Sobre Multiversos y Vino de Diente de León
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El problema es que una de las primeras cosas que haces al preparar vino de diente de león es tirar las flores.

Diecisiete minutos. Eso es lo que duró el mundo esta vez.

Los crucifijos con sus aullantes sacrificios humanos, desollados y clavados a las vigas de perfil en forma de I se desvanecen, sustituidos por una escena pastoral bucólica, la serenidad de unas redondeadas colinas salpicadas con resplandores dorados, arruinadas sólo por la presencia de un Albertosaurus de treinta pies de altura, arrancando una cabeza de una oveja con tres cabezas. Para el cronómetro, y resetea el contador. 00:00:01 y avanzando.

Decide dirigirse al sur, a través de campos de dientes de león de la altura de su cadera, y lejos del depredador que devora desordenadamente a su presa. Una cicatriz palpitante en su pierna, roja e irritada, sirve como recordatorio de que unos pocos son suficientes para ser mutilado o asesinado. Se toma un momento, una vez suficientemente lejos de la sangrienta escena, para arrancar las hojas de una de las plantas y metérselas en la boca. Tienen un sabor amargo, y son correosas, pero son comestibles, y hace mucho tiempo que no ha comido nada.

Le dijeron que sería seguro. Le dijeron que debía llevar información a través de los universos. En algún sitio ahí fuera, dijeron, tenía que existir un universo en el que la Fundación aún existiera. Encuéntralos, cuéntales que ocurrió. Quizás lo puedan arreglar.

Arranca el tallo de un le los gigantescos dientes de león y chupa la savia blanca, luego comienza a arrancar las flores del tamaño del platos y las mete en su maltrecha mochila. Quizás en su siguiente excursión pueda encontrar una botella y algo de azúcar. Hacer un poco de vino de diente de león.

El cambio le sorprende entre el cierre de la cremallera de su mochila y mientras se la pone al hombro: ahora está en medio de un cruce de cuatro vías en hora punta. Un taxi amarillo casi lo arrolla: el hombre al volante le está gritando, agitando una mano de dedos anchos y rugiendo, con su cara deformada por la ira. Las cuencas de sus ojos están vacías, y sus pasajeros son sólo cadáveres.

Se aparta y mira al cielo bermellón: el sol del mediodía es carmesí, del color de la sangre. Está hinchado, demasiado grande, ocupando casi la mitad del cielo, y la luz que emite es lo suficientemente tenue para observarlo directamente, para ver los anchos, manchados, enfermizos parches que salpican la superficie del orbe brillante.

Todo lo que podemos hacer es dejar a una persona fuera de ello. Un Observador Exterior, al que no le afecten los cambios. Lo hemos echado a suertes. Te hemos elegido.

Veintiún minutos. Eso fue lo que duró el mundo. Para el cronómetro, resetea el contador.

Hay un supermercado en la esquina. El cristal de la ventana está roto, y un hombre, muerto desde hace tiempo, ha sido lanzado a través de él. Camina sobre el cristal y hacia los pasillos desiertos. Tiene hambre. Siempre tiene hambre.

Ignora las bandejas de fruta podrida, infestadas de moscas, o los mostradores de carne verde, mohosa, en la carnicería, y se dirige directamente a los enlatados. En su camino, pasa por delante de los productos deshidratados. Algo le hace detenerse. Es una caja de relleno instantáneo. La parte delantera muestra la típica escena del Día de Acción de Gracias del estilo de Norman Rockwell. El padre está trinchando una cabeza humana que grita. Los niños de mejillas sonrosadas se pasan platos con partes del cuerpo.

Alcanza una lata de la estantería, una lata fina y rectangular del tipo de una lata de sardinas, y la abre. Diecisiete ojos de color azul claro en aceite le devuelven la mirada.

Coge todas las latas que puede. No se puede permitir se quisquilloso.

Sabemos qué es lo que ha causado esto, pero es demasiado tarde. No lo podemos detener. La realidad, tal y como la conocemos, se desvanecerá en un mar de caos. En la espuma marina de Lo-Que-Podría-Haber-Ocurrido.

Esta vez, el mundo dura media hora entera antes del cambio. Para el cronómetro, resetea el contador. El mundo esta cubierto de bruma. De la niebla salen hombres, o criaturas muy parecidas a hombres. Su machete está desenvainado antes de que el primero lo alcanza, su ancha boca abierta de una manera imposible, revelando unas fauces repletas de dientes irregulares, parecidos a los de un tiburón.

La naturaleza de la Realidad es la de un multiuniverso. La elección causa que nuevos universos se ramifiquen. La probabilidad crea nuevas realidades. Siempre antes, de todos modos, estos universos paralelos habían estado separados, diferenciados. Esto está cambiando.

Los siguientes minutos son difíciles. Mata a muchos, pero son legión. Es arrojado al suelo. Desgarran su mochila como si fuera un cadáver hinchado y desparraman su contenido. Cogen las latas y las golpean contra las rocas y los ladrillos rotos, haciéndolas estallar y devorando los ojos, dedos y leguas que contienen. Entonces se giran hacia él.

Esto es una representación visual de una Reestructuración Clase-CK, le dijeron. Las espirales representan los universos. Están convergiendo.

Tiene suerte. El mundo sólo dura nueve minutos, pero es suficiente para que una de las criaturas de rostro parecido al de un tiburón le arranque un trozo de brazo. Emerge en un mundo nuevo. Está lloviendo, y la lluvia está hecha de mierda y sangre.

Cuando le despertaron de su cama en medio de la noche, sabía que sería por algo malo. Pero entonces había estado preparado. Sus años en el ejército le habían enseñado a no tener miedo, a sobrevivir contra toda posibilidad. Estaba preparado para enfrentarse a a cualquier cosa que necesitaran que se enfrentase, a matar lo que necesitaran que matase.
No esperaba que lo llevasen a una habitación y le pusieran una película: Una falsa representación a color de una realidad matemática. Era preciosa: un mar de espuma azul con burbujas formandosé y estallando, con brillantes espirales amarillas flotando entre ellas. La espirales, se dio cuenta, se estaban acercando, y sus colores se estaban desvaneciendo.
Le recordó al tiempo que había pasado en la granja, de niño, cuando su abuelo solía hacer vino con las flores que su abuela y su hermana recogían de los suaves campos verdes. El viejo hombre ponía las flores en la gran olla de pyrex y la rellenaba de agua, algo de azúcar y zumo de limón, y el miraba, hechizado, como las flores amarillas subían y bajaban en el líquido hirviendo, girando lentamente el el agua burbujeante, cambiando de color, de amarillo brillante a un marrón apagado.

Para el cronómetro y resetea el contador.

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