El Almacén de Cadáveres
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En otro tiempo, en otra vida, Emily subió a un ascensor de forma apresurada. Se había atrasado un poco en el camino y ahora tenía el tiempo justo para hacer su reporte sobre la escena. Presionó frenéticamente el botón del subsuelo, el "almacén de cadáveres", como le gustaba llamarlo, aunque su nombre oficial fuera las Criptas Comunes: Un total de tres kilómetros cuadrados de tumbas construidas con el fin específico de albergar los restos de criminales, sospechosos y, a veces, víctimas que tuvieran alguna relación con el mundo detrás del Velo.

Aprovechó el breve momento de tranquilidad del ascensor para arreglar un poco su traje negro. En concreto, se ató correctamente su corbata morada, su color favorito, que le había regalado su mamá cuando consiguió el trabajo. También trató de limpiarse el pantalón y los zapatos, que se mancharon de lodo cuando, en su prisa, pisó con estruendo un charco en la calle. Dios bendiga el clima londinense.

Su vestimenta hacía un elegante contraste con su clara piel blanca. Por supuesto que era blanca, ¿por qué sería de otro color?

Sacudió la cabeza para alejar ese extraño pensamiento.

Una vez terminó, se miró en el espejo e intentó serenarse. Aún quedaba un largo rato de espera; esas criptas estaban tan sumergidas en la tierra como todos los secretos que el Servicio Secreto había acumulado a lo largo de los últimos cien años. Cuando se veía a sí misma, todo esto le resultaba irreal. Hacía tan solo un año estaba persiguiendo criminales menores o adictos a las drogas, y ahora cazaba monstruos para el gobierno. Si bien seguía trabajando en rastrear y arrestar sospechosos, se vio obligada a dejar de esperar que tuvieran armas y acostumbrarse a verlos mover cosas con la mente o alguna cosa por el estilo.

Se limpió una pequeña lágrima de la mejilla y suspiró. Resultaba agotador hacer todo su trabajo. Miró su reloj, para luego rezar por que sus compañeros no hubieran visto la hora. Finalmente, la cabina se detuvo. Las puertas se abrieron para mostrar un largo pasillo flanqueado por gigantescas paredes grises cubiertas por miles de cuadrados de mármol, cada uno con los nombres de los restos de quienes se encontraban tras ellos. La verdad, el apodo que ella le daba al lugar era ligeramente incorrecto: En realidad casi no había cadáveres allí, pues la mayoría de cuerpos eran incinerados para ahorrar espacio.

A unos pocos pasos se encontraba un escritorio de madera. Desde él la observaba un hombre bajo y delgado, también con traje negro. Cuando la vio acercarse para pedir direcciones, él solo azotó una carpeta contra el escritorio, para después sumirse en su teléfono celular. Ella pudo percatarse que tenía cara de aburrimiento, e incluso de hastío.

—¿Aquí…? —Emily empezó a preguntar.

—Viene todo lo del caso. —La interrumpió aquel hombre. Encima del escritorio había una placa que decía "H. West, Archivista"—. Ve a la izquierda, luego a la derecha, izquierda, derecha e izquierda, por si no sabes ubicar el lote —continuó diciendo, sin levantar la vista del teléfono.

Emily tomó ferozmente la carpeta y comenzó a recorrer las criptas. Al lado de ella pasaban nombres conocidos y desconocidos. Algunos de ellos estaban ahí gracias a ella, otros los recordaba de historias que sus compañeros le habían contado. Le parecía raro pensar en cómo todas esas personas a su alrededor, o sus remanentes, habían sido eso, personas, con sus motivaciones, sus sueños, y ahora toda su existencia se había visto reducida nada más que un número de lote junto a un nombre. Mejor dicho, los afortunados tenían nombre, en lugar de un soso "desconocido" escrito encima.

Siguió las indicaciones del archivista al pie de la letra. A veces, las luces sobre ella parpadeaban, o el detector de movimiento estaba descompuesto y tenía que andar a oscuras. Cuando miraba hacia arriba, no podía ni pensar en toda la mierda que debía haber pasado para que las criptas estuvieran tan a rebosar de huéspedes; los muros debían de medir poco más de cinco metros de altura, y no había ninguna placa vacía.

Cuando dio la penúltima vuelta, se topó con un arco de concreto frente a ella. No tenía ningún tipo de puerta, ya que solo estaba allí para marcar la separación de una de las secciones de las Criptas Comunes: Sobre el arco estaban grabadas las palabras "LA PLAGA" con enormes letras estilizadas. Emily nunca había estado en esa parte de las criptas, ni tampoco escuchado nada de ella. Lógicamente, no iba a pasar sus ratos libres explorando un sitio que solo visitaba el personal de limpieza.

Continuó su camino hasta que se encontró con un hombre sentado en el suelo, recargado contra una cripta.

—¿Esta vez fue el tráfico o la alarma? —Dijo sarcásticamente, volteándose hacia ella.

—Que te llamen a gritos en tu día libre no es un buen inicio para tu, déjame repetir, día libre —Emily avanzó hacia su compañero, pero se detuvo al percatarse de la ausencia de otra gente—. ¿Y… y los forenses y todo el equipo?

—Vinieron y se fueron en la mañana —respondió él—. La verdad no había mucho que revisar aquí, y ya sabes todo el trabajo que se nos ha estado juntando.

—Pero, ¿el cuerpo? Me enviaron para revisar un caso, supuse…

—¿Solo tomaste la carpeta y no la leíste? Porque ese es precisamente el problema: No hay un cuerpo. —Se levantó y caminó unos pasos hacia el fondo del pasillo. Luego se detuvo para señalar algo en el suelo—. Míralo tú misma.

