Una antigua leyenda sobre una antigua guerra Parte I
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El siguiente testimonio fue escrito por Girolamo Schiaparelli, arqueólogo italiano que visitó la zona de ██████ (norte de Sudan) en 1963 y 1966, realizando excavaciones relacionadas con el antiguo reino de Kush1. En esa época tuvo contacto con la tribu Genbezi (“El Pueblo” en su idioma), un grupo étnico minoritario. Durante su relación con ellos conoció una leyenda de los Genbezi que, según el Dr. Matthieu Desmarais, está relacionada con al menos tres grupos de interés, y sostiene además que es una narración mitológica y alegórica que ha sido preservada por una tradición oral que se remonta al menos a tres mil años de antigüedad.2

Schiaparelli falleció de cáncer en 1978, sin haber regresado a Sudan desde su última expedición arqueológica. En cuanto a los Genbezi, no ha sido posible contactar con ellos, y es muy probable que se hayan visto obligados a desplazarse de su territorio a causa de la Segunda Guerra Civil Sudanesa (1983-2005), por lo tanto, o se han extinguido3 o fueron absorbidos por un grupo étnico mayor, desapareciendo como cultura independiente.

Este documento fue nombrado por él “Genbezi A”, y hay varias referencias a un segundo documento llamado “Genbezi B” que no ha sido recuperado. Las partes irrelevantes han sido editadas.

Dra. Judith Low, Asesora Sénior del Departamento de Historia.

Prólogo:

Roma, abril de 1977

Conocí a los Genbezi (a menudo mal llamados “Hembezi” o “Yembezi”) en mi primer viaje a Sudan, cuando forme parte de la expedición arqueológica que exploró las ruinas de ██████. Fue entonces cuando me salvaron la vida, o bastante cerca. Tuve un accidente cuando viajaba en motocicleta, no fue grave, algunos rasguños, pero la moto quedo estropeada y quede solo en medio del desierto, a unos kilómetros de la excavación pero totalmente desorientado. No sabía qué camino tomar, pero antes de que la desesperación me dominara aparecieron un par de niños negros, de no más de 8 años, con un burro, y me ayudaron a llegar al campamento.

Unos días después fui a su aldea, acompañado por Mahjoub, uno de nuestros traductores, llevándoles algunos regalos como agradecimiento, incluyendo un par de botellas de araqi4. Ellos aceptaron los regalos sin timidez, casi con arrogancia, o al menos así lo interpretó Mahjoub, quien no tenía una buena opinión de ellos.

Me llamaron bastante la atención, no soy etnólogo pero resultaban ser gente curiosa, no solo por ser negros y animistas en una región exclusivamente árabe y musulmana, sino por lo que nuestros trabajadores y guías decían de ellos. Los consideraban arrogantes, al parecer se creían descendientes de los antiguos reyes de Nubia, eran paganos que adoraban a las plantas, y toda clase de rumores corrían sobre ellos, algunos bastante injuriosos. No eran arrogantes aunque si orgullosos, y desconfiaban de los extranjeros y con justa razón, sus vecinos árabes los habían atormentado durante siglos y en ocasiones habían sido atacados y secuestrado a sus mujeres y niños para venderlos como esclavos en los países al norte, a la orilla del Mediterráneo. ¡Incluso en años recientes! De allí su recelo frente a los extraños, incluyéndome a mí y a todo el resto del equipo, quienes probablemente éramos los primeros blancos que veían en su vida.

Poco después ocurrió un accidente extraño, encontramos un artefacto metálico muy interesante, de función desconocida, pero antes de estudiarlo en detalle algunos de nuestros fellah contratados como cavadores huyeron llevándoselo, junto con algunas otras piezas menores y una camioneta. Pero no fueron muy lejos, no sabemos exactamente lo que paso pero encontramos el vehículo robado a unos pocos kilómetros de distancia, totalmente destruido, y a los cadáveres de los cinco ladrones. Estaba simplemente en medio del desierto, quemado, no volcó ni chocó, solo fue destruido, como si algo mas que el combustible hubiera estallado5(…)

Sugerí a mi equipo contratar a algunos genbezi como trabajadores, y aceptaron la propuesta, aunque a regañadientes. Eran buenos trabajadores, obedientes y dignos, aunque se mantenían apartados de los otros cavadores. Despertaron aun mas mi curiosidad y a menudo hablaba con ellos, ellos hablaban árabe pero también su propio dialecto, del cual solo conocí unas pocas palabras y que parecía pertenecer a la familia de las lenguas nilóticas6(…)

