Varsovia
1944
Otra entrega aérea había sido interceptada por el enemigo. Los ingleses tenían buenas intenciones, pero cuando las entregas terminaban siendo arrojadas constantemente en territorio Alemán, uno no podía evitar preguntarse si estaban intentando pasar por alto las zonas ocupadas por el Ejército del Interior. Y la habían dejado caer en la peor ubicación posible.
"Calle Basilisco" era simplemente un nombre que su pelotón le había dado a esta área. Pudo haber tenido otro nombre, una vez, antes de que los alemanes la arrasaran. La calle le resultaba familiar; ella la había visitado varias veces cuando era más joven, pero no podía recordar su nombre. Sabía que había un banco, y una panadería, la que una vez había sido la casa de un herrero, siglos atrás.
La relevancia de este último punto no era ignorada por nadie del pelotón. Stefania, con su cabello castaño y su amplia cara polaca, estaba flanqueada por otros dos. Tolek, que había sido designado como su francotirador, llevaba un rifle que parecía demasiado grande para el cuerpo del joven, como si se tratara de una pequeña muñeca a la que alguien le había puesto un uniforme. Kazia no se veía mucho mejor; años de inanición le habían pasado factura a la granadera, pero se había recuperado y lo que le faltaba en grasa lo compensaba con músculo atlético, lo suficiente como para poder cargar al menos diez de las granadas improvisadas que habían hecho, junto con su rifle. Se atrincheraron detrás de lo que quedaba de un edificio, algunos muros bombardeados aún de pie sobre sus cimientos, mientras esperaban el regreso de su último miembro.
Su saboteadora, Odekta, acababa de regresar de explorar el terreno de más adelante, arrastrándose laboriosamente por el suelo. Tragó saliva y miró a Stefania con los ojos muy abiertos. En su abrigo, llevaba lo que consideraba una insignia de honor: Una estrella amarilla de seis puntas. Ella los miró, permaneciendo pecho tierra.
—No tienen su atención en los suministros.
—¿Qué? —dijo Kazia, en un susurro acallado—. Eso debe comida para al menos cinco días. ¿Por qué ni siquiera lo inspeccionan?
—Están más centrados en uno de los edificios. He visto a tres szkopy —un insulto mejor de lo que los nazis se merecían— entrando, pero ninguno ha salido.
—¿Cuál edificio? —Stefania sacó sus binoculares e inspeccionó el área, deteniéndose en el letrero de una peluquería, destrozado en dos por una explosión—. Todo es escombros.
—No tanto un edificio, sino el sótano de uno. —Odetka hizo una pausa—. … Antes nos contaste sobre la otra guerra, Stefania. La que se está luchando junto a ésta.
Su mano apretó los binoculares.
—Una guerra de magia. Yo tampoco lo creí hasta que vi lo que sucedió en el edificio de teléfonos. —Stefania recordó el olor de la carne quemada cuando un hombre cubierto con intrincados tatuajes nórdicos incineró a dos miembros de su escuadrón, antes de que ella le pusiera una bala en el estómago y luego cinco en el cráneo.
—Todo el mundo conoce el mito. ¿No creen que todavía podría estar ahí? —La voz de Tolek era un tímido chillido, casi ahogado por el sonido de una explosión distante.
—… Si es así, se los damos de comer a todos y sellamos la cámara. —Kazia dejó su puesto de vigilancia, manteniéndose cerca del suelo—. Odekta, ¿cuántas granadas de humo tienes?
—Tres.
—¿Tres? —Stefania frunció el ceño—. Te dieron cinco. Usamos una para escapar de la patrulla en Świętojańska, ¿dónde está la otra?
—Estaba perdiendo presión. Tuve que tirarla cuando veníamos de la última plaza.
—Maravilloso. —Stefania hizo un gesto a sus compañeros para que se mantuvieran bajos, arrastrándose si tenían que hacerlo. Esto fue fácil para la complexión joven de Tolek. La pobre Kazia tenia un gran blanco sobre ella, con las granadas atadas a su espalda. La ropa simple de todos se mezclaba bien con los escombros, proporcionando algo de cobertura. Desde la distancia, cualquier Nazi sin binoculares o un telescopio habría pensado que se podría haber tratado de pedazos de papel que volaban con la brisa.
Arrastrándose, avanzando poco a poco, se acercaron al final de la calle, mientras el sol de septiembre se alzaba sobre sus cabezas. Resonaron disparos a una distancia indeterminada. Otra iglesia en la ciudad se tambaleó sobre sus cimientos.
