El Juicio de los Herejes
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Durante el reinado de Ramsés III…

Dos medjay fueron a buscar a Ahmes, escriba encargado de los registros en los graneros, diciendo que lo buscaban en el templo. Estos medjay eran de piel negra y cabellos rizados y rojizos, posiblemente mercenarios nubios contratados para reemplazar a las tropas que aún permanecían en el delta.

Ahmes tomo sus herramientas –paleta, pinceles de caña, pigmentos- y acompañó a los medjay. Ellos no sabían para que lo necesitaban y eso lo puso nervioso, aunque en su memoria no había nada por lo que debiera sentirse culpable. Ya había pasado la hora de mayor calor, la barca de Ra comenzaba descender del cielo y las calles se llenaban de gente. Llegaron pronto al rio y abordaron un transbordador hacia la otra orilla, en el cual había muchos pasajeros pero todos ellos prudentemente dejaron un círculo vacio en torno a Ahmes y sus custodios, permitiéndoles respirar.

Había mucha excitación en las conversaciones de la gente, y optimismo, la guerra había terminado, se había logrado triunfar sobre las legiones monstruosas de La carne y los aborrecibles pueblos sometidos al dios de Adí-üm. Se decía que la guerra aun continuaba en el Udja nur, pero para la tierra de Kemet ya había terminado, el reino se había salvado.

Finalmente desembarcaron en la otra orilla y el y los medjay abordaron un carro tirado a mano, cuyo conductor partió de inmediato. Poco después Ahmes vio a lo lejos los edificios monumentales que constituían el complejo de templos más grande del reino, allí estaba el templo de Amon-Ra, el de Phat, el de Montu… Y seguía viéndolos a lo lejos, no se dirigían hacia ellos sino que se desviaban al sur.

—¿A dónde vamos? —les preguntó ya realmente inquieto.

—Al templo.

—¿Cual? Este camino no…

—Al templo de la rueda dentada.

Ahora no estaba asustado, sino sorprendido, realmente sorprendido. Los adoradores de los engranajes y maquinarias, los sirvientes de Mekhane, el dios que está roto y que puede ser restaurado, como una parodia de la resurrección de Osiris. A duras penas eran tolerados en el reino, solo porque eran útiles (su trabajo permitía a los colosos de Amenhotep III “hablar”) y sus artilugios de guerra ayudaron contra los seguidores de La Carne, incluso se decía que algunos nobles los habían contratado para llenar de trampas sus tumbas subterráneas. Pero no tenía idea de porque lo llamaban a él, en su memoria no hallaba ningún motivo para ser convocado.

Continuaron por un sendero de piedra blanca que los conducía directo a su templo, y vio entonces a los arboles, plantados a la orilla del camino. Eran realmente extraños y no recordaba haber visto algo similar, con hojas de colores entre rosa y purpura, vio como unos esclavos arrastraban uno de ellos hasta un agujero abierto y lo colocaban en el, apisonando la tierra a su alrededor. Contando los ya plantados y los agujeros excavados pronto habría una hilera de veinte arboles creando sombra sobre el sendero, y mientras se alejaba algo se abrió en su memoria: el ya había visto arboles similares antes ¿pero dónde?

Finalmente llegaron al templo de los mekhanitas, el cual era totalmente subterráneo y cuyo frontispicio mostraba un complicado diseño en bajorrelieve con ruedas dentadas. Su entrada estaba custodiada además por dos estatuas recubiertas de metal, brillantes al sol y armadas con tridentes, y con el doble de altura que un hombre normal.

No… no eran estatuas, porque cuando se acercaron estas se movieron bruscamente con un agudo rechinido, apuntándoles con sus tridentes, asustándolo a él y a los medjay. Salió entonces un hombre vestido con una túnica blanca con el símbolo del martillo y el yunque bordado en negro en su pecho, tenía un rostro cuadrado, enérgico, pero pese a su color atezado sus facciones no eran las de un egipcio, tampoco las de un sirio u otro asiático y cuando hablo su acento reveló aún mas su origen extranjero, quizás del norte, mas allá del mar.

—Tranquilos, no hay razón de preocuparse —entonces les habló a los gigantes en un idioma que Ahmes no conocía, estos con un nuevo rechinido volvieron a su posición original— Soy el patriarca Electrión, pasa, te esperábamos.