En 1966 regresé a Sudan por un periodo más largo. Nuevamente contratamos a varios genbezi y entablé amistad con uno de ellos, de nombre Husham. Conversamos a menudo y me hablo de su cultura y la historia de su pueblo (…) Se consideraban descendientes de los “Grandes Reyes” del pasado (los faraones) y contaban una enrevesada historia de traición, donde los antiguos sacerdotes de los pérfidos dioses con cabeza de animal los expulsaron por adorar a su Dios de los bosques y oasis. Tardé un tiempo en darme cuenta de que no hablaba del reino de Kush o de cualquier reino nubio, sino del propio Egipto, exiliados por herejía a causa de los celos de la clase sacerdotal. He dicho antes que eran animistas, el animismo –muuuy simplificado- consiste en la creencia de que tanto objetos como animales poseen conciencia y alma, pero en su caso era diferente, adoraban a un único Dios diferente a cualquiera del panteón egipcio o nubio y creían en que todas las plantas tenían alma, aunque la mayoría no conciencia (…) No hace falta decir que sus vecinos musulmanes los consideraban una extraña raza de infieles.

Genbezi.jpg

Una de las pocas fotografías que existen de los Genbezi, tomada en 1946 por el fotógrafo J.J. Carson.

Husham se interesaba mucho por el trabajo que realizábamos, y más aún cuando se lo describí como una forma de preservar el legado cultural de nuestros antepasados. Eso despertó una idea en él, y la consultó con los ancianos de su tribu. Ellos me pidieron que los visitara –algo bastante inusual- faltando pocos días para que terminara nuestro trabajo en Sudan.

Hablé con los ancianos, tuve que explicarles mi labor y como pretendía preservar la herencia cultural de los antiguos. Fue difícil explicarles porque había una barrera no solo en cuanto al idioma sino también cultural, pero al final entendieron, y me dijeron que si me quedaba hasta la noche me mostrarían algo que ellos habían custodiado durante cien generaciones (esa fue la expresión que usaron). Estaba lo bastante intrigado como para hacerles caso, y pese a las advertencias de mi árabe traductor, quien dijo que no se prestaría para eso, me quede.

Tuve tiempo de arrepentirme cuando me vendaron los ojos y me montaron encima de un burro. Así fue como viaje por más de una hora, aunque en realidad no tengo idea de cuánto tiempo en verdad transcurrió. Finalmente desmonté y me ayudaron a subir una empinada ladera, y después tuve que arrodillarme y arrastrarme sobre roca. Y finalmente me quitaron la venda.

Fue algo asombroso, nunca antes tuve una impresión igual, incluso cuando visite por primera vez la tumba de Tutankamón, aunque eso fue totalmente distinto. Era más un templo que una tumba, una caverna con una increíble muestra del arte egipcio, y digo egipcio porque había pocos elementos característicamente nubios, más allá de unos cuantos textos en alfabeto meroítico. He descrito con mayor detalle lo que encontré en el documento marcado “Genbezi B” que incluye también los textos que copié de la cueva, tanto jeroglíficos como alfabeto meroítico (mis notas podrían servir como piedra de Rosetta para traducir esta ultima forma de escritura). Las pinturas que encontré, aunque algo deterioradas por el paso del tiempo, eran asombrosas, nítidas y de gran fuerza expresiva, narrando una antigua leyenda sobre una batalla entre dioses. Pero estos no eran dioses egipcios, a pesar del arte en que estaban representados, estos eran dioses totalmente ajenos a esa civilización, y al parecer tampoco tenían vinculo alguno con las deidades de pueblos semitas como Asirios o Fenicios, eran algo totalmente distinto.

Me permitieron dibujar en mi cuaderno todo lo que quisiera, ya fueran imágenes o textos. Estaba realmente entusiasmado, y más aun cuando me contaron que no era la única caverna, habían más y todas escrupulosamente ocultas por ellos, aunque esta era la mejor conservada. Habían guardado el secreto por muchas generaciones, era algo muy valioso para ellos y yo era el primer extranjero que las veía en siglos, y solo me las mostraron porque temían por su futuro, ya que las cosas eran difíciles para ellos y podrían ponerse aun peor, eran herejes adoradores de un dios vegetal en una tierra musulmana (…)

Husham me contó una antigua leyenda, que ellos cantan en sus festividades –se rigen por un calendario estrictamente lunar- y que es contada en las pinturas y textos de la cueva que me mostraron. Ellos la cantan en su enigmático dialecto y Husham me la tradujo más o menos de forma aceptable al árabe. Comparando la traducción al árabe con los jeroglíficos que copie, les presento una versión de esta leyenda bastante cercana al original:

¿Dónde está nuestro destino?

Nuestro destino esta adelante.

¿Nuestro destino está marcado?

Nuestro destino no está marcado.

Somos dueños de nuestro destino.

