Zaraguas: Alcohol Y Fuego
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El nerviosismo en la nave habanera era palpable. Tanto la tripulación como el capitán, quien no dejaba de fumar un cigarrillo tras otro, estaban nerviosos por el encuentro. No era la primera vez que se verían obligados a hacer esa clase de intercambio, pero nunca se sabe que puede pasar con ese tipo de gente. Alrededor del mediodía, un tripulante avistó un barco acercándose por el frente y rápidamente informó al capitán. Este salió de la cabina con unos binoculares en mano y fue hasta la proa de la nave a revisar y observar a un barco pesquero acercándose. El capitán sabía que habían llegado.

El barco pesquero se acercaba a una velocidad constante de 20 nudos1. Cuando estuvo más cerca esa nave, los habaneros pudieron ver sobre su cubierta a varios hombres armados, piratas, y una ametralladora montada sobre la misma. La tripulación tragaba saliva.

El barco pesquero se detuvo a unos dos metros a su babor y los piratas rápidamente engancharon las naves con unas escaleras y abordaron. Su entrada no fue violenta, pero era igualmente intimidante para los habaneros, quienes se pusieron tensos mientras los piratas recorrían la cubierta.

El último pirata en abordar, uno vestido con ropas más limpias y usando botas, preguntó por el capitán. El capitán habanero, tomando valor, dio un paso hacia adelante y se identificó. El capitán pirata se acercó quedando frente a frente. El habanero pudo apreciar la faltante mejilla izquierda del pirata con detalle. Como dejaba al descubierto sus dientes, y como la carne alrededor del hueco era roja y mal cicatrizada.

El capitán pirata exigió ver la mercancía. Cuando hablo, el capitán habanero se sobresaltó, quitando la vista de la herida de la cara del hombre. Este observó por un segundo el rifle de asalto que traía en la mano y luego lo guio hacia la bodega. Cubierta abajo, se encontraron con varias docenas de cajas de madera apiladas una sobre la otra. El pirata sacó un cuchillo, una acción que hizo al habanero palidecer, y lo usó para abrir una de las cajas y revisar su contenido. Botellas de ron de la Pequeña Habana.

El pirata pareció satisfecho y ordenó a sus hombres que cargaran la mercancía en su barco. Estos a su vez obligaron a la tripulación habanera a realizar el trabajo. Cuando terminaron, sin decir palabra, desengancharon las escaleras y se fueron por donde vinieron. Los habaneros pudieron respirar de nuevo cuando vieron desaparecer a los piratas en el horizonte. Habían sobrevivido una vez más a Zaraguas.

El barco zaraguareño recorrió las aguas buscando la entrada a su “hogar” mientras que el capitán zaragueño, Lucio, examinaba una de las botellas que habían obtenido. Tenía una base ancha la botella, en la etiqueta había un dibujo de esos gallos que caracterizan a la Habanita y el líquido ámbar brillaba como una joya bajo la luz del sol. Esa era una botella de una caja de nueve unidades. Como habían acordado una cantidad de 50 cajas, llegaban consigo un total de 450 botellas. Cada botella valía como unos 30 dólares en el extranjero y el triple o el cuádruple dentro de Zaraguas. Y eso solo era una mitad del acuerdo de ese mes, el otro barco ya habrá recogido la otra mitad para entonces. Una gran cantidad de alcohol, y por ende dinero que acababa en los bolsillos de su jefe.

Unos cálculos que se le escapaban a Lucio por su nula educación. Él solo admiraba la botella como uno admiraría una llave de un tesoro, porque con el líquido de su interior su jefe había construido un gran negocio dentro de Zaraguas, convirtiéndose en una de las personas más importantes y poderosas del lugar. Tanto era su poder que había llegado a controlar casi todo el Caribe. Un poder que claramente alguien como Lucio codiciaba.

Su concentración en el objeto fue interrumpida cuando la luz que golpeaba contra la botella empezó a opacarse. Al levantar la vista, vio a su timonel dirigir el barco entre la neblina. Lucio guardó la botella de nuevo en su caja y se acercó al timón para observar la situación. Avanzaron por la neblina hasta que esta se fue desvaneciendo a medida que se acercaban a la ciudad. Cuando esta desapareció del todo, el casco destrozado y oxidado del carguero Río Negro les dio la bienvenida a Zaraguas a ese barco pirata.

