15 de Octubre de 2012
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En un día particularmente claro de octubre, cuando el aire no era lo bastante frío como para incomodarla y el sol pintaba el azul del cielo de un intenso naranja dorado, Siddhi Sengal pasó revista a lo que quedaba de su mundo.

No quedaba mucho que ver. Había encontrado cada vez más y más tiempo para sí misma conforme pasaban los meses, el tiempo lleno de espacios vacíos, lentos, salpicados de momentos en los que era consciente, tan brusco y asfixiante como le resultaba el saberlo, de que ella… no pertenecía al lugar en el que se encontraba. De lo extraño que le resultaba el mundo que le rodeaba, de lo desconectada que se sentía. Flotando, sola, sin ancla. Sin propósito. Las sobras de un pan del que sólo queda la corteza a la deriva en el agua, a la espera de un pez.

Ni siquiera quedaban huesos de su mundo. Los huesos eran demasiado sólidos, demasiado reales. Ahora sólo quedaba aquel gélido vacío de bolsillo que le trepaba por la espalda, acallando gentilmente las palabras en su garganta. Sin recurrir a la violencia, claro. Aunque habría sido mejor, mejor que el maldito silencio.

Ahí fuera, más allá del vasto vacío que la rodea, Siddhi Sehgal veía cómo el mundo se le iba de las manos.

Nunca podría volver a él, y todo cuanto quedaba frente a ella estaba oscurecido.

Durante tanto tiempo, el futuro había sido dos cosas para Siddhi Sehgal: una continuación del presente, o la muerte. No habían ramificaciones en aquel camino, ni variaciones, ni elecciones que considerar. El camino era sólido, real, normal. No había nada que dudar, nada que rompiera el cómodo capullo que formaba a su alrededor, nada que atacase su fe en que hacía lo correcto, que servía a un propósito.

Y ahora… ya no estaba. Se lo había llevado el frío aire de octubre.

La gente exigía seguridad. Exigía palabras reconfortantes. Exigía sangre… y Siddhi Sehgal no quiso dársela. El nombre tallado en el yugo que había llevado durante dieciséis años quedó manchado de lodo, y no quedaba nada reconfortante en él. Tan sólo dudas.

Siddhi Sehgal llevaba consigo un nombre ensombrecido: Los Que No Hicieron Nada. Su gente no mataba monstruos. No compartían milagros. No creaban. Simplemente… acumulaban. Lo amontonaban todo en un orden inmaculado, cada cosa clasificada y etiquetada y puesta en una caja. El mundo entero en cajas, y luego no hicieron nada.

No podía culpar al público por despreciar a su gente. Su gente no podía decir "He matado al Grendel." Su gente no podía abrir los brazos y declamar "He caminado entre los dioses y escrito sus palabras." Su gente no podía enorgullecerse y cantar "Moldeamos el futuro con nuestras propias manos."

Sólo podrían decir "Sí, ahí estuvimos."

Y estar ahí no era suficiente. Se pronunciaron calumnias. Se formularon peticiones. Se establecieron acuerdos. Hicieron astillas el yugo de Siddhi Sehgal, tallado, poco a poco, despacio, hasta que ella sintió su propia debilidad pesándole en los hombros. Mataron a los monstruos. Compartieron los milagros. Hombres, mujeres y niños alzaron la mirada al Sol por primera vez en años. El mundo se adaptó, si bien no lo hizo con suavidad o en silencio. Maravilloso, siendo como era brusco, ruidoso y maleducado.

Astilla a astilla, el yugo fue aniquilado y su carga aliviada, hasta que…

… no quedó nada.

La Supervisora O5-7… Siddhi Sehgal… yacía sentada en el banco, en el parque, a la orilla del lago, y estaba sola.

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