Su mano englobada toca una página en blanco y las raíces, aunque lentas, comienzan a brotar. Son un poco borrosas, pues preceden al nacimiento de su creadora. Memorias que nacieron hace trece años; palabras que se han mantenido a través de la erosión del olvido. Los segundos pasan y las plántulas se transforman en árboles frondosos, iluminados por un brillo no proveniente de una estrella, sino de un cielo totalmente blanco. Las hojas proyectan sombras de diferentes colores.
No es hasta que sus botas tocan el pasto recién nacido que el silencio se rompe al escucharse algunas notas de piano. Al mismo tiempo, la creadora de la escena puede ver a lo lejos una niña cubierta por follaje y ramas, rodeada por una decena de animales festejando una fiesta de té. Ella da más pasos hasta detenerse a un par de metros. Extiende su mano y las figuras se esfuman mientras las notas del piano se desvanecen hasta silenciarse. Una pequeña sonrisa se dibuja en su cara: ¿es nostalgia de un recuerdo que nunca fue?
El silencio dura poco, y ahora una lluvia de estrellas adorna el cielo. Los árboles crecen un poco más, tomando formas humanoides que apuntan a la tierra. El piano empieza a sonar de nuevo, más rápido, más errático, hasta ser destruido por sus propias notas. Ondas acústicas escapan de los escombros e infestan los árboles humanoides. La lluvia de estrellas se intensifica y de los cráteres salen bestias cuadrúpedas sin pelaje. Ella los mira detenidamente, su boca trata de abrirse, pero decide no presentarse; aún no es el momento.
En el caos del bosque, ella se siente como en casa. Las bestias, las ondas acústicas y los árboles la rodean en una espiral sincronizada. Son envueltos en flamas celestes, mientras una tormenta oculta los últimos rastros de los cometas. Del fuego surgen cristales que mantienen su posición en espiral y se expanden hasta formar un santuario con diversas estatuas bajo su techo. Ella se sienta en el centro y su mirada trata de abarcar la arquitectura mientras puede. Las desventajas de no haber estado ante el verdadero fenómeno se hacen evidentes cuando los cimientos se llenan de grietas y el templo colapsa bajo su propio peso.
Incluso así, ella no se mueve de su lugar. Ningún escombro cae sobre ella. Los cristales se hacen añicos y son llevados por el viento. Sigue una serie de temblores y del suelo surgen estructuras mecánicas formando un poblado entero. En el centro se encuentra un hombre relatando su novela favorita, representándola con un show de marionetas. La zona se llena de fábricas y el hollín oscurece el cielo, ahora lleno de aves mecánicas. La mujer se sube a una de ellas y mira desde arriba la ciudad mecánica y el teatro de títeres en el centro.
Una explosión ocurre en el corazón de la urbe; las viviendas y calles se oxidan y desaparecen. El titiritero ha desaparecido, dejando sus marionetas tiradas en la calle ahora abandonada. El ave se desploma y ella sonríe al caer en el oscuro vacío.
No más árboles.
No más ciudades.
A su lado descienden una esfera gelatinosa rodeada de agua, una masa de plastilina con forma desfigurada de persona, un cerdo dorado y un montón de objetos más. Antes de impactar con el piso se abre la puerta de un elevador. En el suelo se encuentra una revista y la mujer la lee detenidamente mientras el elevador asciende; sus puertas se abren y…
Un latido. Ya no son recuerdos ajenos.
Ella camina por pasillos con luces intermitentes; los números 13 y 57 se encuentran grafitados en las paredes. Detrás de las celdas escucha manifestaciones, disparos y sonidos festivos. Jura ver a un director rubio detrás de un ventanal… ¿O fue una simple carita sonriente? No lo sabe, nadie lo sabe.
Los compartimientos se abren directamente al espacio exterior; sorprendentemente la mayoría de estrellas han muerto, pues los destellos en el horizonte son escasos. En la lejanía, un conejo estelar galopa en las planicies lunares dirigiéndose a toda velocidad contra una esfera negra perfecta.
La mujer que flota en el espacio escucha a alguien detrás de su espalda llamándola.
—¿Perdida? —preguntó una mujer portando una lanza, con un par de orejas lagomorfas.
La mujer negó con la cabeza y por fin pudo hablar.
—No realmente… —extendió su mano—. Creo que mi nombre es Ana. Ana Omalí.
—Y yo soy Alicia —movió su lanza a su espalda.
La guerrera frunció el ceño en confusión, pero aceptó su saludo y estrecharon sus manos. El gesto terminó y ahora se encontraban ambas de nuevo en la Tierra y no en un espacio en blanco.