Avanzaron unos metros hasta llegar al espacio intermedio del carguero con el barco adyacente que servía como muralla de defensa contra el exterior, un portaaviones semihundido estadounidense. Los piratas pasaron entre medio de esos dos cadáveres de naves e ingresaron a los canales Zaraguas.

Barcos que nunca volverían a navegar cubrían toda la superficie del agua. Sobre y entre ellos se levantaban casas de todos los tamaños y formas, conectadas entre sí por multitudes de puentes de madera y chapa, donde la gente de Zaraguas vivía. Los habitantes, gente que vivía en la miseria, se asomaba desde las cubiertas de sus barcos-casas para observar a los recién llegados.

Lucio avisó por radio que estaban volviendo y luego se unió al resto de su tripulación en la cubierta para hacer acto de presencia con sus armas. Dentro de Zaraguas nadie estaba a salvo, incluso dentro de su propio territorio no podían estar seguros de no ser atacados por alguna banda rival u oportunistas desesperados dispuestos a todo. Por lo que demostrar fuerza todo el tiempo era vital para sobrevivir. Que vean que vas armado hasta los dientes para que lo piensen dos veces antes de intentar algo. Y si alguien se atrevía a atacarlos incluso así, su munición paranormal haría que se arrepintiesen.

Atravesaron el laberíntico nido de barcos que eran esos canales, sin quitar el ojo de la gente sobre las cubiertas y el dedo del gatillo mientras navegaban, hasta llegar a una barrera. Esa barrera estaba custodiada por hombres más fuertemente armados que ellos. Los guardias reconocieron a Lucio y les permitieron pasar. Recién pudieron relajarse cuando entraron bajo la sombra del barco insignia de su banda: El Japonés, un destructor japonés de la segunda guerra mundial que habían sacado del agua y habían convertido en su base de operaciones.

Lucio avisó por la radio de su llegada y ordenó que preparasen las cuerdas para subirlos. Luego, dirigió el barco hacia la aleta de estribor del Japonés hasta detener la marcha bajo la zona de enganche. Lucio informó que estaban listos para subir y le respondieron que las cuerdas estaban bajando. Él y su tripulación esperaron un momento mientras el arnés de la grúa de cubierta descendía hasta sumergirse frente de su embarcación. Lucio hizo avanzar unos metros al barco y lo volvió a detener; ordenó que lo subieran por radio. La grúa empezó a levantar el arnés y con el barco fuera del agua. Se elevaron unos siete metros hasta que estuvieron a la altura de la cubierta del destructor.

En la cubierta los esperaban los descargadores que engancharon la nave con ganchos y la acercaron hasta casi chocar los cascos de las naves. Sin esperar a formalidades, los descargadores y la tribulación de Lucio empezaron a sacar la mercancía e introducirla en El Japonés. Lucio supervisaba el trabajo desde su nave hasta que alguien lo llamó.

—¡Mediacara! —le gritó un tipo desde la cubierta del Japonés, llamándolo por su apodo.

Lucio caminó sobre su cubierta hasta acercarse al tipo y preguntarle qué quería.

—El jefe quiere hablar contigo. Me dijo que fueras a verlo, apenas volvías —le respondió.

Lucio se preguntó que quería ese hombre ahora con él en ese momento. Había estado cuatro días en alta mar, tiempo suficiente para que muchas cosas pasaran en su ausencia. Pero no lo iba a averiguar estando allí. Puso un pie en El Japonés y se encaminó hacia el centro del mando del destructor, lugar donde vivía Gabriel Luz, líder de la banda.

En El Japonés vivían alrededor de 200 personas, la mayoría matones de Luz, que servían para proteger el navío y la mercancía que allí guardaban. No había muchos lujos allí abajo, quienes no tenían derecho a un camarote eran obligados a dormir uno sobre el otro en las zonas más profundas del buque, sin mucha comodidad. Aunque eso era mil veces mejor que vivir afuera a tu suerte entre las chabolas. Una situación que se contraponía a la de Luz. Él había convertido el centro de mando en una mansión, con todas las comodidades que se pudieran pedir, lujos y mujeres. Lucio atravesó lujuria con la que convivía Luz hasta llegar a su “penthouse”.