Al ritmo que iban, habían pasado dos horas para cuando llegaron al otro extremo de la calle. Se ocultaron en callejones, se escondieron en edificios y orinaron en los escombros de lo que una vez había sido una tienda de ropa. Estaban demasiado mal equipados como para enfrentarlos solos, con o sin granadas. Tolek parecía que iba a vomitar en cualquier momento; el miedo a la muerte venció a las náuseas.
Eventualmente, llegaron al final de la calle, seguros de que no habían sido detectados. Cinco soldados y un comandante estaban de pie frente a un agujero en el suelo. El agujero había sido una vez la puerta a un sótano, y por las marcas de quemaduras, Stefania supuso que podría haber sido creado por una bomba. Los alemanes estaban acompañados por un par de perros, que tenían su atención puesta en el agujero. Detrás de ellos, el objetivo — la entrega aérea — permanecía quieta, oculta bajo un paracaídas, olvidada.
Los ojos de Stefania se agrandaron cuando vio a los perros. Entre el lloriqueo de Tolek y su propio hedor, resultado de arrastrarse bajo el sol por tanto tiempo, pronto serían descubiertos. Reprimió una maldición y le indicó a su pelotón que se preparara. Tanto ella como Tolek estabilizaron sus rifles en una pila de escombros que una vez había sido el alféizar de un ventana, listos para disparar a quien fuera que los descubriera primero.
En cambio, los perros recibieron un comando en alemán:
—¡Vamos!
Los dos perros se lanzaron al agujero. Algún tiempo después (el corazón de Stefania latía tan rápido que podría haber sido entre dos minutos y una hora), uno de ellos salió corriendo y gimiendo. A través de la mira, Stefania vio que tenía los ojos cerrados. Luego se detuvo junto al transporte de los alemanes y cayó muerto.
Eso lo confirmó. la calle Basilisco estaba a la altura de su nombre. El sótano de un edificio, reducido a escombros, una vez más contenía una criatura que podía matar con una mirada. Una combinación perversa de gallo y reptil.
El Basilisco de Varsovia nunca había muerto. O más bien, ¿tal vez este era uno de sus descendientes? ¿Alguna cría, nacida de un huevo que había estado dormido hasta que las bombas lo abrieron? ¿Varsovia había decidido castigar a sus invasores recreando algo que había sido el terror de la ciudad hacía tantos cientos de años?
No podía estar segura. Le dio otra señal a Kazia para que preparara una filipinka; una granada de impacto. Los alemanes estaban agrupados lo suficientemente cerca como para que una bomba se llevara al menos a uno de ellos. En cuanto a Tolek, ella le hizo un gesto para que apuntara al soldado más joven, ajustando su rifle por él. Odetka preparó su propia granada de humo para sofocar a quien sobreviviera la explosión inicial.
Stefania dio la señal, y Kazia arrojó la bomba. La granada detonó en la espalda de uno de los alemanes, lo que lo mató antes de que nadie pudiera reaccionar. A otro se le hizo trizas el brazo y comenzó a retorcerse en el suelo, gritando. El resto había dirigido su atención a los rebeldes.
La granada de humo de Odetka salió volando casi a la vez que el filipinka de Kazia. Aterrizó a sus pies, y el aire se llenó con el sonido de gente tosiendo y asfixiándose. Los nazis eran peligrosos en grupo, pero como la mayoría de los soldados, eran un desorden descoordinado cuando los tomaban por sorpresa.
El tiro de Stefania entró en el corazón de un tercer soldado cuando éste salió de la niebla. Él jadeó cuando su columna vertebral explotó hacia el exterior detrás de él. Tolek logró darle la rodilla de un cuarto, y cuando los dos últimos ganaron la compostura suficiente como para sacar su pistola, Kazia hizo que otro filipinka volara hacia ellos. Un segundo después, ningún alemán se encontraba vivo en aquella calle.
Stefania salió corriendo de detrás de su escondite hacia una barrera que los alemanes habían erigido, luego a otra, y finalmente, al jeep junto al que habían estado. Los otros la siguieron, con Tolek atrás, desplazándose de forma que nadie estuviera detrás de la misma cubierta al mismo tiempo. Stefania rebuscó en el vehículo.