Ambas están paradas en un plantío de maíz. Flotando se encuentra un castillo construido con huesos y calaveras. Una escalera se forma desde la puerta principal de la estructura; ella decide subir los peldaños. En su subida puede ver una gran calabaza surgiendo desde un pentagrama de sangre. Las ventanas del castillo se abren y un centenar de esqueletos animados se lanzan en dirección de la calabaza, la cual crece con cada segundo y gana un enorme cuerpo hecho de raíces.
Alicia se recarga en uno de los pilares del castillo, mientras siente un ser peludo pasando entre sus piernas. Ana se voltea, viendo a la criatura: un felino con fedora. Antes de poder hablarle, el felino se escabulle entre una grieta y desaparece.
Después de un rato, Alicia y Ana deciden saltar por una de las ventanas, cayendo en una casa abandonada. Ambas escuchan el llanto de una dama que abraza tres libros; sus ojos están vendados por una cinta negra.
Alicia le susurra a Ana:
—Deberíamos irnos —sus ojos no dejan de mirar a la mujer en llanto.
—¿Por qué? —Ana camina hacia ella, un paso tras otro.
El llanto se detiene al notar que ya no está sola. En su cabeza aparece una corona de flores y levanta la mirada.
—Porque no vale la pena —mencionó la mujer floral.
—¡Tonterías! —Ana respondió al instante—. Solo es un mal día, quizás una mala semana o una mala vida… —Ana tomó la mano de la mujer floral—. Pero lo que importa es que estás aquí y nosotros te recordamos… ¿Cuál es tu nombre?
—Luisa —lentamente su mano se aleja de las de Ana—. Luisa Vander —y la venda desaparece de sus ojos.
Alrededor de ellas diferentes entidades y eventos ocurren: personas buscando asesinar a un director de un sitio, túneles y cuevas colapsando mostrando submarinos subterráneos y una sociedad de roedores gigantes viviendo en una utopía. Los fenómenos se intensifican con el paso del tiempo como nunca antes. Del arte a la política de la corrupción, jamás se había visto una escena más llena y diversa. Las tres caminan hasta llegar a un pequeño lago blanco.
Una gota de pintura cae en el agua, empieza a burbujear y emergen cinco bestias expresionistas que se convierten en estatuas al contacto con el aire. Detrás del lago se ven grandes entidades queliceradas atravesando el bosque. Al otro lado se divisa una pintora creando su próxima obra en un gran cuadro, rodeada por un grupo de cocodrilos. Ana intenta acercarse, pero prefiere ser solo una observadora.
El paseo a lo largo del tiempo continúa y, de entre la multitud de entidades, se acerca una sacerdotisa con tatuajes de dragones y símbolos solares. Ana y las demás la observan, mientras la sacerdotisa las analiza igualmente.
—A pesar de nunca haberlas visto antes… —pone la mano en su pecho—. Mi fe me dice que nuestro camino está conectado de algún modo.
—¿Fe? —Ana cierra los ojos y guarda silencio unos segundos—. Podrías llamarlo así, o quizás es solo una coincidencia…
Ana trata de predecir su nombre, aunque no es necesario.
—Selena —se integra con el grupo—. Selena de Tlaneyanco, tratando de cumplir un Sueño.
Alicia mantiene su mirada al cielo estrellado. Luisa no puede despegar los tres libros de sus brazos. Selena entona pasajes en náhuatl adorando al Sol y a su dios. Todas caminan en su propio sendero y a sus lados se manifiestan las voces y palabras de toda una generación: una promesa para el futuro.
El grupo conversa sobre sus experiencias, mientras no dejan de asombrarse por la evolución del paisaje. Personas con las cuales nunca han hablado, pero han compartido el mismo suelo que pisan. Tal como aquella unidad táctica peleando contra personas invadidas por hongos anómalos; los disparos y el fuego no se hacen esperar y, tras su victoria, celebran como la familia que realmente son.
Ana casi pisa un celular que se encontraba en el sendero; lo levanta y ve que contiene una IA que trata de convencerla de unirse a una devoción electrónica y mecánica. Ella guarda el celular en su bolsillo mientras una estrella singular brilla más que las otras, decorando el cielo con fuegos artificiales cósmicos. Selena come unos chapulines ahogados cuando entran a la ciudad de Butai, símbolo del sincretismo germánico y japonés nacido a finales del siglo XIX, construyendo su identidad durante uno de los periodos más violentos de la humanidad en la Segunda Guerra Mundial y dejando atrás ese pasado para alcanzar la paz.
Sin embargo, los motores se apagan lentamente, pero no en silencio, jamás en silencio.