Toda la maquinaria del puente mando había sido retirada. El barco no se iba a mover, así que sobraba. En su lugar estaban presentes muebles y decorado lujoso para el ocio de Luz. Lucio se encontró con Luz sentado en su sofá circular junto a una mujer joven vestida de manera provocativa. La mujer se encontraba fumando y mirando a la nada mientras que Luz estaba leyendo un libro. Al notar su presencia, Luz invitó a Lucio a sentarse en un extremo del mueble mientras dejaba el libro sobre la mesa frente suyo. Lucio obedeció la invitación de su jefe y dejó una de las botellas de ron, de las que eran traídas especialmente para él, sobre la mesa.

—Parece que te fue bien —dijo Luz tomando la botella y examinándola — ¡Hey! Levanta ese culo y busca unos vasos para nosotros —Le ordenó a la mujer.

La joven, sin cambiar su expresión, apagó el cigarro y se levantó para cumplir con lo que le mando a hacer su dueño. Lucio la observo con el rabillo del ojo irse y volver con dos vasos para beber. Luz abrió la botella y sirvió su contenido en ambos vasos. Él tomó uno y le ofreció el otro a Lució.

—No hay mejor ron que el habanero, sin duda —declaró Luz tras tomar un trago.

Lucio tuvo que inclinar la cabeza hacia la derecha para que el líquido no se le escurriera entre los dientes. El ardor y el olor dulce característico de ese licor invadió su paladar. Él no sabía cómo sabían otros licores, pero era claro que era mejor que el zaraguaseño, que si lograbas trabarlo, lo devolvías vomitando al momento por el asco que le generaba a tu cuerpo tener eso dentro suyo.

Tras un momento de meditación, Luz le informo de las noticias a Lucio:

—Llegaron los “dragones”. Esta noche atacamos. Los otros ya están al tanto, solo faltabas tú. Ve a buscar el arma al coral.

Lucio asintió ante lo que dijo su jefe. Pregunto si necesitaba algo más. Al responderle que no, Lucio se levantó para retirarse bajo la atenta mirada de su amo.

“Dinero, poder y mujeres. La puta buena vida”, pensó Lucio envidiando a su jefe.

Lucio bajo por los pasillos estrechos de ese buque. Todos los otros tripulantes que se encontraban con él se apartaban para dejar pasar al Mediacara, el favorito de Luz. Un reconocimiento que no se lo ganó fácil y prueba de ello era la herida que le dio su nombre. La mayoría cree que algún perro o un hombre lobo se comió la mejilla de Lucio y este en venganza le arrancó la cabeza con los dientes. Algo respetable, pero lamentablemente no ocurrió así. Si no, con una barra al rojo vivo y una promesa. Luego fue cumplir orden tras orden, trabajo tras trabajo, se volvió un hombre de confianza de Luz, hasta el criminal le llegó a tomar cariño a su “perro malo” que empezaba a ser reconocido por el resto de su gente. Un perro que sabía obedecer y ser paciente, muy paciente.

El Mediacara descendió hasta llegar al cuarto de máquinas del destructor. Las antiguas calderas oxidadas que en su día movieron esa nave ahora permanecían como reliquias obsoletas de su tiempo. Era lugar derruido que cambiaba de manera radical a mitad de la sala, donde el olor a podredumbre se mezclaba con la sal de mar. Tras la segunda caldera había una zona del buque que podría describirse como invadida por el fondo marino. Decenas de diferentes corales cubrían cada centímetro de pared, suelo y maquinaria. Algunas de esas plantas eran tan o más grandes que una persona, extendiéndose más allá de lo que permitiría la nave en una oscuridad abismal.

A pesar de estar fuera del agua, los corales se veían muy sanos y vivos. Tan vivos que había que traer semanalmente a dos personas para retirarlos para evitar que tomaran todo el cuarto de máquinas y se expandieran por el resto de la embarcación ¿Por qué permitiría Luz que algo así dentro de su barco? Él podría clausurar esa zona o destruir el coral y eliminar el problema de raíz. Pero eso sería desperdiciar el lugar y a su “guardián”.

Lucio iluminó la oscuridad con una de las linternas dejadas allí desde el límite del coral. Fue pasando el haz de luz por los diferentes corales hasta que notó una irregularidad. Una parte de un coral no parecía coincidir del todo con el resto de la planta. Mantuvo iluminada esa irregularidad un minuto hasta que empezó a moverse y cambiar de color. De un momento a otro, todo el coral se había transformado en un ser rojo que observaba a Lucio.

Un pulpo gigante de más de 10 metros que sirve de guardián para esa zona. El pulpo movía sus tentáculos de forma hipnótica mientras avanzaba lentamente hasta Lucio. El hombre, sin inmutarse, le reclamo los “dragones” al ser. Este se movió alrededor de Lucio hasta retroceder y desaparecer en la oscuridad.

