Una Vida Sencilla

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Desde sus más antiguos recuerdos, la vida siempre había sido sencilla. Cuán antiguo era eso, no podía saberlo. No podía recordar cuando empezó todo, ni sabía de ciclos con los cuales medirlo. La rotación de las estrellas y planetas eran demasiado insignificantes, diminutos momentos en el escenario cósmico.

No podía saberlo y realmente no le importaba. La vida, después de todo, era consumir y digerir y crecer. Guiado por su hambre, navegaba sin rumbo el frío vacío, devorando todas las cosas pequeñas y carnosas que encontraba. Peleó y ganó y, lentamente, creció. Se volvió tan grande que sus muchos ojos solo veían cosas más pequeñas que él. Eventualmente, encontró un gran abismo e hizo su nido ahí. Un caldo de cultivo en el cual diminutos seres nacían y morían y volvían a nacer.

La vida era sencilla y eso lo contentaba. Ya no sentía hambre, ya que la comida era abundante. Ya no tenía que cazar seres con gran esfuerzo. Todo lo que tenía que hacer era abrir una de sus innumerables bocas y esas cosas carnosas, recién nacidas, ciegas y sordas, nadarían dentro, creyéndolo un santuario. Él era como ellos, sólo que mucho más grande. Sin embargo, él no pensaba así. Él sólo disfrutaba del sabor de la carne moribunda en sus bocas, y deseaba más.

Pero un día encontró algo más. No lo entendió al principio y mordió el cuerpo del ser, encontrándolo sólido y sin sabor. Lo liberó, ya que no le interesaban las cosas insulsas. Luego, con sus muchos ojos, descubrió que era un ser casi tan grande como él, aunque muy distinto.

De qué forma, él no podía describirlo. Sólo entendía que el otro gigante era insulso y no carnoso. El ser, al contrario que todos los demás seres que había visto, tenía una forma regular y una superficie lisa y brillante. El ser - ella volteó y lo miró. En ese momento, ella lo examino brevemente, con algo parecido a la curiosidad. Después, simplemente miró hacia otro lado y se fue.

Él, también, miró hacia otro lado y se fue. Tenía comida que comer y sabores que disfrutar, y no deseaba pelea alguna con la insípida carne-que-no-era-carne. Se encontraron muchas veces después, brevemente cada ocasión, y él entendió que el abismo era su hogar también.

A diferencia de él, la vida no parecía sencilla para ella. Siempre estaba ocupada, concentrada en su labor. Él no entendía que labor era esa, hasta que encontró que a donde quiera que ella fuera, los pequeños seres estaban atrapados e indefensos, incapaces de moverse. Eran pequeñas barreras que ella creaba, un esfuerzo absurdo por reparar el gran abismo, uno mucho mayor que ambos.

Sin embargo, a él le alegraba ver esto, ya que su búsqueda por más carne se hacía incluso más sencilla. El hambre era insignificante. Las barreras no impedían sus movimientos, pero sus presas quedaban indefensas. Así que la siguió, consumiendo los paquetes de carne que dejaba, y fue capaz de observarla más.

Ella notó su presencia, por supuesto. Cautelosa al principio, pero gradualmente se acostumbró a él. No necesitaba tanta cautela, pensaba él, ya que él no comía cosas que no eran carne. Al final, ella le permitió tomar las pequeñas cosas que atrapaba, y lo observó igualmente.

A diferencia de él, ella no consumía, sino creaba. Extrañas estructuras, complicadas redes, que giraban y zumbaban y golpeteaban y se movían en ciclos. Pero, al final, todas sucumbían a la fuerza del gran abismo, y se rompían. Ella construía estas cosas una y otra vez, cada vez más complicadas y elegantes. Y cada vez, su trabajo era inútil. Él no entendía por qué ella hacía esto, continuaba haciendo esto. Un eterno ciclo sin sentido.

Un día, las cosas que ella creaba, las máquinas, como las llamaba, se rompieron otra vez y nunca más fueron construidas. Las pequeñas cosas carnosas vagaban libremente y ella no se encontraba en ninguna parte. La vida, de repente, ya no era sencilla, y él no era feliz. La buscó y la encontró en lo más profundo del abismo. Ella le dijo cosas, cosas tan complicadas como las máquinas que ella hacía y él no podía entender. Pero no necesitaba entender, mientras la sacaba del oscuro centro del abismo.