—¿Qué estás haciendo? —Kazia susurró—. Van a venir a investigar las explosiones. ¡Podríamos tener francotiradores sobre nosotros en cualquier momento! ¡Agarremos lo que podamos de los suministros y vámonos!
—El basilisco es real, Kazia —gruñó Stefania—. No podemos dejar que lo obtengan, y si ellos no lo consiguen… bueno, al Ejército del Interior le vendría bien un… ¿Cómo dicen los estadounidenses? ¿As bajo la manga?
—No hablas en serio —jadeó Odetka, después de haber abierto la caja; estaba comenzando a llenar su bolsa de raciones de chocolate—. Stefania, esa cosa te matará, si es real. ¿Cómo piensas sacarlo siquiera?
—Los szkopy son malvados, pero no son completamente insensatos. —Mientras hurgaba, Stefania encontró una jaula hecha para aves de corral grandes, una barra de metal con una soga en el extremo, un delantal con espejos en el exterior y una linterna eléctrica. Lo que más le llamó la atención fue un implemento con un juego de solapas alrededor de un bucle grueso, todo de cuero.
—¿Que es eso? —Tolek frunció el ceño mientras ella sacaba el último objeto.
—Anteojeras —se las presentó Stefania—. Vi cómo las usaban en una demostración de cetrería antes de que estallara la guerra. Cubren los ojos de un pájaro. Son perfectos para la cosa de allá abajo.
¡Te matará en un instante! —protestó el miembro más joven. El pobre Tolek temblaba de nuevo—. Por favor, no. No podemos perderte, Stefania.
—No puede matarme si no me mira a los ojos. —Sacó el delantal, la soga y la linterna del vehículo, y encontró, en la parte superior de la jaula, un juego de lentes negros. Los colocó sobre sus ojos, y le sonrió a sus compañeros—. Estaré bien. De verdad.
Se vistió con el delantal y dejó su rifle atrás, eligiendo tomar una pistola de uno de los nazis muertos. Si era necesario, mataría a la bestia. Tenía la linterna en una mano, la soga en la otra, y la pistola en un costado. Stefania descendió al sótano.
La habitación era demasiado grande como para existir bajo Varsovia. Stefania había estado debajo de otros edificios en esta área; parte de su educación tuvo lugar en el sótano de un edificio de apartamentos, ahora destruido, a una cuadra de aquí. Ella usó su linterna, pero nunca vio las paredes. El aire era frío y apestaba a petricor, como si estuviera en una caverna. Apuntó su luz hacia arriba, y no pudo ver el techo.
Y así, se abrió paso en la oscuridad. Sintió un miedo creciente, mismo que ya había conocido dos veces antes: Primero, cuando se enteró de que Hitler había introducido sus fuerzas en Polonia, y estaba apuntando al resto de Europa. En segundo lugar, cuando se había enfrentado a un hombre que utilizaba… Que lanzaba llamas de sus manos, en el edificio de teléfonos de la PAST. Había reducido la mayoría de los relés que aún estaban intactos a escoria, fundidos sin ningún esfuerzo.
Desde que comenzó el Alzamiento, ella sospechaba de la existencia del basilisco. Varios escuadrones habían desaparecido en la zona de la calle Basilisco la semana pasada. Había sido donde se originó el mito del basilisco, y Stefania conocía todos los detalles. Los hijos del herrero siendo encontrados muertos en el sótano, su niñera muriendo ante la mirada de la criatura, el sabio doctor instruyendo sobre cómo destruirlo, la expedición del convicto al sótano…
Nadie supo lo que le pasó a la bestia. Una historia de fantasmas en su vecindario decía que, cada vez que veías una nueva estatua en la ciudad, en realidad se trataba de una víctima del basilisco. Era un cuento de hadas, algo hecho para asustar a los niños, hacer que se comportaran.
Esto no cambió lo que Stefania estaba mirando. A cien metros de donde brillaba el sol de septiembre, Stefania Borowski estaba de pie junto a un perro con los ojos hinchados hasta alcanzar el tamaño de los huevos de gallina. Su piel parecía lista para reventar; tocar su nariz causó una derrame de pus en el piso de la cueva.
Oyó algo deslizándose detrás de ella.
Tolek mordió una ración de galleta que había tomado de los suministros. El resto se distribuiría entre los de la base, pero por ahora, esta era suya. Era una galleta estadounidense, y esas eran las mejores, hechas con miel o azúcar.