Luz tenía tres lugares donde guarda sus cosas dentro del Japonés. El primero era su caja fuerte en el centro del mando, donde dejaba las cosas importantes que quería tener a mano. Luego estaba la bóveda de seguridad bajo cubierta donde almacenaba una buena parte de su fortuna, como también las mercancías más valiosas. El alcohol se almacenaba a lado de esa bóveda. Y luego estaba el coral, donde dejaba al cuidado del pulpo las cosas aún más importantes y valiosas, y poderosas que posee Luz.

Lucio no sabía cómo habían hecho para que el pulpo obedeciera, pero seguía todas las indicaciones de Luz sin objetar. Era útil ya que nadie más que pulpo sabía o podía volver del coral, así que nadie podía llegar a robarle sus cosas. Solo tres personas podían solicitarle objetos al pulpo: Luz; Fernández, el segundo al mando de Luz; y Lucio.

Tras unos minutos, el pulpo volvió a aparecer entre los corales. Extendió uno de sus tentáculos y le entregó un estuche largo a Lucio. Este lo tomó, haciendo algo de esfuerzo para separarlo de las ventosas del animal, lo puso en el suelo y lo abrió.

Una escopeta de corredera decorada con imágenes de dragones orientales junto con doce cartuchos igualmente decorados había en su interior. Tras comprobar su contenido, cerró el estuche y vio el nombre grada en la tapa del mismo: La Fábrica.

Una vez obtenida el arma, agradeció su amabilidad al pulpo y se retiró para prepararse para esa noche.

Una noche sin luna cubrió Zaraguas. Era una de esas noches de las cuales sus habitantes sabían que muchos no iban a ver el día siguiente. Así que con un ojo abierto y un arma en mano se resguardaron en sus casas-botes para cuidarse de quien sea. Y entre la oscuridad, un bote sin motor avanzaba entre los canales de la ciudad hasta detenerse en el final del canal y abordar una de las embarcaciones. Su dueño sintió como varios hombres subían en su propiedad. Él, empuñando con fuerza un revolver, observó por la ventana.

No se veía casi nada afuera y los pocos faroles que había solo iluminaban un metro o dos. Pero logró visualizar la figura de varios hombres, armados con rifles de asalto, que lo habían invadido. El hombre temió por su vida, pero afortunadamente esos hombres no estaban interesados en él, por lo que avanzaron abandonado su barco.

Lucio con sus hombres iba recorriendo las cubiertas para llegar a hasta su objetivo. No tenían luces, por lo que tenían que cuidar cada paso para no caer en las aguas oscuras de Zaraguas. Pero esa era una actividad que no les era extraña, por lo que no tuvieron problema en hacerla. La noche estaba silenciosa, no podían escuchar ningún sonido más allá de sus pasos sobre la madera y la chapa. Un disparo sonó a lo lejos, haciendo parar al grupo un momento. No sabían quién había disparado, pero eso había marcado el inicio de esa noche.

Esos piratas siguieron pasando de nave en nave, intentado no llamar la atención, mientras los disparos en la distancia surgían de manera esporádica en el ambiente. En un momento, cuando abordaron un viejo velero, escucharon un grito cerca de ellos. No lograron ver al sujeto bien, pero notaron como la silueta de alguien había salido de la construcción sobre el barco para enfrentarlos con un machete. De manera instintiva, Lucio disparó al individuo.

Las armas de los matones de Luz suelen tener una clase especial de munición conocida como “balas cupido”. Esta munición paranormal tiene la característica de que las mismas siempre impactan en el corazón más cercano en la trayectoria en la que apuntes. Es una munición poco usada por las organizaciones ocultas porque tiene el riesgo de desviarse demasiado y no dar al objetivo deseado, o herir a civiles o a aliados, necesitando de una placa especial sobre el pecho para que las balas ignoren a los aliados y al propio usuario. Pero para gente que no le importa el daño colateral, es perfecta para ellos.

