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Les hemos resguardado. Las negras sombras del Olvido están a la espera, pero se quedarán con nosotros, para que siempre sean recordados. Cuando el Sol se ponga en la costa y la noche extienda su manto sobre los vivos, contaremos su historia. Como una canción de cuna, cantada por miles de voces ya desaparecidas, a los niños que no llegaron a crecer para vislumbrar la caída de su pueblo…

Era la cuarta mañana de Valdés en Tierra del Fuego.

Su trabajo como Jefe de Proyectos en el Sitio-038 no era del todo apacible como se lo había imaginado. Había tenido muchos deseos de conocer Sudamérica, con toda su cultura, paisajes y aventuras, pero en realidad su transferencia solo fue un mero desplazamiento. Tenía que estar casi todo el día dentro del Sitio redactando informes, leyendo planillas y confeccionando una bitácora tras otra sobre las operaciones allí. Nada de tiempo para conocer la lluviosa pero atractiva región.

Era un lugar muy fértil, lleno de vida, resplandeciente ante ojos que acostumbraban a observar las sombras de gris de la urbanidad. Demasiado hormigón, pensaba. Era el único que parecía apreciar los verdaderos trabajos de la Madre Naturaleza, a pesar de tener a cargo ciento quince toneladas de laboratorios y ochenta personas hablando de números, resultados y tecnología. ¿No sería genial tener todo el tiempo del mundo para explorar la naturaleza? Todo sería excelente, de no ser por la razón de su estadía: buscar y contener anomalías. A una persona tan importante como él no se le dejaría salir del Sitio ni por asomo, por lo que solo podía contentarse con oír el fragor de la lluvia antes de dormir.

Ahí estaban, él y sus tres hijos, llevando consigo grandes arpones. Hacerlos no era tan complicado, si tenías un buen hueso dentado del cual sacar provecho. Lo importante, decía, era el largo. Dos veces el tamaño de un hombre para asegurar un mejor alcance. Veía a sus vecinos adosar huesos puntiagudos y dentados, en uno o los dos extremos de las grandes varas. Muchos arpones se perdían o se rompían, y siempre era necesario hacer más. Algo similar se realizaba para las flechas. Al principio se utilizaba piedra, pero luego descubrieron que era más fácil tallar vidrio. No es algo descabellado, pues llevaban ya casi dos siglos fabricando flechas así. Cogen sus arpones y se dirigen al mar. Él les proveerá de sustento…

La lluvia no cesa. Ante un frío día de otoño, Valdés se dirige al desayuno. Había tenido otro de esos sueños extraños. Vívidos y lúcidos, que le recordaban a un viejo documental de los que acostumbraba a ver. Se lo comentó a Hernández, el segundo al mando, mientras compartían donuts con un café. Su colega le confirmaba que no era el único, pues él también había despertado recordando esas imágenes, y que había oído a varios investigadores y agentes habiéndolas tenido también.

¿De qué se trataba? Las respuestas eludían su entendimiento, pero no era un tema que le preocupara. Tenía una planificación a la que adecuarse para el día, y esos documentos no iban a revisarse solos. Le esperaba otro largo día de trabajo, pero siempre tras las gruesas paredes blancas, refrenando su deseo de salir más allá. Había muchas cosas exóticas para explorar, pero no se veían tan cautivadoras como el exterior. Tanto era así, que a menudo se permitía abrir una ventana para sentir algo de la brisa. La vista era impresionante. ¿Cómo habrá sido la vida para los primeros colonos o nativos aquí? El sol se despedía una vez más en la costa, con su tinción naranja decorando el firmamento.

Poco había más importante que una canoa para ellos. No por nada eran una pieza de artesanía formidable, a la cual se le mantenía y protegía siempre que se pudiera. La corteza de los árboles era extraída y cosida entre sí, para luego ser depositada sobre armazones elaborados con varillas de madera. Luego, se acomodaba la tierra, y se encendía un fuego. Este procedimiento era delicado, pero los yaganes lo mantenían controlado. Era su medio de vida, que les permitía pescar en el mar. En general, las mujeres eran quienes remaban, pero los hombres también, si hacía falta. Aunque parezcan frágiles, una canoa podía mantenerse estable hasta por un año. Su confección se realizaba durante la primavera y el verano, cuando era más sencillo desprender la corteza de los árboles…

¿Quiénes eran?, preguntaba Valdés, antes de comenzar otra jornada. Nunca antes había oído de la cultura yagán, pero eso no podía ser del todo cierto. ¿Cómo es que podía recrear en sus sueños tales detalles sobre su existencia? Cuando fue a comentárselo a Hernández, él le dijo que eran los pueblos nativos del lugar donde estaban asentados, pero que no sabía nada más allá. Rápidamente ese día, Valdés se dirigió a la biblioteca del Sitio y buscó entre el apartado histórico algún texto sobre ellos. Cuando lo hubo encontrado, se quedó sorprendido.

