Ecos de la Rutina
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Un estridente rugido de león resuena por todo el pasillo, o más bien un bostezo forzado. Se estaba quedando dormido, dando cabezadas sin entender realmente qué estaba está pasando alrededor suyo o donde estaba siquiera, mientras sus manos siguen escribiendo de forma automática. Pero al fin logra despejarse y apaga su computadora tras una larga jornada de 8 horas. Y ya es más que suficiente, pues van ya 10 meses delante de esa computadora transcribiendo documento tras documento sin que le dejen realizar ni una mera investigación. Al fin se encontraba en sus cortas vacaciones de Navidad, y tenía planeado ir a visitar a unos amigos en Castilla, tenían un terreno cerca de un municipio llamado… ¿Campisábalos? Puede ser, en todo caso eso significaba que ya podía olvidarse de todo hasta el año siguiente.

Abre la puerta de su despacho y el lucero del alba le sonríe a través de la ventana. Las luces del pasillo se encienden a su paso. No había nadie más a la vista. Tampoco era nada inusual, a esas horas de la noche los del turno nocturno ya estarían bastante embebidos en sus propias redacciones.

Conforme avanza, algunos de los fluorescentes más antiguos parpadean intermitentemente, pero aún así permiten ver los números en las puertas de los diferentes despachos y laboratorios de la planta. El suyo era el 133, e incluso venía acompañado de una placa con su nombre y todo “Doctor Santiago Vicario”. Conforme gira su paso en las esquinas, de cada rato va dándole un sorbo a su termo. Cualquier otra persona llevaría café o incluso té para mantenerse despierto, pero sus gustos iban más allá de lo ordinario. Él prefería traer un litro de leche entera de vaca obtenida totalmente de ganaderos locales. Siempre había sido bastante meticuloso con eso.

Por los pasillos de las instalaciones corre un aroma peculiar, indescriptible, pero a Santiago le resultaba familiar. Era como un guía queriéndole indicar la salida. Después de un largo paseo era hora de coger el ascensor, que estando en un quinto piso no debería tardar mucho. La planta era enorme, pero en ese momento le dio por recordar el almacén con la puerta de hormigón al otro lado del pasillo, o al menos parecía un almacén: una puerta de hormigón sin ningún cartel, aunque tampoco vio nunca a nadie entrar ahí.

Las puertas se abren y una voz automatizada consulta el piso al que desea ir: planta baja. Las puertas seguidamente se cierran, las luces parpadean y regresan de color blanco. Dos estrépitos pueden escucharse, así como la fricción del metal contra el cemento. Un golpe en seco torna todo blanco como la nieve, cubierto de una fina capa de lactosa bajo las chispas.

Hacía frío y estaba solo.


Se encoje de hombros y salta desde su silla. Se había vuelto a quedar dormido. Había ya bastante texto escrito en el ordenador, y se extrañó de su extraordinaria capacidad de escribir estando en un viaje astral. Se hacía tarde, y ya tenía planes para estas vacaciones, así que apaga el ordenador y se marcha. Luna nueva, y solo ilumina su puerta una única estrella en el oeste. Hay un olor raro en el ambiente, claramente familiar, pero no sabía exactamente qué podía ser. ¿Incienso? No, pero sí recordaba un poco al olor de algo quemándose, o quizás las chispas de un cortocircuito.

Era un quinto piso, y con lo cansado que estaba valía más tomar el ascensor. Mientras lo espera, saca su termo y mientras bebe su apreciada leche, cree tener un deja vu. Será mejor no coger el elevador en esta ocasión, seguro que una buena carrera por las escaleras logrará despejarlo. Las escaleras de emergencia no quedaban lejos, a menos de trece pasos incluso, justo al lado del tablón de anuncios de la planta.

“Test psicométrico: ¿sabrías definirte con una sola palabra? Comunica tus resultados al doctor Yerko Venceslao para una evaluación psicológica del sector”

Una sola palabra… ¿Trabajador? ¿Competente? ¿Amante de los productos lácteos? No, eso sería bastante predecible, lo oportuno sería buscar algo que realmente pueda reflejar lo que es… ¿Precognitivo? Sí, puede ser. Saber lo que va a pasar si uno observa con detenimiento es cuanto menos sencillo, y es que el destino es un camino único e irreversible. Si algo debe suceder, sucederá, indiferentemente de si se pretendía tomar decisiones diferentes para evitarlo. Las hilanderas del sino son sabias e implacables, pero él creía poder leer sus hilos.