Ella se acercó al lugar donde estaba su amigo y vio lo que señalaba: En el suelo yacía una de las pesadas placas de mármol, rota. A un lado, en la pared, se abría un agujero muy profundo, el cual se sumía en las sombras. Emily se acercó a examinarlo.

—¿Hay cámaras? —Preguntó.

—Una, descompuesta. Ya lo reportaron, pero el Servicio tiene mejores cosas en qué invertir el dinero.

—Esto es cuestión de seguridad interna, ¿en serio me estás diciendo…?

—Te estoy diciendo que la única persona que ha pasado por aquí en los últimos treinta años ha sido un señor de la limpieza, quien ya va a entrar a la tercera edad y a quien le pagan el salario mínimo. Antes de él, estaba una señora que trabajó aquí por sesenta años sin incidentes.

Emily lo observó por un momento, sorprendida.

—¿Tan rápido hiciste las indagaciones? —Dijo.

—Bueno, el registro se lee rápido cuando no tiene más de cuatro páginas —se encogió de hombros—. Y el señor de la limpieza estaba emocionado por la entrevista, dijo que encontrar esto fue lo más interesante que le pasó en toda su carrera.

—¿Y el…?

—El archivista de la entrada solo señaló que hace dos semanas, su novia lo llamó y terminó con él.

—Fred, estoy hablando en serio —su tono de voz era grave.

—¡Y yo también! —Alzó los brazos, como indicando que no tenía nada que ocultar—. Aquí nunca pasa nada, no sé cómo rayos esperas que saque información de donde no la hay.

—Pero tiene que haber algo, por poco que sea. —Emily se cruzó de brazos y se puso a pensar—. ¿Las otras cámaras, las que funcionan?

—Nada, nadie entró ni salió. Sin estática, ni interrupciones, nada raro.

—¿Las otras salidas?

—Davies las está revisando, pero nada por el momento.

—¿ADN, huellas digitales?

—Sí, pero no hay ningún registro en la base de datos. Es un callejón sin salida.

—¿Al menos sabemos si es hombre o mujer?

—Mira, ahí sí tenemos algo. Eran varios, hombres y mujeres. Eran, eh, originarios de Europa.

—Pfff, supongo que eso es algo. —Emily se volteó otra vez hacia el agujero en la pared. Por la forma y el tamaño de la parte intacta, no era posible que un cadáver completo estuviera enterrado ahí. Se trataría de una urna con cenizas, o con huesos sueltos. Y en lo que respectaba a la parte que no estaba intacta, parecía como si algo o alguien hubiese excavado el concreto hacia las profundidades del muro—. ¿A dónde lleva esto?

—Aún no lo sé. Pedí un dron, pero están procesando mi solicitud.

—Eso no ayuda… Espera. —Con la cabeza metida en el hoyo, Emily se quedó quieta durante un instante, y luego habló—: Creo ver algo, ayúdame a subir.

Fred se dirigió a su lado y juntó ambas manos más o menos a la mitad de camino entre la apertura y el piso. Emily las usó como escalón para adentrarse en la cripta a fin de alcanzar algo con su mano. Le costó sacar aquella cosa, atascada en el concreto destrozado, pero cuando lo logró, se la mostró a su compañero.

Él la miró perplejo.

—No me jodas, ¿eso es…?

—Sí, sí lo es —dijo ella—. Lo que sea que hizo ese agujero, lo que sea que excavó a través del concreto… Lo hizo con las manos. —Sentenció—. Esto es una uña. Una uña humana.

—Que asco —dijo él—. ¿Entonces de qué hablamos? ¿Algo con fuerza sobrehumana bajó por ahí y se robó los restos de una persona cualquiera, sin aprovecharse de haberse infiltrado en un edificio del maldito MI666? Vamos, eso no tiene sentido.

—Tienes razón, Fred. —El semblante de Emily era de preocupación—. No creo que pasara así. Mira bien el agujero; yo diría que ese algo con fuerza sobrehumana salió.

Fred la miró fijamente.

—¿Hablas de un no muerto? ¿Un zombi?

—Con las cosas que hemos encontrado últimamente, no me sorprendería ver uno de esos por ahí.

—¡Pero eran solo cenizas! —Fred alzó la voz, y su eco resonó por todo el pasillo—. O un par de huesos a lo mucho, y solo Dios sabe desde hace cuánto están aquí.

—Pues lo que fuera, se regeneró y salió a estirar las piernas. Probablemente empujó la losa al reformarse, luego excavó hacia arriba para no arriesgarse a ser visto.

—Estás suponiendo que esa cosa era inteligente.

—O fue guiado por alguien, no lo sé. Y hablando de la losa, no creo que tu teoría sobre un cualquiera sea correcta —Emily se inclinó para voltear la losa de mármol. Era más pesada de lo que creyó. Cuando lo hizo, pudo leer el nombre del difunto: "Desconocido(s). Encontrado(s) en 1950, muerto(s) en el siglo XIV"—. No resulta muy ilustrativo —sin embargo, al levantar la vista, vio lo mismo escrito en otra cripta en la pared. Y en otra, y en otra.

Todas las criptas del lugar decían lo mismo.

—Quizás sí resulte ilustrativo —dijo Fred. Emily se enderezó.

—¿Qué demonios pasó en el siglo catorce? —Preguntó.

—Lo que mató a todos los de esta sección —él respondió—. La Peste Negra.

—Pero solo fue una una enfermedad, nada anómalo, no era nuestro problema encargarnos de los muertos.

—No, no era nuestro problema per se.

—¿Entonces?

—La Necropeste era nuestro problema.

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