Los ojos de Kazia lo reprendieron mientras colocaba trampas de filipinka unidas a postes a cada lado de la calle. Cuando alguien pasara por allí, las tirarían y la granada explotaría al contacto con el suelo.
Miraron la puerta del sótano. Stefania acababa de irse, pero los llenaba de inquietud. Varsovia era una ciudad antigua, se acercaba a los 750 años. Tenía muchas cosas enterradas entre sus piedras, viejos conflictos, intentos de adquisición, huesos de tiranos que marcharon y pisaron las hoces del pueblo. Los bombardeos, el asedio de hace cinco años y ahora el Alzamiento podrían estar devolviendo todo a la superficie.
—¿Dónde estás, Tula? —Odetka se mordió el dedo, manteniendo su ametralladora apuntada hacia un extremo de la calle. Tenía poco alcance, pero dispararla al menos podría provocar que algunos se dispersaran, o que se activaran las granadas de impacto que Kazia estaba poniendo.
—Heh low the hair! —gritó una voz con acento estadounidense. Los tres saltaron al instante, apuntando sus armas. Desde uno de los pocos edificios intactos (que Kazia, maldiciendo, se dio cuenta que tenía una entrada trasera) llegaron tres hombres con uniformes negros. El líder era un hombre rubio con guantes de cuero negro—. Sprichst du Deutsche? Noh, uf korz knot.
—¡Declara tus intenciones! —Kazia gruñó, dejando escapar una explosión de disparos de advertencia. Se dispersó en uno de los edificios y el desconocido se agachó.
—Yew hidyot —gruñó otra voz, esta vez de un hombre más diminuto con pelo negro y pico de viuda polaco. Tenía un acento más natural—. Él pregunta si hablan alemán; él es estadounidense —dijo en polaco.
—¡No hablamos szwabski! —gruñó Kazia—. Los superamos en número, y tenemos un arma secreta. Una que matará a cualquier alemán que juegue con el Ejército del Interior.
El polaco tradujo para el estadounidense.
—El Basilisco, ¿correcto?
—… Sí. —Las manos de Tolek temblaron y apretaron el rifle con más fuerza—. ¿Cómo lo supieron?
—Enviamos a Stefania para recuperarlo.
Stefania mantuvo los ojos cerrados, confiando en su audición. Contuvo la respiración para escuchar al basilisco deslizarse. Había visto su cuerpo; un gallo con cola de lagarto y garras, tal como decía el mito. No pudo evitar preguntarse si nació del huevo de un gallo, como alegaba el mito.
Blandió la soga al azar, tratando de agarrar cualquier parte de él. Recordó lo que el estadounidense — ella pensó que era un reportero — le dijo. Esta criatura era peligrosa, y si no podía ser destruida, al menos podría ser encerrada en una jaula, contenida, hasta que la guerra terminara y pudiera ser estudiada adecuadamente.
El estadounidense le dijo que trabajaba para una Fundación y que no conocían la ciudad como ella. Era una organización internacional, afirmó, tratando de detener dos guerras: La guerra que ella peleaba, con sabotajes y francotiradores, y la guerra que ellos libraban, con monstruos y magia. Una Guerra Oculta, lo llamó.
En la oscuridad, ella se quedó quieta, con los ojos cerrados detrás de gafas protectoras. El basilisco no graznaba, no chirriaba, no cantaba como un gallo. Simplemente corría sobre sus pequeños pies, y ocasionalmente intentaba picotearla. Venía de su izquierda, y ella comenzó a girar lentamente hacia él. Si giraba demasiado rápido, los espejos se deformarían con el delantal, y el basilisco no quedaría aturdido, y huiría para atacar otra vez. Si giraba demasiado lento, ella sería picoteada hasta la muerte por un pollo venenoso.
El basilisco se acercó a ella. Stefania se giró, extendió la punta de la vara con la soga y sintió un tirón en el extremo.
—¿Por qué Stefania estaría de acuerdo? —Odetka sonaba escéptica—. Ella se lo quedaría la causa.
—¿Y arriesgarse a perder a su propio equipo? —preguntó el traductor—. Podría matar a todos los de la resistencia, desde el peón más bajo hasta… ¿La llaman Jaga?
—Teniente Mileska —asintió Tolek—. Ella es amable. Nos ha cuidado.
El estadounidense asintió y dijo más cosas que nadie entendió, hasta que el traductor habló, señalando la trampilla.