Empuja la palanca de las escaleras mientras sigue inmerso en busca de la palabra ideal, cuando escucha un estruendo tras su espalda. La puerta de hormigón del presunto almacén ahora está abierta, y ese olor tan característico se acentúa notablemente. La curiosidad le invade, pero los tubos fluorescentes estropeados a lo largo del pasillo empiezan a apagarse, y así termina cediendo todo el corredor a la luz de venus. Las luces blancas de emergencia de las escaleras se encienden, y entiende que es una invitación a entrar en sus vacaciones cuanto antes. Va descendiendo a un ritmo normal y sobre el cuarto piso aligera el paso. Ya en el tercero claramente va corriendo y en el segundo salta los escalones de dos en dos. En el primero, un desliz, el desgaste inesperado en uno de los picos, una fricción con la que su calzado no podía lidiar. Y así su frente llega la primera a la planta baja, con un impulso importante besa el suelo.

Hacía mucho frío, y el alba no parecía querer asomarse.


Con algo de migraña, se lleva la mano al entrecejo mientras trata de desvelarse. Parecía la resaca tras el año nuevo. Ya algo molesto, trata de ubicarse, y recuerda haberse quedado hasta bien tarde con una de esas transcripciones infernales. Pero al fin ese año de tortura y explotación llegará a su fin.

Al salir por la puerta de su despacho, por supuesto el número 133, mira por la ventana que hay enfrente y cuando ve la única luz en el firmamento siente una punzada en el pecho. Mira hacia su izquierda, hacia el ascensor donde desembocaba el pasillo de la quinta planta, y su olfato sigue oliendo a algo que no llega a identificar del todo, puede incluso que neumático quemado. Pero sus piernas ya no van a moverse en esa dirección.

Por la otra parte no había demasiadas cosas interesantes, más allá del almacén, aunque no tendría demasiado sentido ir allí, lo único que deseaba era llegar a su casa y echarse. Parado enfrente de la ventana, recuerda que no hay nadie en el pasillo, por lo cual sus compañeros ya estarían trabajando en sus respectivos despachos. Quiso acercarse a algunos de ellos más por voluntad de contacto humano, pero se percata de que están cerrados. Todos ellos.

Entonces es cuando se plantea realmente: “¿dónde estoy?”. Es una pregunta bastante absurda, pero se vio incapaz de responderla. En una quinta planta, eso seguro. Eso parecía a estas alturas bastante evidente. Una quinta planta de un sector de… “¿de qué trabajo?”. Cree recordar eones delante de una computadora transcribiendo textos. Textos de los cuales no es capaz de rememorar una sola palabra. “Mi nombre es Santiago Vicario, transcribo textos y llevo un termo con leche caliente para mantenerme despierto”.

Se acuerda así de su bebida favorita, y decide dar algunos sorbos de ella para relajarse. Cuando guarda el termo, se percata de que la ventana delante de su oficina, la única que parece verse en todo el pasillo, está abierta, y por ella entra cierta corriente helada. Está claro. Es como si la diosa del amor le tendiera la mano desde los cielos. A fin de cuentas es un quinto piso, ¿qué de malo podía pasar? Se abren las alas de serafín para volar más allá del amanecer, pero así como Ícaro quemó sus alas por volar cerca del sol, él también pecó de imprudente al precipitarse desde el alféizar.

La nieve hiela la esperanza.


Continúa reclinándose en la silla hasta que sin darse cuenta se cae de espaldas. Del susto despierta súbitamente y consigue advertirse de la situación: se quedó dormido mientras transcribía su última tarea antes de sus vacaciones y su viaje a Campisábalos. Permanece algo perplejo, tiene la sensación de que se le está olvidando algo. Hay alguna cosa que se le está pasando por alto. Por alguna razón creía que pasaba algo raro esa noche, pero fuera lo que fuera no iba a durar mucho, puesto que justo ya había acabado su jornada.

Tras apagar su computadora sale disparado por la puerta de su despacho. De todas formas, se acuerda de que no tiene prisa, así que sediento tras la cabezada bebe un poco de la leche que guardaba siempre a su vera. El termo parecía ya bastante vacío, no recordaba haber bebido tanto. Puede ver que es de noche por la ventana y que se está acercando al alba, y de forma instintiva observa con recelo a la única estrella que brilla.

Cuando se quiere dar cuenta, escucha un chirrido leve a su derecha. A pesar de que algunas luces parpadeaban por falta de mantenimiento, llega a ver como alguien parece haber dejado el almacén un poco entreabierto. Un olor muy raro viene de dentro del almacén, un olor que despertaba algo dentro suyo. Olía como cenizas movidas por el viento. Se acerca así a la puerta de hormigón para cerrarla antes de marcharse, pero le pica el gusanillo por abrir la puerta y ver qué guardaban dentro.