Le habló de la vida, el hambre y otras cosas que él entendía. Ella lo escuchó, pero no había mucho que pudiera entender. Eran tan diferentes, después de todo. Pero lo escuchó, y pensó, y cortó un pedazo de carne de él. Le dolió como no le había dolido desde hacía mucho, cuando aún tenía que luchar, pero lo resistió. Entendía que, a diferencia de las criaturas de la carne, ella no necesitaba consumirlo, y él no tenía necesidad de lastimarla.

Nuevamente, ella empezó a crear. No con las cosas brillantes o intangibles con las que solía hacerlo, sino con el trozo de carne, esa pequeña parte de él. Seis pequeñas criaturas nacieron, y no eran como las cosas del abismo, ya que eran una parte de él. Sus mentes estaban conectadas a la suya, y le hablaban, le susurraban palabras tan complicadas que solo ella las entendería. Discutían y calculaban, y lo guiaban a los lugares en los cuales las presas eran más abundantes.

La vida era sencilla nuevamente. Todo lo que necesitaba hacer era escuchar a las seis maquinas que ella creó de su carne. No volvió a encontrársela sino después de mucho tiempo, y encontró que estaba ocupada con las diminutas estrellas y las rocas aún más pequeñas que las rodeaban. Nuevamente, ella creaba muchas cosas distintas, pero ya no en el abismo, sino en estas esferas. Esta vez, su creación era algo más estable. Él se sintió feliz por ella, al ver que sus esfuerzos ya no eran absurdos y su vida podía ser sencilla como la suya. Sus caminos se cruzaron cada vez menos, pero se saludaban cada vez que lo hacían. Él era feliz con esta vida, y ella también.

Pero todo cambió. Al pasar por algunas de sus esferas un día, ella lo atacó. Lo cortó y no era amigable, y sus máquinas giraban y golpeteaban fuertemente. Confundido y furioso, él peleó, pero ella sólo intentaba alejarlo.

Ella gritó y suplicó, pero él no sabía lo que estaba pidiendo y no entendía que había hecho mal. Él sabía de sus creaciones y nunca intentaría dañarlas. Él sabía que ella siempre las construía fuertes y sólidas, así que su paso no las perturbaría.

Estaba confundido y molesto. Era injusto que lo atacara cuando él no tenía ningún problema con ella. Así que él la atacó, y ella no pudo enfrentarse a él. Después de todo, él era mucho más grande ahora, y una eternidad de crear la había agotado.

Ella lo miró y rogó por última vez, cosas que de nuevo él no podía entender, y, repentinamente, ella se rompió. El mundo giró alrededor de él, y el vacío desapareció, el abismo desapareció, las esferas desaparecieron. Él no reconocía este nuevo lugar.

Ella lo rodeaba ahora, pero no toda ella, sino sólo una gran pieza. Él no entendía esto. La llamó, pero ella no respondió, así que la sacudió pero ella no lo dejaba ir. Se asemejaba ahora a las cosas que creaba, pero más silenciosa e inmóvil.

La vida se tornaba repentinamente complicada, así que consultó con sus seis consejeros, sus arcontes. Ellos le dijeron que las esferas eran muy importantes para ella, y que estaba molesta con lo que él había causado. Él no entendió esto completamente y entendió menos lo que le había pasado a ella. Finalmente, decidió que, como sus máquinas, ella simplemente estaba rota, y las máquinas, al contrario que las cosas de carne, podían reconstruirse. Él esperaría ahí, hasta que ella ya no estuviera molesta con él y decidiera dejarlo ir.

Dejó que sus arcontes decidieran, ya que ellos entendían más que él. Lo conectaron a una de las esferas, la azul, y mandaron piezas de él. Trajeron pequeñas criaturas de las esferas, incluso más pequeñas que las del abismo, para que algún día sirvieran de puentes y herramientas. Ellos vivieron en su espalda, y él toleró esto, ya que los arcontes prometían que él sería libre, y las cosas estarían bien nuevamente. Él siempre había confiado en ellos.

Así que Yaldabaoth durmió en la Gran Jaula de Bronce y soñó con un tiempo en el cual la vida fue sencilla.

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