"Dimito"
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"¿Que tú qué?" Dijo Siete atónita. Fue la primera en hablar, pero no la única.

"¡Eso no está permitido!" Soltó Ocho acusadoramente. Aporreó la mesa con su puño, e instantáneamente empezó a sacudirlo, habiendo golpeado con más fuerza de la que pretendía. "¡Este es un trabajo de por vida!¡Díselo, Seis!"

Seis entrelazó sus dedos, y observó a Doce. Cualquiera que se hubiera molestado en observarle podía discernir una cierta similaridad entre ambos hombres. Mientras que Doce era claramente el más anciano del par, Seis no parecía mucho más jóven. El ángulo de sus narices, la inclinación de sus cabezas, e incluso la forma de sus caras, parecían hermanos. Cabía esperar que Seis tuviera la misma calva que Doce lucía con orgullo si alguien hubiera sido capaz de quitarle a Seis ese maldito sombrero de vaquero.

"No estoy tan seguro," respondió Seis al nervioso Ocho. "La verdad es que no ha ocurrido nunca."

"Es verdad, no ha ocurrido nunca," convino Doce. "Desde que se creó el Consejo, todos los Superintendentes lo han dejado con los pies por delante. Muertos por disparos, puñaladas, explosiones, vueltos de fuera a dentro, reducidos a un concepto memético inmortal—" asintió ligeramente mirando a Nueve, que devolvió el gesto. "—y reducidos de múltiples otras formas a sus átomos componentes. Pero esta situación en el Sitio 19 me ha hecho reflexionar. Soy un hombre mayor. Si muero, pienso morir bajo circunstancias de mi propia elección: en mi propia cama, mirando una foto de mi querida esposa." Se calló y miró sus manos.

Dos extendió su brazo y puso su mano sobre la de él. "No pasa nada Adam. Todos la echamos de menos."

"No me importan tus excusas," explotó Cinco. Sus dedos aporrearon la mesa, como si estuviera apuntando a la cláusula de un contrato que no existía. "Las reglas son muy claras. Una vez que has hecho el juramento, una vez que te has unido al Consejo, estás aquí hasta el final. Si quieres irte, entonces estaremos satisfechos de enviar a alguien para que te elimine… permanentemente."

Cinco no reparó en la mirada que se compartió a lo largo de la mesa, de Seis a Dos, a Nueve, a Tres. 'Obviamente,' decía esa mirada, 'alguien se lo está tomando muy a pecho.' Ni le habría importado si lo hubiera hecho. Por supuesto que se lo estaba tomando así. Alguien tenía que hacerlo.

"Pero yo no hice el juramento," respondió Doce por lo bajo. "Ayudé a crearlo. Pero nunca lo hice. Nuestros documentos me respaldan."

Cinco le miró fijamente con la boca abierta. Se hundió en su silla y negó con la cabeza.

Siete le tomó el relevo, y se puso en pie. "Aun así, no puedes dimitir. Como uno de los cinco miembros fundadores restantes—"

"Yo no—" empezó a decir Doce.

"Estabas ahí cuando todo empezó. Parte del Consejo original o no, eres lo más parecido que tenemos, y te necesitamos aquí. Tienes el conocimiento que nos hace falta, y no podemos arriesgar que estés por ahí, donde cualquier otro grupo te puede secuestrar."

"No te preocupes," interrumpió Doce. "No soy estúpido. Tendré guardaespaldas. Como si fuera un ex-presidente, tendré protección. Me he pasado esta última década construyendo una pequeña aldea en las montañas en las que ví crecer a mis hijos." Procuró con mucho cuidado no mirar a Seis. "Está llena de agentes jubilados, y no pocos científicos felizmente ignorantes. Soy cuidadoso. No puede ser de otra forma."

Respiró profundamente, y exhaló, sus ojos encontrándose con los de seis. "He tenido hijos. No llegué a conocerlos por culpa de este trabajo. Algunos de ellos han crecido y han acabado en buenas posiciones, sin trabajo de mi parte. Tengo nietos que solo he visto en fotos. Quiero conocer a mis bisnietos. Quiero juguetear con un bebé en mi regazo. Quiero ser capaz de ver el nuevo milenio con mis propios ojos, y no…"

Lágrimas se estaban acumulando en sus ojos, y su voz se quebró. "Yo… Quiero ser capaz de dormir, sin tener que pensar sobre la decisión que hice aquel día…" Bajó la voz, y volvió a mirar sus propias manos.

Una voz que habitualmente estaba callada habló. "Es bastante simple. Votamos. Como procede." El Consejo asintió en silencio en respuesta al Uno que estaba al cargo. "Aquellos en contra de la jubilación de Doce."

Se levantaron manos. Siete. Cinco. Ocho. Nueve. Cuatro. Ocho miró con expectación a los otros, volviéndose penetrante cuando no se movieron.

"Aquellos a favor."

Seis y Dos levantaron sus brazos instantáneamente, ambos ilusionados por ayudar a su… ¿amigo? La mano de Nueve se levantó un poco más lentamente.

Once dudó, y negó con la cabeza. No iba a dar su voto a favor, pero tampoco iba a negarse.

Doce levantó su mano, pero la bajó cuando vió la mirada de Uno. Obviamente, su voto no iba a contar.

Tres meneó la cabeza negando. No tenía lugar en esta lucha. Diez estaba concentrada, pero acabó levantando su mano. Para la sorpresa de todos, Uno elevó su mano.

"Cinco contra Cinco," dijo Ocho. "Los empates los gana el lado en contra. Te quedas."

Doce permaneció sentado, su mirada fija en la mesa, como si sus sueños rotos estuvieran dispersos delante suyo.

Hasta que alguien tosió detrás suyo. Doce no se movió, y observó cómo los ojos de sus partidarios se iluminaron, y como los de sus detractores se entrecerraron. No le hacía falta darse la vuelta para saber quien estaría ahí, con su mano levantada.

Adam, Doce no más, se levantó de su silla con un brinco. Se giró sobre sí mismo para darle la mano vigorosamente al hombre alto y delgado detrás suyo. "Muchísimas gracias."

"De nada." Trece retiró su mano, y le entregó una cajita al primer Superintendente jubilado de la historia. "Espero que no te importe, pero te compré un reloj."

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