Todo lo que soñó era cierto. Incluso las ilustraciones eran asombrosamente similares a las imágenes que podía recordar. Hizo énfasis en sus costumbres y su diseminación geográfica, pero tal fue su reacción cuando observó tres palabras: cultura casi extinta. Casi no había yaganes ya en existencia, y se estaban haciendo esfuerzos para conservar tanto de su cultura como era posible. Aunque eso no explicaba del todo por qué esa recurrencia en soñar con ellos. ¿Y si esto fuera una reacción anómala? Ya estaba acostumbrado a oír sobre entidades incorpóreas que se rehúsan a morir, pero nunca sobre toda una cultura de manifiesto. Habría que indagar.

Todo el pueblo está reunido en una caverna no muy lejos de sus casas. Uno de sus hermanos ha fallecido. La ceremonia del entierro era común entre el pueblo yagán. Un chamán, o Yekamush, como se les llama en su lengua, procede a darle sus respetos al recién fallecido. Al morir, los cuerpos son envueltos en cueros, desde la cabeza hasta los pies, y junto a ellos se acomodan todas sus pertenencias. Ahora, se procede a cubrir el cuerpo con ramas y tierra. Esta caverna será su tumba. Normalmente, los yaganes no vuelven a visitar los lugares donde se han enterrado a sus muertos.

Valdés fue a hacerse un chequeo psicológico esa mañana. Normal. Todo salió normal. No hay fenómenos cognitivos extraños, desarrollo de mente colmena o anomalías meméticas en su cerebro. Sus sueños eran totalmente inocuos, pero era imposible llevar dos semanas soñando únicamente con la cultura yagán y que, además, el resto del Sitio experimentara algo similar. ¿Qué era esto? ¿De dónde provenía? Si resultaba ser una anomalía, no era para nada perjudicial; Valdés disfrutaba esos sueños, pues le acercaban un poco al exterior, pero no podía dejar de preocuparse. Si era anómalo, nada le aseguraba que sería siempre así de inocua.

Ese día, envió a todo el personal del Sitio a realizarse un chequeo. Uno a uno, se husmeaba en sus cerebros en la búsqueda de alguna respuesta, pero nada salía a la luz. Todos estaban sanos, y no había nada anómalo a lo que culpar. Valdés informó al Consejo sobre esto. Quizá ellos sabrían qué hacer.

Cuando las estrellas comenzaban a hacerse visibles, Valdés llevó a su cuarto un complicado equipo que, coloquialmente, "grababa los sueños" de su usuario. Si lo veía él con sus propios ojos, podría dilucidar algo.

Watauinewa era como se le llamaba a la deidad principal del panteón de los yaganes. Es un ser bondadoso, omnipresente y etéreo, que reside en el cielo. Pueden hacerse ciertos paralelismos con el dios abrahámico, con la única excepción de que no se le considera el amo de todo lo que existe. Es él quien regala la vida, pero que también descarga la muerte. Su voluntad es decreto divino, traduciéndose en que todos los eventos en el mundo son porque así lo desea, y si quiere, puede pararlos. Los yaganes lo llaman también Hitapuan, 'mi padre', o Abailakin, traducido aproximadamente como 'el poderoso'.

El ruido incesante de la máquina tomó por sorpresa a Valdés mientras despertaba. No se hizo esperar para ver qué resultados le arrojaba, aún cuando ni siquiera hubiera amanecido. Llevó el equipo al laboratorio, y analizó sus lecturas. El turno de la noche conectó el equipo, y el poderoso software le daría lo que quería.

Valdés registró los datos en el ordenador una, dos, diez veces. En todas el resultado era el mismo: normal. Patrones electroencefalográficos normales, sin alteraciones. Tan fuerte como una puñalada, Valdés sintió el frío tacto de la decepción. La falta de respuestas lo acongojó en su interior, la verdad se le escapaba por esa ventana, la misma ventana que le traía la brisa y se llevaba la resolución de su caso.

Sin más que hacer, Valdés se dirigió a la biblioteca, y fue por su libro. Leyó varias páginas, sumergiéndose en la historia de los yaganes, mientras recordaba sus sueños. La falta de sueño le pesaba lentamente, sus ojos divagaban, su respiración se encalmaba. Finalmente, el sueño le venció, mientras su cabeza yacía sobre su libro abierto, en un capítulo que hablaba sobre deidades.

En los sueños, no existe ni la muerte ni el olvido. Estamos aquí para mantener vivo los anhelos colectivos del mundo. Somos quienes impedimos que la historia sea borrada, somos quienes respaldamos esas ideas abortadas, esas costumbres perdidas, esas reflexiones suprimidas, esas civilizaciones enterradas en la tierra…

No podemos intervenir en lo real, pero ustedes, los soñadores del mundo, serán nuestro enlace, para que la cultura nunca muera, para que nuestros ancestros no se pierdan en un mundo voraz y vertiginoso. Ven y ayúdanos, para que el mundo sepa lo que una vez existió, y conozca sus legados. Aquí, con tus amigos, en el Colectivo Oneiroi.

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