El individuo con el machete cayó luego de recibir unos 4 disparos en el corazón. Lucio se acercó para revisar al sujeto. No parecía del todo humano, ya que tenía mucho pelo y músculos más grandes que una persona normal. El machete que aún tenía en su mano parecía común, pero las cosas anormales no se ven muy diferente de las normales muchas veces. Se oyeron pasos pesados subiendo por debajo de cubierta. Los piratas se prepararon y dispararon muchas balas sobre esa persona que se atrevió a subir. El sujeto cayó por la borda a causa de los disparos y los tiros que no lograron darle se dirigieron a otros blancos. Su cuerpo se hundió en las aguas negras de Zaraguas como una roca. Todo lo que se hundía en esas aguas jamás volvía a la superficie sin importar si podía flotar o no. Si caía en el agua, las aguas lo devoraban.

Lucio ordenó a sus hombres dejar de distraerse y avanzar más rápido. Olvidando el cuidado, empezaron a correr entre las naves. Lucio empezó a notar que la zona estaba cada vez más iluminada, por lo que supo que estaba cerca. Pararon sobre un barco de cangrejos y Lucio escaló la cabina de mando y observó el panorama desde el techo.

Una gran cantidad de naves con iluminación eléctrica estaban más adelante. Podía ver a hombres recorriendo las cubiertas haciendo guardia u holgazaneando. Era la zona de la banda rival a la suya, su destino. Lucio dejó el rifle a un lado y empuñó la escopeta.

La zona de esa banda rival no tenía una base central como tenía Luz. Eran un gran cúmulo de muchas naves, alrededor de 50, grandes y pequeñas. Por lo que la mercancía debía de estar repartida en varios barcos o en uno de los barcos centrales. Para descubrir donde estaba dicha mercancía, necesitarían tomar cada una de las naves, algo inviable, ya que necesitarían mucha gente y armamento para avanzar y defender cada posición. Incluso si atacasen con todo, podían hundir algunas embarcaciones intermedias para separarnos y evitar su avance o retirada. Pero había un método más fácil de eliminarlos del mercado sin necesitar muchos efectivos.

Lucio apoyó el arma en su hombro y disparó la escopeta hacia las naves. Una gran luz dorada apareció que ilumino esa noche sin luna. Todos los que estaban cerca cuando el arma se disparó tuvieron que cerrar los ojos debido a lo brillante que fue el disparo. Pero quienes estaban a la suficiente distancia pudieron observar como un dragón aparecía y devoraba cada nave a 250 metros de distancia desde donde nació. Cuando inclinó la cabeza la bestia de fuego, chocó contra un barco y murió con una gran explosión que sonó como un gran rugido que alarmó a media Zaraguas. Cuando Lucio pudo recuperar la vista tras el destello, pudo admirar como todos los barcos frente suyo estaban en llamas.

Era más fácil quemarlo todo a buscar entre los barcos.

Lucio saltó del techo de la cabina, sintiendo un ardor masivo en todo su cuerpo, y empezó a correr con los suyos para buscar otra posición para disparar. El pánico no se hizo esperar y los gritos de alarma de sus rivales comerciales inundaron la noche. Atravesaron unos 200 metros de cubiertas, disparando a todo aquel que salía a ver que ocurría y se ponía en su camino. Llegaron hasta otra posición óptima para disparar. Lucio subió a una torre de radio de un barco pesquero y disparó la escopeta de nuevo hacia las naves, esta vez cerrando los ojos antes.

El gran dragón volvió a aparecer haciendo un arco durante su recorrido. El fuego llovió sobre cada nave a 500 metros de distancia hasta descender y rugir con furia junto a los gritos de desesperación de esos piratas. Quienes intentaban apagar el fuego fracasaron miserablemente, ya que ardía con una furia infernal, consumiendo todo y a todos que estuviera cerca. Muchos fueron arrojados al agua o se vieron obligados a saltar para intentar salvarse del fuego solo para ahogarse bajo las olas insaciables. La luz del incendio capto la atención y preocupación de casi toda Zaraguas.

Antes que Lucio pudiera bajar de la torre, varios piratas rivales lo habían localizado y empezaron a dispararle. Sin pensarlo mucho, Lucio saltó de la torre al techo de la cabina de mando de la nave. No tuvo un aterrizaje perfecto y se golpeó contra el techo de la cabina. Estuvo un segundo aturdido hasta que rodó y cayó sobre la cubierta, estrellándose contra ella. Estuvo unos momentos en el suelo desorientado, gimiendo levemente por el ardor y dolor que cubrían cada parte del frente de su cuerpo, hasta que uno de sus compañeros lo sentó y le dijo que tenían que avanzar. Recuperando un poco el sentido, Lucio puedo apreciar como los estaban atacando y que sus compañeros le estaban dando fuego de cobertura.