—Las cosas son más rápidas allá abajo.
—¿Más rápidas? —preguntó Tolek.
—El tiempo se mueve más rápido. Ella bien podría haber estado allí por un rato—. El traductor los miró—. Varsovia es una ciudad caótica. Ambas guerras la están volviendo aún más caótica. Una vez que salga, debemos…
—¿Deben qué? —preguntó Stefania, emergiendo del subsuelo con un basilisco con anteojera atrapado en la vara con la soga.
—¡Stefania! —el estadounidense sonrió, cambiando al alemán, algo que ambos podían hablar—. ¡Es bueno verte de nuevo! ¿Tienes tu premio?
—… Sí. —Respondió Stefania en el mismo idioma. Para sus compatriotas, debió haber sonado como si estuviera hablando en la lengua de las serpientes—. ¿Lo mantendrán a salvo?
Él asintió con la cabeza, mirando su transporte, el cual tenía una esvástica pintada en el costado.
—Tenemos una jaula allí.
El corazón de todos se hundió. La sangre de Stefania se volvió volcánica y su visión hizo dos agujeros en el costado del transporte.
—¿Son. Una. Organización alemana?
Tolek soltó un gemido y se cubrió las orejas, haciéndose bolita. La conversación había empeorado; podía saberlo sólo por el tono. El cobarde soldado permaneció acurrucado, gimiendo.
—Es una cuestión de conveniencia —explicó el estadounidense—. Tienen mejor equipo, y podemos movernos libremente a través de las zonas ocupadas. Sin ofender a tus fuerzas, pero esas armas tipo K no van a funcionar contra… Bueno, no importa.
La mano de Stefania se acercó al basilisco.
—Los szkopy estuvieron aquí antes, tratando de sacarlo del agujero ellos mismos.
—Lo estaban buscando también —explicó el agente de la Fundación—. Simplemente queríamos llegar a él primero. ¿De verdad nos van a reprochar por un poco de espionaje?
La única palabra que podía usar para describir al estadounidense era "traidor."
—Iban a usar esto como un arma. —Ella lo miró con tanta severidad que incluso el basilisco en su mano podría haberse convertido en piedra—. ¿Cómo sé que ustedes no lo harán?
—No lo sabes, lo admito —el nazi se relamió los labios; su nerviosismo estaba saliendo a relucir—. Simplemente vas a tener que tomar mi palabra. Mantendremos este espécimen asegurado y contenido hasta que la guerra termine.
—¿Y entonces qué? —la mano de Stefania subió por el pico del basilisco, hacia las anteojeras—. ¿Lo sacarán ante la siguiente amenaza?
—Frau Borowski, por favor… —comenzó.
—No soy frau. —Su mano estaba en las anteojeras—. Soy polaca. ¡Soy libre!
Los otros se dieron cuenta de hacia dónde se dirigía su mano. El oficial sacó su arma. Kazia suplicó y se volteó hacia otro lado. Odetka suplicó y cerró los ojos una fracción de segundo tarde. Tolek permaneció acurrucado en la calle, como si una bomba viniera por él.
Stefania le quitó las anteojeras del basilisco.
Tolek Lisiewicz se quedó solo en la calle, con el estremecedor sonido de los últimos alientos de sus compañeras. Él sabía lo que había sucedido. El chico se arrastró hacia Stefania, con los ojos aún cerrados con fuerza, y sintió sus piernas de piedra. Ella también lo había mirado a los ojos. Intencionalmente, o inadvertidamente, no importaba. Ella estaba muerta. Él creía que los otros también lo estaban.
Sintió todo su cuerpo, murmurando disculpas todo el tiempo, hasta que llegó al basilisco, atrapado entre sus manos hechas de piedra.
Cerró los dedos alrededor de su cuello.
Sus manos giraron en direcciones opuestas. El Basilisco de Varsovia ya no existía.
Con los ojos aún cerrados y sus sollozos reprimidos, volvió cojeando por la calle Basilisco, temiendo que si miraba hacia atrás, si abría los ojos sólo para parpadear, se formaría una imagen del horroroso sonido que escuchó en el instante en él que le rompió el cuello al basilisco.
Tolek oyó gritos, apenas silenciados por la piedra. De entre ellos, el de Odetka era el más fuerte.
Debajo de la calle Basilisco, en un sótano abandonado, un huevo puesto por un gallo comenzó a eclosionar.









