uno más, mirándome sonriendo.

- "¡Atrás! ¡Fuera de mi casa!" - Grité casi sin pensar.

Ellos caminó, todavía sonriendo y alzando los brazo para tocarme.

- "¡NO! ¡NO! ¡nO! !no¡ ¡nO! ¡POR FAVOR!"

Pero en lugar de matarme, tomó la foto. Con su mano infectada y horrible.

Se la arrebaté, temblando de miedo.

Ellos seguía sonriendo.

Ya no se podía leer. Estaba torcido. Quise leer igual.

Shja ftba papi dshbf jlbe

La foto mostraba cinco hijas y cinco madres. Formaban cinco estrellas. El cielo era suelo verde sin color.

Se había acabado. Era el fin.

En un ataque de ira, tomé sus cabeza, y la estrellé contra la ventana. Golpeé sus cabeza contra el borde de hierro, aún sosteniendo piezas de cristal. Entonces lancé la mitad de sus cuerpo, que flotó unos segundos antes de aplastarse con el suelo, que estaba a varios metros de distancia.
La otra mitad, que eran sus pierna y columnas, sangraba violeta tiradas en el suelo.

Mis ojos lloraban, y la lágrimas quedaban en el aire, cambiando de color. Era el fin.

Me lancé por la ventana, esperando conocer el mismo destino que los cuerpo que jhtf edba. Pero en lugar de caer al concreto, el suave pasto acogió mi caída. Me alegré de no morir, pues podría ver cómo el mundo pasaba a ser quinto quinto quinto quinto quinto.

La mariposa voló hacia mi, curiosa. Sus alas aún estaban comiendo, pero las patas la seguían. Su humo negro era hermoso. Y entonces, habló con voz de mujer;

- "Pobre pobre pobre pobre pobre, ¿Cómo te llamas? Veo que caíste, pero tu cabeza encontró humo, ¿No?

- "Sí, bastante humo veo. Me llamo Borges."

De repente, una ráfaga de realidad voló por última vez el humo de mi cerebro, y la felicidad desapareció. Rápidamente dije algo más.

- "No te interesa mi nombre, bestia horrenda. Aléjate, vete y muérete ahogada en tu puto humo."

Una pata pronunció su risa alegre. - "Entonces morirás tú ahogado en tu puto humo. Ya casi termina abraza las estrellas quintalvación."

Morir. La palabra sonaba atractiva, aunque no tenía ni idea de qué significaba. Aunque tenía una idea de cómo hacer el morir.

Miré mi mano, con mis cinco diez veinte cinco dedos, y se me ocurrió algo.

Metí todos mis dedos en mi ojo derecho, y rompí mi órbita hurgando dentro. Era una pena, porque la órbita es donde se mueven los planetas alrededor de la estrella de cinco pun-

No. Sentía dolor, horrible dolor, pero me acercaría de una vez a la salvación, lejos del humo, lejos lejos lejos lejos lej-

Quizá sería malo, pero no sé qué es sentir dolor.

Y me arranqué un pedazo de lo que había adentro de mi cabeza. No lo podía ver porque me había roto mi único ojo, aunque juraría que solía tener dos. Parecía como si fuera humo.

Y sin duda lo era, porque entonces el humo nubló mi pensamiento y me sentí feliz. Y entonces nada nada nada nada nada nada nada.

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