Y así Ahmes ingresó al templo, con el corazón encogido por un vago temor. Pasaron por galerías alumbradas por esferas de cristal incandescentes –había oído sobre tales cosas, pero siempre pensó que eran exageradas fantasías- y cuyos muros estaban cubiertos por jeroglíficos y una rara forma de escritura que no conocía, además de un simbolismo totalmente ajeno a la decoración habitual en templos y tumbas. En ellos las líneas negras y blancas formaban complicados artilugios con ruedas dentadas, abstractas figuras humanas o semihumanas y con el símbolo del martillo y el yunque casi omnipresentes. Por un momento escuchó un sonido retumbante y a la vez apagado, un golpeteo rítmico que parecía provenir de bajo la tierra, y que luego se alejó –o ellos se alejaron- y desapareció por completo, y entonces, solo entonces él lo relacionó con el incesante martilleo en una herrería.

Más tarde la temperatura subió, como el mediodía en la ciudad, y sentía como las paredes irradiaban calor y como el piso de piedra quemaba la suela de sus sandalias, al mismo tiempo le pareció escuchar ruidos extraños, no el mismo golpeteo de antes, pero si algo metálico y leves silbidos, pero eso termino pronto.

Deseaba preguntar al patriarca si acaso faltaba mucho, pero no se atrevió, un amigo escriba le contó cierta vez que los templos de los adoradores de Mekhane eran todos de planta circular, con su habitación más sagrada justo en medio, como imitando la forma de una rueda dentada.

Y llegaron por fin a una habitación donde había otros sacerdotes de Mekhane, aunque con túnicas de distinto color –supuso que eran de una jerarquía inferior- además de dos medjay con el yunque y el martillo tatuados en el pecho. Lo hicieron sentarse en una silla y a su lado, encima de una mesa, había un raro artefacto, hecho de bronce, cobre y un metal plateado que no identificó. Era algo realmente extraño, con una esfera de vidrio llena hasta la mitad de agua y tubos hechos de intestinos de animal uniendo distintas partes del objeto. Le amarraron dos de esos tubos en cada brazo –en torno a la muñeca y poco más arriba del codo- y uno en torno al pecho, y al mover una palanca sintió como esos tubos se llenaban de agua y se hinchaban, ajustándose aun mas en torno a su cuerpo.

Cada vez estaba más nervioso y la explicación que le dieron no ayudo en nada a su tranquilidad.

—Este es un revelador de la verdad y la mentira, una creación de la infinita sabiduría de MEKHANE, mucho más eficaz que vuestra ridícula pluma de Maat —Ahmes no supo que lo sorprendió mas, si el artefacto en si o su herética grosería al hablar de los dioses— Nada debes temer si eres sincero de corazón y si no te has involucrado en actividades heréticas.

Las primeras preguntas fueron fáciles, cuál era su nombre, su edad, su profesión, etc. cada vez que respondía había un burbujeo en la esfera de cristal. Y luego vino la pregunta:

—¿Te es familiar el nombre de Rajotep?

Fue como un golpe, supo entonces la verdadera razón de porque estaba allí, y recordó también donde antes había visto arboles como aquellos, hace mucho, mucho tiempo…

La verdad era su único escudo, y el hablo con la verdad. Si, conoció a Rajotep, si, eran amigos, casi hermanos, si, sabía que se había apartado de la fe de los verdaderos dioses, (“Vuestros dioses solo son monigotes pintados —le interrumpió Electrión— pero eso no es lo importante ahora”) Si, sabía que adoraba a otro dios, uno de bosques y pastos, pero no, no lo había visto en mucho tiempo y no sabía en qué actividades profanas se había visto involucrado.

Si el burbujeo en la esfera de cristal hubiera durado un momento más, o fuese un poco más intenso, ese habría sido el fin de Ahmes, pero los sacerdotes se mostraron satisfechos con sus respuestas y finalmente le dijeron que podía retirarse.

—De esto ninguna palabra —fue advertido con severidad— Eres fiel y discreto, la prosperidad será la paga de tu silencio.

El carro lo esperaba afuera y se alejaron por el mismo sendero bordeado por los arboles sagrados del Dios Verde. Y entonces vio a los herejes, andrajosos, pálidos, hambreados, con rostros magullados. Hombres, mujeres y niños, todos atados a los troncos.

—Una demostración y un castigo, todos ellos arderán junto a los arboles que idolatran —fue la respuesta del conductor a su pregunta, la alegría en su voz no era perversa, era la simple constatación de que todo en el mundo estaba bien y ordenado.

El se hundió en su asiento y miro obsesivamente en dirección al rio. Tenía la certeza de que encontraría el rostro de Rajotep entre los condenados, y en su pecho había demasiado hielo como para soportarlo.

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