A lo lejos, una de las enormes ratas se integra con el grupo. Las ha estado siguiendo desde hace un buen rato y por fin sobrepone la pena para presentarse. Su nombre es Norvelio y les cuenta la fascinación de su especie, los humanos, para crear un mar de paisajes en lo que pareciera ser solo el horno de pesadillas. Y vaya que pesadillas hubo, con monstruos usando pieles como trofeos, gusanos interestelares degustadores del color e incidentes internos dentro de la Fundación para cubrir sus propios fallos.
Su recorrido sigue y se topan con un local ambulante de dulces llamado "Dulcimera". La vendedora —Dulcariana— y su ayudante —Sacarina— les regalan paletas con diferentes logos. Las dulceras se unen a la caminata, mientras la calma se vuelve la norma. En algún momento Selena regresó a su templo, Alicia clavó su lanza y se teletransportó a las profundidades del espacio y Norvelio volvió a las profundidades de su cueva. Incluso el nuevo par de dulceras decidió quedarse en su puesto.
Ana siguió por su cuenta mirando la penúltima escena antes del ocaso. En su viaje se encuentra con una falla en la realidad y cae en una tienda con olor a magia prohibida; en el lugar se encuentra una mujer comprando una lanza dorada. En una jaula están los restos de una mujer con su celular ensangrentado aún en la mano.
Una mano toma del hombro a Ana y la jala fuera de la tienda. Se encuentra cara a cara con una mujer de velo y cabellera blanca, sujetando un libro en su mano izquierda y una espada en su mano derecha. No intercambian diálogo, ni siquiera un saludo, y la maestra resume su lectura.
El blanco que alguna vez gobernó al principio parecía reclamar lo que era suyo. Ana sacó un reloj de bolsillo y este se rompió en mil pedazos antes de siquiera poder mirar la hora. En el suelo se encuentra una máquina de escribir, que Ana juraba ya haber visto al inicio, escribiendo únicamente la letra "M". Ana recoge la máquina y la pone en un pedestal, protegida por una vitrina. A su lado surgen un par de vitrinas más, una conteniendo un brazo biónico y la otra un ojo humano singular.
Ana sigue caminando, incluso si se ha alejado de todo. Al final solo quedaron dos. La reunión final entre Ana y la dama floral, quien ya no carga sus libros.
—¿Ana? —Luisa preguntó mientras el blanco pintaba el cielo—. Ha sido un día extraño, ¿no?
—Luisa —se mantuvo quieta—. Quizás no es lo que ambas esperábamos, pero es algo —Ana desvió su mirada al suelo.
—¿Entonces es verdad? —Luisa miró su propia mano, sintiéndose menos real—. ¿Qué este es el…
—¡No! —sacudió la cabeza—. Solo es parte del proceso, una pequeña pausa. Es más, acaban de demostrar que apenas estamos empezando.
Luisa asintió y se puso al lado de Ana. Ambas se sentaron en una banca metálica con vista al pasado.
—Has viajado demasiado, Ana —Luisa señaló los restos frente a ambas—. Para lo nueva que eres en este mundo.
Ana suspiró; sus puños se cerraron y abrieron.
—Pero no puedo dejar de sentir que… —Ana no encontraba las palabras adecuadas.
—¿Que este lugar se siente demasiado vacío? —De las manos de Luisa brotó una flor con numeraciones del 001 al 399 en sus pétalos—. No creíste que podías enseñarlo todo en una sola exhibición, ¿o sí?
Luisa fijó su mirada en los ojos de Ana y puso la flor en las manos de Omalí.
—Sí —Ana se sentó con las piernas cruzadas y dejó caer la cabeza—. Lo intenté, intenté recordarlo todo.
Luisa no dejó de ver la flor.
—E hiciste lo que pudiste —Luisa se puso de pie, mientras los pétalos en la mano de Ana se volvían más brillantes—. Ahora es su turno.
—Aunque puede que se demoren en responder —reafirmó Luisa.
—¡No importa si se demoran! —Ana levantó el pulgar—. Nosotras no nos iremos a ningún lado, así como todas las historias que compartimos. Solo espero que estas palabras lleguen a sus ojos —Ana suspiró—. Incluso si es demasiado tarde.
Ana cubrió la flor con ambas manos y sopló con todas sus fuerzas. El inminente desvanecimiento se detuvo, los colores volvieron a cobrar vida y el estruendo de las voces regresó. Se dio la vuelta y miró el horizonte una vez más; una lágrima se desbordó por su mejilla.
—¡Porque todo esto se ha construido durante 13 años! —declaró desde el fondo de su ser—. ¿Qué es esperar un poco más para escuchar el grito de las pocas almas dispuestas a hacer que sus palabras nos hagan cobrar vida?