Con esfuerzo pudo pararse y empezó a correr entre las naves, esquivando las balas. En algunos momentos, Lucio casi se resbaló, arriesgándose a caer en las aguas o perder su escopeta. Pero pudo equilibrarse rápidamente y continuar. Él no iba a morir ahogado ni de otra manera. Él iba a pararse un día sobre la cima del Japonés e iba a hacer ser el capitán de ese barco y no de uno pesquero.

Recorrió otros 200 metros de cubiertas hasta chocar con una pared hecha del casco de algún barco. Sin poder avanzar más para rodear la zona de sus rivales, apuntó hacia arriba y disparó una vez más. El gran dragón hizo un arco más grande, esta vez, haciendo que la lluvia de fuego fuera más amplia. Luz admiró desde la cima del centro de mando del Japonés el vuelo del dragón dorado con un vaso de ron en la mano. Cuando cayó, la bestia devoró las últimas naves que quedaban intactas con una gran ira.

Esa noche fue iluminada por la gran hoguera de más de 50 embarcaciones. Las personas cercanas al incendio tuvieron que hundir algunas naves para evitar su propagación, sin importar si sus dueños las habían abandonado o no las mismas. Mientras la gente corría huyendo o intentando detener el fuego, un hombre con la cara roja, como si hubiera sido quemado por el sol, y con solo la mitad de su rostro, se fue atravesándolos con una escopeta en mano, yéndose del lugar. La gente sabía quién era y para quien trabajaba. Había quedado claro el mensaje.

El sol empezó a salir mientras el humo de los barcos iba desapareciendo cuando los mismos eran reclamados por las aguas. En un pequeño barco recreativo lejos del incendio, un hombre cansado miraba por la ventana las columnas de humo. Él intentaba distraerse de lo que había pasado esa noche y de sus compañeros gimiendo de dolor por las quemaduras cerca de él. Habían logrado huir del fuego y salvado unas cajas de mercancía, pero habían perdido todo lo que tenían. Armas, recursos, dinero y refugio en unas pocas horas. Solo quedaba lo que había en ese barco, una miseria.

El pirata estaba inseguro de lo que iba a hacer ahora. Lo más fácil era abandonarlos e intentar unirse a otra banda, ya que no iba a poder sobrevivir por su cuenta. Podía intentar vender lo último de mercancía a bajo precio y tener un colchón, pero ahora que eran donnadies y estaban expuestos al robo, sin mencionar que eso podría llamar la atención de Luz y hacer que mande al Mediacara a terminar el trabajo.

Uno de sus compañeros soltó un gemido más alto que el resto, atrayendo la atención del pirata. Había otras cinco personas con él, todos con quemaduras de tercer grado grandes en el cuerpo. Los que estaban ilesos o menos heridos se fueron antes de que saliera el sol. Él debería hacer lo mismo, lo sabía, pero no sabía a donde ir luego de allí, lo que había retrasado su salida. Volvió a mirar por la ventana para meritar sus próximas acciones cuando vio a un sujeto apuntándole con un rifle desde afuera.

El hombre disparó varias ráfagas de balas cupido hacia el barco, matando a todos los que había adentro con disparos continuos al corazón. Una vez gastado el cargador, Lucio, quien estaba quemado por usar los alientos del dragón, y uno de sus hombres abordaron la nave. Se encontraron con los cadáveres quemados de lo quedo de sus rivales y la poca mercancía que sobrevivió. Lucio se acercó a unas de las cajas, la abrió y sacó una botella de su interior. Era más pequeña y delgada que una de ron y estaba llena con un líquido amarillo que le recordaba a la orina. Se llamaba cerveza si no malentendía.

Abrió con un poco de esfuerzo la tapa de la botella y bebió un poco de su contenido inclinado su cabeza hacia un costado. Saboreó el sabor del licor y lo escupió. Luz tenía razón, el ron habanero era el mejor que había. Tiró la botella al suelo y Lucio salió del barco con sus hombres.

Al desbordar, rompió las tablas que unían el barco con su vecino y empezó a disparar munición convencional contra la nave. Descargó un cargador entero sobre la embarcación, convirtiendo su casco en un colador. Se quedaron unos minutos observando cómo se hundía en las aguas oscuras de Zaraguas junto con los cuerpos y el alcohol. Luego, el Mediacara se retiró del lugar estando satisfecho de haber eliminado a la competencia. Su competencia.

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