No había fluorescentes ahí dentro, pero no era necesario porque iluminaba toda la estadía una pira donde ardían los cadáveres, muchos cadáveres, de una cara que le resultó familiar: eran Santiago Vicario. Todos los cuerpos, algunos más descompuestos que otros, parecen tener contusiones y laceraciones múltiples. Es entonces cuando se da cuenta: “No, yo soy Santiago Vicario”. Se escucha un golpe fuerte, las luces del pasillo dejan de parpadear y la puerta sencillamente se cierra.

En este invierno, blanco como la leche, Noel no llegará.


En un descuido, deja de escribir y su mano tira la poca leche que quedaba en el termo sobre la lamparita que usaba para escribir, esta deja de funcionar y las chispas lo despiertan. Ya era tarde y debía dejar de trabajar, pero después de tanto dormitar, estaba sediento. No quedaba leche, ni una gota. No había nada. “Espera, ¿dónde estoy?”. Este no es el despacho 133, es solo una habitación con un ordenador y una lámpara rota. No hay ninguna estrella en esa noche de luna nueva, ni hay ningún ascensor ocupando el hueco donde debería estar, ni hay escaleras tras esa puerta cerca del tablón, ni hay ninguna puerta de hormigón en el almacén. Tampoco está en ningún quinto piso, y no hay más puertas, ni ventanas, ni nada. Solo un ordenador. Está solo.

Ya no le queda leche que le mantenga despierto mientras trabaja. Ahora, ¿qué demonios estaba transcribiendo?

Ítem#: SCP-ES-133-EX

Clasificación del Objeto: Explicado

Procedimientos Especiales de Contención: N / A

Descripción: SCP-ES-133-EX es un hombre joven que se hace llamar Santiago Vicario. El sujeto ha sido capaz de configurar un espacio de 250 m2 ajeno a la realidad basal conformado únicamente por un pasillo, una habitación y un ordenador. Este espacio carece totalmente de paredes, techo o de cualquier forma de mobiliario, a excepción de un escritorio, una silla y una lámpara no funcional. De igual forma, el espacio carece de iluminación e incluso atmósfera. Se ha determinado que la temperatura en este espacio es inferior a los 0 Cº.

Se desconoce la historia de SCP-ES-133-EX, aunque se cree que se trata de una inteligencia artificial dado su comportamiento. En situaciones normales, SCP-ES-133-EX aparece espontáneamente en ese espacio durmiendo o dormitando mientras inconscientemente parece reproducir un texto en su computadora. Al despertar, se moviliza al pasillo y procede a precipitarse desde este hacia el aparente vacío que envuelve la realidad de SCP-ES-133-EX. Inmediatamente después, SCP-ES-133-EX reaparece y se repite el mismo ciclo. Se desconoce si es la misma instancia la que reaparece o se forma por algún tipo de clonación o duplicación.

SCP-ES-133-EX posee ningún tipo de conocimiento o información más allá de su propio nombre, su gusto por la leche y que su oficio es la transcripción y traducción de documentos en una quinta planta. SCP-ES-133-EX parece percibir el espacio que le rodea como un espacio regular de oficina, y no parece recordar los acontecimientos previos de cada ciclo. SCP-ES-133-EX porta siempre consigo un frasco de Dewar con una sustancia blanquecina similar a la leche de vaca, que se ha teorizado que tal vez pueda contener algún agente que anule temporalmente la consciencia de SCP-ES-133-EX.

SCP-ES-133-EX es únicamente capaz de abandonar el espacio que le rodea cuando se percate que este realmente no corresponde a la realidad basal, lo cual se producirá cuando comience a leer el documento redactado en el ordenador.

-Bueno, creo que ya hemos acabado. Has tardado un poco más de lo habitual, pero el resultado ha sido igualmente satisfactorio. ¡Enhorabuena! ¿Quieres un poco de agua? ¿Quizá un vaso de leche?

-¿Qué? ¿Dónde estoy? ¿Quién soy? ¿Qué ha pasado?

-Oh vaya, amnesia temporal de nuevo. Deberían corregir eso. Bueno, yo soy el doctor Yerko Venceslao y te encuentras en el Sitio-34, aunque técnicamente llevas aquí un rato. Eso que acabas de presenciar es un examen de selección para las vacantes en estas instalaciones, y has aprobado con creces.

-Ah… Entonces, ¿nada de eso era real? ¿Quién soy yo?

-Bueno, no sabría decirte si era real o no. Eso mejor se lo dejo a tu imaginación. Te llamas Santiago. El doctor Santiago Vicario, y a partir de este momento trabajarás para nosotros en la transcripción y traducción de documentos y registros, y yo seré tu nuevo superior. Tu despacho será el número 133. Cuando te despejes y vuelvas a entender todo lo que te rodea, puedes comenzar transcribiendo a SCP-ES-133-EX a nuestra base de datos, es un artículo bonito.

-Un vaso de leche me vendría bien.

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