Zenobio creía en los olímpicos, vencedores de los titanes, señores de la tierra, el mar y el mundo de los muertos. El rezaba a Zeus, hacia ofrendas a Afrodita y dedicaba sacrificios a Atenea, incluso, si la ocasión lo merecía, podía incluso rezar a Ares, el inconstante. El luchaba no por amor u orgullo, no por su ciudad o su patria, el luchaba por oro, y ni siquiera por su familia, puesto que aun no tenia mujer ni había engendrado hijos. Ese tiempo llegaría, cuando tuviera el oro suficiente para fundar un hogar. Ese día él enterraría su espada y plantaría un olivo encima, pero ese día aun no había llegado.

Pero en este día el marchaba junto a otros guerreros, cuatro veces cien hombres, la mitad espadas contratadas de Eubea, su patria, a muchos de ellos los conocía por su nombre o su cara. Los demás eran salvajes tracios adoradores de Ares, el brutal e inconstante, y también Wilusa7 con armaduras de escamas y un idioma que a él le sonaba a piedras sacudiéndose en una bolsa. Pero ahora todos estaban unidos por un pago y por un amo temporal por quien pelearían, y posiblemente morirían, pero él no pensaba en eso. Uno no debía ir a la batalla pensando en eso.

Y tenían al coloso, y ellos lo escoltaban ¿Pero cuando los escoltas habían sido atemorizados por aquello que debían proteger? Porque cuando lo vieron por primera vez se espantaron, incluso los feroces tracios sintieron que su corazón se helaba y sus piernas se volvían débiles. Había oído hablar de las maravillas hechas en metal de los hijos de Hêphaistos,8armas y escudos de un metal más duro que el bronce, asombrosas maquinas de guerra que lanzaban virotes capaces de atravesar seis hombres y recargar en menos de dos suspiros, incluso oyó sobre hombres y animales de metal que no estaban vivos pero que se movían como si lo estuvieran, e incluso comían, bebían y jugaban lanzando astragali.9

Pero esto era totalmente distinto, primero oyeron sus pasos, retumbaban como truenos, era como si una tormenta se acercara, pero una tormenta que se gestara bajo la tierra, en los dominios de Hades. Luego lo vieron a lo lejos, un hombre de bronce, resplandeciendo al sol del mediodía, caminando de una forma rígida y antinatural, dejando caer sus pies pesadamente y produciendo truenos lejanos. Estaba lejos al principio así que no vieron que tan colosal era, aunque si atemorizante, pero se acercó poco a poco, y los mercenarios se dieron cuenta de que era más alto que todo templo egeo, mas alto que todo árbol existente en todo bosque en el mundo.

Era alto como un dios, y podía fácilmente ser confundido con uno, todas las espadas y lanzas contratadas, incluso los feroces tracios, retrocedieron algunos pasos cuando aquel coloso lanzó su sombra sobre ellos, y antes de que desbandaran intervino el patriarca Pinedyem, venido del país de Kemet10, quien les hablo con voz potente y autoritaria.

—¡No temáis! El coloso no es vuestro enemigo, el coloso no está vivo, el es una simple herramienta, como un martillo o vuestras armas. Y no lo confundáis con un dios, porque eso es herejía, el es la obra de un dios, Aquel que fue Uno y ahora está dividido, Hêphaistos mekhanites.

Y una trampilla se abrió en el talón del coloso, y salieron siete hombres con raras armaduras y el patriarca los presento como aquellos que manejaban los mecanismos del gigante broncíneo. Era difícil creer tal cosa, pero eso tranquilizó lo suficiente a los guerreros, aunque no les agrado la noticia de que el coloso los acompañaría –o más bien ellos acompañarían al coloso- en todo su camino a la ciudad de carne y escaleras sangrientas de Ady-Tum.

Sus nuevos amos fueron generosos con ellos, a cien guerreros les entregaron espadas de Limnos, que podían encenderse en llamas a la voluntad de su portador,11al igual que varios arcos metálicos cuyas flechas arderían durante días.

(Aparentemente aquí falta una parte)

Desconfía de quien considera al herrero un dios, el solo fabrica armas y herramientas, el moldea las piedras de la tierra, su labor es encomiable. Pero el no puede crear vida, no puede hacer que la semilla de tu alma perdure y caiga en terreno fértil, donde pueda brotar.

Desconfía de quien considera a la carne un dios, la carne es un material impuro, te dominará con sus apetitos, te hundirá en el polvo, y al final solo quedan excrementos. No hay paz ni verdad en los escalones llenos de sangre de los seguidores de la carne ni en sus fiestas donde la semilla de tus genitales es derramada impúdicamente. Desconfía de quien dice que vivirás mil generaciones si lo adoras.

Fin de la parte I

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